las ratas del cementerio

Las ratas del cementerio

Se llamaba Henry Kuttner, aunque en muchas de sus obras usó seudónimos como Lewis Padgett o Noel Gardner. Nació en Los Ángeles el 7 de abril de 1915, pero en sus venas confluían la sangre inglesa de la madre y la prusiana del padre, nieto del rabino Josua Heschel Kuttner y descendiente de una estirpe cabalística. Aunque escribió algunos relatos en solitario, alcanzó la celebridad en colaboración con Catherine Lucille Moore, su esposa, asimismo escritora. Tal vez algo de esto influyera en que su

Las dos cabezas de Lewis Padgett en acción; Catherine Lucille Moore y Henry Kuttner

Las dos cabezas de Lewis Padgett en acción: Catherine Lucille Moore y Henry Kuttner

primer relato publicado –también el más conocido-, Las ratas del cementerio (The graveyard rats, 1936), reúna despojos ultraterrenos, abominaciones de oscuro origen transoceánico y homúnculos cenagosos.

O tal vez no. Sin embargo, más allá de sus historias de fantasía y ciencia-ficción, estos datos ponen relieve en una biografía esteparia. Henry Kuttner tuvo una vida breve -murió de un ataque al corazón en 1958, sin haber cumplido los 43 años- y más bien austera, concluida sin siquiera haber terminado sus estudios de Psicología, empeño al que dedicó sus últimos días. Aunque no carecía de virtudes literarias, tal vez se lo recuerde más por las colaboraciones con Moore. Una vida pedestre encuentra exacto reflejo en un físico impersonal: las fotos que de él se conservan muestran un hombre discreto, de mirada afable como medrosa, siempre con el mismo corte de pelo -a veces fosco-, un fino bigote añadiendo el único exceso a un conjunto tan mesurado. Evocando el día en que lo conoció, Alfred Bester describió a un hombre de estatura media, callado y cortés, en el que no se advertía nada extraordinario (“entirely without outstanding features”, en sus palabras).

El nombre de Kuttner suele asociarse con los del conjunto de autores que componen el llamado “Círculo de Lovecraft”. Varios de sus relatos abundan en el universo de los Mitos, incorporando nuevas deidades como Nyogtha (El horror de Salem), Iod (El secreto de los Kralitz) o Vorvadoss (El devorador de almas). Tal vez no se trate de las deidades más recordadas, pero sin duda el ciclo lovecraftiano le valió para escribir algunos cuentos notables. Además, vida y literatura se enriquecieron gracias a la involuntaria mediación de Lovecraft: en una carta a Kuttner habla sobre ciertas fotos de Salem y Marblehead que le había prestado, pidiéndole que, una vez hubiera terminado con ellas, se las enviase a un tal -Kuttner lo creyó hombre- C. L. Moore. Así, de forma tan inopinada, fue como ambos escritores se conocieron.

Retrato de Robert Bloch y Henry Kuttner Fotografía humorisitca tomada en Maryland Avenue, Bloch sentado sobre la silla de ruedas de su padre, empujada por Henry.

Retrato de Robert Bloch y Henry Kuttner
Fotografía humorística tomada en Maryland Avenue. Bloch aparece sentado sobre la silla de ruedas de su padre, empujada por Henry.

Como también lo hicieran Frank Belknap Long o Robert Bloch, Henry Kuttner se aprovechó del venero original para ejercitar su fantasía en el marco del horror cósmico. Sin embargo, en el caso del angelino la inspiración superaba la propia experiencia. Si trepamos por su árbol genealógico, descubriremos entre los antepasados una figura singular, fuente de mitos como el Solitario de Providence: se trata de Yehudá Loew ben Betsalel, el Maharal de Praga, al que Gershom Scholem tiene por primer escritor hasídico y a quien la leyenda popular considera creador del Gólem. El lector creerá que esto es una poco disimulada patraña. Capaz de una hablilla tal, lamento ceñirme aquí a la rigurosa realidad. Tan sólo es una de esas simetrías que de cuando en cuando simula la vida, hija de un azar ciego que sólo nosotros confundimos con el misterio o la providencia. No deja de ser, empero, una coincidencia singular.

