Casa Tomada, de Rafael Gómezbarros. Esculturas de fibra de vidrio, fotografía tomada en la galería Saatchi, Londres. 2014.

Casa Tomada, de Rafael Gómezbarros. Esculturas de fibra de vidrio, fotografía tomada en la galería Saatchi, Londres. 2014.

Estamos acostumbrados a los criterios académicos que parten de una demarcación fortuita. El más famosos es aquel que separa la literatura “seria”, o “narrativa” sea lo que sea eso, de otra que aspira a una lectura ligera, enfocada al público juvenil, propia de fanzines, y que no tienen la envergadura de las grandes obras universales, tan magnánimas como difíciles de llevar en el metro. En el extremo, este arbitrario prejuicio roza lo absurdo cuando no sólo aleja a diversos autores de igual calidad (justificadamente o no) sino cuando lo hace con la producción de un mismo escritor. Este es el caso de Agustín de Foxá.

Tercer conde de Foxá y cuarto marqués de Armendáriz, fue de todo menos un hidalgo. Su obra es de gran extensión si tenemos en cuenta que ejerció de diplomático y de periodista habitual para el diario ABC y que su muerte fue prematura (falleció con cincuenta y tres años). Cultivó todos los géneros de su época, desde el artículo a la poesía, la novela y el ensayo, destacando en mayor o menor medida en todos ellos. Su mente aguda, su estilo poético y refinado, próximo al modernismo, le valió el elogio de sus contemporáneos. No obstante, hay que decir que sus escritos han envejecido bastante mal. Quizás debido a su afiliación a Falange Española -fue uno de los autores del Cara al sol- o al poco interés que actualmente despierta la literatura española de principios de siglo XX, más allá de las lecturas obligatorias en institutos de Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.

Durante mucho tiempo, los estudios sobre Foxá se limitaron comentar su poesía y su narrativa más costumbrista e histórica. Lo presentan anclado en una tradición rancia y poco actualizada para su época, que si llamó su atención fue más por su simpatía al régimen franquista que por su originalidad. Cabe destacar, en este sentido, su más reconocida obra, Madrid, de Corte a checa, un reflejo de la España de la IIª República y la Guerra Civil.

Poco a poco, sin embargo, muchos críticos reivindicaron un Agustín de Foxá menos simplista y que se preocupaba por las nuevas tendencias y la renovación estilística. Fue entonces cuando el gran público reconoció al conde de Foxá como uno de los más lúcidos escritores de ciencia-ficción de lengua castellana, cuyos cuentos fantásticos estaban al nivel de sus escritos supuestamente menos especulativos. El más brillante y genuino de todos es Hans y los insectos, un relato de corte policíaco en el que se narra la vida de Hans, un exterminador de plagas que utiliza la tecnología para hablar con los insectos.

No es la primera ni última vez que los insectos aparecen en la obra de Foxá. Su interés por la entomología se aprecia en otros muchos escritos. Uno de sus primeros artículos se titula Profecías y símbolos de las termitas y no es extraño ver metáforas y juegos literarios que parten de estos animales. Influido en gran medida por los textos del belga Maurice Maeterlinck (Nobel de Literatura en 1911), lleva a cabo una comparación que supera la clásicas semejanzas sociales que pudiera haber establecido el mismo Ferchault de Réaumur, ya que no busca tanto el conocimiento de los insectos como usar a estos de símbolo para crear una xenoficción bien construida.

La animalización ha sido de uno de los recursos más empleados, no sólo en literatura, sino también en las ciencias y en filosofía. Mucho de nuestro pensamiento parte de un análisis del comportamiento animal: los escritos éticos de Aristóteles, el feroz Estado de Hobbes. Con Darwin ya resultó imposible establecer una separación pragmática de los animales, obviando cuestiones administrativas. Ya sea una mera descripción o un argumento de peso para justificar ciertos principios naturales, las leyes de la naturaleza y las conductas de los animales han engrosado nuestras teorías y justificado ideas muchas veces contrapuestas. Los insectos han ocupado siempre un lugar privilegiado, especialmente hormigas y abejas, debido a su organización social.

Foxá emplea este recurso para crear una ingeniosa historia con un matizado humor sardónico. A través de las investigaciones de Hans, construirá una radiografía de la sociedad de su tiempo, haciendo hincapié en uno de los problemas que más le acuciaba personalmente: la absorción del individuo por una colectividad cada vez más agresiva.

En el artículo antes citado, hace alusión a esa transformación del hombre en un engranaje de una maquinaria inmensa, como células de un mismo organismo global. En el caso de Hans y los insectos, la individualidad constituye el mayor peligro en el hormiguero, en la colmena, donde cualquier idea diferente de la lógica colectiva puede hacer que estalle el sistema.

