“Así que, con un número casi infinito de mundos diferentes, reflexionó Wells, todo lo que era susceptible de suceder, sucedía. O lo que era lo mismo: cualquier mundo, civilización, criatura o situación que pudiera imaginar, existiría ya”

Con El mapa del caos (Plaza y Janés, 2014), libro al que pertenece esta cita, el escritor gaditano Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, 1968) ha completado su llamada “Trilogía Victoriana”, un salto sin red a la literatura de la ciencia-ficción y la fantasía, remachada con los mejores engranajes de la aventura, el romance y la novela detectivesca, que se ha saldado con uno de los mayores éxitos literarios vividos por la narrativa española en las últimas décadas. En la mastodóntica trilogía de Palma las tramas y subtramas se entrecruzan, de la misma forma que lo hacen los distintos universos en los que sus personajes se mueven “en una cacofonía proveniente de los infinitos escenarios”, como observa el escritor, formando un imbricado tejido creativo que tardará en ser superado, pero que ha abierto a los autores del género nuevas sendas para la renovación del género fantástico.

Su objetivo a la hora de forjar este universo literario, como refiere uno de sus personajes en El mapa del tiempo (Algaida Editorial, 2008), primera parte de la trilogía a la que siguió El mapa del cielo (Plaza y Janés, 2012) y completó El mapa del caos, ha sido “remover al lector, cambiar su percepción de las cosas, arrojarlo de un certero empellón por el acantilado de la clarividencia”. Las novelas de Palma son como la estrambótica y paradójica sesión de espiritismo que describe en una de las tramas de El mapa del caos. Todo tiene su explicación científica y su lógica… hasta que deja de tenerlas.

Si en un principio, cuando publicó El mapa del tiempo (libro que le valió el Premio Ateneo de Sevilla) Félix J. Palma no quiso enarbolar la bandera del steampunk, la fuerza de su siguiente novela, El mapa del cielo, ya lo confirmó en esta dirección y El mapa del caos lo santificó como maestro en España de este subgénero retrofuturista de la ciencia-ficción que tanto éxito ha tenido en la literatura anglosajona y que considera a la tecnología a vapor (steam significa en inglés vapor) de fines de la revolución industrial como el motor capaz de crear nuevas civilizaciones ucrónicas y de variar la historia siempre bajo el estrato moral, todavía con un marcado carácter romántico, que impregnó la Europa de la segunda mitad del siglo XIX.

Pese a todo, Palma insiste en que su “Trilogía Victoriana” es otras cosas, además de “steampunk”. Sobre todo, es una novela de aventuras que rinde un especial homenaje a la Inglaterra de finales del siglo XIX y a uno de los grandes maestros de la literatura de ese tiempo y padre de la ciencia-ficción moderna: Herbert George Wells, autor de obras inolvidables como La máquina del tiempo (1895), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898), novelas que, a su vez, conforman la triple columna vertebral inspiradora de la “Trilogía victoriana” de Félix J. Palma. El autor gaditano tomó un camino muy preciso, se alejó de las veleidades vernianas adoptadas por otros autores “steampunk” que ven en Jules Verne a su santo mentor, y bebió para su inspiración en H. G. Wells, quien se aparta en cierta forma del cientifismo más puro de su colega francés y dota a sus creaciones de un contenido ideológico y de crítica social mucho más profundo.

Esas tres novelas de H. G. Wells labran el cauce principal de la trilogía de Palma, que arranca en El mapa del tiempo con las vicisitudes en torno a una empresa que ofrece en la última década del siglo XIX viajes a un futuro año 2000 para contemplar la última batalla de los hombres por su supervivencia en un Londres dominado por autómatas, mientras alguno de sus protagonistas se las ve también con la necesidad imperiosa de derribar las barreras del tiempo para cambiar el aciago destino de una de las víctimas de Jack “el Destripador”.

Sigue la historia en El mapa del cielo con una supuesta invasión marciana en la que repican los ecos de La guerra de los mundos de Wells y concluye, en El mapa del caos, con una epopeya ucrónica en la que un ente malvado, ya presente en los dos primeros libros, tiene los rasgos de El hombre invisible y desafía a los héroes, encabezados por Wells, de las novelas anteriores. Mientras el mundo amenaza con hacerse pedazos en torno a ellos, Wells y sus aliados, aquel empresario de los viajes temporales, antaño malvado y hoy dominado por un trágico amor, y un policía manco encandilado a su vez por una licántropa, cuentan con la inestimable ayuda de un impetuoso Arthur Conan Doyle obnubilado por la duda de resucitar o no a su principal figura de ficción, Sherlock Holmes.

