La segunda parte de la entrevista con César Mallorquí tiene por protagonista al propio autor. Si en la anterior, hablábamos de villanos fascinantes y de viajes extraordinarios, en este tramo, Mallorquí se desnuda ante los focos para hablar de sus orígenes literarios, de sus ideas sobre el oficio, de su obra, los malos escritores y de las carcajadas que le produjo Robert Sheckley. Porque el humor, nos recuerda, es un arma poderosa. Además, Mallorquí confiesa que lo mejor de sí mismo está en el niño que un día fue.

Fotografías de Javier Sauras

Fabulantes: Eres periodista de formación y abandonaste la profesión. ¿Cómo estaba el periodismo cuando empezaste?

César Mallorquí: Empecé en el año 1974. Debería haber sido antes, pero hubo un ministro franquista, Julio Rodríguez Martínez, que decidió equiparar el año académico al año natural, un experimento genial que sólo duró un año. De esta forma, mi primer año de facultad sólo duró seis meses. Nos comimos septiembre, octubre, noviembre y diciembre y empezamos en enero, para acabar, como estaba previsto, por junio.

Eran los últimos años del franquismo, o sea que imaginaos cómo estaba el periodismo. Muy mal. Yo trabajaba en La codorniz y tuve dos expedientes por inmoralidad y desacato. En aquella época casi cualquier cosa te podía granjear una denuncia. También eran los tiempos del nacimiento del periodismo combativo: Cambio 16 y El país estaban a punto de llegar…

F: ¿Alguna experiencia vivida como periodista que te parezca resaltable?

C. M.: Ninguna. Yo no era reportero. Estuve ejerciendo desde los 16 hasta los 27 años. Es un periodo que tengo bastante olvidado, para seros sincero. Hice mucho trabajo freelance, especialmente para las revistas femeninas, que eran las que mejor pagaban. Es que entonces, meterse en un periódico era meterse en la plantilla del diario Pueblo, de El alcázar… Cosas así… Podría haber intentado meterme en la radio y no sé por qué no lo hice. No tengo ningún gran recuerdo. Quizás de los juicios que me plantearon cuando estaba en La codorniz por mis injurias y mis pecados tremendos al escribir (Mallorquí remata la frase con una sonrisa en la voz).

F.: ¿Te acuerdas de alguno?

C. M.: Publiqué un cuentecito muy corto, de un par de páginas, en La codorniz: estaba Blancanieves en su urna de cristal, quietecita ahí porque ha mordido la manzana; llega el príncipe, abre la urna, le da un beso, no pasa nada; le da otro beso, sigue sin pasar nada… Al cabo de varios besos, empieza a plantearse que quizás hay que hacer algo más, llevársela a su castillo y seguir ahí… Se la lleva en efecto y al poco aparecen los enanitos llorando y gritando: “oh, ¡pobrecita Blancanieves que ha muerto por la peste y han robado su cadáver!” (risas de los presentes). Me acusaron de necrofilia (carcajadas).

F: ¿Por qué te metiste a hacer periodismo?

C. M.: (Nueva pausa reflexiva) Pues porque escribía bien. Así de claro. Desde muy pequeño se me daba muy bien escribir. Me gustaba mucho. Escribía desde pequeño relatos cortos. Además, mi padre era escritor y mi hermano diez años mayor también se suponía que iba a serlo, estaba haciendo sus pinitos en el oficio. Yo pensaba: tres Mallorquí escritores es una pasada, casi una burla. Entonces no me planteé escribir nunca, pero sí hice lo que más se le parecía, que era el periodismo. Fijaos lo despistado que estaba que en aquel momento dudaba entre Biología y Periodismo. ¡No tienen nada que ver!

F: Dijiste que estuviste ejerciendo desde los 16 hasta los 27 años. ¿Qué te desencantó?

C. M.: (Pausa larga). Los periodistas (risas: los entrevistadores tienen precisamente esa profesión). Pues lamentablemente es así. Por lo menos, eran así los que había en aquella época. Muchos venían del Régimen y eran de una soberbia increíble. A los que estábamos empezando nos despreciaban totalmente, debíamos de estar rendidos a sus pies. Conocí a varios periodistas que me habría apetecido no conocer. Y luego, estaba aquel factor que os comentaba, que eran tiempos en los que te podían meter en la cárcel por escribir, no tenías libertad para expresarte, para decir lo que quisieras.

Durante el franquismo, me acusaron de necrofilia por un cuentecito de dos páginas sobre Blancanieves que publiqué en La codorniz

F: La Codorniz era un semanario de humor. Parece que estemos en unos malos tiempos para practicar el humor, y ahí tenemos la matanza de Charlie Hebdo o el caso de Guillermo Zapata para confirmarlo. ¿Eres de los que están de acuerdo en poner límites al humor?

