Clásico mayúsculo del cómic, V de Vendetta no es tanto un cómic político, que también, como una historia con un claro fondo moral, con el que Alan Moore imagina la deriva fascista de Gran Bretaña en plena era Thatcher (contemporánea a su publicación). Un terrorista se pone la máscara del incendiario Guy Fawkes  para proclamar: Remember, Remember, the 5th of November!

En la Inglaterra de 1980 el liberalismo de la “dama de hierro”, Margaret Thatcher[1], iniciaba su dominio de la forma más pura: privatizando las empresas públicas, desmantelando los sectores económicos deficitarios y desmontando las prestaciones sociales. Las manifestaciones obreras se contaban por centenares en Reino Unido y el conflicto laboral alcanzaba así sus más altas cotas, enconando el enfrentamiento tradicional entre el laborismo y el sindicalismo, por un lado, y la alianza de los conservadores con los neoliberales, por el otro. En la izquierda surgían no sólo voces críticas con las políticas del gobierno sino también temores a que el desmantelamiento del Estado del Bienestar tuviese como consecuencia la imposición de una organización sociopolítica autoritaria basada en la alianza entre un gobierno dominante y un fuerte sector privado capitalizador y legitimador de ese gobierno.

Los temores de la sociedad británica menos acomodada eran tan intensos que, además de generar numerosas y no poco virulentas protestas, también intensificaron una actividad cultural deseosa de exteriorizar su expresividad para vapulear al gobierno en la cara.

En este contexto es donde se comprende cómo Alan Moore, hasta 1979 un reconocido autor underground con la mayor parte de su obra publicada en colaboración con otros y bajo pseudónimo, decide sacar la cabeza y publicar sus guiones con las mimas líneas argumentales osadas de antaño pero ya desde una perspectiva más personal. La revista británica Warrior (1982-1985) fue el proyecto donde comenzaría esta nueva línea de trabajo, además de conocer allí al que sería el dibujante de V de Vendetta, David Lloyd. Sin embargo, a pesar del éxito relativo de la revista –con algunas de sus historias habiendo alcanzado una gran popularidad-, Warrior se cancela en 1985 y V de Vendetta queda inacabada. No sería hasta pocos años más tarde (1988) cuando, gracias a DC Comics, la historia puede volver a publicarse desde el inicio y a completarse; esta vez con una mayor difusión e impacto[2].

Aunque, visto desde una perspectiva cronológica, el proyecto pudiera parecer sencillo, los tira y afloja entre Moore y Lloyd para la elaboración definitiva del guión y del cómic fueron constantes durante más de un año. Para el personaje de V, Moore quería recuperar su idea de “The Doll”[3] (1975), un terrorista de aires teatrales que, con la cara completamente maquillada de blanco y con el aspecto de un muñeco, se enfrentaba a un estado totalitario a comienzos de la década de 1980[4]. La idea horrorizó a Lloyd y, sobre todo, a la editorial de la revista (D.C. Thomson & Co.) quién definió al personaje como un “terrorista transexual”[5]. Finalmente, Lloyd fue quien propuso inspirarse en Guy Fawkes[6], usar su careta para caracterizarlo y no revelar jamás su identidad.

Tampoco fue fácil decidir el contexto general de la historia. Moore optaba en un primer momento por situarla en las calles de la década de 1930, poniendo énfasis en los pandilleros y sus bandas, pero los argumentos creativos de Lloyd sobre las excesivas limitaciones de este contexto lo harían cambiar de opinión para acabar situándolo en un futuro próximo. El cómic se desarrolla entre 1997 y 1998, en alusión a la posible evolución del país visto desde el presente de entonces (1980).

El resultado de tantos debates internos y entre ambos, guionista y dibujante, Alan Moore y David Lloyd, ha dado como resultado un cómic repleto de capas de significado, cada una de ellas independiente aunque relacionada con las demás, entre las que necesariamente debemos saber movernos para leer entre líneas todos los mensajes ocultos en un cómic que ha fascinado a millones de lectores en todo el mundo. Desde la construcción de su contexto, pasando por la definición de su personaje principal y las pinceladas con que se caracteriza a los secundarios, hasta la mismísima ambientación. Todo tiene un sentido y una razón de ser. Y nosotros, lectores y ciudadanos, tenemos entre nuestras manos la responsabilidad de buscar cada una de las piezas y ponerla en su sitio, accediendo a mensajes de potencia devastadora y máxima provocación.

vendetta

Bocetos de Lloyd cuando el aspecto de V estaba aún por precisar.