Wells es el protagonista principal de toda la historia desarrollada por Palma en su trilogía o, mejor dicho, los distintos Wells que van apareciendo en los tres libros y sobre cuya naturaleza no se puede avanzar mucho en estas líneas bajo riesgo de incurrir en spoiler. Al también autor de La isla del Doctor Moreau (1898) le acompañan con cameos muy especiales otros escritores de su época, como Bram Stoker, Henry James, Edgar Allan Poe, Lewis Carroll y, especialmente, el ya citado Conan Doyle, uno de los principales protagonistas de El mapa del caos. En esta tercera novela se atan todos los cabos que pudieran haber quedado sueltos en las otras dos partes de la trilogía. Así, los tres volúmenes devienen en un perfilado e imaginativo homenaje a la literatura del siglo XIX, al cómic e incluso al cine que se inspiró en tan destacados autores.

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George Gissing, E.W. Hornung, Arthur Conan Doyle y H.G. Wells

La “Trilogía victoriana” es también un brindis a Londres, ciudad que, en su versión de la década final del siglo XIX, Palma parece conocer hasta su último rincón. Es en las descripciones de esa urbe donde la pluma del escritor se detiene con un cariño muy especial y donde muestra una mayor versatilidad. Mientras el lector se debate entre la incredulidad y la necesidad de comprender que la realidad no es como se le presenta cada día y que puede haber muchas versiones de la vida cotidiana en ese universo múltiple que preconiza Palma, la visión de Londres y el río Támesis al amanecer devuelve unos instantes de cordura a quien ve tambalearse su juicio y su concepción del mundo entre las páginas de la trilogía: “Le gustaba ver al amanecer iluminar perezosamente el río, como si lo dibujara con pulso tembloroso entre los edificios de la metrópoli. A aquella hora, todavía envuelto en hilachos de bruma, el Támesis se dejaba surcar por las primeras barcazas que, rebosantes de carbón, ostras o anguilas, semejaban ruinosos castillos flotantes. A ambas orillas se apretaba un abigarrado desorden de barcos, chalupas y pequeñas embarcaciones, que descargaban en los muelles cestas repletas de calamares, crustáceos y otras baratijas arrebatadas al mar, cuyo impúdico olor el viento esparcía por las calles vecinas”…

Palma define sus novelas incluidas en esta trilogía como “un intento de explicar el universo y así lo hace a lo largo de una empresa de cerca de dos mil páginas, 600.000 palabras y siete años de trabajo. Su estilo inmediatamente traerá al lector imágenes muy concretas de la literatura fantástica del siglo XIX, de Verne y Wells, de Mary Shelley y Bram Stoker, quizá incluso de Allan Poe y Hawthorne. Pero también aparece ese estilo tintado de capacidad de observación, de introspección y también de la socarronería de otros autores más costumbristas, no incluidos metaliterariamente en la trilogía, como Charles Dickens o el estadounidense Mark Twain.

Y en ese espacio narrativo, cada trama tiene su razón de ser y su lugar, como un intrincado rompecabezas o como el engranaje de una de esas tremebundas máquinas de vapor con las que los victorianos quisieron domeñar al mundo. Si las épocas victoriana y eduardiana eran contradictorias, con la confianza ciega en un avance científico sin límites a la par que se creía a pie juntillas en que Marte estaba habitado o se recurría al espiritismo para aliviar la curiosidad en el Más Allá, Palma se encarga de dotar de una racionalidad científica y a la vez fantástica a cada una de esas paradojas. Los marcianos, la licantropía, los fantasmas convocados en detalladas sesiones espiritistas, las utopías futuristas de fines del XIX (y siempre bajo la impresión de una historia alternativa mirada con esos peculiares e inocentes ojos victorianos) se combinan y adquieren todo su sentido con las teorías de los espacios paralelos y el multiverso surgidas de la física más avanzada del siglo XXI y a las que nuestro escritor accede con la misma curiosidad que podrían haber desplegado el propio Wells o el bonachón de Conan Doyle para entender su propio universo.