C. M.: Para nada. El humor está para saltarse los límites. Por ejemplo, ya que mencionas lo de Zapata: lo que me parece terrible del asunto es lo malos que eran los chistes. Además de viejos, porque el chiste del cenicero creo que me lo contaron cuando tenía doce años. El otro me pareció sencillamente de mal gusto.

Hace unos años, bastantes ya, un dibujante francés cuyo nombre no recuerdo, sacó un álbum humorístico sobre los campos de concentración. Y exactamente a como pasó aquí con Zapata, se le echó encima todo el mundo. Recuerdo que un periodista del periodo hizo una reseña en la que decía que el humor negro es el más lógico que hay, porque el humor existe para reírnos de la muerte. Nosotros nos reímos porque nos vamos a morir. Ante la muerte no hay nada que hacer salvo reírte. Fijaos en que el humor es casi siempre sobre desgracias –por lo general ajenas-: alguien se resbala con una piel de plátano y te ríes de su costalazo. El humor consiste en cómo afrontar la desgracia, en cómo desengrasar la desgracia. Que ese señor hiciera chistes sobre los campos de concentración me parecía en principio bien; como dije en aquel momento, lo malo es que los chistes eran pésimos y muy viejos. ¿El humor negro está bien? Sí. ¿El humor negro malo? Eso ya no está bien.

F.: ¿Y qué opinas de toda esta gente que se crispa cuando oye chistes sobre temas que deberían de ser tabús?

C. M.: En primer lugar, estamos en el mundo de lo políticamente correcto, que es una especie de tiranía. Lo políticamente correcto destroza cualquier creatividad. El otro día estaba volviendo a ver El hombre tranquilo, de John Ford, una obra maestra. Esa película no se podría haber rodado ahora porque sale un señor pegando a una señora. Será considerada machista, agresión a la mujer. Claro, quien hiciera esa crítica debería de considerar cuándo está ambientada la película, cuándo se rodó, etcétera… Hoy sería absolutamente inviable. De todas formas, el meollo de la cuestión de Zapata no va tanto por lo políticamente correcto sino porque lo haya dicho alguien de Podemos. Es un pretexto como otro cualquiera para meterse con ellos.

F.: Conoces bien el humor como instrumento de denuncia. Querríamos pedirte que nos hicieras una reflexión al respecto…

C. M.: El humor es la forma de denuncia más salvaje, más potente, más fuerte, que existe. En primer lugar, te diría que el humor es mucho más difícil que el drama. Es mucho más sencillo hacer llorar que hacer reír. Con el humor puedes desarmar a tu enemigo dialécticamente. Normalmente, las personas suelen ponerse en un púlpito; si socavas su púlpito, la dejas sin argumentos. Por eso los dictadores han detestado siempre el humor. Cuando Charles Chaplin hizo El gran dictador, hubo muchos países que la prohibieron. El Quijote es una novela de humor; El buscón cuenta mejor lo horrible que era la España del Siglo de Oro que mil tratados de Historia. El humor es el arma definitiva. Tiene un poder tremendo. Ahí tenéis a los más grandes y poderosos cómicos: Groucho Marx con su destrucción del lenguaje; Woody Allen, con su indagación del alma humana… ¿quién ha hablado más y mejor del ser humano que Woody Allen? El humor es un escalpelo.

decima vittima 1965
F: Nos resulta extraño sin embargo que haya tan poco sentido del humor en la ciencia-ficción literaria. Salvo en la obra de Asimov, Vonnegut y Douglas Adams, casi no hay humor en el género…

C. M.: Hay, hay. Fundamentalmente, dos grandes nombres: Fredric Brown y Robert Sheckley. ¿No habéis leído nada de Sheckley? Pues murió hace unos pocos años. Sus novelas no son muy buenas, son sus relatos sobre todo los que son brillantes. Pienso, por ejemplo, en La décima víctima. Tiene una adaptación cinematográfica a cargo de Elio Petri (1965), con Marcello Mastroianni y Ursula Andress. Trata de un concurso en el cual hay cazadores que tienen que matar a sus presas y en el que hay asesinatos en directo. Sheckley se adelantó bastante a su tiempo. Ticket para Tranai quizás sea su cuento más conocido. Tiene por protagonista a un tío que viaja a un planeta que es una utopía. Lo que te demuestra ese cuento es que las utopías pueden ser las cosas más horribles que hay en este mundo (risas).

A mí me encantan los humoristas, he leído a muchos. Pero destaco dos relatos que me hicieron reír a carcajadas, con los que lo pasé mal de tanto reír: Adiós a todos los gatos, de P. G. Woodhouse, y La máquina de psicoanalizar marciana, de Robert Sheckley. Es la historia de un tío que está muy deprimido y se compra una máquina de psicoanalizar, pero se confunden y le dan una para psicoanalizar marcianos. El pobre hombre acaba desquiciado (risas). Es muy bueno.

