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Fragmento de portada de Realidad Daimónica de Patrick Harpur, Editorial Atalanta.

Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela (título que sólo emplea para prologar antologías vampíricas), es, fundamentalmente, un editor alejado de ruidos, modas y excesos. Esta parte de la entrevista intenta profundizar en el editor que hay detrás de Atalanta, en sus gustos, sus pasiones, sus rutinas.

(Foto de portada: www.lainformacion.com)

F: Curiosa tarjeta de presentación la que brinda Google al introducir su nombre. Editor, escritor, diseñador gráfico y jardinero… ¿El orden de preferencias es correcto? ¿Cuál de estas facetas es la que más le agrada?

J. S.: Yo soy editor de profesión. Pero me considero igualmente escritor, o mejor dicho, ensayista y diseñador gráfico. Pero el mundo necesita tener a cada uno bien metido en su cajita y no lleva bien que te salgas de ella. Al principio, yo era un “hijo de”. Luego se admitió que además de eso era editor. Pero, tampoco puedo quejarme. El mundo bajo los párpados fue considerado por los críticos de Babelia como el segundo mejor ensayo del 2010 y en el Reforma de México también estuvo entre los diez primeros libros del año, creo que en el séptimto puesto. Con el diseño me ocurre que mucha gente me sigue diciendo despúés de tanto tiempo: ¡ah pero tú haces el diseño! Lo cual es normal, nadie mira los créditos de los libros. En cualquier caso, yo no hago carrera de ninguna de estas dos actividades. Me limito a hacerlas y a disfrutar con ellas. Sin embargo, si me preguntaras cuál de mis oficios es el más poético y filosófico, respondería si dudarlo que el de jardinero.

F: Por cierto, no le hemos preguntado aún cómo tenemos que llamarle: ¿Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo o Jacobo Siruela? Porque suponemos que ambos son sinónimos del mismo hombre. O, perdone, ¿es usted un poco Jekyll y Hyde?

J. S.: Es muy sencillo. Mis apellidos son demasiado largos y demasiado significados, por lo que opté por firmar con el nombre de mi título nobiliario. Ahora bien, como pertenezco a la República de las Letras, quise omitir lo de conde, que sólo he utilizado para firmar la segunda edición en Siruela de mi antología Vampiros. ¿Cómo un vampirólogo no iba a ser conde? Pero creo que algunos no les hizo gracia la broma.

Si me preguntaras cuál de mis oficios es el más poético y filosófico, respondería si dudarlo que el de jardinero

F: Nunca le ha preocupado el qué dirán. ¿De qué manera influye también en su labor como editor? ¿Y en sus demás facetas?

J. S.: Nunca me he preocupado mucho de eso. De lo contrario no hubiera sobrevivido. Creo haber sido una persona bastante libre durante toda mi vida.

F: Pertenece a una larga tradición de aristócratas intelectuales. En tiempos recientes, hemos tenido al conde Tolstói, a Luchino Visconti, a Luis Escobar, Marqués de Las Marismas del Guadalquivir… Comprobamos, no obstante, que a pesar de esa tradición, muchos entrevistadores le preguntan con estupefacción cómo se concilia eso de ser noble y erudito. ¿A qué se debe esta sorpresa? De hecho, no es raro que le pongan la etiqueta de excéntrico. ¿Le incomoda dicha etiqueta?

J. S.: ¿Excéntrico? “Noooo”, como dijo muy bien Dalí, los del Ampurdán somos concéntricos, todo lo contrario. Nuestras “excentricidades” nunca son gratuitas, sino fruto de la meditación. Por otro lado, hay más aristócratas de lo que se cree en la República de las Letras. Lo que sucede es que la aristocracia española no ha sido ilustrada, como la inglesa, ni ha tenido mucho talento, como la rusa. Por lo que a mi familia respecta, puedo decir que tanto mi abuelo como mi bisabuela, la Condesa de Siruela, fueron personas cultivadas, que trabaron una buena amistad con escritores, académicos y que también ejercieron el mecenazgo.

num. 4 otoño 1986

Portada del num. 4 de El paseante, otoño de 1986.

