Araña Memege

Ilustración realizada por María Emegé para Fabulantes.

Érase una vez, una princesa llamada Aracne, que tenía una gran habilidad para el tejido y el bordado. La joven doncella era muy admirada y su fama llegó a todas partes, tanto que hasta las ninfas del bosque acudieron para alabar sus creaciones. Aracne, consciente de su talento y, quizás, pecando de presunción, afirmó que su maestría en tejer era superior a la de la mismísima Atenea, diosa de la sabiduría, de la guerra y de la artesanía. Así que la diosa, bajo el disfraz de una vieja, se presentó ante a Aracne esperando que ésta retirase sus audaces palabras. La descarada muchacha no sólo no retiró sus palabras sino que retó a Atenea a una competición para ver quién de las dos tejía el mejor tapiz. Aracne representó de manera sublime los amores pecaminosos y escandalosos de los dioses del Olimpo, mientras que la diosa representó en su tapiz las desgracias que le pasaban a los humanos que se atrevían a desafiar a los dioses. La furia de Atenea frente a la obra tan perfecta de Aracne fue implacable, y la joven doncella decidió ahorcarse. Sin embargo, la diosa sintió compasión y decidió suavizar la pena de Aracne:

«Vive pues, pero cuelga, aun así, malvada, y esta ley misma de tu castigo, para que no estés libre de inquietud, en el futuro declarada para tu descendencia y tus tardíos nietos sea.»[1]

Esta es la historia de cómo Atenea convirtió a Aracne en araña y la castigó obligándola a pasar el resto de su vida tejiendo telarañas. La encontramos en el sexto libro de Las Metamorfosis, la obra más famosa del poeta romano Ovidio (43 a.C. -17 d.C.). Metamorfosis, del griego “transformaciones”, es un poema compuesto por quince libros que narra la historia del mundo desde el Caos (el estado primigenio del cosmos infinito de donde han surgido los dioses) hasta la muerte de Julio César, centrándose propiamente en el fenómeno de la metamorfosis. Considerada una obra maestra de la Edad de Oro de la literatura latina, fue una de los libros clásicos más leídos en la Edad Media y en el Renacimiento. De hecho, el fenómeno de la metamorfosis interesó a múltiples artistas (pintores, escultores, poetas y otros); en particular, muchos se centraron en el mito de Aracne, cuyos orígenes se remontan al Antiguo Egipto, donde la araña estaba relacionada con la diosa Neith, hiladora y tejedora de destinos. Sin alejarnos de la península italiana, la leyenda de la joven doncella convertida en araña aparece también en otra imprescindible obra maestra de la literatura: La Divina Comedia de Dante Alighieri (1265 – 1321). El mito se encuentra en el Canto XII del Purgatorio, como ejemplo de la arrogancia humana castigada por los dioses.

La presencia de este insecto de cuerpo pequeño y patas sutiles en el panorama literario (en su sentido más amplio) ha ido multiplicándose y adaptándose a distintos géneros y, obviamente, al paso del tiempo. Si nos pusiéramos a pensar en las arañas en la literatura o el cine, seguramente el primer ejemplo que se nos ocurriría sería el de Spiderman, el personaje ficticio creado por Stan Lee y Steve Ditko, que apareció por primera vez en el número 15 de Amazing Fantasy (agosto de 1962). También podríamos citar a El Señor de los Anillos o a El Hobbit, ambas obras de J.R.R. Tolkien (1892-1973), donde los protagonistas se tienen que enfrentar a un verdadero ejército de arañas. Y tampoco podemos olvidarnos de lo que ha sido un mito para una generación de niños y adolescentes: Harry Potter, que en el segundo libro de la saga, Harry Potter y la Cámara Secreta (escrito por J.K. Rowling en 1998), tiene que luchar, junto con su amigo Ron Weasley, contra el ataque de la araña gigante Aragog y de toda su familia.

