Cuando se habla o se escribe de César Mallorquí (Barcelona, 1953), la presentación suele ser siempre idéntica: hijo del autor de novelas populares José Mallorquí; periodista y creativo publicitario; referente de la ciencia-ficción española y ahora multilaureado novelista juvenil. Deseosos de saber algo más del personaje, le pedimos que iniciara la entrevista contándonos algo sobre sí mismo que no supiéramos.

Mallorquí, en aquella primera respuesta, nos dejó claros dos rasgos de su carácter: su sentido del humor –“¿queréis saber algo acerca de mí además de mi tremendo parecido con George Clooney?”- y su condición de niño grande. El escritor se reconoció “adicto a Tintín”, “tintinófilo” que colecciona figuritas de resina, que se regala, o le regalan, con cada premio y que abundan en varios rincones de su casa. El cohete del viaje a la Luna preside una estantería cercana, a escasos metros de los cómics de Corto Maltés y de Watchmen

Fotografías de Javier Sauras

Fabulantes: ¿Qué crees que dice de tu personalidad el que seas tintinófilo?

César Mallorquí: Hay dos cosas que definen a la gente de mi generación: una es Tintín, la otra es Guillermo Brown de Richmal Crompton. Nos acabamos dividiendo entre los lectores de Crompton y de Enyd Blyton. Los segundos eran unos cursis y los primeros éramos los futuros roqueros, evidentemente (risas).

F: Veníamos con la intención de preguntarte si eras más de Tintín o de Corto Maltés, pero ya nos…

C. M.: Ambos. Mirad, ahí tengo varios álbumes de Corto Maltés (señala la estantería).

F: ¿Y qué destacarías de cada uno?

C. M.: De Tintín la magia, los sueños. De Corto Maltés, el romanticismo, su apego a la tierra. Corto Maltés es un romántico y Tintín es el héroe dinámico, vivo, que no se plantea las cosas demasiado.

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El Haddock de María Emegé.

F: ¿Haddock o Rasputín?

C. M.: Haddock, es un borracho encantador. Rasputín es un hijo de puta (risas). No sé, creo que me divertiría más con Haddock que con Rasputín. Y seguramente acabase vivo, además (risas).

F: Vemos que Watchmen ocupa un lugar destacado entre tus cómics. Además de escrucharte a ti dando consejos sobre escritores, hemos escuchado a Alan Moore decir que la literatura es un Dios.

C. M..: Personalmente, no estoy de acuerdo con Alan Moore. Yo creo que la literatura hay que tratarla como si fuera un juego. Todos los planteamientos técnicos que me hago son los de un juego. Odio esa idea de que la literatura es un Dios. Echa a la gente para atrás, y a mí me abruma. Como no me gusta ir a misa, la sola idea de la literatura como un Dios me impulsaría a no comprar libros. Prefiero jugar con la literatura, es mucho más divertido.

F: Moore dice que una vez que encuentras el estilo tienes que dar la vuelta drástica porque si no te aburres. Es lo que define, según él, al buen escritor…

C. M.: Eso sí es verdad. Tienes que exigirte a ti mismo más de lo que sabes hacer. Cualquiera es capaz de hacer lo que sabe que es fácil. Por eso, hay que hacer lo que no sabes hacer. Muchas veces te la pegas, pero cuando no te la pegas lo que haces es aprender. Y sobre todo no quedarte muerto. Periodicamente me pongo retos para no seguir haciendo las cosas igual, porque si no sé que voy a acabar imitándome a mí mismo. En la medida en que puedo, intento reinventarme. Técnicamente sí le doy muchas vueltas a las cosas. Hay, por supuesto, cosas que son mías y que no cambio, como por ejemplo el uso del sentido del humor, aun en mis relatos más dramáticos. Creo que eso engrasa, es lubricante para el motor.

F: ¿Recomendarías cómic cuando recomiendas leer?

C. M.: Claro que recomiendo cómic. De los que tengo ahí, Watchmen y From Hell estoy harto de recomendarlos. Moebius me encanta como dibujante, aunque no necesariamente sus historietas. Hugo Pratt me fascina. Por desgracia no estoy muy al tanto del cómic actual. El cómic americano, prácticamente todo súper héroes, me cansa.

