Outside Over There (en castellano, Al otro lado) concluye la trilogía que Maurice Sendak (1928-2012) iniciara con Donde viven los monstruos y continuara con La cocina de noche. Los tres títulos se hermanan, según su autor, por el modo en que los niños “controlan diversos sentimientos (el peligro, el aburrimiento, el miedo, la frustración, los celos) y logran entender las realidades de sus vidas”. Todos ellos tienen un fuerte componente onírico.

Al otro lado, inédito en castellano hasta ahora, tiene como tema fundamental la responsabilidad. Es la historia de Aida (Ida en inglés) y de su hermanita secuestrada por unos duendes. Aida deberá recorrer un mundo mágico, por el que llega a través de la ventana, para rescatarla y romper el embrujo al que los monstruos someten a los niños pequeños (la niña saldrá por la ventana envuelta en una capa amarilla: sus pliegues recuerdan a la escultura El éxtasis de Santa Teresa, del italiano Gian Lorenzo Bernini). El libro hunde sus raíces en la realidad, en los recuerdos de Sendak: “Es básicamente mi historia y la de mi hermana. Ella es Aida y su enfado, o incluso ira, por tener que cuidar de mí”. Aquella hermana mayor se llamaba Natalie y estuvo muy unida a Maurice Sendak hasta que la muerte los separó.

De los 90 libros que ilustró, Al otro lado es el más lúgubre, y también el más críptico. Cada lámina está llena de detalles que observar y valorar. Cada lectura es un nuevo descubrimiento. Muchos símbolos e imágenes han quedado a la interpretación personal, pues Sendak se llevó muchos de sus secretos a la tumba; no obstante, hay algunos referentes claros. Ellen Duthie, pedagoga a la que Kalandraka encargó la complicadísima traducción del cuento (complicadísima porque Sendak revisó su texto más de cien veces hasta darle la forma definitiva), y que protagonizó un vibrantísimo evento de lectura en vivo en Espacio Kalandraka, la recoleta sala que la editorial tiene en el centro de Madrid, apunta otros cuatro más. No son producto de la especulación sino de un arduo trabajo de investigación, de una tarea de zapado entre las declaraciones del autor que queremos reconocer en esta reseña.

Para empezar, Sendak quedó profundamente afectado por el caso del bebé Lindebergh. Charles August Lindebergh Jr. tenía tan sólo 20 meses de edad cuando fue secuestrado en su dormitorio, en el segundo piso de la mansión del célebre aviador. Un carpintero alemán, Bruno Richard Hauptmann, capturó al niño porque andaba, al parecer, necesitado de dinero (decimos “al parecer” porque todo lo que hubo en su contra durante su juicio masivo, tres años más tarde, fueron pruebas circunstanciales). El caso ocupó las primeras páginas de los periódicos. La agonía de la familia cosechó grandes titulares, aunque durara poco: el descompuesto cadáver del pequeño aparecería tan sólo dos meses después. Algunas fotos de ese cadáver se publicaron en una primera edición de los tabloides, antes de su que fueran retiradas por las quejas del clan Lindebergh. Pero ya era tarde: el niño Maurice Sendak, de cuatro años, las había visto, y le perseguirían durante toda la vida. Así se familiarizó con la mortalidad, con la futilidad de la existencia. Comprendió, tempranamente, que todo se puede acabar en cualquier momento. (Por cierto, el caso Lindbergh inspiraría otra gran obra de ficción, Asesinato en el Orient Express (1934), de Agatha Christie, seguramente la mejor novela del genial Hércules Poirot. Es el repudio de la escritora británica de tan asqueroso crimen).

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Philipp Otto Runge, Los niños Hülsenbeck, 1805-1806.

La segunda referencia, no menos importante, se sitúa décadas después de este luctuoso acontecimiento. En 1973, Sendak entra en contacto con la obra de los hermanos Grimm por encargo. Ese mismo año, él y el traductor Lore Segal escogerán 27 cuentos poco conocidos de los cuentistas alemanes y harán un estupendo libro, El enebro y otras historias (edición castellana en Lumen, 1989). Para su realización, el ilustrador se empapará del estilo de varios pintores románticos alemanes; el principal de ellos será Philipp Otto Runge. Sus humanos rechonchos, constante en su producción, y los monstruos caricaturescos, se perfilarán a partir de los trazos de estos pintores que rechazaron lo bucólico, que escondieron sombras siniestras entre sus cuadros. Un viaje posterior a Alemania, en 1980, meses antes de la culminación del libro que reseñamos, apuntalará la fascinación germánica y el estilo “realista” del dibujante, que retomará en 1983 con La pequeña Mili, otra historia de los Grimm. Para Al otro lado, se basará en Los duendes, cuya sinopsis es muy parecida a la de nuestro volumen: unos duendes secuestran a un niño y lo sustituyen por una carcasa vacía. El final es aterrador. La estampa, no obstante, la mantendrá Sendak entre sus láminas: la hermana de Aida será reemplazada por una escultura de hielo a tamaño “bebé”.

