Capitán América. Quizá el superhéroe más problemático de todos. Una bandera ambulante que intenta transmitir valores no sólo anticuados, sino desligados del país que le da nombre. Un anacronismo, en definitiva… y, precisamente por eso, un excelente objeto de estudio. Por eso y porque es mi superhéroe favorito, pero uno tiene que aparentar ser imparcial. Vamos allá.

No todo el mundo se pone de acuerdo a la hora de definir qué es lo que hace que “el Capi” sea “el Capi”. Es fácil identificar los detalles tangibles, pero no tanto las partes menos evidentes. ¿Qué clase de persona se supone que es? ¿Qué personalidad encaja con él? ¿Qué personalidad no encaja con él? Estas preguntas son las que más preocupan a sus distintos guionistas, pues es en base a ellas que su interpretación se juzga como más o menos acertada. Más o menos cercana al “verdadero” Capitán América.

¿Y quién es, entonces, el “verdadero” Capitán América? Podemos empezar por entender quién fue el hombre que lo creó.

El bueno: Jack Kirby

Jacob Kurtzberg, más conocido como Jack Kirby, fue uno de los nombres más importantes de la historia del cómic. Fue su pluma la que introdujo una nueva manera de representar el movimiento dentro de una viñeta, dominando la exageración y la perspectiva como formas de impactar y dirigir la acción. Creó al Capitán América, a Spiderman, a la Patrulla X y a muchos otros de los superhéroes más famosos del mundo. Podríamos dedicar un artículo entero sólo a su figura, pero aquí tengo que conformarme con decir que era un genio. Y punto.

Tanto él como el co-creador del personaje, Joe Simon, pensaban que la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial era inevitable. “El enemigo estaba muy bien organizado” contaría Simon años más tarde, “y pensamos que nosotros también queríamos decir algo”. Nótese que tanto él como Kirby eran judíos. Quedan claros, pues, los orígenes del Capitán América como una respuesta directa de los creadores a conflictos reales presentes en la época. La primera portada de la serie, en la que el personaje aparecía pegándole en la cara al mismísimo Hitler, vendió un millón de copias.

Tanto “el Capi” como el resto de los superhéroes experimentaron una gran bajada de interés una vez concluidas las hostilidades, que se saldó con la salida de Kirby como dibujante. Hubo un intento de resucitar al personaje durante la Guerra Fría bajo el título “Capitán América, ¡machaca comunistas!”, que terminó en un sonoro fracaso. No sería hasta el regreso de Kirby en los 60 que “el Capi” regresaría a la primera línea para convertirse en lo que hoy todos conocen: hombre de otra época, líder de los Vengadores y centro moral del universo Marvel.

Una cosa esencial que se debe entender sobre el Capitán América es que es un personaje casi siempre reactivo. No es reaccionario en el sentido peyorativo del término, pero siempre está respondiendo bien ante sucesos reales de la Historia de su país, bien ante la encarnación anterior. Esto es cierto para los guionistas y para el propio Capi, que suele limitarse a responder ante las amenazas que se le van presentando. No es casualidad que su arma sea un escudo. El Capitán América nunca atacará primero.

El origen del personaje ya subraya esto, pero la tercera etapa de Kirby a partir de 1976 lo termina de confirmar. Este año marca el fin de una de las etapas más políticas –cuando el Capi renunció a su título como respuesta al escándalo del Watergate, que veremos en detalle más adelante–, lo que significa que se impone una reacción. Y la de Kirby fue rechazar los elementos realistas en favor de un Capitán América enfocado hacia la fantasía, la ciencia-ficción y las aventuras alocadas y llenas de color y movimiento. Este personaje puede enfocarse bien hacia el realismo, bien hacia el pulp, y no hay mejor ejemplo para la segunda categoría que Jack Kirby.

“El Capi” “bueno” es el que puede solucionar los problemas de América a base de puñetazos. Nunca encontraremos una de sus historias que no esté ligada a un problema de mundo real, pero la versión naif del personaje siempre cuenta con una conveniente versión antropomórfica de ese problema a la que poder pegar en la cara. Los enemigos más famosos del Capitán América, como Arnim Zola, el Barón Zemo o su archinémesis Cráneo Rojo, surgen como esta clase de metáforas fáciles. Otros autores, como John Byrne o el actual Rick Remender, son también ejemplos de versiones similares, pero Jack Kirby es el verdadero rey del Capitán América pulp.