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Máquinas voladoras, rayo de la muerte… El serbio Nikola Tesla (1856-1943) ha sido uno de los grandes inspiradores de la iconografía steampunk.

El steampunk

Esta especial habilidad para meterse en la mente victoriana, sin renegar de la fantasía, desbocada incluso, dota de una especial riqueza al steampunk de Félix J. Palma. El subgénero ha ganado en la última década un lugar destacado en la literatura de ciencia-ficción producida en España, pero ya tenía un nicho de alta calidad en la narrativa fantástica internacional. El concepto steampunk fue adoptado por el escritor estadounidense K. W. Jeter en 1987 para encontrar un ámbito común que pudiera reunir a novelas contemporáneas tan determinantes para la ciencia-ficción como Las puertas de Anubis (1983), de Tim Powers, Homúnculo (1986), de James Blaylock, o sus propios relatos, Morlock Night (1979) e Infernal Devices (1987). La estética literaria era la misma, con enganches en la Europa del siglo XIX dominada por la hegemonía del vapor en la segunda revolución industrial, y en la brecha abierta por H. G. Wells y su máquina del tiempo. De estas obras, es Las puertas de Anubis la piedra angular de la que arranca esta corriente, el texto pionero que acaba de alguna forma transpirando en los otros libros steampunk. También se advierte ese aroma en la “Trilogía victoriana” de Palma, pero llevado a un nivel de calidad propio y original, y, por qué no, también subversivo por su intensidad y riqueza estilística respecto a la tónica más bien mediocre de los thrillers actuales.

El género steampunk dentro de la literatura fantástica y ciencia-ficción adquirió su propia denominación de origen ante críticos y lectores con la publicación en 1991 de La máquina diferencial, escrita por William Gibson y Bruce Sterling. Le siguieron notables productos literarios de autores como Paul di Filippo, cuya Trilogía Steampunk de 1995 incorporó este término a, la crítica literaria; China Miéville, con su Estación de la calle Perdido (2000), y, especialmente, Scott Westerfeld, con su novela -y punto de arranque de una trilogía homónima ya concluida- Leviathan (2009), considerada como un hito en la ciencia-ficción, aunque su desarrollo argumental se adentre ya en el siglo XX, más allá de los límites de esa Inglaterra victoriana y eduardiana.

En España, fue clave la publicación en 2012 de la primera antología de cuentos y relatos de tipo steampunk precisamente bajo la supervisión del propio Félix J. Palma. Esta destacada recopilación, Steampunk: antología retrofuturista (que tuvo una continuación en 2014), y la propia “Trilogía victoriana” de Palma han consolidado las bases conceptuales de todo este movimiento dentro de la ciencia-ficción, al que también han contribuido autores como Eduardo Vaquerizo o Víctor Conde, si bien la obra de éstos se amplía a otras fronteras históricas y geográficas.

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Auténtico prototipo de ingenio de vapor autopropulsado, 1895

Cuando el lector navega entre las páginas de la “Trilogía victoriana”, cuando pasa expectante por los distintos mapas de esta obra, el del Tiempo, el del Cielo y el del Caos, sin duda tendrá en mente la estética del steampunk desarrollada en el cine, con más o menos éxito, por películas como La liga de los hombres extraordinarios (2003), Wild Wild West (1999), Van Helsing (2004), Adèle y el misterio de la momia (2010) o en las recientes sagas de Sherlock Holmes de Guy Ritchie. Sin embargo, la simbiótica recreación que hace Palma de la época histórica en la que enmarca a sus novelas obliga muy pronto al lector a desembarazarse de buena parte de los estereotipos propagados por el cómic y el cine, y a disfrutar de otra experiencia. La capacidad de inmersión literaria en los protagonistas de la trilogía, la complicidad psicológica del narrador con estos personajes, trascienden al propio género fantástico y dan razón a Palma cuando apunta que uno de sus principales objetivos al escribir estos libros fue meterse en la mentalidad de los habitantes de esa época decimonónica siguiendo el mejor estilo costumbrista de los escritores de esa Inglaterra de fines de siglo.

