prometeo XXI 2

Ilustración de Bastian Kupfer para Fabulantes.

Es una tesis ya antigua que los insectos son seres movidos por simples impulsos mecánicos, sus instrucciones innatas para desarrollarse. De hecho es una tesis renovada gracias a los estudios en genética, que presumen de haber hallado el origen y código de tales impulsos. Poder explorarlos y reconocer su significado permitiría sin duda anticipar la mayor parte de las acciones de un ser vivo. No obstante, esta teoría propia de la modernidad ha tenido que lidiar con el simbolismo, mucho más antiguo, con el que los humanos interpretan las acciones insectiles. En el caso de las moscas, zumbadoras incansables, seres insoportables que transportan la podredumbre allá donde se posan, el imaginario las ha ligado al caos, la muerte y el deterioro. Para colmo, las moscas, representantes de la persecución incesante, desafían casi cualquier tipo de protección, incluso la divina. Volviendo a la genética, éstas han sido sujetos de investigación indispensables por su accesibilidad y por la simpleza de su código genético. Y el conocimiento de su genotipo ha arrojado un resultado inesperado: no se puede prever completamente su comportamiento, ya que manifiestan una cierta capacidad para tomar decisiones. Se abre de este modo el campo de investigación hacia el libre albedrío y se niega que los insectos sean autómatas predecibles.

Lo que la ciencia real ya est√° investigando es, por tanto, una intuici√≥n tan antigua como el hombre. No es de extra√Īar que la mosca fuera el elemento ca√≥tico, la variable inesperada, en uno de los m√°s c√©lebres experimentos de la ciencia-ficci√≥n: el desintegrador/reintegrador de la materia del cient√≠fico Andr√© Delambre en La mosca, el relato m√°s reconocido de George Langelaan. Fue escrito en 1956 y publicado en la revista Playboy, para ser incluido en 1962 en su compendio Relatos del antimundo. Desde entonces ha sido adaptado al cine en dos ocasiones: la primera en 1958, por Kurt Neumann, manteni√©ndose bastante pr√≥ximo a la historia original; dio origen a varias secuelas. La segunda, en 1986, corri√≥ a cargo de David Cronenberg, en una desviaci√≥n bastante interesante del relato, que permite a√Īadir a sus temas las cuestiones sobre la enfermedad y la nueva carne en la hibridaci√≥n y la metamorfosis del humano hacia algo que le supera. A su vez, ha inspirado la creaci√≥n de una √≥pera en 2008 por el compositor Howard Shore y ha aparecido retratado en diferentes series de animaci√≥n, la m√°s reconocible de las cuales sea quiz√° Los Simpson, cuando, en su especial de Halloween La casa-√°rbol del terror VIII (1997), Bart reconstruye c√≥micamente la transformaci√≥n de Delambre.

La Mosca

La mosca en su versión de 1958.

Pese a encontrarnos frente a uno de los relatos m√°s populares del g√©nero, la figura de George Langelaan es casi desconocida. Es interesante apuntar aquellos paralelismos que se establecen entre su vida y su obra. Langelaan, brit√°nico nacido en Par√≠s, trabaj√≥ desde muy joven como corresponsal para diversos peri√≥dicos, cubriendo conflictos b√©licos como la Guerra Civil Espa√Īola. Durante la Segunda Guerra Mundial trabaj√≥ como esp√≠a para el bando aliado y fue sometido a cirug√≠a facial para modificar sus rasgos. En 1941, su misi√≥n fue encontrarse con las fuerzas de la Resistencia en el sur de Ch√Ęteauroux; fue capturado poco despu√©s por la Gestapo y conducido prisionero al campo de Mauzac. Logr√≥ evitar su condena a muerte al escapar un a√Īo despu√©s, regresando a Gran Breta√Īa para participar en los preparativos del desembarco de Normand√≠a. Sin duda, su vida llena de acci√≥n inspir√≥ el sesgo polic√≠aco que se advierte en La mosca. El relato no se fundamenta tanto sobre el horror como sobre el suspense propio de las mejores investigaciones, encarnadas en la figura del hermano del sabio cient√≠fico y del inspector de polic√≠a: ambos se ven arrojados a aplicar la l√≥gica en un caso aparentemente resuelto pero cuyo sentido se pierde entre los velos del secretismo del cient√≠fico Delambre y la locura de su mujer. Casi no hace falta mencionar que su rostro desfigurado inspira la horrible transformaci√≥n del doctor Delambre.

la-mosca

La mosca en su (viscosa) adaptación de 1986.