Desde la más superficial a la más profunda, identificamos el contexto como la primera capa de significado. En esta distopía, el mundo entero se transforma tras una catástrofe nuclear global, causante de una crisis mundial y un dolor indescriptible. El hambre, la miseria y la violencia campan a sus anchas por todo el planeta. Continentes y países han sucumbido ante el caos reinante. Inglaterra consigue sobrevivir porque una coalición entre fascistas (el partido “Fuego Nórdico”) y grandes empresas consigue instaurar un orden autoritario general, impuesto a toda la población y extensivo a cada rincón de sus vidas. Se forma un gobierno que no sólo gobierna sino que impone y controla hasta, incluso, prever con gran precisión el tiempo de lluvias[7]. Un contexto ciertamente poco probable -aunque sí pudiera serlo si lo vemos en perspectiva respecto a las ideas dominantes en el momento de su elaboración-, teniendo en cuenta el pretendido realismo de V de Vendetta, siendo quizás su aspecto menos conseguido, pero sí es suficiente para sostener la siguiente de las capas de significado: la ideológica-política.

Esta segunda capa se nos muestra a través de una contraposición entre dos modelos ideológico-políticos: el fascismo personalizado por el líder de Fuerza Nórdica y el anarquismo personalizado en V[8]. El fascismo se construye a través de un discurso fuertemente nacionalista (“Inglaterra prevalece”), fuertemente estatalista y fuertemente corporativista: los órganos del estado se homologan en sus funciones a las partes de un cuerpo (el oído, el ojo, la nariz…) y el liderazgo unipersonal de la cabeza define el “destino” del conjunto[9]. Mientras, el anarquismo se articula a través de un discurso libertario (“la justicia carece de sentido sin libertad”), antiestatalista e individualista[10], duramente crítico con las instituciones: V dinamita el Palacio de Westminster (sede del Parlamento) y el Old Bailey (sede del Tribunal Penal Central para Inglaterra y Gales), además de retratar como un personaje nefando al arzobispo de Westminster (máxima cabeza visible de la Iglesia Anglicana).

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Estos constructos ideológico-políticos se desarrollan en la tercera capa de significado: la dialéctica moral entre el fascismo y el anarquismo. Porque V de Vendetta no es tanto un cómic político, que también, como un cómic con un claro fondo moral articulado a través de las posiciones particulares de sus distintos personajes. Esta es, quizás, la capa más elaborada o donde, por lo menos, Alan Moore desarrolla sus habilidades con mayor esmero. El universo de V está repleto de perfiles morales significativos, desde las posturas más extremas de cada constructo (el Líder y V) a perfiles intermedios con distintas aristas y tendencias. En este sentido, Evey Hammond resulta ser un personaje de transición que, siendo de inicio acrítico y estando casi rendida a las circunstancias del régimen imperante, evoluciona de la mano de V[11] hasta representar, quizás, el tipo ideal del ser humano pretendido por el anarquismo: independiente, autoconsciente y crítico con el mundo en que vive[12].

El Sr. Finch también nos parece un perfil muy interesante para el comentario, sobre todo por su calculada ambigüedad. Y es que, aunque en palabra y obra se muestra distante respecto a las intenciones del gobierno, e incluso mantiene una relación de respeto con el Líder donde se evidencia la distancia entre ambos, como persona moral su función activa como miembro de la policía lo convierte en parte integrante del régimen con todas las consecuencias. En cierto sentido, posee características muy próximas a Adolf Eichmann[13] quien, en su juicio por genocidio, defendía su inocencia a partir del argumento de la obediencia debida para con sus superiores jerárquicos. Esta postura moral de pretendido colaboracionismo aséptico supone una de las cargas de profundidad más finas de todo el cómic y, sin duda, un retrato magistral a la altura de un Moore gigantesco.

