The Fairy Feller's Master-Stroke, 1855-1864, pintura realizada por Richard Dadd

The Fairy Feller’s Master-Stroke (1855-1864), pintura realizada por Richard Dadd

La fantasía da cobijo a posibilidades creativas casi infinitas. Mecanismos tan variopintos como la imaginación o la pesadilla, la inconsciencia o el más estricto de los raciocinios, aunque en apariencia antitéticos, estimulan las plumas más inquietas hasta el punto de llegar a generar un acervo cultural extraordinariamente rico. Entre todo este patrimonio sobresale el escocés George Macdonald (1824-1905) como una de sus muestras más extraordinariamente desconcertantes. Macdonald fue un autor de estilo personal e inclasificable, al que una vida repleta de penurias vividas en sacrificio y coherencia arrastró, para unos por inercia y para otros por voluntad de Dios, a una utilización de la fantasía como marco creativo idóneo para la expresión de sus ideas teológicas.

Con Fantastes (Atalanta, 2014) estamos ante su obra más representativa, además de ante un imprescindible clásico de la fantasía que, por varios y relevantes motivos, todos deberíamos conocer.

Primero, esta novela surge de un combate personal de tipo moral que fue, posiblemente, uno de los mayores retos vitales a los que jamás se enfrentó Macdonald. Aunque publicada en 1858, su elaboración se ve radicalmente influida por las desavenencias surgidas con la Iglesia Congregacional de la Trinidad de Arundel, de la que fue ordenado pastor en 1850, por el contenido de sus sermones; de hecho, como castigo fue llevado hasta una situación de práctica miseria hasta que consiguieron su rendición –que no sometimiento-. En sus prédicas declamaba en contra de algunos de los preceptos fundamentales de la teología reformada (calvinismo) y, específicamente, contra la predestinación y el amor selectivo de Dios, o, en forma positiva, a favor de la voluntad del hombre como motor para alcanzar a Dios a través de sus acciones.

En segundo lugar, tanto por cronología de publicación como por influencia posterior en otros autores, Fantastes se encuadra como uno de los clásicos y obras de mayor huella en la literatura fantástica moderna. No en vano, Macdonald fue uno de los mentores de Charles Lutwidge Dodgson (más conocido por el sobrenombre de Lewis Carroll); una lectura de esta novela a los dieciséis años causó asimismo gran impresión en un jovencísimo C. S. Lewis –firmante además del prólogo a esta edición-. Aunque ambos autores fueron educados en una estricta fe cristiana, Carroll y Lewis se acercaron hasta esta novela desde perspectivas completamente distintas. Para Carroll fue la profunda fe cristiana y la directa relación con Macdonald el motor de su interés, pero Lewis era un adolescente con problemas de fe que se acercó al texto desde una ferviente atracción por el ocultismo y el misticismo. Ambas vertientes encuentran un punto de convergencia en este texto.

En tercer lugar, tirando de este hilo, podemos hacernos una idea aproximada de la importancia relativa de esta obra en el conjunto del patrimonio fantástico universal. Pues si en este libro encontramos las fibras de la teología cristiana como parte fundamental de su trama, e incluso la irrupción de figuras míticas clásicas o elementos inherentes al romanticismo, tampoco se pueden obviar recursos de rabiosa modernidad: el empleo de las hadas o los elfos como figuras narrativas principales; el recurso a la oralidad para profundizar en el significado del texto (canciones o poemas cantados “brotan del narrador” con un exacto sentido de la oportunidad); la coherencia y el sentido del ritmo narrativo con que se introducen elementos paratextuales en cada capítulo, e incluso el uso originalísimo del espacio y del tiempo en la definición del protagonista principal, entre otros rasgos. Una mezcla de elementos inherente al estilo personal de Macdonald, aquí ya en un avanzado estadio de madurez y solidez apenas superado en su demás producción posterior.

Finalmente, en cuarto lugar, no podemos olvidar la habilidad del autor a la hora de diseñar, construir y sostener con solvencia un texto con tamaña complejidad interior. Con Fantastes estamos ante un ejemplo ambicioso de bildungsroman donde el viaje de evolución/aprendizaje/formación se entiende como una supra-metáfora a partir de la cual surgen otras metáforas complementarias dirigidas a ampliar y/o precisar el sentido de la metáfora raíz. La elección de este género no es casual. Contra la rigidez de la teología reformista, donde el viaje carece de sentido si no es por la externa voluntad de Dios, aquí el viaje es inherente al proceso interior de aprendizaje y, por tanto, a la voluntad del ser/hombre de hacerse a sí mismo manifestada a través de sus posiciones éticas y sus elecciones personales.