Wolfgang Amadeus Mozart será la tercera clave para entender Al otro lado. Sendak era un melómano consumado que, además, convirtió su pasión musical en trabajo: fue el responsable del diseño de vestuarios y decorados para la Ópera de Houston (Texas). Su mano puede observarse en el libreto de La flauta mágica que incorporamos a estas líneas. La flauta mágica, precisamente, será crucial en Al otro lado: Aida vence a los duendes con un cuerno mágico, que toca como si fuera un pífano. Mozart incluso se insinuará en la ilustración en que las hermanas se reencuentran, en una pose parecida a la del folleto operístico.

El referente no es tan sólo visual: Sendak, según Duthie, intentó escribir una ópera en imágenes, en la que cada nota, cada palabra, tuviese su propia tonalidad. Si una de esas notas “desafinaba”, la cadencia se desmoronaba. Maurice Sendak ilustraba al ritmo de la música, practicaba lo que él llamaba “su juego secreto”. El texto original se hace alambicado por esta razón. Está compuesto en base a expectativas decepcionadas; es decir: las palabras preparan al oído para una rima que jamás termina de llegar (Al otro lado debe de leerse siempre en voz alta para captar sus matices). Sin embargo, esta frustración no es insatisfacción, pues existe poesía en palabras e imágenes. Poesía cruda, de la que suele abundar en los libretos operísticos, que se siente, y se percibe, más prosa. Un tipo de poesía, en suma, muy difícil de enhebrar, ya que su corazón y su alma pertenecen casi por completo a otro estilo narrativo, más melódico y melancólico.

Por último, Ellen Duthie señala la más sorprendente de las alusiones explícitas. Al parecer, Sendak quedó muy impresionado con el personaje de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. Sus grandes ojos abiertos a la contemplación curiosa del mundo cautivaron al ilustrador. Sendak legó esos ojos a Aida, a quien confirió una mirada intrépida y valiente, de niña que tiene que madurar a marchas forzadas para asumir la gigantesca responsabilidad de cuidar a un bebé indefenso. La historia de Aida es tremenda porque es la de una infancia robada. Mientras otras niñas juegan con muñecas o se peinan, como hace ella al principio, delante de un espejo, Aida se enfrenta al terrible mundo exterior, que es siempre reino adulto, y pierde su inocencia.

Sendak describe un dramático paso a la madurez en Al otro lado. La niña deja de ser niña para pasar, drásticamente a ser madre. La de Aida es distante, despreocupada. No puede, o no sabe, ejercer su rol; su hija mayor la reemplaza. En la última lámina, el padre, marinero ausente, voz patriarcal infalible, la conmina a cuidar de su hermana y de su madre. Aida, destinataria de su correspondencia, parece ser su esposa. Ella tiene la iniciativa de tener que solucionar los problemas cuando no está el padre/esposo. La predestinación social a la que parece condenada Aida es condenada con ironía por el ilustrador en su texto y sus ilustraciones.

Hay algo más que nos resistimos a omitir. Al otro lado es uno de los libros de la biblioteca de Sarah (Jennifer Connelly), la protagonista de Dentro del laberinto (Labyrinth, 1986) de Jim Henson. La película, hoy un clásico de culto (no desde sus inicios: fracasó, por su exceso de ambición, en taquilla, y dejó exhausto y derrotado al director, que no tardaría en divorciarse de su esposa de toda la vida), es el homenaje que el visionario Henson quiso tributarle a quien fuera uno de sus cómplices fundamentales en la gestación de ese prodigio educativo llamado Barrio Sésamo, récord televisivo con más de cuarenta años de longevidad ininterrumpida. Henson y Sendak concibieron una nueva forma de entender la televisión educativa, de dignificar la inteligencia de los niños. Juntos colaboraron estrechamente, hasta que los aportes del ilustrador resultaron demasiado turbios para los más pequeños, que se asustaban con sus piezas singulares, sui generis. Sendak y Henson creían en la infancia. Entendían que era una época traumática, complicadísima, que no se podía endulzar con caramelos. Por eso ambos lucharon siempre por tratar al niño como un ser pensante, como alguien con gran sensibilidad y percepción que, en muchas circunstancias, va por delante de los adultos. Sirvan estas palabras de epitafio a Henson, y también a Sendak, cómo no, en el vigésimo quinto aniversario de su precoz muerte. ¡Cuántas maravillas podría haber ideado todavía ese visionario portento!

En homenaje a Sendak, a Henson, y a todos los niños del mundo, léase Al otro lado, el libro más oscuro de un ilustrador insuperable, en voz alta. No tema el lector asustar a su auditorio infantil. Es más, puede llevarse más de una sorpresa. Maurice Sendak nos enseñó que se puede aprender muchísimo de un niño.