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Remedios Varo: Personaje, 1961.

Aunque la Teoría de la Literatura todavía no ha desarrollado convenientemente un marco para la antología, se ha venido mostrando como una herramienta vinculada, de forma muy particular, al concepto etéreo de canon. Su particularidad, respecto a otros instrumentos del campo literario, reside en situarse más cerca de la perspectiva particular del antólogo que de la perspectiva general del sistema cultural en el proceso de inclusión/exclusión de autores/obras dentro de un canon concreto. El poder del antólogo dentro del sistema, o sea, su influencia personal en el proceso colectivo de toma de decisiones, se convierte en una variable relevante a la hora de definir cada una de las antologías. Lo que nos lleva a analizarlas dentro de un rango de posibilidades amplísimo que va desde la declaración personal de gustos al intento ególatra de condicionamiento del sistema.

Antología universal del relato fantástico (Atalanta, segunda edición de 2014) tiene el honroso mérito de resultar, desde el inicio, claro y honesto en cuanto a las intenciones de su antólogo, el editor Jacobo Siruela. Como cuenta en el “Exordio”: “[…] decidí rastrear mis recuerdos de lector, dar varias vueltas a mi biblioteca y hacer mi propia antología”, por lo que “[…] la mayor parte de este libro se debe a mi biobibliografía como lector y editor.”Un objetivo principal que, dentro del rango de posibilidades que definen a la antología, nos sitúa en extremo de la declaración personal de gustos.

No obstante, resulta relevante considerar la influencia ejercida por otras obras similares en Siruela. En concreto, menciona explícitamente la Antología de la literatura fantástica (Editorial Sudamericana, 1940) de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares; la Anthologie du fantastique (Gallimard, 1966) de Roger Caillois, y los Cuentos fantásticos del XIX seleccionados por Italo Calvino y editados en España por (la editorial) Siruela (2006 fue su, hasta ahora, última edición).

Efectivamente, analizados los textos de aquellas y comparados con ésta, la influencia es más que evidente, sobre todo, en cuanto a autores respecta. De esta forma, sibilina e indirecta, la antología se reproduce a sí misma y va asentando, permeando en el sistema cultural, un canon (en esta ocasión) de lo fantástico. Más claramente cuando el antólogo es además, como en este caso, un editor de antologías, un selector de selecciones. Aquí vería el ensayista y filósofo Javier Gomá, por un lado, un acto de imitación fundamental para la configuración del gusto de un editor y, por extensión, del gusto de sus lectores. Por otro lado, las señales de una experiencia vital apegada a las lecturas fantásticas de corte clásico orientadas hacia lo extraño, lo terrorífico o lo sobrenatural. Una huella íntima a partir de la cual podemos expresar dos nimias salvedades.

La primera salvedad pone en duda lo “universal” de esta antología. Muchos aspectos de la literatura fantástica quedan fuera de este volumen. Curiosamente, se hace mención explícita a ello cuando se dice que “Estados Unidos tampoco interrumpió su tradición sobrenatural. Las revistas Weird Tales y Unknown Worls jugaron un papel esencial en el paso de las horror stories a la ciencia-ficción (muy popular en Estados Unidos) y a las sagas de fantasía” (página 57). Y de esta salvedad pasamos a la segunda pues, aunque se hace un exhaustivo análisis de la literatura fantástica seleccionada aquí, nos preocupan los análisis poco precisos realizados respecto a, por ejemplo, la ciencia-ficción, que parecen vincularla exclusivamente a los EEUU, dejando a un lado a la tradición británica o al prolífico, aunque todavía poco reconocido, ámbito ruso.

En conjunto, aunque todos los relatos que están son fantásticos (de una manera u otra), la literatura fantástica contenida en esta antología dista bastante de ser una muestra general del género. Ni cronológica ni cultural ni creativamente. Por eso, aunque otra de las funciones de la antología suele ser la de mostrar una perspectiva general de la cuestión, donde el gusto personal se aplica secundariamente a la selección, aquí observamos cómo el gusto personal tiene una función principal y exclusiva.

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Jacobo Siruela ante su pasión: los libros. Foto de elconomista.com.mx.

Con estas dos salvedades en mente, la Antología universal del relato fantástico, que fue reeditada y ampliada con dos cuentos de Franz Kafka, contiene cincuenta y nueve magníficos textos, algunos de ellos ya inmemoriales, de otros tantos autores imprescindibles. El orden cronológico ayuda a cumplir otra de las funciones inherentes a cualquier antología: observar la exposición de los gustos del editor a la luz de un sentido evolutivo donde el tiempo actúa de cicerone para el lector. De esta forma es cómo podemos percibir la querencia de Jacobo Siruela por los textos donde una parte importante de la carga inquietante del relato reposa en el estilo del autor y, más en concreto, en su habilidad para sugerir lo misterioso de forma sutil o ambigua. Tanto a través de la ambientación, como del uso de recursos estilísticos como la metáfora o de recursos narrativos como los dobles sentidos, gran parte de estos relatos juegan con el lector a través de lo subliminal.