No hay que olvidar la ideología de Foxá. Es fácil caer en el error de relacionar este pensamiento con el anarquismo más individualista. El hecho de que critique la automatización humana demuestra, una vez más, la resistencia de Foxá a ser identificado con un falangismo típico, habida cuenta de que esta ideología pretendía imitar los fasci italianos que rendían al individuo ante el poder del Estado fascista. Una de las virtudes de Hans y los insectos es que Foxá no termina de hacer del relato una crítica de dimensión política. De ahí que, a mi parecer, buscar en ella un posicionamiento ideológico, ya sea adjetivando a la sociedad de las hormigas como comunista o fascista, sea ridículo y alejado del mensaje que Foxá ofrece.

El objetivo de Foxá es hacer patente este conflicto entre lo individual y lo colectivo que está arraigado a una perspectiva biológica y no únicamente a un convencimiento social. El campo de batalla de este enfrentamiento es una visión relativa del tiempo.

No es extraño que el concepto de Historia, con mayúscula, cobre relevancia en el mismo momento en que emergen los nacionalismos; la percepción del tiempo se ve modificada de forma radical. Los protagonistas de la Historia no son hombres, sino naciones, cuya vida es mucho más larga y duradera. El sujeto colectivo sólo puede entenderse a través de este distanciamiento temporal: para Hans, las hormigas se comportan igual que un todo, sus procesos históricos que a nuestros ojos son siglos, a los suyos son milenios. De igual modo pasa con nuestra Historia y la historia geológica de la Tierra, para la cual los cinco mil años de escritura equivalen a un fugaz parpadeo.

Estos diversos planos temporales se aprecian de forma más consistente en otro relato de Foxá titulado Viaje a los efímeros, en el que una pareja naufraga en un continente donde la vida biológica va cuatro veces más rápida. Al contemplar cómo los campos crecen para pudrirse a gran velocidad, cómo nacen los hombres y son enterrados en apenas cuatro horas, sienten ser ellos los únicos capaces de actuar por sí mismos, de contemplar el avance de los siglos como dioses eternos: en apenas unas horas ven la historia completa del ser humano hasta su tiempo. Los efímeros son comparados en ese sentido con los insectos, partes que sólo son diferenciadas cuando los “eternos” se relacionan en un ámbito más personal con ellos.

Estas semejanzas con el mundo de los insectos ponen de relieve el cortocircuito que provoca la confluencia de ambas posturas, ya que para nosotros no parece contradictorio que alguien busque su beneficio y, a la vez, sea miembro de un conjunto mayor al que deba entregarse. Esta complacencia es la que expone Foxá: si bien es cierto que resulta descontextualizado atribuir una ideología preclara, defender esta individualidad se convierte en una tarea necesaria. En su artículo Las alas enterradas, Foxá apunta a cómo la sociedad actual tiende a la homogeneización que en sí misma constituye la mayor violencia que puede darse. Es esencial captar esa voluntariedad que hay detrás de la unicidad social, que para Foxá no es un mero accidente o una consecuencia inofensiva e inevitable. Él lo relaciona con la Rusia Soviética, concretamente con Michurín (hubiera sido más representativo citar a Lysenko), y a su nueva biología de selección artificial, por otro lado errónea. Pero también lo hace en relación a la manufactura en Estados Unidos, que más barata es cuanto más «standard» resulte.

Hans y los insectos, al menos en este sentido, puede entenderse como la venganza de los individuos contra la Historia, esa falsa percepción divina a la que aspira el hombre. Hans se proclama Dios en el hormiguero, se asienta en una perspectiva biológica donde los individuos no valen nada y en la que puede ejercer su crueldad con total insensibilidad. Como un susurro lejano, evoca aquellas palabras de Jean Améry: «Quien perdona por comodidad e indolencia se somete al sentido social y biológico del tiempo que también suele denominarse natural.» Foxá, en la línea del escritor tirolés, se pregunta, mirando hacia el universo que nos observa impasible «¿a quién pertenece el ser humano?». Regiones, países y continentes que sólo atienden a sus componentes cuando estos empiezan a desviarse como un tumor.

Agustín de Foxá retrata a los hombres en los insectos que ve Hans con un toque irónico, no obedece a esa búsqueda de reducción social a la que tendían los pensadores y sociólogos, para quienes la metáfora escondía un intento de situarse en una supuesta objetividad dogmática que encauzara la corriente humana por un derrotero histórico trazado de antemano.

Aunque reconozco que es esta una lectura libre (ni Améry ni Foxá admitirían una conjugación tan sencilla), me parece tan viable y justificada como cualquier otra, lo que hace comprensible cómo un cuento tan nítido e interesante cruzó sin pena ni gloria el panorama literario, apenas comentado por unos pocos como Francisco Umbral, que supieron ver en él un «relato sencillamente magistral». En efecto, Hans y los insectos ofrece una elegante ambigüedad que sumerge al lector en una literatura que no sólo entretiene, sino que invita a excavar, como si de un hormiguero se tratase, con la firme promesa de encontrar oro entre sus páginas.