Por muy simplona que pueda parecer esta faceta del personaje, hay que resaltar que no puede entenderse al Capi, personaje blanco y negro donde los haya, sin este tipo de historias. Porque hay otra cosa intangible que define al Capitán América: el idealismo. Kirby entendió al Capi como alguien que hace lo correcto porque cree en el Bien como algo obvio y perceptible. Por eso nunca se le vio valorando si tenía o no razón, sino reaccionando ante la presencia innegable de un Mal encargado en caricaturas que no admitían juicio moral. He aquí la versión del creador. ¿Qué implica esto para otros autores? Que el Capitán América nunca optará por la opción pragmática. Que siempre será reacio al mal necesario. Que nunca hará otra cosa que el Bien, a cualquier precio.

Está claro: Jack Kirby entendía quién era el Capitán América.

¿Entendía, sin embargo, quién era Steve Rogers?

El feo: Ed Brubaker

El Capitán América es uno de los pocos personajes de la editorial Marvel cuyo punto interesante es el superhéroe en lugar de la persona.

Al contrario que Peter Parker, “tu amigo y vecino Spiderman”, Steve Rogers no empezó teniendo ningún trauma personal o defecto moral: simplemente, se alistó porque era un buen tipo. Estamos ante uno de los superhéroes cuya faceta “normal” menos importancia ha tenido a lo largo de los años. ¿Significa eso que pesa más el “súper” que el “héroe”? Paradójicamente, no. El Capitán América es héroe primero y súper después; el que su cara más habitual sea la enmascarada sólo viene a indicarnos que es, ante todo, una bandera alrededor de la cual reunirse, tanto fuera como dentro de la página. No es casual que sea uno de los héroes cuyo nombre han llevado más personajes distintos –el actual es negro, siguiendo la tónica ya marcada de “’el Capi’ como reflejo del mundo que lo crea”–; importa más el traje que quien lo lleva, y quien lo lleve así debe asumirlo. Y sin embargo…

Sin embargo, las mejores historias del Capitán América tienen como protagonista a Steve Rogers, entendido como personaje trabajado que tiene sentimientos a veces ajenos a su deber. Y hay pocos autores que hayan enfocado tanto sus guiones en el bueno de Steve como Ed Brubaker.

Este hombre redefinió quién era el Capitán América cuando tomó las riendas de la serie en 2004. Estamos hablando de una época difícil por la Guerra de Irak, que había sido el detonante directo de una de las peores versiones del personaje. Brubaker lo tenía difícil. ¿Qué hizo? Resucitar al compañero del alma de Steve, Bucky, todo un ultraje por llevar muerto décadas, para marcarse La Historia dentro de todas las que conciernen al Capi: El Soldado de Invierno (Panini Cómics). Un conflicto mayúsculo que por fin, por fin, puso a Steve contra las cuerdas al hacerle decidir entre su mejor amigo o el bien común. Una situación horrorosa para un personaje definido por su sentido del deber y su falta total de pragmatismo. Fue entonces cuando vimos no ya al Capi, sino al bueno y pobre Steve retorcerse ante todo un callejón sin salida que no hubiera funcionado igual de bien con otro personaje porque ningún otro había tenido siempre tan claro lo que nunca está claro: qué es lo correcto. El Steve Rogers de Ed Brubaker era todo lo que fue el de Jack Kirby, pero sin un enemigo maniqueo y tontorrón al que pegar.

Y entonces, va Brubaker y mata al Capitán América en El hijo caído (Panini Cómics).

Lo recuerdo perfectamente. 2006. Encabezando la sección de cultura de El País –¡El País!– y luego mencionado en la televisión. La muerte del Capitán América en las escaleras de un juzgado a manos de un francotirador invisible. Un juzgado al que iba a declarar en calidad de acusado. Porque lo habían detenido. “El Capi” había sido arrestado por el mismo país que lo definía, y las últimas palabras que dirigió a su amada Sharon Carter mientras moría en sus brazos fue “llévate a la gente a un lugar seguro”. Una última frase que lo define como el mismo personaje, la misma persona que había esbozado Kirby hacía ya décadas. Tan cerca y a la vez tan lejos. Ésa fue la virtud de Ed Brubaker: redefinir al Capitán América sin que por eso dejase de ser lo que era.

