Oye, Alfred”.

Sí, señor Wayne”.

Gotham City es un hervidero de crimen, y creo que yo puedo solucionarlo”.

Por supuesto. Con su fortuna, podría darle a la ciudad educación de calidad, comedores sociales, justicia asequible, sanatorios mentales…”

Tráeme una capa”.

“… Sí, señor Wayne”.

Chiste anónimo.

¿Por qué nos gusta Batman?

Esta pregunta ya la formulé en mi pasado reportaje sobre Superman. Al contrario que entonces, la respuesta aquí es más simple: porque mola. Es decir, ¿cómo no nos va a gustar Batman? Es millonario. Es fuerte y ágil, pero dentro de lo “posible” para un humano. Es un superdetective. Tiene un cochazo de aúpa. Cuenta con mil y un gadgets a su disposición. Vive en una mansión encima de una base secreta inexpugnable. Reparte guantazos a los malos, pero dentro de un código. Es misterioso, siniestro, melancólico, badass. Se lleva a todas las chicas sin que parezca ni estar interesado. Puede plantarle cara a Superman, ¡sin poderes! Da miedo, pero es de los buenos. Tiene un mayordomo inglés que se llama Alfred…

Y está loco.

Voy a intentar matizar mis palabras. En primer lugar, pues claro que está loco, hombre. Es un tipo que se viste de murciélago para ir pegando a criminales por las calles a raíz de un trauma infantil; un trastorno de libro. Y no perdamos de vista que Batman es uno de los conceptos más absurdos que hay para un superhéroe. Las ropas ridículas de Superman y Wonder Woman se deben a que provienen de culturas diferentes a la nuestra, mientras que el vigilantismo de Spiderman se debe a que a) tiene poderes de verdad, y b) no es millonario, por lo que no puede hacer otra cosa para combatir el crimen. Bruce Wayne es un hombre normal sin poder especial alguno que escoge vestirse de roedor volante en vez de invertir sus millones en arreglar las bolsas de pobreza de Gotham City. Hace falta estar un poco mal de la cabeza.

En segundo lugar, si Batman hace lo que hace es precisamente porque está loco. Esto no es ningún chiste: es una realidad, porque muchos autores han explorado los trastornos de personalidad de Bruce Wayne a lo largo de los años. Alan Moore lo dibujó de manera muy sutil al final de La Broma Asesina, y si Christopher Nolan quiso adaptarlo al cine fue porque era lo que son todos sus personajes: un hombre traumatizado. No es casual que su archinémesis sea el Joker, un personaje definido por su locura sin límites; lo único que convierte en héroe a Batman es que canaliza su ira y su paranoia hacia fines razonablemente buenos.

Y el caso es que, pese a esto, Batman es uno de los superhéroes más populares del mundo.

¿Por qué? Hombre, pues ya lo hemos dicho, porque mola. Y si mola es porque se toma su concepto de “hombre trastornado vestido de murciélago” muy, muy en serio. Hay círculos en los que Batman es una figura que despierta verdadera devoción. Se ha vuelto un icono masculino comparable a James Bond, con la diferencia de que “Bats” no sigue más reglas que las que él mismo se impone.

Batman es una fantasía de poder masculina en un género lleno de ellas. Es El Macho. El superhéroe del que no te da vergüenza disfrazarte aunque tengas treinta y cinco años.

Y el caso es que, hasta no hace mucho, Batman era así:

Mientras que, ahora mismo, es más probable encontrárselo tal que así:

Y podemos agradecer esta transformación, así como la de gran parte del género de súpers en el cómic de los 90, a un sólo hombre: Frank Miller.

Si estás leyendo esto, es muy probable que este señor no requiera presentación. En cualquier caso, es suficiente decir que Frank Miller es uno de los autores de cómic superheroico (y de cómic, en general) más influyentes de todos los tiempos. Junto con Alan Moore, encabezó una reforma del género que se basó en demoler los arquetipos de “buen héroe americano” imperantes desde los años 50. Este proceso ya se había empezado a llevar a cabo antes, como ya expliqué en mi anterior reportaje sobre el Capitán América, pero Moore y Miller fueron los que escribieron las dos obras que marcaron un antes y un después. La primera, la de Moore, es Watchmen. La segunda, El regreso del Caballero Oscuro (ECC Ediciones, 2013), va a ser el punto de partida de nuestro reportaje sobre el Batman de Frank Miller.