Su prosa construye un h√≠brido entre la mejor ciencia-ficci√≥n y el terror. Al seguir las l√≠neas maestras de la ciencia-ficci√≥n, se aleja del sesgo fant√°stico m√°s propio del Gregor Samsa de Kafka, que amanece un d√≠a convertido en insecto sin ning√ļn motivo que lo justifique. Pese a lo incre√≠ble de la transformaci√≥n en humano-mosca, el relato sigue unas normas m√°s veros√≠miles y pr√≥ximas a la l√≥gica cient√≠fica. Por otro parte, la atm√≥sfera de incomprensi√≥n, las reacciones de los personajes en un horror pr√≥ximo a la locura, postulan una l√≠nea cercana a Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft. Aunque en este caso el horror carece de base sobrenatural: proviene del mismo hombre frente al elemento contextual del azar, definido por caer fuera de sus capacidades de control. Langelaan no oculta nada, desvela la trama y subvierte lo cotidiano con la misma precisi√≥n con la que el cient√≠fico prepara sus experimentos. Al introducir la fuerza del azar, nos muestra que ni siquiera los actos mejor planeados quedan libres de su influencia.

El discurso cient√≠fico puede de esta manera combinarse con los sucesos m√°s terribles. Una de las tradiciones de la ciencia-ficci√≥n es advertir acerca de que la raz√≥n cient√≠fica puede producir monstruos. En La mosca se da un nuevo giro a este aviso: el hombre nunca poseer√° un control absoluto de su entorno, ning√ļn mecanismo de seguridad le protege de las influencias externas del sistema. Ni siquiera la m√°s brillante genialidad cient√≠fica est√° libre de esta iron√≠a: no hace falta m√°s que recordar c√≥mo el Gran Colisionador de Hadrones en el CERN ha sufrido aver√≠as por la intromisi√≥n de azarosos elementos, entre ellos un cortocircuito debido a un trozo de pan, transportado por un p√°jaro, que cay√≥ sobre el transformador el√©ctrico. Si el drama del azar puede cebarse con las m√°quinas m√°s punteras y obligar a todo un equipo de cient√≠ficos a meses de comprobaciones, su efecto sobre un solo ser humano puede cobrar mayor poder.

La mosca es el propio hombre convirti√©ndose en un extra√Īo, en una entidad monstruosa, un Otro inhumano al que no deseamos conocer. La esencia de la historia se√Īala que la catastr√≥fica metamorfosis es signo de la falta de comunicaci√≥n entre el hombre y la tecnolog√≠a. La hybris cient√≠fica conduce a cruzar l√≠mites muy peligrosos para transformar los par√°metros de la vida humana. La falta de comprensi√≥n de Andr√© Delambre sobre sus propios l√≠mites -hasta que es demasiado tarde- le condujo a la p√©rdida de su identidad humana y, poco despu√©s, de la misma vida. Buscando ser como un Prometeo que brindara algo de luz a la humanidad, s√≥lo alcanz√≥ a ser √ćcaro: recogi√≥ la ciencia de D√©dalo, sus antecesores cient√≠ficos, pero arriesg√≥ demasiado contra algo mayor que √©l mismo. Pese a los preocupantes errores de su experimento con materiales inorg√°nicos, pas√≥ r√°pidamente a experimentar con seres vivos. La curiosidad venci√≥ sobre la prudencia cient√≠fica y, literalmente, mat√≥ al gato. Al experimentar consigo mismo, eliminando toda precauci√≥n, es un castigo determinante y despiadado que sea un insecto como la mosca, s√≠mbolo del caos, quien venza a su ingenio y queme sus alas.

Fran√ßois Delambre, hermano del desdichado cient√≠fico, otorga la clave para la lectura de La mosca: ¬ęPas√© revista a todas las novelas polic√≠acas que hab√≠a le√≠do en mi vida. Este g√©nero literario no carece de l√≥gica, incluso cuando presenta casos muy complicados. En la historia de las moscas, por el contrario, no hab√≠a nada l√≥gico, nada que pudiese encajar¬Ľ. Incluso creyendo que nos desenvolvemos en un mundo regido por leyes deterministas, la experiencia nos hace reconocer la existencia de variables inesperadas. Se nos escapan ya sea por ignorancia o por la complejidad de contar con todos los sistemas externos que afectan a nuestro entorno. Puede que las moscas decidan libremente sus acciones y no seamos capaces de preverlas; puede que sean como peque√Īas m√°quinas org√°nicas y, aun as√≠, ser√≠a imposible esperar su llegada. Como reza la teor√≠a del caos, la irrupci√≥n de estas peque√Īas variables puede ser devastadora a gran escala. El vuelo de una mosca supone en este relato la inestabilidad mental y la p√©rdida de la propia identidad. El marco a trav√©s del que se contempla la realidad puede hacerse a√Īicos en un instante que lo cambia todo.