John Atkinson Grimshaw, In the Gloaming, 1878. Mercer Art Gallery, Harrogate.

John Atkinson Grimshaw, In the Gloaming, 1878.

“Se ha perdido en gran parte el gusto por lo maravilloso y en su lugar asoma cada vez más lo siniestro”.

                                                                                                 (José María Latorre)

Maravilloso a la par que siniestro. El testamento literario de José María Latorre (Zaragoza, 1945- Barcelona-2014) compendia todos sus gustos literarios y retrata a un escritor que fue panorama propio dentro del fantástico en castellano. En Música muerta y otros relatos, su última antología, publicada por Valdemar meses antes de su repentino fallecimiento, aflora el hombre culto, sensible, solitario y amable, amante de los paseos en actitud contemplativa, el aficionado al cine, el melómano. El enemigo acérrimo del Realismo.

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“Siempre me han gustado las atmósferas enfermizas, los ambientes asfixiantes, el Romanticismo (claro está, me refiero al movimiento artístico, sobre todo el Romanticismo negro, lejos de la ñoñería que hoy se suele aplicar a ese término), la hipersensibilidad ante la vida aunque en ocasiones pueda resultar dolorosa, el olor de las hojas quemadas y las flores marchitas, los jardines abandonados, la naturaleza muerta, los caserones lúgubres, las bibliotecas antiguas, la idea misma del misterio”- le dijo una vez el escritor a este reseñador. Latorre fue siempre consecuente consigo mismo. Sus libros, sus relatos, obedecen a esta muy masticada postura intelectual, literaria y vital.

Ahora que ya no está, y que es posible comparar toda su obra en retrospectiva, se puede afirmar casi con contundencia que Latorre fue celador de las esencias del fantástico, un paladín de la causa fantástica, como le llamé en otro ámbito, que luchó por reivindicar la fantasía y la imaginación. Dejemos, una vez más, que sea su propia voz la que nos guíe: “La literatura fantástica posee el atractivo de ofrecer alternativas imaginativas a la mediocridad y la grisura de la sociedad, poder trabajar situaciones extraordinarias con personajes extremos, internarte por mundos maravillosos, ir más allá de los límites del conocimiento y de la ciencia, tratar temores que están presentes en el fondo de todos los seres humanos, sacar a la luz por medio del arte los miedos ancestrales, tratar lo monstruoso como parte de la condición humana, moverte por ambientes fascinantes; parte de su atractivo reside también en que carece de límites”. Es un buen postulado. Reconforta sin estridencias a los partidarios, a un lado y otro del burladero, de esa otra manera, más vistosa y a la vez más complicada, de entender la realidad.

Música muerta incorpora al acervo fantástico veinte relatos de muy distinto cuño. En su mayoría, siniestros y, prácticamente de manera inédita en la producción de Latorre, también truculentos. Muchos tienen el ojo puesto en el cine: no es una postura extraña en quien fuera durante casi treinta años coordinador general de la prestigiosa revista especializada Dirigido por…, en la que se mantuvo hasta el final tejiendo críticas didácticas y poco cainitas[1]. Hay mucho cine en Música muerta. Alusiones al amado western en “Cuervo”, un relato cruel en el que el estilo del autor alcanza sus mejores cotas, al Hitchcock sórdido de Los pájaros en el angustioso “El depósito de agua”, o a la nostalgia por el mundo en decadencia de Cuando el destino nos alcance en “Invierno en la tierra”. José María Latorre es como Edward G. Robinson en esa película[2], el defensor de los libros, de la cultura, de aquellas creaciones surgidas de la mente humana que humanizan, y dignifican, a los hombres.

Como si supiera que el tiempo se está acabando, que se halla ante una carrera contrarreloj, Latorre se muestra más lúgubre de lo que nunca se ha atrevido a ser. Tiene relatos, como “En los bloques de nichos”, con una visión profundamente desencantada de la muerte. Para él, ha perdido algo de su empaque romántico para cobrar consistencia inevitable y materialista. Al menos un cuento más, “El hombre del cementerio”, abundará, como el anterior, en los costes de los sepulcros, de las últimas moradas. Hay un cierto miedo palpable a marcharse improvisando, sin prever los actos finales. Quien reverenció de manera tan exquisita a la muerte no puede evitar, en última instancia, apretar los dientes y maldecirla por su crueldad, por ser tan canalla de despojarnos de todo y sin nada.

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John Atkinson Grimshaw, Autumn Glory: The Old Mill, 1869.