Porque, amigos, resulta que nuestro amigo Frank también está un poco trastornado.

El regreso del Caballero Oscuro

“A principios de los años 50”, escribe Miller en la introducción a la edición impresa, “un popular psiquiatra escribió un libro de mierda que traumatizó a mi encantadora modalidad artística durante una generación”. Habla de Fredric Wertham, autor del libro La seducción de los inocentes, un panfleto que acusaba a los cómics de corromper la mente de los jóvenes americanos. Esto desembocó en la CCA, órgano gubernamental cuya censura hizo que los cómics de superhéroes tuvieran que ser estúpidos e insustanciales por imperativo legal.

“Cuando entré en este mundillo”, relata Miller, “ese abominable libro de mierda seguía proyectando su sombra alargada. Costó años que los internos se apoderaran del manicomio”.

Ésta es la actitud de Frank Miller para con su arte. Para bien o para mal, estamos ante un autor punk. Alguien que escribe para romper paradigmas y porque cree que hay historias que se deberían contar pero no se cuentan. Para tocar las pelotas cuando otros se las tocan a él, en definitiva. Parte de la razón por la que su trabajo es tan popular es porque está lleno de nervio y fuerza nacidos de la rabia.

De ahí que su interpretación de Batman sea la de un loco furioso.

Los cómics más antiguos de Batman ya revelaban a un personaje un tanto siniestro, pero no hacían hincapié en este rasgo que ahora ya casi es indisociable de él: la ira. Y fue Frank Miller el que elevó y perfeccionó la idea de un millonario traumatizado, loco y apenas capaz de contener la violenta furia que le consume al ver el mundo que le rodea. Estamos ante un Bruce Wayne que empieza la historia intentando suicidarse dentro de un coche de carreras en llamas; alguien desagradable que no está interesado en ser un símbolo y que no siente lástima por las víctimas de los crímenes horrendos que azotan la Gotham del futuro. No, lo que siente es horror y cólera, emociones que el propio texto asocia a animales (un murciélago que atraviesa la ventana, un lobo que aúlla). Estamos ante un hombre salvaje y peligroso. Una reacción natural al horrible mundo que le rodea.

No tiene ningún sentido decirlo de otro modo: el Batman resultante es un auténtico monstruo. Un individuo violento y de ideas fascistas que está muy mal de la azotea. No tiene reparo en matar o torturar a sus enemigos, y sólo se dirige a sus amigos para darles órdenes o recriminarles sus fallos. Una vez ha regresado a la acción, la única vez en la que tiene una conversación razonable con alguien es con su archienemigo Dos Caras… y es para reconocer en él su propio monstruo interior.

El Batman de Miller debería ser más villano que héroe. Y sin embargo, funciona. ¿Por qué?

Por la gente.

El regreso del Caballero Oscuro es una obra repleta de cabezas parlantes. Un buen número de viñetas se centran en figuras que salen por la televisión: presentadores frívolos, psiquiatras charlatanes y ciudadanos con opiniones de todo tipo. Lo que hace perder los estribos a Bruce Wayne es el ver cómo matan personas en las noticias. Y más allá de la televisión, toda la historia se encuentra aderezada por pequeñas historias de gente corriente que sufre o reacciona ante los crímenes que asolan Gotham: una madre sufrida víctima de un atentado, un enajenado mental que toma a Batman como ejemplo para ponerse a disparar en mitad de un cine, un tendero que corre a impedir un atraco rodillo en mano… Este artículo recoge y analiza el porqué de estos pequeños intermedios mejor que cualquier cosa que podría decir yo.

