Entre nosotros, El resplandor no forma parte de la gran literatura. Da miedo, es eficaz y funciona, sin más; no es muy bueno. Pero precisamente es interesante ver cómo un libro bastante malo puede ser también muy eficaz. Lo que es evidente es que la idea, el argumento, es muy bueno. De hecho, Stephen King posee una extraña capacidad para obtener este tipo de efecto, provocar el miedo en el lector. Piensa probablemente que es mejor escritor de lo que en realidad es; El resplandor es un libro bastante pretencioso… Pero también es cierto que se tienen menos escrúpulos al cortarlo en pedazos, una es consciente de que no se está destruyendo una gran obra de arte.

Diane Johnson, co-guionista de El resplandor. Entrevista en la revista francesa Positif, enero de 1981.

Tras el fracaso de crítica y público de Barry Lyndon (ídem, 1977), su obra más personal y ambiciosa, Stanley Kubrick retoma su antigua pretensión de rodar una película de terror. El género ya es más que rentable, es dinámico, pues genera productos y subproductos que todavía son imaginativos (por su vena experimental de apertura de nuevos caminos y códigos), y tiene el aliciente de ser una espinita clavada para el cineasta: él fue la primera opción para dirigir El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973). Rechazó el encargo con bastante indiferencia; no tardaría en lamentarlo.

Kubrik

Stanley Kubrick (1928-1999), dirigió 17 películas. Tan grande fue su poder en Hollywood que llegó a imponer como guionista de Espartaco a un represaliado durante la “caza de brujas” del siniestro senador McCarthy. Mientras rodaba El resplandor, atosigaba a King con pregunta del tipo:  “¿Crees en Dios?”… ¡a las 3 de la mañana, hora estadounidense!

Cuando Kubrick reveló sus intenciones, la maquinaria de propuestas se puso en marcha. A su despacho llegaron novelas terroríficas de todo corte y pelaje. Su secretaria, en la habitación adyacente, oía cómo iba despachándolas al cabo de pocas páginas, una a una, estampándolas contra la pared. Hasta que, un día, se produjo el silencio. La secretaria, pensó por instinto, ese común acto reflejo desarrollado por todos los colaboradores cercanos del director, que su jefe había desistido del empeño y que el “proyecto terror” había quedado relegado, como tantos, a la papelera; por eso, cuando entró por rutina en el despacho colindante, se topó con una sorpresa en forma de novela en la mesa de trabajo de Kubrick. Se titulaba El resplandor[1] y la firmaba Stephen King. Cuando la secretaria vio que el marcapáginas estaba colocado en una posición bastante avanzada, debió de experimentar esa sensación de vértigo que también era frecuente entre quienes rodeaban al genio. Stanley Kubrick había encontrado una presa. Y no pensaba soltarla.

En 1977, año en que referimos estos hechos, Stephen King ya es un escritor conocido y millonario. Precisamente, El resplandor le ha aupado a la cabecera de las listas de best-sellers. El autor ha dejado de ser “el tal Stephen King” de sus dos anteriores novelas: Carrie (1974), su historia sobre una vengativa muchacha con poderes psíquicos (además de precoz adaptación cinematográfica, debida a otro “tal” de entonces, Brian de Palma), y Salem’s Lot (1975), su aportación a la literatura vampírica llena de buenas ideas, grandes escenas y un final lamentable, han precedido a su primer y colosal éxito de ventas. Es curioso que la novela que dispare su fama sea una de las pocas, así como la primera, en salirse de las coordenadas de su Maine natal y mítico, escenario de casi toda su producción. King sitúa la acción en Boulder, Colorado. Hasta sus inmediaciones se traslada con su esposa Tabitha, madre de sus dos hijos, Naomi y Joe (el futuro escritor Joe Hill), y se aloja, sin los críos, en un hotel reconocido, el Stanley.

El Hotel Stanley será la fuente de inspiración básica para el Overlook, la residencia de El resplandor. Tabitha y Stephen llegan a hospedarse por los pelos, en el último día de la temporada antes del cierre estacional. Son los únicos clientes. Cenarán solos en un comedor vacío, con las mesas recogidas y las sillas colocadas encima de éstas. Cuando Tabitha se retira a descansar en la habitación 217 en que se aloja el matrimonio, King, afectado de insomnio crónico, paseará en solitario por los largos y angustiosos pasillos del hotel. En el bar, un camarero llamado Grady le atenderá y le pondrá una copa. En la mente del escritor empieza a gestarse una novela. Al día siguiente, pagarán la cuenta y se marcharán. La fase de documentación del autor ha terminado satisfactoriamente. O casi: los King no han percibido ningún rastro de los presuntos sucesos sobrenaturales que la tradición popular achacaba al hotel.

La fachada del hotel Overlook es en verdad la del timberline Lodge (situado en Oregon), famoso lugar de reuniones. Todos los interiores fueron construidos en estudios británicos. Algunas salas del hotel imitaron célebres estancias diseñadas por arquitectos internacionales. Kubrick los hizo construir íntegramente y, gracias al uso de la steadycam, no se vio en la obligación de "dejarlos al abierto", como hubiese tenido que hacer de haberse servido del travelling, para meter la cámara entre alguna pared.