Las cosas de Tintín me las regalan. Saben lo pirado que estoy. En Barcelona hay una tienda Tintín, como en París y en Londres; en Madrid hay un par de sitios donde también las venden. Ya le he dicho a mi mujer que no voy a comprar más, porque esto va a acabar pareciendo un museo Tintin.

Intento cortar. Antes compraba por impulso y ahora tengo que comprar por doble impulso.

Creo que la literatura hay que tratarla como si fuera un juego, es mucho más divertido

F: ¿Qué te parece la ciencia-ficción que se hace ahora?

C. M.: Últimamente no la sigo, no me interesa. Mayoritariamente, quiero decir. Mirad, acabo de leer ese libro que está ahí debajo de las gafas (nos señala una pila de libros encima de la mesa que nos rodea), La constelación del Perro (Blackie Books), de Peter Heller, que es estupendo. Pero retoma un tema clásico: es un post-apocalíptico muy bien contado, muy bien narrado. Me interesan más este tipo de cosas. Esa ciencia-ficción tan auto-referente, compleja en cuanto a desarrollo, churrigueresca, me cansa, compruebo que no tiene nada que ver conmigo.

F: Sin embargo hemos leído que recientemente te ha gustado mucho La carretera de Cormac McCarthy

C.M.: ¡Sí! Otro clásico. La carretera es una patada en los huevos. Su tema hace referencia a los seres humanos. Periódicamente, intento leer algo de lo que se publica últimamente y suelo durar entre 20 o 25 páginas, se me caen de las manos. Insisto: no me dicen nada que me interese en ningún sentido. Todo es demasiado alambicado, demasiado abstracto. Julián Díez, no sé si lo conocéis, sostiene que ahora no basta con escribir una buena novela de ciencia-ficción sino que cada nueva novela tiene que inventar un tema. Tiene que ser diferente a cualquier cosa que se haya escrito antes. Por eso tiene límites, y de ahí que haya un barroquismo y una auto-referencia excesiva. Salvo los temas clásicos, que pueden ser desde catástrofes hasta distopías: Parque Jurásico de Michael Crichton me puede interesar más. Es una chorrada que entiendo, me gustan los dinosaurios, en la trama hay dinosaurios y disfruto con ellos. Ahora, que me cuenten las complejas relaciones sociales de un planeta situado a 800 años luz de distancia en un futuro de 5.000 millones de años, con lo cual la humanidad ya no es tal sino una evolución de la humanidad… ¡anda, no me jodas!

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La carretera de Mariano Henestrosa.

F: ¿Y esto te pasa sólo con la ciencia-ficción o también con todos los géneros fantásticos?

C. M.: Bueno, hay algún género fantástico que nunca me ha gustado mucho. La fantasía heroica me aburre monstruosamente. Recuerdo que debía de tener 16 o 17 años cuando intenté leer las novelas de Conan; estaba encantado porque había oído hablar mucho de Conan y, joder, ¡qué pedazo de aburrimiento! Eran las historias de un paleto de la Prehistoria o algo por el estilo… No me gustaron nada. Nunca me ha interesado la fantasía heroica, ni siquiera “Canción de hielo y fuego”. Se me cayó de las manos el primero cuando lo llevaba por la mitad. Eso sí, estoy siguiendo la serie. Cada capítulo lo ves en menos de una hora y no es un tocho enorme.

Esa ciencia-ficción tan auto-referente, compleja en cuanto a desarrollo, churrigueresca, me cansa, compruebo que no tiene nada que ver conmigo

F: ¿Qué te parece el Martin que escribe ciencia-ficción? ¿Y el que escribe terror?

C. M.: Sus cuentos me gustan mucho. También Sueño del Fevre. Todos mis amigos pirados de la ciencia-ficción prefieren Muerte de la luz. A mí me gusta al principio, pero tengo un serio problema, porque cuando llega el final, con quien estoy de acuerdo es con el malo. El protagonista es un tío con unos principios que ni siquiera son los suyos, son de otro gilipollas que es más bruto que “un arao”, y acepta batirse en duelo con un mamotreto que le va a sacudir cinco mil hostias por todas partes, en vez de irse con la chica que es lo que el malo encima le dice que haga.