Atenea y Aracne, c.1475 85 - Jacopo Tintoretto

Atenea y Aracne, c.1475- 85, Jacopo Tintoretto

Sin embargo, nuestra atención se centra en un cuento casi desconocido, y por mucho tiempo olvidado, escrito por el autor alemán Hanns Heinz Ewers (1871-1943). Tanto el escritor como su obra fueron relegados al olvido por un largo periodo de tiempo y sólo en los últimos años ambos han vuelto a ocupar el puesto que se merecían en el panorama literario de principios de siglo. Nacido en Düsseldorf en 1871, Ewers fue uno de los escritores más famosos en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial; muchos autores, como Hermann Hesse o Hermann Broch, se inspiraron en su obra, y su influencia fue avalada también por el gran H.P. Lovecraft. Sin embargo, debido a su colaboración con los nazis, tras la Segunda Guerra Mundial cayó en el ostracismo más profundo. Su perfil biográfico ha sido explicado de manera muy exhaustiva en la introducción del libro La araña y otros cuentos macabros y siniestros, editado por Valdemar en 2014. Dicha colección reúne una selección de los cuentos de terror y misterio más importantes del escritor alemán, y entre ellos destaca La araña. Este cuento, publicado en 1908, se convirtió en muy poco tiempo en un éxito a nivel internacional por el misterioso e indescifrable significado de su narración.

La araña relata la historia de un enigmático caso de suicidios ocurridos en una pequeña pensión parisina llamada Hotel Stevens: tres huéspedes, tres personas ahorcadas, tres viernes consecutivos, una misma habitación. El misterio resulta interesante no sólo para la policía sino también para un estudiante de Medicina llamado Richard Bracquemont, que pretende alcanzar notoriedad y fortuna solucionando el enigma. La historia está contada por el mismo estudiante a través de las páginas de su diario, razón por la cual el lector tendrá que interpretar por sí mismo los últimos acontecimientos. Como en otros cuentos del mismo autor, el mal está representado por una atractiva mujer; en esta ocasión, se trata de una joven doncella, Clarimonde (según el autor del diario), cuya ventana se encuentra justo enfrente de la habitación “maldita”. El intrépido estudiante no podrá evitar acercarse a la ventana y ver a una bellísima joven con un vestido color negro que se pasa los días hilando en una rueca antigua:

«Da una sensación muy extraña ver cómo los dedos delgados y negros tiran y sacan los hilos de una manera aparentemente caótica, casi como el pataleo de un insecto.»

El escritor, a lo largo de la narración, deja escapar unos indicios que apuntan a la similitud (o relación) de la joven doncella con un insecto, evidentemente una araña. Los elementos comunes entre el cuento de Hanns Heinz Ewers y el mito de Aracne son indudables: no es casual que los tres hombres murieran ahorcados, que la mujer de negro transcurriera los días hilando, o que se encontrara una araña viva cerca de cada cadáver. El autor recupera el mito para crear su propia historia, un personal cuento de terror y misterio perfectamente logrado. La recuperación de las obras clásicas (y sus declaradas citas) era un elemento típico de esa época y también una constante en toda la producción literaria de Ewers.

Otro elemento significativo en el cuento es la pérdida de control sobre sí mismo del protagonista. Jugar desde la ventana con la bella doncella se convierte para el estudiante en su pasatiempo favorito, sin darse cuenta de que cada vez que cruza su mirada pierde cualquier tipo de autocontrol. Amor y Muerte se entrelazan, y el uno se esconde detrás del otro con indudable destreza. En La Araña, como en otros cuentos del mismo autor (El diario de un naranjo, por ejemplo), asistimos a un proceso de aniquilación del hombre frente a la belleza y seducción de una mujer; sea una tejedora o una hechicera, la mujer es capaz de subyugar completamente a su víctima. Este hecho se puede, a su vez, relacionarse por un lado, con la existencia de un tipo de araña, llamada la viuda negra, que después de aparearse, mata a su pareja y se la come; por el otro, con el mito griego de Las Parcas, las personificaciones del “Fato” (del latín “fatum”) que controlaban el destino del hombre: la primera hilaba el hilo de la vida, la segunda dispensaba los destinos y la tercera cortaba el hilo de la vida cuando tocaba.

Muerte, Misterio, Amor, Seducción, Destino. En el cuento de Ewers todos estos elementos están perfectamente entrelazados entre sí en una trama siniestra y cautivante. Dejo la conclusión en las manos del escritor y filósofo inglés Joseph Glanvill:

«Y allí hay una voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad con todo su poder?»

NOTAS

[1]Metamorfosis, Ovidio. Traducción de Ana Pérez Vega. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002.”