Palma lo logra y dota a su escritura de los mejores rasgos de aquella literatura popular y a la par culta, en la que el tedio del día a día era superado con la recompensa de aventura, ingenio y misterio que prometían las novelas publicadas por entregas semanalmente, y en las que la ciencia incorporada a estos fascículos era devorada con una avidez desmesurada, como en pocas etapas de la historia humana ha ocurrido. Uno de los personajes más complejos de Palma, el empresario Gilliam Murray, ese escritor frustrado creador de los “Viajes temporales Murray”, lo define perfectamente en El mapa del tiempo: Mientras haya hombres que no se contenten con comer las frutas de los árboles o con aporrear tambores suplicando lluvia, y decidan usar su inteligencia para rebasar el papel de meros parásitos de la obra de Dios, la ciencia nunca sucumbirá. Por eso no tengo la menor duda de que muy pronto, al igual que podremos disponer de carruajes alados que nos permitirán volar como los pájaros, cualquiera podrá adquirir una máquina como la imaginada por Wells y viajar al punto del tiempo que le plazca”.

Era “una época de imaginación y fantasía”, como subraya Palma, en la que todo era posible: que hubiera vida en Marte y en el centro de la Tierra; que seres increíbles habitaran regiones ignotas de África o de la Antártida; que espíritus habitaran casas encantadas y que las máquinas pudieran rebelarse contra el hombre en un futuro de bielas y motores a vapor. Incluso que tranvías “nervados de tuberías de hierro cromado” fueran capaces de transgredir la frontera entre las múltiples dimensiones de un multiverso formado a su vez por infinitos universos paralelos, en las que una simple decisión podría llevar a generar infinitas versiones alternativas de cada uno de los seres humanos. Así, piensa Wells en la trilogía, “el mundo se dividía una y otra vez en otros mundos, mundos que mostraban la amplitud y complejidad del universo, mundos que explotaban todo su potencial, que apuraban todas sus posibilidades, mundos que crecían unos junto a otros, tal vez diferenciándose del vecino en algo tan insignificante como su número de moscas, porque hasta el hecho de matar o no a uno de esos molestos insectos suponía una elección, era un gesto nimio que, sin embargo, erigía un nuevo universo […]. Así que, en un número casi infinito de mundos diferentes, reflexionó Wells, todo lo que era susceptible de suceder, sucedía. O lo que era lo mismo: cualquier mundo, civilización, criatura o situación que pudiera imaginar, existiría ya”…

En la “Trilogía victoriana” todo es posible, sí, pero también “presunto” y todo puede cambiar en cualquier momento en virtud de esa multiplicidad, de ahí la tranquilidad que ofrece un tipo como Wells, quien, a pesar de toda su imaginación y capacidad de ver futuros diferentes, es “práctico, estoico y asustadizo”, cualidades con las que le dota Palma y que nos lo hacen muy cercano y muy nuestro. Un Wells capaz de amar con toda la pasión de un personaje de novela decimonónica, como otros de la trilogía, que está repleta de amores imposibles y atormentados, pero también de poner en marcha sentimientos capaces de salvar civilizaciones rancias y moribundas. Y éste es el pilar en el que Palma construye la trama primigenia de su “Trilogía victoriana”: sí, la ciencia lo puede todo o puede pretender poderlo todo; sí, el conocimiento permite acceder a universos imposibles e infinitos… pero, en el fondo, lo último que subyace es el amor, hacia una persona o hacia el mundo. Y también la imaginación, “el verdadero tejido de la existencia” y “el último eslabón tras los niveles subatómicos más pequeños”, capaz de abrir puertas entre dimensiones y permitirnos ser un millón de personajes sin variar nuestra esencia.

Por eso, Félix J. Palma puede llegar a dudar a la hora de calificar a su Trilogía como una saga de steampunk o de cualquier otro subgénero de ciencia-ficción, pero no pestañea al calificarla como toda una sinfonía de amor e imaginación, que, en sus urdimbres más profundas, supone una crítica desde el corazón a una sociedad, la actual o la victoriana, da igual, hipertecnologizadas e incapaces de ver la única realidad: que “el caos es inexorable” y que la única salvación de civilizaciones y universos no está “en la dictadura de la razón” sino en esos “sentimientos” que todavía no se han sacrificado “como ofrenda a ningún conocimiento supremo”.