Pero si hace falta que explique por qué la clave de este Batman es la gente que lo rodea, entonces os pido por favor que echéis un vistazo al siguiente pasaje, después de que un criminal se queje ante el Caballero Oscuro diciendo: “¡tengo derechos!”

En estas viñetas encontramos lo mejor y lo peor de El regreso del Caballero Oscuro. Por un lado, sí, nos encontramos ante un Batman que no sólo es fascista (“a veces cuento tus derechos hasta volverme loco”), sino al que el texto presenta como si él llevara la razón. Y no es hasta la penúltima viñeta, cuando volvemos a las cabezas parlantes, que Miller nos la mete doblada. Cuando el lector desprevenido ya piensa “cómo mola este Batman”, aparece un tipo que dice: “me encanta Batman”, y el lector asiente… hasta que el tipo añade: “ojalá luego vaya a por los maricas”. Miller dice, sea o no consciente de ello: “ésta es la clase de gente que apoya a Batman”. Un puñetazo con finta en todo el estómago que luego continúa con el rodillazo en la entrepierna de la última viñeta. “No me gusta nada lo que hace Batman, pero yo no viviría donde vive él”. ¿Qué hacemos ahora? ¿Quién tiene razón? ¿Podemos juzgar con dureza la furia totalitaria de Miller cuando él mismo se molesta en proponer varios puntos de vista?

Mi primera conclusión: el Batman de Frank Miller funciona sólo cuando el texto lo presenta desde varios puntos de vista.

El regreso del Caballero Oscuro es una obra notable, pero que debe entenderse dentro de su época. Se trata de algo nacido como una reacción virulenta y furiosa ante lo que el autor percibía como la degradación del cómic. Méritos estéticos apartei, la clave de esta historia es que deja entrever su alma porque lleva siempre sus emociones a flor de piel, pero manteniendo siempre la cordura suficiente como para analizar las cosas desde muchos puntos de vista. Y es bajo estas circunstancias, con un Miller molestándose en controlar un poco su enfado punk rock para intentar comprender y expresar (aunque sea con cierta torpeza) el porqué de su discurso, cuando su Batman llega a trascender.

Esta obra forma parte de la historia del cómic sobre todo por el movimiento casi revolucionario que detonó en el género (junto a Watchmen), movimiento que desembocó en el tristemente famoso “antihéroe de los 90”. Pero yo mantengo que es una obra de arte por méritos propios. Porque es la expresión de alguien que quiere decir algo. Quizá se trate de algo netamente malo, o al menos así lo sostenemos yo y muchos otros; pero es algo. El regreso del Caballero Oscuro tiene personalidad, discurso y cierta inteligencia intuitiva. Por eso tiene la fama que tiene.

Pero no es la mejor historia de Batman que ha contado Frank Miller. No. Ésa es la que viene ahora.

Batman: Año Uno

Ésta es la mejor obra de toda la carrera de Miller; una historia corta que relata los orígenes del Hombre Murciélago y de todo el universo que lo rodea no desde la furia y la exageración, sino desde el realismo y la humanidad. Batman: Año Uno (ECC Ediciones, 2012) es un gran cómic porque cuenta con algo que el autor normalmente ignora o deja en segundo plano: el arco de personaje. Y no hablamos del propio Batman, que queda relegado a secundario en su propia historia. Hablamos del personaje más importante de toda la mitología del Caballero Oscuro: el comisario Gordon.

James Gordon es el verdadero protagonista de Año Uno. Es a través de sus ojos y sus pensamientos que vemos Gotham por primera vez. Es su mente la que nos habla a lo largo de la historia y es él quien termina por cambiar. No hacia mejor, pero sí hacia la clase de hombre que puede ser comisario de policía en una ciudad como Gotham. Decía antes que el Batman de Miller funciona sólo si se le ve bajo otro punto de vista, y en este caso es Gordon el que nos lo proporciona. El de un hombre corriente que tiene que hacer algo al verse cara a cara contra el mal.