Pero dejando de lado este paréntesis, creo que la ciencia-ficción está en una crisis no sólo conceptual y literaria sino editorial. Ya no existen casi las revistas, que antes eran el motor de la ciencia-ficción. Busco en las librerías la sección de Ciencia-ficción y Fantasía y prácticamente no hay ciencia-ficción. Todo lo que hay son fantasías para adolescentes. El problema de la ciencia-ficción es peculiar, suyo. No creo que afecte al resto de géneros fantásticos.

 F: ¿Y cuál es el problema?

C. M.: Pues uno de los posibles problemas es haberse equivocado en casi todas sus predicciones. Yo siempre lo digo: cuando se estrenó 2001: una odisea en el espacio en 1968, fui a verla y se convirtió en una de las experiencias orgásmicas más grandes de mi vida. Predecía el futuro. En el año 2001 esperábamos eso que nos contaban Kubrick y Clarke. Y ahora que llevamos mucho tiempo en el siglo XXI y que ha pasado tanto de ese 2001, tenemos una estación orbital que es una mierda, los Estados Unidos ni siquiera tienen naves para llegar a ella, se las tienen que pedir prestadas a los rusos… O sea, es un futuro en realidad mucho más cutre del que nos habíamos imaginado.

La ciencia-ficción empezó como el género del optimismo, porque la ciencia podía conseguirlo todo. Y de pronto, la gente se da cuenta de que la ciencia no lo consigue todo y que la ciencia-ficción ya no refleja el futuro, que entonces era ya una promesa y que para mucha gente se convierte en una maldición. El futuro es una amenaza y antes era progreso. Ahora mismo, en el mundo en el que estamos, el futuro es muy negro para la generación de mis hijos, que es también la vuestra. Y el presente, además, no es color de rosa. Si os fijáis, ¿qué es lo que más pega ahora en la ciencia-ficción? El steampunk, que es volver al pasado. Creo que la función que cumplía la ciencia-ficción de poder soñar con el futuro ha sido sustituida por la fantasía, que equivale a volver a soñar con un pasado que ejerce de matriz protectora… Porque si el futuro va a ser como las distopías a lo 1984, entonces que le den por culo a la ciencia-ficción (risas).

F: O sea, que los lectores han abandonado el optimismo y la esperanza por la evasión, ¿no?

C. M.: Eso es, exacto. Hay un momento muy clave: con la New Wave en los años setenta, un movimiento muy interesante, con muchos errores por supuesto, la gente le dio la espalda a la ciencia-ficción. Los mensajes de la New Wave no eran mensajes simpáticos. No eran los mensajes de Heinlein “vamos a conquistar la Luna”, “saldremos adelante”, “somos la especie dominante”… los mensajes son los de John Brunner, Thomas M. Disch… ¡o de Philip K. Dick! A fin de cuentas, ¿quién es el escritor que más ha sintonizado con el futuro? Pues Philip K. Dick, porque no se creía nada, ciego hasta el culo de drogas dudaba de la realidad todos los días. Por eso es el autor con más adaptaciones cinematográficas, porque sintoniza con este presente. Dick no era un escritor popular en su tiempo porque no sintonizaba con su presente. En ese sentido, fue un adelantado.

F: “No fui el único desertor de la ciencia-ficción española.” ¿Qué pasó para que se produjera esa deserción?

C. M.: La ciencia-ficción en España, como método para ganarse la vida, no tiene ningún sentido, no es rentable. Nunca ha habido un escritor que se gane la vida escribiendo de ciencia-ficción en España. A mí me gusta escribir –no necesariamente ciencia-ficción- y además quería profesionalizarme como escritor. La manera que encontré de profesionalizarme fue la literatura juvenil (que por otro lado me permite escribir sobre lo que me salga de las narices, tiene esa ventaja). Yo voy con una novela de ciencia-ficción a una editorial y a lo mejor me la tiran a la cara; voy a una editora de juvenil y me la compran sin ningún problema. “Juvenil”, la verdad, es el único terreno que he encontrado en el que puedo escribir lo que quiera. Mi novela juvenil más vendida debe de andar ya por los 500- 600.000 ejemplares. En ciencia-ficción, la más vendida rondará los 3.000, con suerte.

