Sudario para una mosca

Sudario para una mosca, por Andrea Beré.

El terror se basa en imágenes, en sugerencias. El fantasma de la señora Crowl no funcionaría si Le Fanu no hubiese mostrado a la anciana a media luz, con su aspecto terrible. Tampoco asustaría Estirpe de la cripta sin la reminiscencia tétrica del ghoul en la habitación contigua, y el recuerdo de la esposa cataléptica. Poe no sería Poe sin sus bellas retornadas. Y Drácula sería algo menos terrorífica sin la escena de Lucy Westenra o sin la parte de los Cárpatos. Una imagen, dice el lugar común, vale más que mil palabras. Pero a veces las palabras han de generar esas imágenes. El punto de origen de Los arácnidos, el impresionante relato de Félix J. Palma, parte también de una muy poderosa.

“La semilla del relato” –cuenta el escritor a Fabulantes- “fue una imagen que me fascinó por su potencial: la de una anciana tejiendo en una habitación oscura, con el tejido derramándose a su alrededor como una telaraña”. A priori, la estampa parece más bien salida de la mente de un ilustrador y puede tener un mejor encaje en la literatura de fantasía. A priori, decimos: porque el resultado que deriva de esa imagen con potencial es uno de los mejores relatos de terror en castellano que este redactor recuerde. Y si le apuran, uno de los mejores relatos de terror que jamás haya leído.

La premisa es simple en apariencia: dos personajes, el nieto narrador y su abuela, se conchaban para ayudarse mutuamente. Él provee a la vieja de alimento; ella le paga por sus servicios. De esta manera, el nieto puede mantener su altísimo tren de vida y ella dar rienda suelta a su siniestra afición. Como las capas de la cebolla, o la tela de araña, este escueto resumen argumental oculta mucho más.

Félix J. Palma no había escrito nada de terror antes de Los arácnidos; el relato fue su bautismo de fuego. Es probable que Palma fuese un pagano en lides terroríficas, pero sabía en dónde se estaba metiendo. “Recuerdo que no fue una escritura divertida”, nos confiesa, y añade que el tono fue lo que más le costó del relato, al “no poder recurrir a la ironía o al humor” al que estaba acostumbrado. No en vano, el cuento dio nombre a una antología de 2004 (publicado por Algaida) con tintes fantásticos y sólo una mácula de terror, que ganó el prestigioso premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz en 2003.

Georgia O’Keeffe – Hands and Thimble, 1919

Alfred Stiegliz, Georgia O’Keefe. Retrato. Manos con dedal, platinotipia, 1919.

Palma hizo muy bien tres cosas: la primera, desconcertar al lector y provocarle repugnancia. Para explicar el desconcierto que genera el cuento vale un símil: el lector muchas veces se mueve por las líneas como si tuviera una capucha en la cabeza. Está desorientado. Palma juega con el paso del día a la noche con maestría. Es cierto que sus dos personajes principales son noctámbulos y nictálopes, pero la luz, o un rescoldo lumínico, juega el importante papel de resaltar lo sugerido, de magnificar la presencia de la abuela y de su cueva-casa. Palma da espesura a esos haces de luz que condensan polvo y suciedad, que resaltan el abandono y la decrepitud. Y ahí está la clave de la repugnancia: al no ver, al entrever, el lector no sabe por dónde está caminando, y prefiere no saberlo, estar ciego ante las atrocidades de la dupla. La repugnancia, por tanto, es moral, es ética, pero también es visual. Abuela y nieto son dos psicópatas. Si nuestro lector tiene memoria cinematográfica, se asqueará al entender de qué le hablo.

En segundo lugar, dado que las luces son tenues y apenas se ve, los pasos que han de darse son sigilosos. Los arácnidos es un cuento furtivo de principio a fin. Lo es en las acciones depredadoras del nieto; en su habitación secreta, en la que atesora fotografías de sus víctimas y en la que alimenta a una viuda negra; en los movimientos felinos de la enfermera mastodóntica que cuida de la inválida; en las miradas calibradoras, hambrientas, de la mujer enferma. En Los arácnidos el sonido de la voz sobresalta. Los pequeños ruidos crispan los nervios, estallan como ecos. De nuevo, el lector queda desorientado.

Por último, luz mitigada y sonidos amortiguados son paradigmas de un misterio. La relación de odio recíproco entre abuela y nieto esconde algo más, algo perverso (que no desvelaremos) que, una vez comprendido, provoca náuseas. Palma se las ingenia para que sintamos compasión por el joven y para no tener aversión hacia la anciana. Sus actos tienen un motivo. Sus conciencias se mueven según unas coordenadas muy precisas. A ambos les mueve la codicia. De dos maneras distintas y patéticas.

Félix J. Palma estiró la escena de partida hasta darle consistencia. Como una tachuela, se aferra con violencia a la mente del lector: “Las manos de la anciana, huesudas y sarmentosas, manejaban las agujas de punto con una habilidad extraordinaria. Pero lo que realmente atrapaba la mirada era su compás imperturbable e hipnótico, aquella cadencia de

Félix J Palma
mecanismo inexorable que sugería que más que concentrada en su labor, mi abuela parecía sumida en una especie de trance.” El arrullo de estas palabras nos mece, nos hechiza, hace que nos pesen los párpados. Y mientras caemos en una duermevela inevitable, al otro extremo del hilo avanza inexorable y decidida la araña salivante.

“Los arácnidos” fue seleccionado para integrar el volumen Aquelarre, con el que la editorial Salto de Página quiso ofrecer una retrospectiva del mejor cuento de terror actual. A pesar de la calidad de la mascarilla de Pedraza, del fotomatón de Latorre, de la horda de huesos reptantes, el peor de los miedos, el mayor de los horrores, lo generó un repentino brote de aracnofobia.