fallen angel luis royo

Ángel Caído, ilustración realizada por Luis Royo

Una nueva dosis literaria de una autora genial. Anna Starobinets (Rusia, 1978) regresa al relato corto después de sorprendernos y cautivarnos en Una edad difícil (Nevsky, 2012), y lo hace con una literatura igualmente creativa y bastante más madura. Se ve casi a simple vista, en cada uno de los siete relatos que integran La glándula de Ícaro (Nevsky, 2014) pero, ante todo, se percibe en el conjunto del libro, entendido como una sólida unidad. Podemos decir que, en estos años, Anna Starobinets ha crecido como escritora, de forma que ha pasado de ser una estupenda autora de relatos a ser una estupenda autora de libros de relatos. La diferencia, aunque insignificante a simple vista, posee en perspectiva una importancia capital: este libro de Starobinets tiene relatos distintos, pero todos ellos se asientan sobre un alma única, diáfana, casi cristalina, definida por el pesimismo y por el humor negro, por la ternura en la definición de los personajes pero también por su inclemencia al proyectarlos hacia un destino permanentemente gris-casi-negro.

En la construcción de este alma lírica tan peculiar, el concepto de destino nos parece clave. En primer lugar, porque en todos los relatos el sutil velo del determinismo fatalista aparece ante nuestros ojos aunque de forma imperceptible y brutal: está ahí, incluso a veces podemos percibirlo, pero sólo en el final del relato se nos hará evidente, posiblemente, de una forma inesperada y chocante.

En segundo lugar, aunque el destino determina sin duda un sino fatal, la sutileza de Starobinets nos lleva a una dimensión paralela porque, mientras leemos, parecemos olvidar la presencia de ese velo, y nos transporta con sus personajes por el limbo de lo posible hasta que, al final, incautos de nosotros, caemos en la cuenta de que lo inevitable siempre ha estado latente.

Finalmente, vemos cómo el desarrollo creativo de este humanismo pesimista implica una definición hasta ahora infrecuente de la ciencia-ficción: el género se concibe no como marco sino como lienzo, se trasgreden sus límites y se ignoran sus exigencias, hasta el punto de hacer de la ciencia una herramienta para que, a través de la ficción, la humanidad exprese con líneas finas y colores oscuros cuán impía e inmoral puede llegar a ser.

Este estilo arrollador e innovador de Starobinets, que tanto maravilla y nos maravilla, se asienta sobre una habilísima construcción y desarrollo del dilema moral. En todos estos relatos, sus personajes se enfrentan a la posibilidad de elegir, de poner en marcha el libre albedrío, abandonar sus ataduras y dejarse ir. Pero todos ellos, indefectiblemente, acaban eligiendo el mismo camino. Y ya se sabe que, cuando la moneda se tira al aire muchas veces y siempre cae del mismo lado es porque, contrariamente a lo que creímos pensar, el azar no existe. Cuando esto pasa, el discurso libertario suele achacarlo a una voluntad totalitaria, a una mano ajena que sujeta o truca la moneda para imponer su voluntad. El discurso de Starobinets va un paso más allá: no le pasa nada a la moneda sino a la mano que la tira, pues, contrariamente a lo comúnmente aceptado, quien la lanza posee una naturaleza humana tendente a lo gris-casi-negro que se proyecta, claro, tanto en su lanzamiento como en su caída.

En La glándula de Ícaro la superposición de relatos define la riqueza conceptual de este discurso filosófico-moral, es cierto, pero no conviene olvidar que cada uno de ellos, por separado, funciona como una pieza de orfebrería exacta, perfectamente ajustada, en ritmo y tempo, además de poseer una imaginación desbordante en cuanto a la construcción de situaciones.

En el primer relato del volumen, el que además le da título, una pareja vive una situación traumática de engaño e infidelidad, a consecuencia de la cual ambos miembros se debaten entre aceptar el final de su relación o poner fin a las pulsiones e instintos sexuales de él, evitando así también la reincidencia del engaño. En “Siti”, una pareja es aceptada para vivir una experiencia excepcional en un lugar de presunta felicidad plena al que sólo se accede por invitación. Allí comprobarán cómo el deseo y la vida pueden llegar a ser caminos muy diferentes; ambos vivirán dicha experiencia de forma muy distinta a la que inicialmente se imaginaban. “El lazarillo” lo protagoniza un guionista que, invitado por un productor creativo para discutir ideas, acude ansioso con la expectativa de, quizás, poner un proyecto en marcha… Nada más lejos de la realidad.