Uno de los posibles problemas de la ciencia-ficción es el haberse equivocado en casi todas sus predicciones

F: La última que has escrito es de ciencia-ficción…

C. M.: ¿La isla de Bowen (Edebé, 2012)? Fue de ciencia-ficción. Y no solamente eso sino que gana un montón de premios, entre ellos el Nacional (de Literatura Juvenil). Me gustaría ver cuándo el Nacional para adultos lo gana una novela de ciencia-ficción, es prácticamente imposible. “Juvenil” es un género más abierto, como posiblemente lo sean los lectores; los jóvenes son lectores mucho más abiertos que los adultos.

F: Nos genera mucho interés el tema de la literatura juvenil. ¿Son los lectores de “juvenil” los mismos que de fantástico?

C. M.: En muchos casos, sí.

F: ¿Y por qué cuando crecen no “enlazan” las novelas de juvenil con las fantásticas?

C. M.: Porque por algún motivo dejan de leer. Eso es tremendo: hasta los 17-18 años, el índice de lectura por placer debe de estar en torno al 80 por ciento. En adultos, está sobre el 40 por ciento. Y entre ancianos, en el treinta y tantos por ciento… No hay esa transición a la que aludís porque no hay transición en la lectura. ¿Por qué se produce eso? Pues no lo sé.

F: De hecho, parecería el salto lógico, ¿no?

C. M.: Sí. De hecho, se produce. Como mi posibilidad de conectar con mi público objetivo, es decir, de irme de copas con ellos, es limitada, para conocerlo me meto mucho en sus blogs. Me he encontrado con blogs literarios de una gente con un entusiasmo increíble, gente muy volcada en la literatura que sin duda serán grandes lectores cuando crezcan. Los lectores jóvenes son fabulosos y hay muchos. Por desgracia, gran parte de ellos se pierden por el camino…

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Los hombres en la Luna de Eduardo de Jevenois.

F: Esta visión pesimista nos lleva a enlazar con una reflexión que hiciste. Dijiste que a principios del siglo XX se produce una “desfragmentación de la novela de aventuras”. ¿Por qué?

C. M.: En el siglo XIX, una novela de ciencia-ficción como Los primeros hombres en la Luna, por ejemplo, podía venderse como una novela de aventuras, porque también lo es (Lo mismo pasaba, por ejemplo, con Jack London: escribía novelas de aventuras y proto-ciencia-ficción). Al haber una abundancia de oferta editorial, había gente que le gustaba las aventuras de un tipo u otro. Las editoriales entonces empezaron a fragmentar el género y dejaron de llamarlo “de aventuras”. A esa aventura la llamaban, por ejemplo, western o bélico… lo fueron partiendo hasta que no quedó nada.

F: ¿Te has encontrado recientemente con alguna novela de aventuras que quieras destacar?

C. M: ¿Nueva? Es interesante El hombre sin rostro, de Manuel Ruiz (Salto de Página, 2014). Ehm… es que tampoco se escriben muchas novelas de aventuras… La isla de Bowen es un intento de resucitar o de revisitar –no quiero decir homenajear porque siempre me suena fatal-, de recrear… exactamente, de recrear el género clásico de aventuras. Es una novela que ha tenido estupendas críticas. Y me hizo gracia que una de las cosas que decía todo el mundo, aunque no explícitamente, es que era algo nuevo en el mercado. ¡Coño, algo nuevo! ¡Si esto es lo que se hacía a finales del siglo XIX y principios del XX! Lo que pasa es que se dejó de hacer, y por eso parece que lo que he hecho yo es nuevo, cuando no lo es ni muchísimo menos. Es lo más antiguo que hay. Muy poca gente hace eso. Quizás hacen más novela histórica. Ahí sí que te puedes encontrar a escritores como Bernard Cornwell que orillan la literatura de aventuras…

F: ¿Cuáles son tus novelas favoritas de aventuras de todos los tiempos?