Pues eso es lo que es la Gotham City de Miller: el mal absoluto. Una ciudad cuyos crímenes y corrupción no se verían ni en la peor ciudad del mundo real. Estamos ante una maldad tan grave, tan obvia e incontestable, que se nos antoja casi una caricatura. Esto es vital para entender a este Batman, porque sólo una ciudad como esa podría justificar un héroe como él. Quizá esta Gotham parezca más realista que la de El regreso del Caballero Oscuro, pero no es más que una ilusión del maestro Mazzucchelli (cuyo clásico realismo compensa y matiza las exageraciones del guión). Es un ideal de la maldad, no un reflejo de la misma.

Si apoyamos y animamos a un Bruce Wayne desequilibrado y violento (rasgos mucho menos pronunciados en este volumen, donde el personaje se niega en redondo a matar aunque eso le cueste la vida) es porque sabemos que no hay otra opción. Frank Miller sostiene que Batman es la respuesta necesaria a un mundo que se ha ido al carajo. ¿Qué significa esto? Que la intención del autor es más metafórica que literal. No estamos ante un “esto es lo que debe hacerse”, sino ante un “esto es lo que pasará, o debería pasar, si llegamos a este extremo”. Y es algo que se aplica tanto a ésta como a la anterior obra.

Pero esto no cuajaría de verdad si no estuviera Gordon. El hombre humilde, noble, valiente y falible que es capaz tanto de ponerle los cuernos a su mujer como de saltar por un puente para salvar a su hijo. Que puede devolverle la paliza a un policía corrupto un día y, a la mañana siguiente, enfrentarse desarmado a un loco peligroso para salvar a una niña pequeña de la muerte segura. Un tipo que, aun casi impotente ante el abismo que tiene delante, se planta y mantiene la posición como buenamente puede. No porque le guste, no porque sea el más adecuado para el puesto, sino porque, maldita sea, alguien tiene hacerlo.

Gordon es el avatar de un pueblo machacado, triste y oprimido que lucha porque sabe que ahí fuera hay un tipo disfrazado de murciélago que también lo hace. Porque, cuando el mundo se desmorona, no hay otro remedio que reaccionar. Así, y no de otro modo, es como funciona el Batman de Miller: a través del hombre corriente. No es Bruce Wayne el que debe cambiar y aprender, sino los propios ciudadanos de Gotham. Bruce ya cayó presa del mal, pero quizá haya esperanza de que otros se salven.

Sí, Batman necesita al pueblo. Pero, ¿qué pasa cuando el pueblo desaparece?

All-Star Batman y Robin  (ECC Ediciones, 2012). Eso pasa.

All-Star Batman y Robin

Será mejor ir al grano: All-Star Batman y Robin es uno de los peores cómics de superhéroes que existen. Se han vertido ya demasiadas opiniones sobre el porqué, así que lo resumimos para poder pasar a temas más importantes: es una obra machista, violenta, vacía, incoherente, con más agujeros que la gabardina de tu abuelo y con un Batman que se presenta ante Robin diciendo: “¿eres retrasado? ¿Quién te crees que soy? Soy el puñetero Batman”.

Para mí, lo relevante de All-Star Batman y Robin no es que sea malo. Que lo es. Es que todo lector será consciente de ello, y esto lo hace completamente inofensivo.

Creo haber dicho antes que Frank Miller está un poco trastornado. No sólo porque acometa su trabajo con furia poco dirigida, sino porque sus acciones en la vida real son… cuestionables. Esto no lo digo por decir. En los últimos años, el señor Miller ha hecho gala de un exacerbado patriotismo xenófobo (aboga por la guerra total contra el Islam) y ha tachado a movimientos como Occupy Wall Street de “concentraciones de vagos y violadores”. Peor aún es su tratamiento de las mujeres: en sus obras, son o bien prostitutas, o bien víctimas, o bien prostitutas víctimas. Incluso la Catwoman de Año Uno era prostituta (y no, no se trata de una digna representación de la profesión). En cualquier caso, siempre sexualizadas, atractivas y, en cierto modo, supeditadas a quien quiera que sea el hombre protagonista. Para muestra, el impagable momento en el que Wonder Woman espeta “apártate, banco de esperma” a un tipo que se encuentra por la calle:

9
Y cuando digo que está trastornado no digo que estas opiniones impliquen locura por defecto (no, sólo implican vileza). Lo que pasa es que Miller ha ido dejando que se desborden hasta casi monopolizar sus apariciones públicas y su trabajo, cosa que puede apreciarse en el choque de trenes que es All-Star Batman y Robin. Muchos dicen que los cómics de Miller inculcan sus ideas totalitarias y machistas a sus lectores, y no me extraña que lo crean. Pero yo dudo de que alguien pueda correr riesgo de ser adoctrinado por sus cómics, por una sencilla razón.

Porque no son sutiles. Sin sutileza, un lector es plenamente consciente de las ideas que se presentan en el texto. Y lo que importa es que se mantenga siempre la conciencia de qué es lo que se está leyendo.

Antes he enlazado a un artículo que, entre otras cosas, explicaba los problemas que tiene la película The Dark Knight Rises, de Christopher Nolan. El problema de este filme es que presenta ideas cuestionables de forma insidiosa, de manera que el espectador no se da cuenta de con qué está empatizando en realidad. Por decirlo de alguna manera, hace trampas. Frank Miller, en cambio, casi nunca hace trampas. Muestra sus pensamientos tal cual, un efecto secundario de su pasión a la hora de escribir. Sus obras son puro inconsciente vomitado hacia fuera; precisamente por eso tienen tanto gancho. Y si bien los inconscientes descontrolados también pueden ser insidiosos (el ejemplo perfecto de ello es Crepúsculo), no es el caso de Miller.

Porque, y de esto, estoy casi seguro, el propio Frank Miller es vagamente consciente de que su Batman es un chiflado peligroso.

En el caso de All-Star Batman, es incontestable. Muchas partes de la historia se dedican al habitual ensalzamiento “mira cómo mola Batman” que ya se veía en El regreso del Caballero Oscuro, pero hay otras que o bien son tan ridículas que parecen una parodia, o bien directamente señalan que sí, es bastante posible que Bruce Wayne haya perdido el juicio. Vemos tanto a Robin como a Alfred pensándolo, casi subrayándolo: “este tipo está loco”. Y sí, en circunstancias normales eso no sería más que una excusa o una disculpa entre glorificación y glorificación de la violencia, pero es que también tenemos la escena de Linterna Verde y la limonada:

Esto es exactamente lo que parece: Batman, sabedor de que el vasto poder de Hal Jordan es inútil contra el color amarillo, pinta su casa de amarillo, se viste de amarillo y se pone a beber limonada mientras Jordan le espeta: “¡maldito seas tú y tu limonada!”.

Prácticamente puedes oír a Miller diciendo: “mira, hasta yo puedo ver que esto es una chorrada”. Esta escena, considerada por muchos como la peor del cómic, es su único punto a favor. Porque hace que el lector sea consciente de lo que está leyendo.

Antes hablábamos de que Batman es una fantasía de poder masculina. Un personaje que da pie a la indulgencia intelectual y a la lectura complaciente. Hay quien incluso lo llamaría pornografía emocional; si el arte te da lo que necesitas, la pornografía te da sólo lo que quieres. Y el peligro de la lectura complaciente es que, en algunos casos, puede hacer que te comas con patatas ideas más bien viles. Pero esto no significa que sea malo leer historias complacientes; lo que es malo es hacerlo sin ser consciente de lo que se lee.

Para bien y para mal, uno siempre es consciente de estar leyendo algo de Frank Miller. Y es esta honestidad la que lo hace notable. Para bien y para mal. Porque él, al menos, nunca nos mentirá. Bien aportando varios puntos de vista, bien subrayando lo absurdo de sus propios textos, este Batman ofrece la mejor clase de pornografía. La que es consciente de sí misma.

NOTAS

i Se podría escribir un artículo entero ensalzando los méritos estéticos de El regreso del Caballero Oscuro. El caso es que, de nuevo, otra persona lo ha hecho ya, y mucho mejor que lo que podría haber aportado yo.