También tienes otros clásicos como Bill, héroe galáctico, de Harry Harrison… En la ciencia-ficción clásica hay un montón de cuentos humorísticos.

El humor negro es el más lógico que hay, porque el humor existe para reírnos de la muerte

F: Lo que hay son muchos cuentos brillantes y dentro de la brillantez sí que hay humor. Pero creemos que es un género que adolece de sentido del humor. Cuando les oyes hablar, o cuando les lees ensayos, muchos de los autores de la Edad de Oro parecen volcar allí más humor que en su literatura. Es nuestra percepción.

C. M.: Con las novelas puede ser que tengáis razón, pero con los cuentos no. Abundan los relatos humorísticos.

F: ¿Y en la ciencia-ficción española?

C. M.: (Pausa cautelosa) En la ciencia-ficción española, no. Bastante menos.

F: Hemos pensado alguna vez que, como estaba considerado un género poco serio, los escritores debían de adoptar una pose…

C. M.: Puede ser. En los años setenta, por ejemplo, puede ser que sea cierto eso que decís. Si os fijáis, la ciencia-ficción española tiende a ser bastante pesimista. Por lo general, la europea suele ser más pesimista que la americana (mantenemos “americana” y no lo cambiamos por “estadounidense” para no excluir a autores canadienses del género como Alfred Van Vogt). El pesimismo de la ciencia-ficción española afecta a su humor. En los últimos tiempos sí ha habido algunos relatos de humor.

F: ¿A qué es debido ese pesimismo de la ciencia-ficción europea?

C. M.: La ciencia-ficción se consolida en el periodo de entreguerras y se desarrolla sobre todo en Estados Unidos, donde es optimista. Es un país que ha ganado dos guerras, mientras que Europa sufre ambas. Y luego, durante el periodo de maduración de la ciencia-ficción, Europa estaba reconstruyéndose. Entre las décadas de los 50 y 70, que abarcan ese periodo de madurez, Europa está sumida en una crisis, con cambios culturales muy profundos. Creo que Europa tenía serios motivos para ser pesimista en aquellos tiempos. Inglaterra, por ejemplo, difícilmente podía generar ciencia-ficción optimista cuando había sido bombardeada durante años, con un alto coste en vidas. El peso de la Segunda Guerra Mundial fue muy fuerte.

A mí me encantan los humoristas, he leído a muchos

F.: Nos preguntamos si también concibes tus novelas desde tu experiencia como publicitario, pensando en un público objetivo, en sus posibles gustos, y como has tenido tanto éxito con los concursos, incluso pensando en ellos, que es una forma maravillosa en España de ganar dinero como escritor. Nos dijiste que escribiste La isla de Bowen (Edebé, 2012) para ti mismo, pero querríamos saber si aplicabas alguna de estas técnicas.

C. M.: Una cosa no quita la otra, por suerte. O por desgracia, no lo sé. Yo escribí en mi blog una serie de entradas en recuerdo de mi hermano Eduardo, que se murió en el año 2000, y contaba su vida. Lo hice sentándome y volcando mis recuerdos… Al cabo de un tiempo, lo releí y descubrí que aquello que pretendía ser un acto de pura sinceridad, era sincero, sí, pero lo había planteado utilizando técnicas literarias, publicitarias incluso, para llamar la atención del lector, pero no había intentado hacerlo así, me salía de dentro. Y mi trabajo como publicitario sí que ha influido en mi trabajo como escritor, sin duda. Pero no tanto como para que eso me permita intuir qué quiere el lector, que me la suda, ni se lo pregunto y si me lo dijese probablemente no le haría ni caso; no obstante, la forma en que lo cuento, sí es del lector. Ahí sí que lo tengo presente, constantemente. He dicho que he escrito La isla de Bowen para mí, y es cierto, pero la he escrito también pensando en cualquier lector que pueda leer esa novela.

César Mallorquí 7

F: ¿Cuál es tu público objetivo entonces?

C. M.: Me da igual. He logrado un acto de esquizofrenia: ser mitad escritor y mitad lector gilipollas que no sabe nada. El prototipo del subnormal. Mientras escribo una novela, mi parte escritora para y saco a mi parte lectora, a la que le pregunto: “a ver, ¿qué te parece esto?”. Babea un poco, eh eh eh eh (risas de los entrevistadores), y si convenzo a ese cretino que tengo ahí, entonces sé que estoy funcionando bien. A veces el cretino me dice: “esto que estás haciendo es una mierda”, y pruebo con otra cosa.