F. El primer libro que usted publica, en 1982, fue Sir Gawain y el  Caballero verde, a la que seguirían las más importantes novelas  del ciclo artúrico. ¿Por qué elige precisamente esta novela como debut?

J. S.: Su brevedad, riqueza de imágenes y perfección constructiva literaria la hace idónea para empezar una colección. Pero además tiene el atractivo de ser la novela medieval preferida de Tolkien.

F: De 1985 a 1998 usted estuvo al frente de la revista literaria El Paseante. Muchos lectores, entre ellos su esposa, la periodista Inka Martí, descubrieron obras y escritores imprescindibles. ¿Por qué cerró Paseante? ¿Encuentra ahora dentro del panorama editorial alguna revista que se le asemeje o siente un vacío? ¿Cree usted que hay un cierto malditismo con las revistas literarias en España?

J. S.: El Paseante cerró porque acabó siendo para mí el mayor competidor de Siruela. Demandaba mucho tiempo y era lo que a mí más me faltaba. No hay ningún malditismo en la desaparición de las revistas, lo que pasa es que todo cambia, la gente cambia de hábitos y necesita otros modelos con los que identificarse, pero además los diarios acabaron cubriendo el papel de las revistas con los suplementos y, para qué engañarse, ya no hay tanto público en España. Hace unos cuatro años me volvió el gusanillo de hacer otra vez una revista anual, que quería llamar Hipómenes, que es el personaje con el que Atalanta hace la carrera en el mito, pero al final pensé que era demasiado follón y que ya era bastante hacer diez libros al año, siendo muchos de ellos tan complejos.

Creo haber sido una persona bastante libre durante toda mi vida

F: A la hora de leer en castellano, ¿se queda en casa o prefiere a los autores latinoamericanos?

J. S.: Yo nunca me quedo en casa. Soy universalista tanto en el espacio como en el tiempo.

F: Y de la literatura en otros idiomas, ¿con cuál se queda? ¿ Acostumbra además leer en la lengua original, cuando es posible, prefiere una buena traducción?

J. S.: Siempre que se pueda, no hay color. Las traducciones son siempre aproximaciones y un frío sucedáneo fonético de los originales. Y sin embargo, tienen un valor incalculable en cuanto a difusión de la cultura y amor a la literatura.

F: Desde pequeño ha sido un insaciable lector. ¿Cuál es su primer recuerdo literario? ¿Y cómo se engancha a la lectura?

J.S.: No tanto. Yo leí tebeos, como se llamaban entonces, hasta los catorce años, y no empecé a leer en serio hasta partir de los 17 o 18 años; y fue Borges el que me indicó el camino de mis lecturas literarias, porque antes, estaba muy perdido.

F: ¿Cuál cree que han sido las lecturas que más le han marcado para su trayectoria editorial?

J. S.: Para mi colección medieval, el Perceval o el cuento del grial de Chrétien de Troyes, en la versión de Martín de Riquer, que es sin lugar a dudas uno de los cuentos más hermosos del mundo. Pero aparte de este caso, no creo que haya unos libros en concreto los que marcan tu trayectoria. El gusto es fruto de muchas lecturas y de la digestión que se hacen de ellas.

Soy universalista tanto en el espacio como en el tiempo

F: Es imposible no pensar en Frances Hodgson Burnett, otra insigne jardinóloga, al hablar con usted. ¿Su jardín tiene secretos? ¿Los tiene la jardinería para usted? Más que una afición, es uno de sus trabajos. Díganos, ¿qué le enseña el contacto con la naturaleza en su día a día?