“El parásito” y “Delicados pastos” son los relatos más próximos al canon de la ciencia-ficción. En ellos, la ingeniería genética resulta ser la vía para que una masa fanático-religiosa en el primer texto, y una pareja de casados jóvenes en el segundo, satisfagan sus anhelos de trascendencia más allá de la vida. Y si estos dos relatos miran hacia delante en el tiempo, “La frontera” mira hacia atrás: un matrimonio discute porque, en su viaje dentro de un tren-del-tiempo que permite ir a cualquier punto del pasado, tienen voluntades distintas sobre dónde apearse y porqué. El destino le jugará a uno de ellos una mala pasada cuando la autoridad del tren descubra que, más allá de la curiosidad, los motivos que mueven a uno de sus pasajeros son de índole íntima.

Finalmente, “Spoki” resulta ser un ingenio tecnológico (similar a una tableta) para la educación y la custodia de los infantes que, puesto de moda y prácticamente universalizado en todas partes, va mostrando con el paso de las escenas sus efectos negativos: de la inicial discriminación entre quienes tienen un Spoki y quienes no, se va pasando, progresivamente, al distanciamiento sentimental entre padres e hijos y, al final, a la máxima dependencia de la plataforma tecnológica que crea y distribuye a Spoki.

A vista de pájaro, observamos con bastante claridad cómo los dilemas morales de estos relatos se fundamentan en la insatisfacción y en el deseo, en la frustración y en la promesa tecnológica de una solución. Los personajes protagonistas sienten poseer una tara con forma de ausencia, un algo que les falta y les hace sentirse inferiores o incompletos. El dilema fundamental es un clásico de enorme actualidad: ¿aceptar esa insatisfacción, incorporándola a los anhelos frustrados propios de una vida humana, o tomar la vía tecnológica que nos promete su satisfacción (sin pensar en qué consecuencias pueda traer o en cuál es la próxima insatisfacción a la que este deseo cumplido nos pudiera llevar)? Con una base humana innegable, los personajes de Starobinets optan por la solución a corto plazo, por la satisfacción inmediata, sin pensar en nada más.

De fondo, si observamos la naturaleza del deseo insatisfecho, vemos cómo el motor puede tener tanto una base individual como una base colectiva: desde la ideología de la felicidad de “Siti” hasta la plena satisfacción personal de “El lazarillo”, pasando por el totalitarismo religioso o el integrismo moral (“El parásito”), la convivencia perfecta (“La glándula de Ícaro”), el amor idealizado (“La frontera”), la vida más allá del propio cuerpo y la propia vida (“Delicados pastos”) o las relaciones sociales gozosas por su reconocimiento y provecho (“Spoki”). A priori sabemos que todos estos anhelos son imposibles y, aun así, somos capaces de perseguir hasta el final cualquier insensato intento de alcanzarlos.

Tras el humanismo pesimista de Starobinets se esconde un halo, débil, de esperanza. Pues de la reflexión hábil sobre nuestros problemas como especie se esconde parte de la solución. Por eso, podemos recomendar La glándula de Ícaro como una suerte de medicina moral escrita desde una madurez literaria y una inmensidad creativa que hacen de esta autora una referencia de ineludible lectura. Con escasa obra a sus espaldas, ha conseguido definir un estilo personal de hondo sentido moral, con un concepto sólido y coherente proyectado a través de relatos ambiciosos y repletos de transgresión e imaginación. Ninguna de sus obras deja indiferente, además de definir una ciencia-ficción fresca capaz de apartar todos sus clichés para proyectarse hacia el futuro. Posiblemente no encontremos, ni antes ni ahora, una pluma como la de Anna Starobinets. Motivo más que suficiente, por sí solo, para mostrarnos impacientes por ver cuál será su siguiente paso en un camino literario de evolución y perspectivas excepcionales.