Con clara intencionalidad el viajero se llama Anodos (cuyos significados en griego son “sin rumbo”, “sin objetivo”, o también “ascensión”). El viaje obtiene así un sentido, el de conocer cuál es el destino o el objetivo del viaje, y también una dirección, elevando al viajero en relación a su estado inicial. Fuera del espacio y el tiempo convencionales, entiéndase éste como una alter realidad llamada País de las Hadas o un lugar interior al propio ser desconocido para sí (inconsciencia), nuestro protagonista se enfrenta a los retos que le van surgiendo a cada paso con las armas de sus ideales. Una lucha exterior del ser humano con el mundo que simboliza, sin embargo, una lucha interior del hombre consigo mismo. Una prueba con forma material que representa, sin embargo, una prueba moral.

Durante el viaje, la naturaleza de los contendientes y las elecciones de Anodos ante ellos van definiendo el significado pleno del argumento. Metáfora a metáfora, reto a reto, en la novela se nos habla sobre la posible doblez del estado de cosas (“¿cómo es posible que convivan la belleza y la fealdad?”, página 88), y de cómo esta materialidad difusa nos puede hacer caer en el engaño de la apariencia (“¿por qué los reflejos son siempre más hermosos que lo que llamamos realidad?”, página 113), hasta incluso pervertir el amor rebajando este sentimiento a la menor condición de creencia (“¿Cuántos amantes no llegan siquiera a acercarse y contemplarse mutuamente como en un espejo, desconocen el espíritu del otro, aunque aparentan conocerlo, no ahondan en el alma del otro y acaban separándose, teniendo apenas una idea imprecisa del universo cuyas fronteras han rondado durante años?”, páginas 149-150).

Tal proceso de degradación tiene lugar en ambientes o contextos donde hay ausencia de formas puras, sean de luz o de oscuridad. De ahí que la voz narradora haga un uso equivalente de la oscuridad absoluta o de la luz refulgente –así como de las superficies donde esta luz se refleja-. La lectura fija su atención en cómo el sol y la luna, el espejo y la armadura esplendente, igualan su significado purificador y benefactor, mientras que la armadura oxidada y la sombra, el agua turbia o el espejo opacado, anuncian la degradación del engaño en forma de apariencia o de creencia. Al analizar la causa de este proceso, las metáforas siguen orientándonos al interior del ser humano apuntando, específicamente, al cinismo del incrédulo, a la soberbia del sabelotodo o al orgullo del invicto. De esta forma, en el viaje de ascensión hacia la virtud “son pocos los que mantienen en todo momento la sencillez y el valor necesarios” (página 271) para creer que hay algo bueno allende lo que se cree saber o conocer.

La supra-metáfora que es Fantastes se muestra exigente con todos aquellos que, desconocedores de las claves básicas para su desciframiento, se acercan al texto con ojos vírgenes. La trama guarda una relación tan directa con el debate teológico afrontado entonces por Macdonald que, dejados estos aspectos a un lado, nos queda un conjunto con problemas de ritmo debido a que las canciones o los poemas o las leyendas cortan una y otra vez el discurrir del viaje de Anodos. Todas estas interrupciones tienen un sentido y aportan un valor esencial a la supra-metáfora, pero tal conveniencia se percibe sin problemas sólo cuando se poseen las claves necesarias. Quizás por eso una novela tan inteligentemente articulada y tan sólidamente construida, un clásico imprescindible por importantes motivos, ha llegado a nuestros días casi de refilón, con el gran público aficionado al fantástico ignorante de su trascendencia.

La edición de Atalanta nos da la oportunidad de ponerla otra vez de actualidad, reivindicando su recuperación y trayendo al presente las virtudes que hicieron de esta novela un referente de inspiración para tantos autores hoy, casualmente, motores imprescindibles en la principalidad de la fantasía como género literario y referencia cultural universal. Posiblemente, pocas veces con más justicia que en este caso, tantos le debieron tanto a uno solo.