Estamos ante la mejor versión del personaje: la que anda en precario equilibrio entre el idealismo y la cruda realidad. Hablo del Capitán América “feo”: el que quiere, muchas veces en vano, ser mejor que un país al que ama y sin el que no puede existir. El personaje bueno y tontorrón de Kirby, entendido como un reflejo de los Estados Unidos menos amables que ha habido.

De todos modos, merece también la pena señalar un muy buen ejemplo anterior de Capi “feo”: el de Steve Englehart, cuya etapa nadie puede definir mejor que él mismo. “Eran los 70, el apogeo de los anti-guerra”, relata, “y yo tenía a un tipo con una bandera en el pecho que supuestamente representaba aquello en lo que muchos ya no confiaban”. Englehart fue, en cierto sentido, el primer escritor que se paró a pensar en quién era el Capi antes de dibujarlo. En los pocos años que duró su batuta pudo hacer mucho por el personaje –incluyendo lo impensable entonces: darle un compañero negro que no era su ayudante, sino su amigo e igual–, pero hay dos cosas que destacan. Primero, le dio a Steve su primera crisis de identidad, que le hizo dejar de hacerse llamar “Capitán América” durante el escándalo Watergate. Segundo, le hizo enfrentarse directamente con “el Capi” de los 50 –¡el “machaca comunistas”!–, que se reveló como un impostor demente de extrema derecha.

Nótese el díptico que conforman estas dos historias: “el Capi” contra el Gobierno, “el Capi” contra un Capi que defiende al Gobierno. Englehart posicionó al personaje no junto a la América institucional, sino a la América cultural. “No soy leal a nadie más que al Sueño”, termina diciendo este Capi. En una época en la que América se cuestiona a sí misma, su símbolo intenta decir que aún merece la pena luchar por algo, pero no por todo ni desde luego por cualquiera. José Saturnino Martínez García, profesor de Sociología y Antropología en la Universidad de La Laguna, describe en este magnífico artículo qué supone la lucha del personaje en relación con su país. “Más que liberal”, argumenta Martínez, “es un héroe republicano en el sentido habermasiano. Es decir, defiende a EE.UU. en tanto encarne los valores cívicos de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la participación activa en la polis”.

He aquí, pues, al “auténtico” Capi: el idealista que lucha por El Bien según su sentido del Deber pero que no deja de tener las dudas morales que le atormentan como Steve Rogers y que le hacen cuestionar ciertas cosas, reflejando así la fealdad de su propia época. Es, creo, el mejor Capi disponible.

Ahora bien, ¿cuál es el peor Capi disponible?

El malo: Mark Millar

En un mundo ideal, Mark Millar sería la última persona a la que se habría acudido para escribir un personaje como el Capitán América. Por desgracia, vivimos en un mundo que confunde el libro con su cubierta, y el más cínico de los autores acabó encargándose del más idealista de los superhéroes.

Este señor –quien, si se me permite el inciso, funciona muy bien cuando juega al deporte que le gusta, véase The Authority o Kick-Ass (ambos de Norma Cómics)– hizo dos cosas relevantes con el personaje. En primer lugar, fue él quien se encargó de definir una versión totalmente nueva del Capi en Ultimates (Panini Cómics). En segundo lugar, fue él quien le puso al frente de un movimiento anti-gobierno en la tristemente famosa saga Civil War (Panini Cómics). En ambos casos, entendió, o quiso entender, sólo los detalles más obvios y tangibles.

La idea que dio vida a la versión Ultimate del Capitán América era buena: coger al personaje clásico y adaptarlo al mundo post 11-S de manera que fuera creíble, pero reconocible. La interpretación de Millar es tan sencilla como un puñetazo en la cara: “el Capi”, entendido como soldado perfecto. Para bien y para mal. El Capitán América de Millar hace bien lo justo para que realmente duela verle hacer mal lo que realmente importa.

Por ejemplo, sí se molesta en mostrarnos a Steve Rogers como hombre fuera de su tiempo, un soldado que se pregunta para qué vive aún y que encuentra su respuesta en la bandera. Bien. El problema es que el Steve de Millar entiende que debe servir a la bandera entendida como Gobierno. ¿El resultado? Un Capitán América que invade países de manera preventiva, que le dice a Bush Jr. que “el siglo XXI mola” y que le espeta a su adversario que “si cree que la letra A que lleva en la cabeza significa Francia” cuando éste le sugiere que se rinda. Un tipo que juzga bueno pegarle una paliza a un maltratador de mujeres y que no tiene remilgos en romperle la mandíbula a un enemigo que ya se ha rendido, por puro rencor.