Tengo un lector ideal, abstracto. Ni siquiera me planteo que sean jóvenes o no, me da igual. En mi blog hay un lema: “Lo mejor de mí mismo está en el niño que fui”. Quien escribe, es ese niño. El día que el niño muera, yo dejaré de escribir (probablemente porque yo también esté muerto). Toda mi vida la he ocupado en mantener vivo al niño. Luego, cuando pasemos a mi despacho, veréis hasta qué punto soy infantil. Recuerdo cuando una periodista de El país vino a entrevistarme, me dijo: “¡pero qué cacharrería tienes aquí!”. Colecciono robots de hojalata, caleidoscopios, tengo figuritas de Terminator o de Watchmen… Tengo que alimentar al niño. El día que me empiece a tomar en serio las cosas, a pensar en lo grave que es el mundo, que me empiece a tomar en serio a mí mismo, (pausa) ese día estaré acabado. No funcionaré. Es el niño el que me mantiene vivo.

F: Al hablar del niño, se hace inevitable también hablar del padre de ese niño. Tu padre, José Mallorquí, tiene en ti una influencia enorme. ¿Hablabas mucho con él de libros?

C. M.: Mi padre no hablaba mucho. Nunca me dio muchos consejos, recuerdo dos o tres. Sí me recomendaba libros para leer. En el fondo mi padre también era un niño. Estoy recordando ahora que él tenía la manía de coleccionar cosas. Coleccionar colecciones, digo yo. La más seria que tenía era la de sellos, que estaba muy bien. Pero por ejemplo, le dio también por coleccionar latas de cerveza de todo el mundo. Tuvo su parte chusca porque no tuvo en cuenta que la cerveza fermenta, y empezaron a reventar. Nuestra casa empezó a oler como una taberna (risas de los entrevistadores). A raíz de ello, aprendió a vaciarlas para conservarlas, haciendo agujeritos y vaciándolas. Como le daba pena tirar esa cerveza de importación que era tan cara, y él era abstemio, me la daba a mí, su hijo pequeño. “Anda, tómate dos o tres cervezas”… y claro, las cervezas que me tomaba no eran como las que nos tomamos aquí, a lo mejor eran cervezas checoslovacas de catorce grados que me dejaba temblando. Entonces me tomaba una checoslovaca, una polaca, una austriaca, y a la tercera cerveza ya decía: “mira papá, no me des ya más cervezas porque me voy ahora mismo a vomitar al cuarto de baño.”

Mi padre coleccionaba eso como podía coleccionar también vitolas de puros o los triangulitos de los quesitos en porciones o monedas… No fumaba cigarrillos pero coleccionaba cajetillas. Le encantaban los relojes… Era un niño grande que nunca llegó a madurar del todo y me temo que yo he seguido su camino (risa).

José Mallorquí retrato 20000
F: Y en la literatura, cuando te ponías a escribir, ¿te tomaban por el hijo de José Mallorquí?

C. M.: No porque cuando yo empecé a trabajar de comercial, dejé de escribir durante diez años y luego retomé la actividad literaria. Era 1991. Entonces estaba muy oxidado, evidentemente. Como quería escribir, decidí afilar mis armas literarias en un terreno en el que me sintiera cómodo, como era el de la ciencia-ficción y la fantasía. Durante cinco o seis años estuve muy metido en el mundo del fandom, publicaba en fanzines, que fue donde aparecieron mis primeros relatos; me puse así en forma para empezar a escribir. Me codeé con gente muy joven, que casi no sabía quién era José Mallorquí. Les quedaba lejos. Me refiero a la generación de los noventa de la ciencia-ficción, bastante más joven que yo por diez o quince años.

Ser hijo de José Mallorquí como escritor me ha ayudado más en la vida que en la literatura. Recuerdo que empecé a trabajar en una agencia de publicidad porque el director era muy admirador de mi padre y me contrató sin conocerme. Ser el hijo de José Mallorquí me ha hecho la vida muy agradable. Pero nadie nunca me ha publicado nada por ser el hijo de José Mallorquí. Eso sí, todos ponen en la contraportada que soy el hijo de José Mallorquí (risa).

El día que me empiece a tomar en serio las cosas, a pensar en lo grave que es el mundo, que me empiece a tomar en serio a mí mismo, estaré acabado

F: ¿Cuánto hay del escritor José Mallorquí en el escritor César Mallorquí? Si es que hay algo…

C. M.: Seguro que hay algo. Aunque utilizábamos técnicas distintas por necesidades distintas. Mi padre era un escritor pulp. Eso quiere decir que tenía que escribir aproximadamente dos novelas de unas ochenta páginas al mes.