Ambos relatos se engloban dentro de una obsesión literaria muy profunda en Latorre: la del vivo que interfiere entre los muertos. Muerte y vida son conceptos naturales y complementarios; ahora bien, una predominancia o pujanza de la una sobre la otra es una trasgresión, un acto antinatura. Por eso a Latorre le fascina Poe, quien, desde su miedo cerval y paralizante a la muerte (le agarrotaba pensar en ser enterrado vivo), escribiría sobre sujetos que alterarían el normal curso de la existencia. Así, construye “Los ojos muertos” y su posterior variación, sobre un asesino al que su crimen persigue en la cotidianeidad de su casa. Con pinceladas a sus idolatrados George Franju y Henri-Georges Clouzot, el zaragozano compone un cuento de orquestación perfecta con golpe de efecto final aunque no sorprendente: los hedores, los chirridos, las alucinaciones han ido anticipándolo. Una de sus vívidas estampas será reutilizada en “Sally en el pasado”, relato sobre un club espiritista que es la tapadera de una suerte de infierno.

Los relatos de Latorre tienen una corporeidad indiscutible. Resuenan, crujen, chirrían, como los de los más grandes maestros. En sus páginas se percibe la influencia de M. R. James y de Vernon Lee: al cuentista también le enloquecen las refinadas manifestaciones artísticas. Sus protagonistas escriben (en cuadernos, como acostumbraba a hacer él[3]) y, cuando tienen ocasión, también cantan o interpretan música. El relato que da nombre a esta antología nace de la melomanía, profunda en el autor desde la infancia, y de la concepción de la música como un ente vivo. De hecho, trata sobre el espectro de la música, de sus resonancias, de sus ecos. Es un cuento fantasmagórico benévolo. También habla de la impronta que dejan los muertos “El regreso”, en el que Latorre retoma el viaje en tren, una constante en su anterior antología La noche de Cagliostro (2006), porque es el medio que más favorece la introspección (por comodidad y disponibilidad). Y de olores y sonidos que retumban como ensordecedoras fanfarrias sabe mucho La máscara del demonio, evidente homenaje a la fastuosa película del ingenioso Mario Bava.

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Jose María Latorre

No obstante, el mejor Latorre aparece cuando tiene que volver a escribir sobre vampiros, su debilidad. “El sacerdote suicida” entronca con sus novelas juveniles: parece una prolongación de alguno de sus libros sobre el detective de lo oculto Henry Saville, con sus caserones –o abadías, como en este caso- destartalados, sus grimorios prohibidos, sus espíritus malditos y vengativos siempre acechantes porque envidian a quienes todavía pueden disfrutar de su vida. “Resurgam” es impresionante, la gran cumbre de esta selección. Historia de y con vampiresa, a la que una inclemente nevada confiere una sensación profunda de aislamiento, indefensión y soledad, “Resurgam” tiene las imágenes más pavorosas del conjunto. Stephen King en Salem’s Lot y José María Latorre en “Resurgam” asustan como nadie al lector con las llamadas nocturnas de sus criaturas ávidas, que solicitan entrar en las habitaciones de sus víctimas para desangrarlas. El de Zaragoza, además, despatarra a Vera, su voluptuosa vampiresa morena, en el erial nevado, ante un símbolo cabalístico con el que amenaza regresar, de nuevo, de entre los muertos.

Latorre se fue pero resurge, como Vera, en cada una de las páginas de su consistente obra fantástica. Aquella que se interna por vericuetos maravillosos y que desconoce la mesura de los límites.

NOTAS

[1] Además, escribió un libro titulado El cine fantástico que sigue siendo todavía un manual de referencia. Convendría reeditarlo algún día, e incluirle un apéndice; por desgracia, Latorre ya no podrá supervisarlo, como siempre fue su intención.

[2] Su última película, en verdad. Murió del cáncer que lo estaba matando pocos días después. Estaba además sordo: aprendió de memoria los diálogos, suyos y de sus compañeros de reparto, para saber cuándo debía de intervenir. Richard Fleischer, director de la película, se desesperaba cada vez que mandaba parar el rodaje, porque Robinson al no oírle, seguía interpretando.

[3] “Escribo mis novelas y cuentos a mano, en libretas que elijo con gran cuidado (deben gustarme mucho antes de comprarlas), y luego las paso al ordenador y las corrijo en la pantalla. Una de esas libretas me gustó tanto que desde el primer momento estuve seguro de que iba a escribir en ella con mucha fluidez y de que la novela saldría bien: fue con la que gané el premio Gran Angular (La mirada de la noche)”