C. M.: Varias, pero os voy a decir las tres que tenía en la cabeza mientras escribía La isla de Bowen. Son tres arquetipos maravillosos del género aventurero por excelencia: La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson; Viaje al centro de la Tierra, de Jules Verne, y El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle. Para mí estas tres son novelas de aventuras sencillamente perfectas. Y por eso fueron mis modelos.

F: ¿Y héroes de las novelas de aventuras?

C. M.: Uno de mis favoritos es el malhumorado académico Liddenbrock (Viaje al centro de la Tierra). También puedo saltar al cómic: Corto Maltés es uno, por ejemplo. Me encanta. O el capitán Haddock. A pesar de que soy tintinófilo, Tintín me cae un poco mal, siempre me ha parecido un “blandorro”, pero como tiene unos amigos tan estupendos y viaja a unos sitios tan fabulosos, se lo perdono. Irme con Tornasol y Haddock sería fantástico. Están también los hermanos Geste, de la serie de Beau Geste (P. C. Wren), o Uncas, el último mohicano… Hay muchísimos. El prisionero de Zenda… Precisamente ahí quien más me gustaba era el malo, Rupert de Hentzau.

F: No es el primer villano que sale en la conversación. Intuímos que te gustan mucho.

C. M.: Me encantan.

Los tres arquetipos maravillosos del género aventurero por excelencia son, para mí, La isla del tesoro; Viaje al centro de la Tierra y El mundo perdido, novelas sencillamente perfectas

F: ¿Cuáles, por ejemplo?

C. M.: Rupert de Hentzau, como ya os dije. Long John Silver (La isla del tesoro), por ejemplo, es un caso muy especial. Es la prueba de algo que decía mi padre: nadie es absolutamente algo. Ningún villano es absolutamente malo y ningún héroe es absolutamente bueno. Silver es un Han Solo. Los villanos más interesantes son esos, no los que son de una pieza y son malos porque son malos. Tened en cuenta que la categoría de un héroe se mide en función del tamaño de los villanos a los que se enfrenta. Si Superman sólo hubiera podido enfrentarse a carteristas, no hubiese pasado a la historia. Superman es Superman gracias a Lex Luthor. Exactamente igual que Spiderman es Spiderman gracias al Doctor Octopus o el Duende Verde.

Por eso me gustan villanos como Milady de Winter (Los tres mosqueteros); Hannibal Lecter: El Mulo (Fundaciones); el profesor Moriarty; el Alex de La naranja mecánica; Mr. Hyde; Tom Ripley; Lady Macbeth; Anton Chigurh, el asesino de No es país para viejos… Y el que quizás me resulte más estremecedor de todos: Annie Wilkes, la perturbada fan de Misery, de Stephen King.

F: ¿Cuál es tu primer recuerdo “verniano”, cuál tu primera novela favorita y cuál crees que es la empresa más fabulosa que haya escrito el de Nantes?

C. M.: El primer recuerdo “verniano que tengo yo creo que es… una película. Y debía de ser… Los hijos del capitán Grant (1962). Luego leí la novela, que es una de mis favoritas también. Y de empresa “verniana”, así como novela favorita, para mí sigue siendo el viaje al centro de la Tierra. ¡Es tan deliciosamente surrealista!

Tintín me cae un poco mal, siempre me ha parecido un “blandorro”, pero como tiene unos amigos tan estupendos y viaja a unos sitios tan fabulosos, se lo perdono.

F: ¿Puede un adulto lector sentir la misma fascinación por Verne que un niño lector?

C. M.: No lo sé. El problema de Verne es que su estilo literario, su prosa, ha envejecido mal. Han envejecido mucho mejor Wells o Conan Doyle que Verne. Esa puede ser una razón que a un joven, mucho más abierto de miras, no llegue a molestarle, pero que a un adulto pueda echar para atrás.

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Conan Doyle de Andrea Beré.

Sin embargo, a mí me pasó una cosa muy curiosa con La isla de Bowen. He podido comprobar que es un libro que le gusta a los chicos jóvenes, pero a quien primero le gustó era a los carrozas como yo (risas de los entrevistadores). Y además, siempre lo digo, esa novela es una excepción; es una novela de 500 páginas que escribí porque, desde que retomé la literatura, siempre quise escribir una novela al estilo Verne, y lo fui posponiendo. Luego estuve a punto de morirme y me dije, como siga posponiendo, me voy a morir y me voy a llevar un disgusto. Y me puse a escribirla.