La fachada del hotel Overlook es en verdad la del Timberline Lodge (situado en Oregon), famoso lugar de reuniones. Todos los interiores fueron construidos en estudios británicos. Algunas salas del hotel imitaron célebres estancias diseñadas por arquitectos internacionales. Kubrick los hizo construir íntegramente y, gracias al uso de la steadycam, no se vio en la obligación de “dejarlos al abierto”, como hubiese tenido que hacer de haberse servido del travelling, para meter la cámara entre alguna pared.

A este material, King añade muchas cosas de su propia cosecha. Por ejemplo, su obsesión por volver a contar otra historia con niño psíquico. King, como ya dijimos, ha sido padre por partida doble. El pequeño Joe tiene por entonces tres años. Papá le dedicará el libro. Según avanza en su escritura, King descubre que ha volcado muchos de sus rasgos, y de sus vicios, en Jack Torrance, el padre del protagonista Danny. Jack es iracundo, se las da de escritor, ha tenido problemas con el alcohol y tiene un temperamento violento, como el autor. King, alcohólico y toxicómano, ha entrado en una fase de autodestrucción que sólo acabará cuando Tabitha le amenace seriamente con poner un drástico fin a su convivencia. Por desgracia para el mundo de la literatura, Tabitha reaccionará muy tarde. Si queremos exonerar muchas de las abundantes tonterías que se leerán en El resplandor, debemos de suponerlas efectos secundarios del delirium tremens. Es la única explicación razonable a mangueras con vida propia o a hostiles setos gigantes con forma de animales que tan relevantes, para desdicha del buen gusto, serán para la trama.

Pero volvamos a Londres, al estudio de Stanley Kubrick. Obsesivo, maniático, el director ha empezado a planificar su película, con una terapéutica “venda en los ojos” que le hace pasar por alto las incontables idioteces que plagan la novela. Su gigantesco talento le ha hecho ver las potencialidades del argumento. En la novela, el cocinero Dick Hallorann le explicará a Danny las características de su poder para “esplender”. Kubrick lo tenía también, para todo lo que atañía al cine. Armado de podadoras, empezó a pelar esa jungla salvaje en forma de libro, ayudado primero por King y, luego, al rechazar el guión del escritor por ser demasiado parecido al original[2], por Diane Johnson, escritora de talento que, en aquel tiempo, impartía un seminario universitario sobre literatura gótica. Kubrick y Johnson dejan de lado varias cosas que les parecen ridículas: suprimen los setos gigantes con forma de animales, por ser imposibles de llevar a la práctica sin disparar el presupuesto, y lo sustituyen por un laberinto, para solaz de la matemática mente del cineasta; se dan cuenta de que las hijas del anterior celador del Overlook, Grady, a las que King ha dedicado un par de líneas y no ha hecho gemelas, deben de aparecer para atormentar al niño Torrance; la relación de Danny y Jack cambia, desaparece el profundo apego que el pequeño siente hacia éste en la novela, y se torna más lógica la voluntad de asesinar al hijo por parte del padre abnegado; y, fundamental, se “normaliza” el poder de Danny: si en el libro su “esplendor” es una patología, que se oculta de los adultos, en la película se da por asumido, como parte de la naturaleza infantil de Danny. Kubrick y Johnson han hecho más coherentes a los personajes de la novela: Danny se comporta como un niño, y no como el adulto con cuerpo de niño tan habitual en los libros de King, y Jack como un psicópata en potencia. Stephen King ha buscado justificarse de muchas maneras, pero que no venda castillos en el aire: en El resplandor pone en boca de cada uno de sus personajes, tengan seis años como el triple de edad, palabras y frases, pretendidamente brillantes, que él diría, en vez de hacer lo que es competencia de todo escritor: analizar a sus personajes, comprender sus personalidades y hacerles hablar, y por tanto pensar, en consecuencia.

Dick Hallorann enseña a Danny a controlar su poder. Tiene un papel central en el libro (King reutilizará a este personaje brevemente en It). En la película, lo interpretó Scatman Crothers; intervino por sugerencia de Jack Nicholson, que trabajó con él en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975).

Dick Hallorann enseña a Danny a controlar su poder. Tiene un papel central en el libro (King reutilizará a este personaje brevemente en It). En la película, lo interpretó Scatman Crothers; intervino por sugerencia de Jack Nicholson, que trabajó con él en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975).

Si Fabulantes fuese una página de crítica cinematográfica, profundizaríamos en todas las aportaciones al género y al cine realizadas por el visionario Kubrick (y empezaríamos por hablar del decisivo uso de la steadycam, o “cámara sobre raíles”, con el que se prescindía del carísimo travelling y se facilitaba el angustioso seguimiento de personajes entre, por ejemplo, tortuosos pasillos), pero, a día de hoy, Fabulantes no se dedica a reseñar películas. Por lo tanto, a partir de ahora nos quedaremos en el Overlook literario, aunque miremos de reojo, y con envidia, a su reverso en celuloide.