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A veces hasta tres; eso suponía unas ciento cincuenta y doscientas cincuenta páginas al mes. No sé si os dais cuenta de lo que es eso, es una locura. Él no tenía tiempo ni para planificar mucho los argumentos ni para corregir mucho lo que hacía. Mi padre trabajaba muy poco el argumento. El talento de mi padre estaba en coger un tema, iniciarlo, y desarrollarlo desde las situaciones, los personajes, las conversaciones. Creaba unos personajes y unos diálogos estupendos e imaginaba unas situaciones fantásticas. Pero argumentalmente eran flojas: a lo mejor empezaba una novela con un argumento y luego se le iba por los cerros de Úbeda. Y no le importaba porque ese no era su fuerte. Afortunadamente yo tengo tiempo suficiente para trabajar los argumentos. Él dejaba fluir más la imaginación y yo trabajo más la estructura narrativa de la novela.

F: ¿Por eso era mejor tu padre como guionista de seriales radiofónicos que de películas?

C. M.: Las películas en que participó mi padre no eran buenas. Tenían demasiados diálogos. Aparte que estaban hechas con medios infames, protagonizadas por actores de tercera fila. Era la época del “gazpacho western”. No se salvaba ninguna de las películas de ese tiempo. Eran muy cutres.

F: Una cosa respecto a tu pasado. Dijiste que estuviste diez años en la publicidad sin escribir… ¿Cuándo te diste cuenta que sí que valías para escritor? ¿Qué pasó?

C. M.: Aprendí. Yo tenía lo peor que se puede tener: facilidad para hacer algo, facilidad para escribir. Cuando te resulta fácil hacer algo, el problema es que no te esfuerzas en hacer ese algo, sino que lo haces porque te sale. Mira qué bien, qué suerte tengo: la naturaleza me ha dotado de un don maravilloso. Es como las chicas que salen guapas.

Yo podía escribir relatos cortos: quedaban bonitos, bien escritos… Pero cada vez que intentaba escribir una novela, la novela se me moría a las veinte páginas. No me había preocupado en aprender cómo se narra una historia. Una historia de tres páginas tiene dos o tres posibilidades de narrarla; una de 300 páginas tiene 5.000 maneras de narrarla, es mucho más compleja. En cierto modo, yo había pensado que era un don natural y que mi don natural estaba incompleto, así que decidí que no era escritor. Cuando quise dejar la publicidad intenté hacer guiones de televisión, así que empecé a escribir el piloto de una serie y cuando lo acabé aquello era tan malo… Que me cabreé.

Cogí y durante un mes me iba a la casa de campo con mi moto y un puñado de libros que ya había leído y me parecían especialmente bien narrados. Así que me sentaba con cada uno de esos libros a ver cómo este hijo de puta ha conseguido contar tan bien esta historia como mantenerme agarrado a ella durante tanto tiempo. Por ejemplo, Stevenson con La isla del tesoro. Más o menos un mes después de ir revisando libros di con la clave. Empecé a escribir relatos, corregí el piloto de la serie (que luego dio igual porque nadie la produjo). Dicen que perro viejo no aprende trucos nuevos, pero con 39 años yo aprendí a escribir.

Ser hijo de José Mallorquí me ha hecho la vida más agradable

F: ¿De qué era esa serie?

C. M.: Era un thriller protagonizado por un ciego que resolvía un problema en el que estaba envuelto gente ciega.

F: Nos has dicho que la publicidad no te dejaba tiempo para escribir y que no te considerabas a ti mismo escritor. Pero dinos, ¿qué características cumplen los malos escritores? Les dedicas mucho tiempo en las entrevistas y nos gustaría saber qué te fascina.

C. M.: Tengo una conferencia que se llama “Elogio de la mala literatura”. Cuando yo era muy pequeño empezaba a leer cosas nefastas, en contra de lo que dicen muchos autores que parece que empezaron con Cervantes, prosiguieron con Shakespeare, y luego siguieron con todo el canon clásico. La primera novela de ciencia-ficción que leí y me enganchó fue Los reyes de las estrellas de Edmon Hamilton, que es un space opera malísimo de los años 30 (la memoria le juega una mala pasada a Mallorquí con la fecha: es de 1949). Lo tengo y le eché una mirada hace unos años y pensé ¿cómo me podía gustar esto? Me sentí hasta avergonzado. ¿Por qué? Pues porque de repente era un tío que te hablaba de un imperio de 50 mil millones de planetas, con unas astronaves inmensas que se arrojan planetas los unos a los otros igual que pelotas de tenis.