Y el problema es que nada de esto se cuestiona.

La interpretación más benevolente que se puede hacer de este Capi es la que asume que Millar está intentando decir “menuda chorrada de personaje, ¿eh?”. Olvidémonos del héroe de la res pública: el Steve de Millar es un matón a sueldo del Gobierno. Si el autor se atreviese a ir a muerte con este concepto, aún cabrían alabanzas, pero es que acciones en apariencia cuestionables del Capi matón siempre acaban validadas. La mujer a la que “defiende” de su agresor le critica por ello, sí, pero luego se acuesta con él. Cuando sus ataques preventivos en Oriente Medio crean un enemigo totalmente justificado en sus acciones, Steve se limita a acabar con él y a decir que se siente un poquito mal después. Un Capitán América, en definitiva, que parece la visión de alguien que sólo conoce al personaje de oídas. Los EE.UU, vistos por el resto del mundo post 11-S.

Si la versión Ultimate al menos tenía la excusa de ser una versión “nueva” del personaje, el Capi de Civil War demuestra ser un choque de trenes en toda regla. El caso es que Millar acierta al poner al Capi en contra de un Gobierno que atenta claramente contra las libertades civiles; el problema, por supuesto, es que pierde y se rinde, dando la razón de paso a un Gobierno casi dictatorial. El subtexto, nuevamente, confiere validez a ideas que el texto en apariencia no comparte.

En una ocasión, por ejemplo, Steve lamenta que el Gobierno represor le impida jugar a la pelota con un niño enfermo. “Nos quitan las cosas que nos convierten en lo que somos”, se lamenta el Steve de Millar en un momento tan bien ejecutado y tan acorde con el personaje que luego uno no puede creerse que el mismo Capi no sólo se niegue a dialogar con su adversario Iron Man, sino que finja hacerlo para atacarle a traición mientras le espeta: “nadie ataca a los míos”.

Para el Capi nunca debería haber un “los suyos”. Sólo debería existir la ciudadanía. He aquí el monumental error de un guionista que obviamente no cree en el personaje que escribe. Estamos ante el Capitán América “malo”: el soldado matón sin moral propia que parece validar todas las críticas vertidas por aquellos que odian lo que el personaje en apariencia representa.

­­No es el único ejemplo de Capi “malo”, desde luego. Obviando los ejemplos más estúpidos, como el patriotero pro-Irak de John Cassaday o el directamente ridículo capi vigoréxico de Rob Liefeld, la versión más interesante quizá sea la de Frank Miller. Aquí prefiero ceder la palabra al crítico de cine Rafa Martín, de Las Horas Perdidas, quien valora en este artículo los pros de un personaje que juzgó necesaria la bomba de Hiroshima. “Mi versión favorita”, opina Martín, “es América, quintaescencial.  Me guste o no, ‘el Capi’ es un creyente de sus propios valores. Como cree Vito Corleone en Vito Corleone. Como cree Daniel Plainview en Daniel Plainview. Me guste o no en qué cree. Pero cree”.

No acabo de comulgar con esa idea –mi Capi nunca admitiría el genocidio necesario–, pero esto nos viene a decir algo importante: que tampoco se puede entender al personaje sin su lado malo, como tampoco se puede entender a los Estados Unidos sólo en base a su faceta más bondadosa. Eneko Ruiz Jiménez especialista de Marvel en Zona Negativa y redactor en El País, lo ve bastante claro. “El Capi clásico era un idealista humanista que nunca se ensuciaba las manos. Es América entendida como James Stewart. El Capi de Millar es América entendida como John Wayne”.

¿Qué Capitán América es el “auténtico”, entonces? Todos. Steve Rogers es, fue y será siempre el bueno, el feo y el malo. ¿Queremos decir con eso que vale todo? En opinión de Ruiz Jiménez y de este escribano, no. “Aunque según el entorno sea optimista o pesimista, ‘el Capi’ siempre tiene un molde. Un hombre fuera de su tiempo, soldado, líder, humanista e idealista”. En lo que a mí respecta, quizá la clave definitiva resida en un fragmento de la adaptación cinematográfica de El Soldado de Invierno: cuando se le pregunta qué es lo que realmente le hace feliz, Steve Rogers responde: “no lo sé”. Lo hace con una sonrisa y un encogimiento de hombros. Se le acaba de ocurrir: maldita sea, realmente no lo sabe.

Quizá sea mejor así.