En el cuarto nivel, el guión desenvuelve una explicación extraordinaria de los que Louis Althusser denominaba “los aparatos ideológicos del estado” o, en otras palabras, las interfaces estatales de poder necesarias para el mantenimiento y la reproducción de las relaciones sociales de producción[14]. Lo hace en toda su amplitud, acogiendo tanto a los aparatos ideológicos (familia, iglesia, relaciones de poder) como a los aparatos represivos (leyes, policía y castigos). El discurso corporativista del estado facilita la visión clara de cómo funcionan todos estos sistemas, incluso relacionándose entre sí, y cómo también influye el referirse a un modelo político fascista de partido y líder único. En este sentido, el encarcelamiento al que V somete a Evey, con la intención de liberarla de su miedo a estos aparatos ideológicos del estado, no es otra cosa que la intención de evidenciar su funcionamiento autoritario y, con ello, conseguir suprimir su legitimidad.

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Grabado del XIX que muestra a Fawkes siendo arrestado antes de accionar los explosivos del sótano del Palacio de Westminster.

Idénticas intenciones, aunque a otro nivel, podemos identificar en la violencia directa ejercida por V contra las instituciones estatales. Precisamente en este punto es donde el debate arrecia entre los amantes y los detractores de este cómic: ¿es V un terrorista? Como siempre, todo depende del color del cristal con que se mire. Quien esto escribe se sitúa entre los que responde a esta cuestión con un rotundo no, por dos motivos. Primero, porque desde el momento en que son instituciones bajo un régimen totalitario carecen de legitimidad representativa y, por tanto, están deslegitimadas de facto. Segundo, porque el terrorismo está orientado a causar terror de forma indiscriminada y, en este caso, a pesar de la inquietud inicial, en la población no se percibe a V como un elemento de terror ni de desestabilización; más bien todo lo contrario, es percibido como un elemento de reapertura o de cambio positivo.

Otra cosa es, y estamos ya en la quinta capa de significado, la violencia dirigida por V contra aquellos que han ejercido sobre otras personas una crueldad e inhumanidad extrema en el “Campo de Reasentamiento de Larkhill”. Hasta este momento estábamos hablando de materialismo histórico, de lucha dialéctica entre dos constructos ideológico-políticos y de las posiciones morales y éticas que cada uno toma al respecto en esta lucha. Aquí hablamos de algo totalmente distinto. La violencia sistémica se vuelve personal. V tiene una cuenta pendiente con todos aquellos que han participado en los experimentos de Larkhill y los persigue, durante años, uno a uno. El plan nos semeja frío y bien calculado: sus asesinatos no llaman la atención e incluso parecen accidentales[15], pasando desapercibidos hasta que, en la recta final, llega el turno de los principales responsables quienes, casualmente, ahora ocupan destacados papeles en los distintos aparatos del estado. Lo que parece un plan general es, sin embargo, un cruce de caminos. La lucha política y la venganza personal coinciden en un mismo hombre sin, por ello, ser la misma lucha. No obstante, la integridad moral de V[16] encuentra plena coherencia cuando aplica la misma metodología a una y a otra: la muerte y la venganza[17].

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Ahora es cuando una lectura transversal de todas estas capas nos ayuda mejor a comprender al complejísimo personaje que es V. Entre sus características encontramos la de un alto compromiso político, cuya moral parece fundamentada en la justicia y en la libertad individual, con una ética sin otros límites que los del respeto a los ideales libertarios, entre los que está, cómo no, la de no-coerción. Ello lo lleva a ejercer una violencia extrema contra los no libertarios, contra aquellos que han aplicado una coerción activa, violenta, devolviéndoles proporcionalmente la misma coerción que ellos han aplicado a los demás. Ahí está la justicia entendida como venganza pero, también, como trato equitativo: violencia contra violencia, coerción contra coerción… pero libertad contra totalitarismo. La lucha dialéctica se presenta como una guerra.

El dibujo de David Lloyd muestra con enorme expresividad las principales características de contenido del guión de Moore. Los fondos oscurísimos y las líneas gruesas se combinan con los colores intensos de tonalidades vivas, creando una atmósfera al mismo tiempo asfixiante y trascendente. Los personajes podrían diferenciarse quizás por el tono,

evolucionando desde los tonos rosáceos menos claros a los colores más próximos al blanco, destacando así su diferencia por el matiz en vez de por la categoría. Y es que el negro lo invade casi todo. Sólo desaparece momentáneamente durante las explosiones o en los momentos más felices de la historia de Valerie; ambos son momentos de máxima liberación donde, por un instante, el terror recorre las entrañas de los aparatos ideológicos del estado, sirviendo así de heraldo al mensaje de su posible próximo final. En cuanto a la perspectiva, se hace hincapié más en los planos de transición y en los planos de detalle que en las grandes panorámicas, apostando por ésta como técnica para acentuar alguna emoción o destacar algún trazo concreto de tal o cual personaje[18].