Cuando tienes 10 u 11 años, alucinas en colores. Eso me hacía seguir leyendo. Esas novelas malísimas cumplían una función: hacerme leer. Lo que me daban era una mierda, pero era una mierda muy colorista. Era una mierda divertida, cachonda. El pulp generalmente es muy malo y no me gusta leerlo, pero me gustan las ilustraciones. Tienen un encanto tremendo. Ese es el encanto al que me refiero. Tengo amigos profesores que dicen que cada vez que a sus alumnos les ponen un clásico como lectura obligatoria, es consciente de que pierde al menos diez lectores. A veces lo bueno a destiempo es contraproducente. A mí me hicieron leer con 16 o 17 años la primera parte del Quijote. Lo odié. Lo odié con todas mis fuerzas. Lo odiaba hasta tal punto que la segunda parte la debí de leer con 30. Y nunca he releído la primera parte, porque era un martirio. No entendía nada. Para leer El Quijote hace falta una formación, unos años, una edad… A lo mejor no, a lo mejor hay un chaval de 10 o 12 que es un genio y se lo lee encantado de la vida. Yo a esa edad me leí encantado La Odisea y El Buscón, pero El Quijote no. Entonces, a veces hay que empezar por lo malo. Una gran ventaja de lo malo, de la mala literatura es que te atrae por colorista, pero te acaba cansando. El mismo space opera, una y otra vez, acaba cansando. Vas escalando, en progresión, y de lo malo acabas en lo bueno.

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El bombero de Farenheit 451 de Bradbury, según Miguel Iturbe.

F: Muchos buenos escritores han empezado haciendo cosas muy malas.

C. M.: ¡Claro que sí! De lo más profundo del fandom ha salido Ray Bradbury, ha salido Kurt Vonnegut, ha salido Asimov. Un montón de gente ha salido de la basura. Lo bueno que tenía el pulp es que el 99 por ciento de lo que hacían era una mierda, pero como había total libertad para hacer lo que les saliera de los cojones, algunos hicieron grandes cosas.

Tú ves la novela negra actual y es un producto de lo que hicieron unos cuantos locos en tiempos del pulp. Hay un choque desde la novela clásica, el relato-enigma tipo Conan Doyle, Agatha Christie, y los hard-boiled norteamericanos, con los que se empieza a practicar un tipo de literatura completamente distinta que probablemente a esa gente le pareciera una mierda. Tanto tiro, tanta cosa turbia. Y sin embargo son los que hicieron evolucionar el género. Ésa es la gran fuerza de la mala literatura.

F: Dices que un buen escritor tiene que tener tres cosas: lapiz, papel y una papelera llena. ¿Cómo está de llena tu papelera?

C. M.: Mi papelera está muy nutrida. Tú piensa que empiezo muchas cosas… Ahora estoy escribiendo una novela de la que llevo dos terceras partes y que es la tercera vez que la escribo. La primera vez, la dejé a las veinte páginas. Cambié un montón de cosas y a las veinte o treinta páginas la volví a dejar porque no funcionaba. Lo notas, cuando no funciona. Esta nueva versión no se parece en nada a aquella ¿Qué he hecho con las otras dos versiones? Han ido a la papelera. Luego, cuando corrijo, la mayor parte de lo que hago es podar. Así que de trocitos, de papelitos, está llena la papelera.

Las novelas malísimas que leía de joven cumplían la función de hacerme leer y de acabar llegando a lo bueno

F: ¿Eres mitómano? ¿Conservas las cosas que hacías?

C. M.: Conservo algunas. Pero en mi caso, “conservar” significa saber vagamente que debo de tenerlas por algún sitio. Ciertas cosas las conservo, otras las he debido de perder porque hice una mudanza hace unos años. Puede que estén en el trastero…

Pero no, no suelo conservar mucho mis cosas. Quiero decir, lo que hago yo. El otro día, precisamente, estuve deshaciéndome de proyectos frustrados de la época en que escribía a máquina. Me deshice de todos: me daban mucha vergüenza.

F: ¿Eran insalvables esos proyectos frustrados?

C. M.: (Tras reflexionar unos segundos) Una vez que empiezo algo y veo que no funciona, pierdo todo el interés inmediatamente. Me cuesta más trabajo intentar arreglar eso que empezar de nuevo. Me cansa mucho menos.

F: Una de tus novelas que más nos gusta es El coleccionista de sellos, ambientada en un periodo que no está muy explorado en nuestra literatura. Nos gustaría saber qué te llevó a esa época y también el truco para hacerla.

C. M.: Estamos hablando de los años 90, en los que. hay una explosión de literatura de ciencia-ficción y de fantasía en España. A mí había una cosa que me sacaba de quicio: mucha de la gente que hacía eso copiaba los modelos anglosajones hasta el punto que incluso llamaba John a los personajes. ¿Qué intentamos? Si a ti te ofrecen por el mismo precio un rolex o un trolex, ¿cuál compras? ¿El rolex, verdad? Pues lo que estábamos haciendo los españoles era trolex, así que amos a hacer rolex. O no rolex, sino swatch o certina, pero vamos a hacer algo que sea nuestro. Por aquel tiempo estaba muy metido en la idea de que la literatura fantástica y de ciencia-ficción española debía de encontrar una voz propia. Debía de utilizar sus propias historias, costumbres, personajes, su propia ambientación… Así que llega un punto en el que me pregunto ¿qué es lo más reconocible español que tenemos ahora? Pues la Guerra Civil.