J. S.: Aunque el mundo esté cada vez más lleno de ciudadanos, la naturaleza es un tema que será cada vez más central. Nos estamos jugando la supervivencia de la vida en el planeta, por tanto, yo creo que, poco a poco, la naturaleza irá siendo algo cada vez más importante. Preferimos no ver estas cosas de forma tan contundente, pero ahí están y el tiempo no se detiene. Por eso, pienso que el jardinero ha de ser una modalidad importante del artista del futuro, es decir, que colabore con la vida natural y reabra el diálogo interno entre la cultura y la naturaleza, que es una de las acciones más sutiles y gratificantes que puede haber y que apunta al mítico reencuentro con el paraíso perdido.

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Segunda edición de la antología (2010).

F: Explíquenos su fascinación por los laberintos…

J. S.: No tengo ahora una especial fascinación con los laberintos. En una época si colecioné libros sobre este tema y visté algunos en Inglaterra. Es una imagen arquetípica, por tanto plena de significado y fascinación, pero es uno de tantos temas fascinantes que hay.

F: Usted fue amigo de Italo Calvino, un autor al que consolidó en Siruela y del que se han cumplido 30 años de su muerte. Cuando le hablan de él, ¿en su recuerdo se impone el amigo o el escritor? ¿Qué ha aprendido de él?

J. S.: Era un hombre muy particular. Un auténtico artista. Cuando le conocí en el curso que dirigí en Sevilla sobre literatura fantástica en los años ochenta, me hice amigo de él y continúo siéndolo de su mujer, Chichita. Creo que la trilogía y Las ciudades invisibles son hitos, y su último libro, Seis propuestas para el próximo milenio, es todo un compendio de sabiduría literaria.

F: Precisamente, publicó usted en Siruela los Cuentos fantásticos del siglo XIX, un libro con una paradoja: descatalogado en su natal Italia, es facilísimo encontrarlo en España. Curiosamente, con el Manual de zoología fantástica de Borges sucede al revés. ¿Cómo se explica que dos de las obras capitales del corpus fantástico de dos autores tan “fantásticos” no sean profetas en su tierra (ni en su lengua)?

J. S.: No es cierto, claro que lo son. Lo que creo qiue sucede es que estos dos nombres pesan tanto en Argentina e Italia que la gente quiere olvidarse un poco de ellos. Como aquí con Lorca, hace décadas, estaba hasta en la sopa. Además, no olvidemos también que el Manual de zoología fantástica es un libro muy minoritario, que se escribió con ese criterio, y las cosas siempre vuelven a su cauce natural.

F: ¿Cuántos volúmenes tiene en su biblioteca? ¿Cuáles ocupan un lugar destacado?

J. S.: No lo sé unos cuantos miles. Pero eso no tiene importancia. Lo importante es la calidad, no la cantidad de libros que uno tiene; lo sustancial es lo que se hace con ellos. Séneca no tenía más de dos docenas de volúmenes y la de Montaigne creo recordar que alredeor de doscientos, y mira todo lo que hicieron con ellos. Ahora en cambio cualquier idiota se jacta de tener miles de obras guardadas en su ordenador y ni siquiera sabe lo que tiene ni qué hacer con ellas.

El gusto es fruto de muchas lecturas y de la digestión que se hacen de ellas.

F: ¿Sigue usted algún ritual de lectura? ¿Tiene alguna manía como lector?

J. S.: Para mí, la posición natural de la lectura es horizontal. Salvo eso y el silencio, no creo tener otras manías significativas.

F: Usted aborda, según confiesa, el pasado de su linaje, al que dedicó un exhaustivo libro de investigación, con “curiosidad proustiana”. Los resultados, ¿depararon sorpresas, como le pasara al autor de Combray?

J. S.: Escribí para el libro sobre el palacio de Liria una Historia mínima de la Casa de Alba, por tanto, nada exhaustiva. Y no me deparó grandes sorpresas.

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(Foto: www.lavanguardia.com).