La analogía entre el Kuttner indistinguible de su esposa y el Gólem dependiente del Maharal es tentadora, pero debemos evitarla. Según se cuenta, el tándem creativo, más que complementarse, componía un escritor bicéfalo: Kuttner aportaba la acción y el hilo argumental, mientras que Moore creaba la atmósfera y ambientaba el relato. Se ha llegado a decir que cuando uno dejaba la máquina de escribir, el otro se sentaba y seguía tecleando. Casi seguro se trate de una exageración, pues no se percibe alternancia en el estilo de sus narraciones. En todo caso, desde Las ratas del cementerio ya dio buena muestra de su talento.

Gauer y Bloch junto a C.L. Moore y Henry Kuttner

Harold Gauer y Bloch junto a C.L. Moore y Henry Kuttner

Tampoco puede descartarse que la tradición religiosa de su familia impregne su trabajo: Absalom (Startling Stories, 1946), escrita a cuatro manos, confiesa su inspiración bíblica con varias citas de las Sagradas Escrituras, subvirtiendo la historia del hijo de David en una escalofriante pieza de ciencia-ficción -en la que, por cierto, se alude al moldeamiento de las mentes según lo hiciera Yahvé con Adán, modelo del Gólem-; hay algo en Vordavoss el Flamígero que recuerda al Enoch hebraico transformado en ardiente Metatrón; y, en fin, el lenguaje cabalístico está familiarizado con términos como “espacio primordial” -del que surge el tridimensional-, “gran abismo” o “eones”, de resonancias chtulhianas. Habida cuenta de esto, sumado al influjo del padre librero, no es extraño que el incipiente escritor sintiera fascinación por los relatos de Lovecraft.

rabino LOew

Judah Loew ben Bezalel (1512 o 1526-1609), el gran Acharonim, Maharal de Praga, padre del Golem y… supuesto antecesor de Kuttner.

La obra de Kuttner supera las trescientas historias, todas ellas de fantasía y ciencia-ficción. Aunque en su última etapa se dedicó casi en exclusiva a este género -y quién sabe si no se lo conocería mejor de no haber tratado los Mitos-, es su inclusión en el Círculo la causa de que hoy lo recordemos. En España nos lo descubrió Rafael Llopis, al incluirlo en el fundamental Los mitos de Chtulhu (Alianza, 1969). De hecho, con la salvedad de alguna edición aislada, como la meritoria colección Lo mejor de Henry Kuttner publicada por Edhasa en los setenta, en nuestro país es conocido por sus cuentos de terror: Las ratas del cementerio, El horror de Salem -que corrigió siguiendo las precisiones históricas y urbanísticas de Lovecraft- y Yo, el vampiro son sus relatos más difundidos.

Como se ha dicho, Henry Kuttner cultivó en sus últimos años el género prospectivo. Algunas de sus piezas breves tienen una calidad notable, como los de la colección Robots have no tails (Gnome Press, 1952), escrita junto a Moore. Varias de sus obras se adaptaron al cine y a la televisión. La más reciente es Mimzy, más allá de la imaginación (The last Mimzy, 2007), película basada en el relato Mimsy where the borogoves. El título de esta obra es intraducible, ya que es un verso del poema JabberwockyJerigóndor, en afortunada versión de Francisco Torres Oliver-, de Lewis Carroll. Se trata de una historia que mezcla los viajes en el tiempo con la Alicia de carne y hueso y el matemático que la inmortalizó. E incluso se atrevió con la fantasía heroica, con su personaje Elak de la Atlántida.

Pero el olvido parcial y la dependencia -a veces remarcada en exceso- de su mujer pueden hacerlo pasar por un autor menor. Sin embargo, los popes de la ciencia-ficción han demostrado con creces su admiración por el escritor: Isaac Asimov seleccionó varios relatos de Kuttner para la colección The great SF Stories (La Edad de Oro de la Ciencia Ficción, Martínez Roca); Ray Bradbury, que escribió el prólogo de la antología The Best of Henry Kuttner, donde lo llamaba “maestro olvidado”, le atribuyó las últimas líneas de su relato The candle (Weid Tales, 1942); Richard Matheson le dedicó su clásico Soy Leyenda, en agradecimiento por su apoyo. No añadiremos más nombres a la lista, baste con estos.

El mayor reconocimiento que conoció en vida fue el premio otorgado por la World’s Science Fiction Convention en 1940, que lo reconoció como uno de los mejores escritores del género en el mundo. Hoy, sus restos descansan en el cementerio Woodlawn de Santa Mónica. Encajada entre decenas de nichos idénticos, una sobria placa indica las dos fechas preceptivas. Encima, el nombre del fallecido. Esta vez firma con su verdadera identidad; al fin, lo hace en solitario.