ColeccionistaSellos1
Tengo una carpeta de ideas y partí de dos distintas y las combiné. Aquellas ideas eran muy básicas: por un lado, había sellos que te permiten mandar cartas en el tiempo, por otro, un policía investigaba a contrarreloj un crimen en una ciudad en guerra que está a punto de ser tomada. Eran dos ideas separadas. Y pensé “vamos a ver qué pasa si las uno” y si encima cojo la Guerra Civil española… ¡mira qué de puta madre! Intenté demostrar que se podía hacer una novela técnicamente al menos tan correcta como la de los autores anglosajones, pero con un tema puramente español.

F: ¿Y cómo te surgió la idea de El rebaño?

C. M.: Cuando me dediqué a la publicidad no escribía una mierda. Sólo anuncios de Ariel y mierdas por el estilo, porque me había desencantado de mi capacidad literaria. Durante diez años no escribí ni una línea. Trabajando en publicidad, muchas veces en rodajes de anuncios o en viajes, hay tiempos muertos en los que te aburres como una ostra. Tenía como costumbre inventar historias. Jamás las escribía, pero inventaba historias. Al poco de casarme, mi mujer y yo estábamos haciendo un viaje por el Pirineo. Un día estábamos ella y yo solos paseando por la montaña y a lo lejos vi un rebaño de ovejas: veía al rebaño y al perro, pero no al pastor. Estábamos mi mujer y yo, el rebaño y el perro. El pastor estaría a la sombra de un árbol, pero no le veía. Entonces me quedé pensando: si el hombre desapareciera, es posible que un perro pastor siguiera pastoreando a su rebaño. En el momento en el que pensé eso, sentí una sensación de soledad tan grande que me di cuenta que allí había una historia. La cuestión era ir un paso más allá. Como todas las catástrofes siempre se cuentan con los últimos supervivientes humanos, quería ir un paso más allá: ya no queda ningún humano, se acabó. Lo último que queda son sus últimas obras: un satélite y un perro.

El relato se tradujo a una revista japonesa de ciencia-ficción. Ahora lo están traduciendo al inglés. Van a hacer una edición que se llama “Castles in Spain”, traduciendo varios relatos de autores españoles de ciencia-ficción.

Me cuesta más trabajo arreglar una novela que empezarla de nuevo

F: ¿Viajas para ambientar tus novelas?

C. M.: A mí me encantaría ser como Ken Follet. Plantearme escribir una novela sobre catedrales, y pasarme tres meses viendo cómo arreglan, por ejemplo, la de Gerona. Eso me encantaría, porque entre otras cosas querría decir que soy multimillonario. No lo soy; más bien soy un pordiosero que usa los despojos de lo que ha dejado. Yo, por ejemplo, me voy de viaje a Colombia por otros motivos y escribo una novela como La Cruz del Dorado (Edebé, 2005) que está ambientada allí. Le saco provecho a mis viajes. Realmente, poder viajar para ambientar una novela sólo lo he podido hacer una vez, con La Catedral (Ediciones SM, 2005), pero haciendo un poquito de trampa. Está ambientada en Navarra y Bretaña; me fui de vacaciones con mi mujer e hicimos el mismo camino que hacía el protagonista. Viajé con libreta en ristre y cámara de fotos. Es maravilloso. Es estupendo. Si pudiese permitírmelo, lo haría siempre.

F: Das consejos sobre cómo escribir. Uno de tus consejos es que hay que copiar. Que hay que copiar bien. ¿Tú has copiado alguna vez?

C. M.: Joder, como un loco. Hubo una época, cuando tenía 16 o 17 años, que copiaba a Bradbury con descaro… Así se aprende. En mi relato El rebaño se dice que los pastores no tienen que educar más que a un perro en su vida. Luego ponen a un cachorro al lado del perro y el cachorro aprende solo. Lo mismo pasa con los escritores. Me pones a un escritor que me gusta, me pongo a su lado y hago lo mismo que ese escritor y luego, con el tiempo, si tenemos suerte, dejaré de copiarle y obtendré mi propio estilo.

¡Pero vaya si he copiado! Hubo una época, ya con veintitantos, en que me dediqué a hacer una chorrada… Me ponía a escribir como otros escritores, como García Márquez; no le copiaba directamente pero sí su estilo. Me salía mejor con estilos muy marcados como el suyo o el de Borges. Yo no conozco a nadie que no haya copiado nunca. Hasta García Márquez copiaba a Faulkner. Bueno, no copiaba, “se inspiraba” en Faulkner… En el fondo siempre estás construyendo sobre los hombros de otros. El que es escritor primero ha sido lector. Su bagaje son las obras que ha leído en su vida y sobre eso te aúpas. Decían que en España si copias a un autor eres un plagiario, si copias a 40 eres un investigador. Lo que recomiendo siempre es copiar, pero copiar a cuarenta.