A la vista del cómic, se entienden perfectamente las razones por las cuales Alan Moore rechazó con vehemencia la adaptación cinematográfica de los hermanos Wachowski (2006). En la película son ingentes los cambios de guión, introduciendo elementos nuevos que no están en el cómic, además de que en aras de la claridad del mensaje se produce una simplificación radical de los personajes. Todo cambia tanto que se trata, simplemente, de una película totalmente distinta, diseñada sobre una base previa y utilizando la imagen de marca del cómic de Moore y Lloyd. Algo se conserva, por supuesto, pero lo fundamental fue extirpado sin que apenas quedase rastro: el mensaje libertario se sustituye por una defensa de la democracia institucional actual, el individuo consciente de sí mismo se diluye en una acción de masa donde el individuo queda borrado y sustituido por el conjunto, o personajes como los de Evey Hammond o el Sr. Finch carecen de valores y de fondo moral hasta resultarnos casi marionetas del destino. Un destrozo, vamos.

Con todo, la adaptación cinematográfica sirvió de enganche para que millones de lectores descubriesen un cómic trascendental en la historia del noveno arte. Por su guión intenso en capas de significado y ambicioso en sus referencias, por un dibujo capaz de aportar más valor al guión hasta imbricarse en una obra sólida por su coherencia formal y material, este cómic no debería pasar desapercibido en caso alguno. Además, tenemos en su mensaje de fondo el principal aspecto diferencial, porque V de Vendetta analiza y expone, evoca y provoca, busca y persigue una reacción en el lector que vaya más allá de su estómago hasta alcanzar el núcleo de su consciencia. La violencia no es gratuita ni insustancial, como vemos en tantas obras limitadas al esquema tradicional de buenos-y-malos, sino que tiene un sentido, un objetivo y una estructura. Sin olvidarnos de otro de sus principales logros, el de regalarnos un elenco de personajes perfilado con exhaustividad hasta el punto de poder identificar sus aristas y, por qué no, analizarlas a fondo en

perspectiva a sus valores y desde nuestros valores.

Si ya en Inglaterra el 5 de noviembre de 1997 es un día de recuerdo para Guy Fawkes, leer este cómic conseguirá que también tú, en la medianoche de este día, mires al reloj de la torre de la plaza de tu pueblo esperando a que, quizás, pase algo. Aunque, siendo justos, a V no le gustaría esta actitud pasiva. Nos queda el consuelo de saber que estaría feliz porque, al menos, ha conseguido que tomásemos conciencia de que merece la pena que algo pase y que, por qué no, perdamos el miedo al momento en el que las fichas empiecen a caer.

 

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NOTAS

[1] Fue primera ministra de Gran Bretaña desde 1979 hasta 1990, si bien sus medidas más duras y polémicas se implementaron, especialmente, durante su primer mandato (1979-1984).

[2] La historia completa en formato de novela gráfica y con anexos se publicaría en Vertigo Comics. Esta edición completa es la que utilizamos para el presente comentario, en la versión española publicada por Planeta de Agostini en 2005.

[3] Esta idea tendría Alan Moore la oportunidad de ejecutarla, por fin, en su serie Promethea (1999-2005) donde el personaje recibiría el nombre de “Painted Doll”, uno de los principales villanos.

[4] Aunque la idea fue descartada, el personaje de V mantiene coherencia en muchos puntos, sobre todo en el Libro I, con lo que sería “The Doll”.

[5] Parkin, Lance (2013): Magic Words: The Extraordinary Life of Alan Moore. Aurum Press Ltd. Londres. Página 48.

[6] Ciudadano británico detenido el 5 de noviembre de 1605 bajo la acusación de participar en una conspiración para asesinar al rey Jacobo I. Efectivamente, Fawkes era el encargado de activar los explosivos situados bajo el Palacio de Westminster. Una vez capturado confesó que su motivación era la de denunciar y acabar con las persecuciones religiosas (era un ferviente católico que vivía en la joven Inglaterra anglicana), si bien jamás delató a las demás personas implicadas en el intento de atentado. Murió decapitado el 31 de enero de 1606.

[7] Al inicio del cómic “la voz del destino” prevé un chaparrón que dará comienzo a las 12:07 y durará, exactamente, noventa minutos. Efectivamente, a las 12:07 en punto empieza a llover sobre Londres.