King quiso hacer de El resplandor una novela de casa encantada. El Overlook, de pasado siniestro, es una entidad diabólica que destruye a los eslabones débiles que lo ocupan. La tragedia de la familia Grady, las presuntas muertes accidentales, los asesinatos violentos, los suicidios por ahogamiento, alimentan la insaciable voracidad del hotel, que necesita el poder de Danny para volverse irrestricto, infinito, imbatible. King es hábil para dotarle de una personalidad, para hacer de sus ventanas ojos a los que nada escapa, para convertir a la caldera en corazón de la casa y en boca del infierno, para darle una voz que es un tumulto desquiciado de ecos… La explicitud afecta al propio nombre del edificio, Overlook, que, traducido del inglés, vendría a representar una suerte de omnipresencia y ubicuidad que lo controla todo.

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Primera edición de The Shining (1977, Doubleday). En la portada pueden distinguirse los malvados setos asesinos…

En cuanto novela de “casa encantada”, El resplandor tiene como referentes claros La maldición de Hill House, de Shirley Jackson, y La casa infernal, de Richard Matheson, las dos cumbres del género en la materia (en su forma larga). King reconocerá también una deuda con Edgar Allan Poe y su relato La máscara de la Muerte Roja, a la que tributará un homenaje metido con calzador, no por torpe sino por excesivo: cuando se llega a él, el lector está fatigado tras haber leído páginas y páginas llenas de alfalfa, de heno, de paja. Stephen King se arroga el derecho de ser Victor Hugo, y por eso se permite el lujo, que tan bien se daba el francés amparado por la calidad de su estilo, de dispersarse, de, por ejemplo, darle una importancia capital a los gustos teatrales de Jack Torrance, en monólogos casi interminables. Además, El resplandor se hace insufrible por las ínfulas de un escritor que se cree William Faulkner, y que satura sus frases con sentencias que denotan lo encantado que está de haberse conocido, con latiguillos chirriantes salidos de la cultura popular que banalizan el ritmo, con frases mal construidas (o mal traducidas: romperemos una lanza en favor del señor King), y con capítulos mal estructurados. A El resplandor, como pasará en otras novelas posteriores, le sobran más de 200 páginas si lo que busca su autor es contar una simple historia de terror y no la gran novela americana. Si el objetivo es emular a Mark Twain, adelante, siga intentándolo que lo importante es participar, porque ni se le acerca. Por si fuera poco, El resplandor ocupa podio en la dilatada trayectoria de novelas de Stephen King con finales calamitosos. Su cierre es de completa vergüenza ajena. Normal que, años después, el escritor pergeñase una secuela, Doctor sueño (2013), con la que procurase salvar los muebles.

Las gemelas Grady se llamaban en realidad Lisa y Louise Burns. No volvieron a hacer cine tras su participación en la película. Kubrick las convierte en icono y las confiere un gran poder estético. En la novela, eran dos hermanas de 6 y 8 años respectivamente.

Las gemelas Grady se llamaban en realidad Lisa y Louise Burns. No volvieron a hacer cine tras su participación en la película. Kubrick las convierte en icono y las confiere un gran poder estético. En la novela, eran dos hermanas de 6 y 8 años respectivamente.

Al ver lo que Kubrick hizo con su novela, King se molestó. Acusó, con un par, al director de no entender los mecanismos del terror. La crítica acertó de chiripa, y tan sólo tangencialmente, pues es cierto que Kubrick, como tantos otros antes y después de él, tuvo que aprender sobre la marcha, guiado por su gigantesco instinto, qué funcionaba y qué no en un género que le resultaba marciano; Kubrick aún tenía dudas cuando se sentó en su trono infalible tras la mesa de montaje, para trabajar con titubeos por única vez en toda su fabulosa carrera[3]. Pero lo que no se puede negar es que, aun siendo un neófito con nulo interés por el terror, hizo un trabajo más que sobresaliente, que es justo señalar en el día del treinta y cinco aniversario del estreno de su película. El alumno se impuso con creces al maestro. Todas las demás apreciaciones, las hizo Diane Johnson en las declaraciones que encabezan este artículo. Nada más que añadir a tan sabias palabras.

NOTAS

[1] El título original es The Shining, aunque inicialmente, King la bautizó The Shine. Cambió al nombre definitivo cuando se dio cuenta de que “shine” era un término despectivo para referirse a los negros en el slang estadounidense. No obstante, mantuvo la palabra en la novela.

[2] Muchísimo tiempo después, King se saldría con la suya. Escribiría el guión de una miniserie televisiva en tres capítulos (1997), protagonizada por Rebecca De Mornay, y dirigida por el mayor especialista en adaptaciones kingnianas, Mick Garris, creador de la mediocre serie Masters of Horror (2005-2007).

[3] Kubrick no supo muy bien qué hacer con el material que tenía entre manos. Sí sabía lo que no quería. Por eso, prescinde de un final explícito ya rodado, con Wendy y Danny Torrance en el hospital, y el gerente del hotel, el señor Ullman, de visita, porque, en su opinión, consideraba que le restaba inquietud al colofón de la película, que es el que los espectadores han visto mayoritariamente, y que dejaba en el aire grandes interrogantes y una sensación de angustia irreprimible.