Pero me puse a escribirla con un par de condiciones: no sabía si iba a ser para jóvenes o para adultos, no tenía ni idea y me daba igual; mi modelo era Verne. En segundo lugar, iba a ser la novela que a mí me gustaría leer. La hice pensando en mí en todo momento. Tanto es así que me planteé, justo antes de empezar a escribirla, releer a Verne; llegué incluso a comprarme un par de sus “Viajes extraordinarios” que me faltaban, pero me paré y concluí que no quería releerle. No me interesaba copiar a Verne: lo que yo quería era recrear los recuerdos, los sentimientos, que dejó en mí. Les pasó lo mismo a los lectores adultos, a aquellos que leyeron a Verne de pequeños.

Bueno, me han dado hasta las gracias. Recuerdo que una noche me llamó mi amigo José Carlos Somoza, al que le habían mandado mi novela, se fue de viaje y se la llevó para leerla en el tren, y cuando volvió, muy tarde de noche, me llamó, y me asustó con su llamada, para decirme lo mucho que había disfrutado con esa novela y para darme las gracias por haberla escrito, porque era como una máquina del tiempo. Creo que con esa novela conseguí borrar al adulto endurecido por los años y sacar al niño que todos llevamos dentro y disfrutar como un niño. Así que supongo que sí, que un adulto puede sentir la misma fascinación por Verne.

En La isla de Bowen quería recrear los recuerdos, los sentimientos, que Jules Verne dejó en mí.

F: Volvemos a citarte porque hemos encontrado una frase tuya que nos ha encantado. Coincidimos en tu apreciación de que buena parte de la literatura juvenil es condescendiente y parece destinada a imbéciles. Palabras tuyas. ¿A qué crees que se debe?

C. M.: A que los escritores son imbéciles (grandes carcajadas de los presentes). Antes me preguntabais por qué varios escritores nos pasamos a la literatura juvenil: buscábamos la rentabilidad y la libertad creativa.

He hablado de ello con muchos de esos escritores que han seguido mis pasos -Armando Boix; Elia Barceló, Javier Negrete-. Y la conclusión es siempre la misma: si te dedicas a niños, debes de ser condescendiente, porque los niños tienen problemas en seguir la trama y les tienes que ofrecer cosas más simples. Por eso yo digo siempre que el género más difícil que hay es el infantil. Para que una novela sea buena, sea del género que sea, tiene que ser una buena novela a secas. Alicia en el País de las Maravillas es buena tanto para niños como para adultos. Muchos interpretan la literatura juvenil como una prolongación un poquito más trabajada de la literatura infantil. ¡No tiene absolutamente nada que ver! De hecho, yo siempre me he maravillado con mis hijos, los niños llegan a un punto en la adolescencia en que pegan un cambio: no es gradual, puede ser de un mes a otro. Un año te estás llevando a tus hijos a ver una de Disney de la mano y al siguiente te dicen que Disney es una mamonada y que quieren ver la última de Tarantino. Al adolescente no puedes tratarle con la condescendencia del adulto.

Siempre pienso que muchos adultos se olvidan de que han sido niños. Cuando era adolescente, yo no leía literatura juvenil porque no había. No existía. Por eso los clásicos de la literatura juvenil son clásicos que también leen los adultos. Conan Doyle nunca escribió sólo para jóvenes; escribió para todo el mundo, aunque luego ha sido adoptado por los jóvenes. Todo el corpus de la literatura juvenil roba a la literatura para adultos. Sólo en fechas relativamente recientes se ha empezado a escribir directamente para adolescentes. Además, como siempre sostengo, hace 150 años ni siquiera existía la adolescencia. Es un concepto relativamente nuevo. Antes o eras un niño o eras un hombre. No había nada entre medias. Por eso están los ritos de paso, el bar mitzvah de los judíos,… procesos que te convierten en hombre. Joven, pero hombre. Pero esa etapa intermedia en la que ni eres niño ni eres hombre se crea probablemente en el momento en que la formación se prolonga tanto que hay un periodo de tiempo en el cual tipos que normalmente eran fuerza de trabajo dejan de serlo para ser estudiantes. Ahí se crea ese periodo de la adolescencia. Para dirigirte a los adolescentes puedes dirigirte como quieras. No tienes que hacer ningún esfuerzo para adaptarte a ellos ni a su mentalidad. Y ese es el error. Por eso la mayoría de la literatura para jóvenes es una puta mierda. La de adultos también.