[8] Esta contraposición se hace evidente en el Libro I, Capítulo cinco, “Versiones”, donde ambos personajes desarrollan con claridad sus principales principios ideológicos. No obstante, el mayor desarrollo discursivo de esta posición tiene lugar durante todo el Libro 3 “La tierra de hacer lo que te plazca”.

[9] Tanto por la antropomorfización del Estado como por la retórica colectivista utilizada aquí por Moore, esta elaboración del discurso nos recuerda al Leviatán de Thomas Hobbes (1651): allí se legitima el poder omnímodo de la autoridad estatal, se establecen las bases del contrato social y se describe la alianza entre las autoridades civiles y la Iglesia.

[10] En la construcción del discurso libertario existe una tendencia hacia la tradición anglosajona que, frente a la tradición continental o europea, concibe la libertad como emanada del individuo y enfrentada a cualquier aparato de autoridad; en consecuencia, se muestra antiestatalista e individualista.

[11] A este proceso de cambio se le da inicio en el “Preludio” al Libro 2 cuando V, en su canción del “Cabaret del vicio”, dice: “Hay una chica que empujará sin fuerza, desesperada por el amor de su padre. Cree que la mano bajo el guante es tal vez la que necesita tomar. Y aunque duda de la moralidad de su anfitrión, está más tranquila en la tierra de haz lo que quieras que afuera, donde hace frío.” (pág. 91). Al proceso de transformación de Evey se le dedica todo este Libro 2.

[12] A la descripción del ser anarquista se dedica el diálogo entre V e Evey Hammond cuando ésta sale de la celda en que está recluida. A este momento pertenecen sentencias clarificadoras como “La felicidad es una cárcel, Evey. La cárcel más insidiosa de todas.” (pág. 189) o “¿es que la felicidad vale más que la libertad?” (página 189) o “la libertad es terrorífica” (página 190) o “Te ofrecieron elegir entre la muerte de tus principios y la muerte de tu cuerpo” (página 191), entre otras.

[13] Para entender un poco más la influencia de este comandante de las SS en la obra de Alan Moore recomendamos la lectura de: Ardent, Hanna (2006): Eichmann en Jerusalén. Debolsillo. 2006. No en vano, algunas de sus confesiones durante el juicio, celebrado en 1961, le sirvieron a Moore para elaborar ideas útiles presentes tanto en V de Vendetta como en Watchmen.

[14] Aunque aquí utiliza un marco conceptual del marxismo histórico y del comunismo continental, no conviene perder de vista que Alan Moore lo utiliza en cuanto es útil a su discurso libertario antiestatalista. Tampoco olvidemos que tanto el comunismo como el libertarismo son teorías políticas antiestatalistas, con la diferencia de que mientras para el comunismo el Estado formaba parte positiva de una fase de transición hacia el comunismo, para el libertarismo es un enemigo ab initio. Más información sobre este concepto en: Althusser, Louis (1996): Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Buenos Aires. Nueva visión.

[15] De hecho, en ningún momento V admite la autoría de estas muertes. ¿Cómo sabemos entonces que se trata de asesinatos y de su autoría? Si nos fijamos, mientras el Sr. Finch está consultando las fechas de los decesos en el ordenador, vemos una que nos resulta especialmente conocida: “(…) Rappitt, Peter Kevin. Muerto el 5.11.94” (página 71). ¿Casualidad?

[16] No utilizamos esta expresión a la ligera… “lo que me importaba era mi integridad. ¿Soy egoísta por ello? Se vende por muy poco, pero es lo único que tenemos en la vida.” (página 156).

[17] Un camino idéntico muy similar al que Evey Hammond casi atraviesa al intentar vengar a quienes asesinaron a Gordon.

[18] Quisiéramos llamar la atención sobre cómo se intenta perfilar la personalidad de V también a través de sus gustos cinematográficos, musicales o literarios. La ideología y la personalidad de V se comprende mejor cuando observamos el patrimonio y la herencia cultural sostenida por sus estanterías. Con el momento divertidísimo, y quizás la ironía del destino, cuando V está sentado leyendo V. de Thomas Pynchon (pág. 64), originalmente publicada en 1963.

 

Cuadros renacentistas, una jukebox, cientos de películas (vhs).. rescatar la cultura es también luchar contra el fascismo.

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