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Vernon Lee, pseudónimo de Violet Paget (Boulogne-sur-Mer, 1853 – Florencia, 1935).

Este dato nos lleva a otro aspecto interesante de este libro: la querencia por una lectura psicológica de los cuentos recogidos. Esta ambigüedad sugerente activa en la mente aquello que Carl Gustav Jung identificó como lo oscuro o lo sombrío de la psique humana, localizada por Freud en el difícilmente accesible inconsciente, justificado posteriormente por la psicología evolucionista como un vestigio del miedo cerval inherente a la supervivencia. A lo más recóndito de nosotros mismos es a lo que evocan algunos textos de inmensa capacidad aterradora como fueron, para quien esto escribe, “Amour Dure” de Vernon Lee, “La marca de la bestia” de Rudyard Kipling o, en especial, “Silba y acudiré”, de M.R. James. Entre la nómina de autores terroríficos encontramos a maestros del género como Poe (“Manuscrito encontrado en una botella”), Sheridan Le Fanu (“El testamento del señor Toby”), Arthur Machen (“El pueblo blanco”), Ambrose Bierce (“La muerte de Halpin Frayser”) o Algernon Blackwood (“El Wendigo”). Impresionante catálogo al que sólo se le puede achacar algún pero en cuanto a la elección de este o aquel texto dentro de la producción de un autor; pormenor irrelevante en todo caso para su trascendencia.

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Henry James (Nueva York, 1843 – Londres, 1916).

Otras firmas de otras áreas culturales persiguen idénticas intenciones. Nos ponen la carne de gallina, de entre los anglosajones, por ejemplo, los textos de Margaret Oliphant (“La ventana de la biblioteca” o de Henry James (“Los amigos de los amigos”) o de Ann Bridge (“El accidente”). De la tradición alemana surgen los textos de E. T. A. Hoffmann (“El hombre de arena”), Gustav Meyrink (“La visita de J. H. Obereit a las tempojuelas”) o Hanns Heinz Ewers (“La araña”). Y no puede faltar tampoco el sistema cultural francés, representado aquí por Théophile Gautier (“El pie de la momia”), Auguste Villiers de L’Isle-Adam (“Vera”) o Guy de Maupassant (“¿Quién sabe”?). Junto con otros relatos de autores tan universales como Iván Turguéniev (“Un sueño), Junichiro Tanizaki (“El tatuaje”), Dino Buzzati (“Los siete mensajeros”), Paul Bowles (“Allal”) o nuestro Javier Marías (“La canción de Lord Rendall”).

Un comentario especial merece también el espacio dedicado a la fantasía latinoamericana del siglo XX. Aquí están los principales nombres que cualquier lector mínimamente conocedor de la tradición hispanoamericana esperaría ver: Leopoldo Lugones (“La estatua de sal”); Jorge Luis Borges (“Las ruinas circulares”); Alejo Carpentier (“Viaje a la semilla”); Adolfo Bioy Casares (“La trama celeste”), Julio Cortázar (“Axolotl”) o Silvina Ocampo (“Los objetos”). Con el añadido, además, del poco conocido y magnífico Francisco Tario (“La noche de Margaret Rose”), cuya recuperación debemos a Jacobo Siruela gracias a su excelente edición de su libro bandera La noche (Atalanta, 2014). Y con la sorprendente ausencia de Gabriel García Márquez quien, entre su producción breve, tiene sin duda relatos merecedores de entrar dentro de cualquier antología que haga referencia a la fantasía latinoamericana de ese periodo.

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Alejo Carpentier (La Habana, 1904 – París, 1980). Foto de www.granma.cu.

Este último comentario confirma, como debe ser, que las antologías centradas en el gusto personal, aunque con efectos evidentes sobre la configuración del canon literario, tienen también una tendencia más clara al disenso o, por qué no, a la disidencia, que aquellas centradas en la reproducción de los gustos mayoritarios ajenos.

En todo caso, esta Antología universal del relato fantástico supone un extraordinario ejercicio de memoria y búsqueda biobibliográfica repleta de nombres imprescindibles (e irrepetibles), con alguna pequeña joya suelta en su interior (no conviene perderse “La botella que saluda” de Oliver Onions o “La leyenda de los durmientes” de Danilo Kiš), que la convierte en la antología fantástica de referencia dentro del marco editorial español. Posiblemente puedan iniciar con el antólogo un debate sobre gustos y elecciones, pero sin discusión llegarán a la conclusión de que, en España, no se ha editado todavía un proyecto más completo y ambicioso que éste para entrar por la puerta grande en el fantástico de los siglos XIX y XX.

Ahora que la editorial Atalanta ha lanzado, con criterio, su segunda edición, quizás sea el momento perfecto para leerla sin perder de vista cada palabra hasta el final. Son más de 1.200 páginas de pura fantasía.