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F: ¿Lees literatura juvenil?

C. M.: No. Salvo la de amigos. Lo decidí hace mucho tiempo, precisamente por lo que estamos hablando ahora. Cuando yo escribía literatura fantástica y ciencia-ficción, un día vi en un periódico un anuncio de un concurso de novela juvenil, el Edebé. Dije: “ah, me voy a presentar”. Me parece que eran 20.000 euros; ahora son 30.000. Me dispuse a hacerlo, pero antes me pregunté “¿qué coño es la literatura juvenil?” Fui y me compré varias novelas, las que sonaban más, las que eran más prestigiosas, las que habían ganado algún premio… Fueron cinco o seis. Y salvo dos, el resto me parecieron una soplapollez, una tontería enorme. Me irritaba. “¡Pero que no son tontos!”, me daban ganas de decirle al escritor. “¡Que no te tienes que poner así de blandurrio y de bobo!”. De verdad, les puedes hablar como a seres humanos normales. Como vi que la mayor parte de los textos juveniles que escribía la gente tenía así este tono un poco edulcorado, un poquito blandorro, pues decidí que no volvía a leer novela juvenil.

 F: ¿Qué novelas eran?

C. M.: Os diré las buenas. Había dos de Joan Manuel Gisbert, El misterio de la mujer autómata (Ediciones SM, 2001) y La voz de la madrugada (Edebé, 2005), y también estaba El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón. Para meterme en la literatura juvenil me guié por mis intuiciones. No tomé casi referencia de nada.

F: Antes hablábamos de la condescendencia en la literatura juvenil pero, ¿hay condescendencia dentro de la ciencia-ficción?

C. M.: Ahí sí. Sobre todo esa especie de colegueo de “tú y yo estamos metidos dentro de una secta en la que conocemos los intríngulis para que los entiendas tú pero que no los entienda tu vecino de enfrente”. Claro que sí. Eso está matando al género, entre otras cosas.

Siempre pienso que muchos adultos se olvidan de que han sido niños

 F: ¿Cuál es el tema que consideras más interesante dentro de la CF?

C. M.: Para mí quizá el más interesante de todos es el contacto con el otro, ya sea extraterrestre o cualquier entidad no humana: una IA, un mutante. Eso me parece interesantísimo. Las posibilidades o no de comunicación; la reacción ante el otro… Nunca lo hemos pensado, pero la inmensa mayor parte de las familias de animales tiene una gran cantidad de bichos a su alrededor. Hay un huevo de cánidos, de felinos… ¿Pero homínidos? Estamos solos. Somos la única especie animal que está sola. Probablemente porque nos cargamos a la competencia al principio. Hubo un tiempo, hasta hace unos 40 o 50 mil años teníamos a los neandertales. Nos los cargamos directamente o compitiendo con ellos por el uso de las reservas. Es una idea muy jodida de nuestra soledad… En gran parte, toda la locura de los ovnis y similares es por soledad. La gente se siente sola y quiere creer que hay algo ahí fuera que te permita dejar de estar solo. En todas las variantes inteligentes, por supuesto, la ciencia-ficción lo ha enfocado de maravilla en un montón de versiones distintas, de relatos distintos. Desde la imposibilidad de comunicación (encontrarse con alguien y no poder relacionarse) a su contrario, una relación casi amorosa. Solaris es un ejemplo clarísimo, te deja apabullado. Los genocidas, de Thomas Disch, es otra novela que me apasiona: el “otro” nos considera insectos que hay que fumigar.

La pell freda, 29x42, mixta sobre papel.

La piel fría de Bastian Kupfer.

F: Hay una novela también, La piel fría, de Sánchez Piñol, que trata también estos temas y es impresionante.