En la ciencia-ficción española de los 90, de tanto imitar, se hacían trolex en vez de rolex

F: Suponemos que ahora te copian a ti. ¿Sabes si te han plagiado alguna vez?

C. M.: Por desgracia, como gané el Premio Nacional, me castigaron durante dos años como jurado. Os juro que estuve a punto de devolver el Premio (risas). No lo soporto, el año pasado lo pasé fatal. Este año estamos a principios de julio y todavía no me he leído ninguna de las puñeteras novelas, ¡y tengo como unas veinte! (risas) Se falla en octubre, así que me espera un verano de puta madre. Afortunadamente, este año se acaba, pero me trae por la calle de la amargura.

El año pasado me puse a leer una de las novelas candidatas y me digo “esto me suena muchísimo”. Llamé a la editora y le digo “oye, esta tía… no me había plagiado directamente, pero me ha fusilado el esquema de una de mis novelas directamente”. Si ganas premios, la gente dice “si gana premios, tengo que escribir como este cabrón”. Del último, La isla de Bowen, me contaba una editora que ha empezado a generar una moda por las novelas de aventuras. Y antes no había ni una. Sí, sí me copian. Pero eso me gusta. Es un homenaje que te copien.

F: ¿Y te gusta también que te pirateen?

C. M.: Eso me saca de quicio. Yo tengo activada una alerta de Google para que cada vez que salga mi nombre en la red me avise. Y todos los días recibo la notificación que del orden de cuatro o cinco señores están regalando mis libros de mala manera. Ahora, curiosamente he descubierto que los adolescentes tienden a comprar los libros más que a piratearlos. A lo mejor es que no hay suficientes tabletas, o a lo mejor es que se los regalan. Regalar un libro pirateado es lo más cutre que hay.

F: ¿Tú crees que la llegada del digital es el mayor cambio que se ha producido en el mercado editorial desde que empezaste?

C. M.: A la lectura todavía no le afecta tanto. Hablar de estas cosas siempre es comprometido. En un principio decían que el libro electrónico se iba a comer al libro del papel. En efecto, el libro electrónico tiene muchas ventajas, entre otras el almacenamiento. Pero una novela electrónica al final no me parece una novela sino el fantasma de una novela. Le falta cuerpo, le falta sustancia, le falta olor, sabor… No le doy lametazos a los libros. Mi hijo está leyendo un libro y de repente hace “snif…” “aaaah”, como si se hubiese metido dos líneas de letras. Yo no llego a tanto. A mí me gustan, me encantan y disfruto los libros. Leerlos tampoco está mal. Me gusta el libro como objeto. A veces he hecho hasta la estupidez de comprarme los libros por la portada.

¿Conocéis Los viajes de Tuf, de George R.R. Martin? Pues hace poco hicieron una reedición en bolsillo y en la portada pusieron una armadura. Intentaron equipararla a “Canción de hielo y fuego”, aunque no tenga absolutamente nada que ver ¿Hasta qué punto se puede engañar? Además, ¿cuántos autores llegan contentos diciendo “me he autoeditado un libro”? Ni uno. Lo publican en una editorial de quinta en papel y están contentísimos. El libro electrónico es demasiado fácil de editarlo y de publicarlo.

Es un homenaje que te copien

F: Tus libros se leen mucho en los colegios, ¿cuánto te involucras en la vida de los coles? ¿A cuántos van al año? ¿Cuántos chavales te encuentras por la calle y te reconocen?

C. M.: Muchos me reconocen. En Madrid no voy a colegios, salvo a los de amigos, porque me come demasiado tiempo, habría meses enteros en los que no escribiría ni una línea. En Madrid procuro dar las menos charlas posibles. Pero voy a treinta o cuarenta coles al año fijo.

Queda mal decirlo, pero me casa más que otra cosa. Aunque a veces te encuentras cosas fabulosas. Hace poco fui a un cole y me encontré a una chica preciosa de 16 años que se estaba quedando ciega por una enfermedad degenerativa que afectaba a toda la familia. Era una lectora tremenda. Escribía poesía y había ganado un premio de escritura joven. Es raro encontrarse con gente interesante. Me interesa más el contacto por internet porque puedes dialogar. Lo malo es que cuando voy a un colegio le puedo dedicar a cada chaval tres minutos y eso no es conocer a nadie. Sin embargo, a través de mi blog puedo mantener conversaciones con ellos. No es una tarea que me guste mucho.

César Mallorquí habla de literatura.