Tristes-pensamientos-de-lo-que-ha-de-acontecer,-Goya.-Jontahan-Strange-&-Norrel.-Fabulantes

Tristes pensamientos de lo que ha de acontecer. Francisco de Goya y Lucientes, estampa de grabado calcográfico. (1810~1815)

“-¿Puede un mago matar a un hombre por arte de magia? -le preguntó Lord Wellington.

Strange frunció el entrecejo. Pareció que no le gustaba la pregunta.

-Supongo que un mago podría -admitió-; pero un caballero, jamás.

Wellington asintió, como si eso fuera justo lo que esperaba oír.” (Susanna Clarke, Jonathan Strange y el señor Norrell)

Hace doscientos años, el 18 de junio de 1815, el destino de Europa se paseaba cubierto de sangre, barro y ceniza por las laderas de Mont Saint-Jean, al sur de un pequeño pueblo belga llamado Waterloo.

Napoleón Bonaparte miraba a las tropas de Wellington -un crisol de ingleses, holandeses, prusianos y belgas-, consciente de que sólo con una victoria conservaría sus laureles de Emperador. Una derrota le llevaría al exilio. En el campo, frente a él, había desplegados 150.000 hombres y medio millar de piezas de artillería. Napoleón había acudido con sus leales: allí estaban el mariscal Ney, Grouchy, Kellerman… Todos ellos veteranos de mil lides. En sus cuadros formaban coraceros, lanceros y dragones; granaderos, fusileros y voltigeurs de línea; húsares, carabineros, cazadores y la temible guardia imperial. Enfrente, entre las filas de Wellington, había un mago.

Jonathan Strange, estudioso de las artes mágicas, autor de Historia y práctica de la magia inglesa, natural de Shropshire y gentilhombre británico, integraba la coalición aliada que aquella tarde se enfrentó a Napoleón por la hegemonía europea. Sir Arthur Wellesley, el primer Duque de Wellington, le conocía cariñosamente como Merlín. Strange había apoyado a las tropas de Wellington unos años antes, durante la campaña contra Francia en España y Portugal, y se respiraba entre ambos un ambiente de respetuosa camaradería. El mago, provisto de una fuente de plata, invocó en aquella jornada de junio tormentas y manos de barro para frenar a la Grande Armeé; movió bosques y caminos y provocó espejismos que confundieron a las tropas francesas de refresco; e incluso modeló hombres de agua para acabar con un incendio en el castillo de Hougoumont, que protegía el ala derecha del ejército aliado. Así lo narra Susanna Clarke (Inglaterra, 1959) en su primera novela: Jonathan Strange y el señor Norrell (2004), una bocanada de la fantasía histórica más fresca que ha visto la luz en España desde que amaneciera este siglo.

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Wellington en Waterloo, Robert Alexander Hillingford (1828-1904)

La ópera prima de Susanna Clarke, publicada en castellano por Salamandra (primera edición de 2005) con traducción de Ana María de la Fuente, es una obra riquísima, mimada en su prosa entre las caricias de Charles Dickens y Jane Austen, en la que trasluce la esencia de Neil Gaiman pero que se contonea con una cadencia propia, elegante y muy, muy ensayada. Clarke, que tardó diez años en escribir esta obra -su primera y única novela-, se labra un estilo reconocible, cargado en detalles léxicos y sintácticos que beben de la tradición decimonónica en la que se ambienta el relato. Jonathan Strange y el señor Norrell está plagada, además, de personajes históricos: políticos, escritores, militares, artistas… que dan empaque a la historia y atan al lector a la época de las guerras napoleónicas: un terreno inexplorado para el fantástico que, de súbito, Clarke revela como un vergel para los escritores de género. La escritora mezcla a sus protagonistas con los grandes de aquel siglo, e incluso los hace aparecer en documentos, anécdotas y obras de arte.

“En Madrid, el pintor Francisco de Goya hizo en tiza roja un esbozo de Jonathan Strange rodeado de los napolitanos muertos. En el dibujo, Strange está sentado en el suelo, con la mirada baja y los brazos caídos, en actitud de indefensión y desesperanza. Los napolitanos se apiñan en torno a él; unos lo miran con ansia, otros con súplica, y otro tiene un dedo extendido y se lo acerca a la parte posterior de la cabeza, con gesto vacilante.”

El libro se divide en tres partes. En la primera Inglaterra desconoce la existencia de la magia, hasta que una reunión en el norte del país de un club de caballeros acaba en un experimento exitoso. El señor Norrell, dueño de una enorme biblioteca versada en temas mágicos, consigue hacer hablar a las gárgolas de la catedral de York. La aceptación de Norrell como personaje y de sus habilidades como base de una disciplina respetable por la sociedad inglesa marcan este primer tramo de la obra. En el segundo aparece Jonathan Strange, un joven caballero dispuesto a aprender y a trabajar con Norrell para restaurar la magia en Inglaterra. Strange y Norrell representan dos aspectos de los valores y la identidad inglesa, lo que se entiende en la novela por englishness (anglicidad). Su relación, marcada por los ejes liberal/conservador, práctico/teórico y aventurero/estudioso, marcan el devenir de la obra. Mientras que Strange es un personaje byronesque (es decir, que se ajusta a los ideales del héroe marcados por Lord Byron), a Norrell podemos relacionarle con Edmund Burke, padre del conservadurismo británico. En la tercera parte, Norrell y Strange luchan por superar sus diferencias para hacer frente a un enemigo común.

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Napoleón cruzando los Alpes, Jacques-Louis David (1801)

Jonathan Strange y el señor Norrell juega con ser, a la vez, una obra enciclopédica y una novela de aprendizaje. Susanna Clarke utiliza con inteligencia una enorme cantidad de notas al pie de página a lo largo de su novela para, en un primer nivel, dar enjundia a la historia de la magia inglesa y, más allá, crear un meta-relato sobre el Rey Cuervo: una suerte de monarca medieval considerado el padre de la magia inglesa. Éste es uno de los grandes aciertos del libro. Además, la historia ilustra cómo los magos estudian, aprenden y experimentan; continuamente se enfrentan a cosas que no saben, a conjuros que no salen como deberían y a otros para los que no encuentran una aplicación práctica. De hecho, todo el argumento central del libro es producto de un hechizo malogrado.

Las páginas de Clarke tienen una fuerza estilística inmensa, una gran variedad de escenarios y varios personajes complejos, luchadores y desdichados. La autora de Nottingham se vale de la épica arrolladora que desató Francia desde su revolución hasta el final del imperio napoleónico y de la estoicidad y la flema con la que afrontó el envite Inglaterra para arropar una obra memorable. Aprovechando estas cualidades y el auge de las series de televisión, la BBC ha decidido apostar esta primavera por un telefilme de siete capítulos basado en la historia de Strange y Norrell. Y aunque el producto no desmerece a la obra original, sí se echan en falta esos intangibles que da la novela. La magia de la literatura.

“Cuando cesó el fuego, los aliados levantaron la cabeza y vieron a la infantería francesa avanzar por el valle, entre la humareda: dieciséis mil soldados, formando hombro con hombro inmensas columnas que gritaban y golpeaban el suelo con los pies al unísono.

Más de uno se preguntó si los franceses habrían encontrado por fin a un mago propio; los franceses parecían mucho más altos de lo normal y, a medida que se acercaban, se veía en sus ojos el brillo de un furor casi inhumano. Pero era sólo la magia de Napoleón Bonaparte, que sabía mejor que nadie cómo vestir a sus soldados para intimidar al enemigo y desplegarlos de manera que parecieran indestructibles.”

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¡Viva el emperador!, Edouard Detaille (1891)