C. M.: Se nota que os gusta Lovecraft. Me gustó, aunque tardé en acostumbrarme a esas frases cortas. Me pareció insólita en el panorama literario español.

F: Eres un referente en las antologías. ¿Se acercan a ti los académicos para pedirte consejo?

C. M.: Hablamos mucho, somos colegas e intercambiamos ideas. En esta última Feria del Libro estuvimos juntos. Pero no, el día que alguien se acerque a mí como la gente se acercaba a Camilo José Cela, le diré a mi mujer que me ponga la inyección y acabe con mis penas. A veces se pone en contacto conmigo gente que ni conozco, para preguntarme algo, proponerme una entrevista, o para comentar conmigo. Una vez un norteamericano que estaba estudiando español y había leído “El rebaño me mandó un email muy amable derivando todo el relato desde el punto de vista religioso. Me preocupé: a este tío tan amable, me dije, ¿cómo le voy a decir que yo soy un puto ateo? (risas)

F: Eres muy accesible.

C. M.: No soy accesible para los que quieren darme la lata. De las personas más desdeñables que he visto en mi vida, la mayor parte de ellas son escritores. Gente que por haber publicado una puta mierda en una mierda de editorial ya se creen que son la polla. Vosotros venís aquí a que os cuente mi vida; si hubiese sido al revés, os hubiera despachado (risas). En una reunión entre amigos míos, uno acababa de autoeditarse y otro acababa de publicar en una editorial electrónica y estaban los dos muy subiditos. Estuve callando un tiempo escuchando sus ínfulas hasta que les dije: “¿No os dais cuenta de que aquí el único que ha publicado veintitantos libros soy yo?”. Es terrible esa vanidad de los creadores…

F: ¿Qué opinión te merece la opinión y la crítica en España? Casi todo el fandom ha desaparecido, pero mucho está volcado en Internet.

C. M.: Si os enseñara mi ordenador, veríais que tengo un listado de favoritos y allí estáis vosotros, Fabulantes. Ni siquiera sé cómo llegué a Fabulantes. No sé si alguien me habló de ella, la encontré. Me parece que tiene mucha calidad, mucha profundidad. Es una revista muy digna. A mí me parece una flor en el desierto. ¿Cuántas más hay? Muchas, pero las he visto y he pensado “son un grupo de frikis que están frikeando aquí”. Son webs que, a mi modo de ver, no tienen el peso que le estáis dando vosotros.

Internet parecía que iba a ser jauja, pero para mí ha sido todo lo contrario. Hacer un fanzine en papel requiere esfuerzo. Hacer una revista electrónica requiere que haya tres gilipollas que estén dispuestos a publicar algo. En muchas de las cosas que leo la carencia de exigencia es enorme. Precisamente me llamó la atención lo vuestro: podré estar más de acuerdo con unos artículos que otros, pero son serios. En vuestro caso lo que más rabia me da es que Fabulantes pueda pasar inadvertida en un entorno con tanto “amateurismo”.

F: Estamos en un año de aniversarios históricos. ¿Napoleónico o Wellingtoniano?

C. M.: “Wellingtoniano”, porque me caen mejor los ingleses. La cultura inglesa me fascinaba hasta el año pasado, en que tuve un shock tremendo. Me invitaron al Cervantes de Londres. Aprovechando que iba, me invitaron también a dar una charla en Eaton. Y yo llegué allí… Cualquier cosa que os hayan contado se queda corta. Es la institución más clasista y elitista que existe. Los alumnos van con frac. Tiene una serie de costumbres rarísimas. Los que van allí son multimillonarios. Tienen este clasismo brutal de los ingleses. Era como aterrizar en un planeta extraño, en el que veías a gente que se parecía mucho a los terretres… Eaton es muy bonita, muy antigua. Estuve en el aula más antigua de Europa. Se notaba: estaba hecha una mierda. Luego recordé que el Capitán Garfio era de Eaton. Es verdad. Cuando muere en Peter Pan, le hacen saltar por la tabla y él dice: Floria Etonia (que Eaton florezca). James Bond también estudió en Eaton. Y el protagonista de Las minas del rey Salomón, Allan Quatermain.

César Mallorquí 4

Sobre sí mismo