Los entendidos en Mundodisco sostienen que las novelas de la guardia son las mejores de toda la saga. Terry Pratchett las aprovecha para contar historias policíacas y a la vez para denunciar problemas sociales. El Pratchett más combativo, y también comprometido, se materializa en ellas con vigor, enarbolando las causas más justas. En sus ficciones, la justicia social existe y es una realidad en la que los malos pierden invariablemente y los desfavorecidos triunfan varias veces. No es idealismo, no es utopía, es el Mundodisco, un lugar en el que hasta los asesinos integran su propio gremio legalizado observando normas éticas y cívicas.

En Ronda de noche (DeBolsillo, 2011), la mejor entre las mejores, el Comandante de la Guardia de Ankh-Morpork y Duque de Ankh, Sam Vimes, adquiere un protagonismo absoluto, que va a ser constante en las venideras novelas del ciclo de la guardia (Zas y Snuff). Vimes es el sosias de Pratchett en su universo más famoso, el portavoz de sus pensamientos, su vena justiciera.

Por circunstancias matrimoniales, Vimes es ahora un animal político, alguien con “Comodidad, Poder, Dinero y Una Esposa Maravillosa”. Un traje en el que se siente extraño y que busca abandonar a la primera oportunidad. Ésta se le presentará en el intento por llevar al cadalso a un asesino despiadado llamado Carcer. Cuando está a punto de capturarlo, una tormenta mágica, amplificada por el poder caótico de la Universidad Invisible, desplaza al guardia y al criminal en el tiempo y en espacio. Al Ankh-Morpork de la juventud de Sam Vimes.

Pratchett regala a sus lectores y a sus admiradores un impagable fresco sobre el origen de muchos de sus personajes más recurrentes: Vimes es un aprendiz de guardia en proceso formativo; Fred Colon está recientemente casado y sigue siendo eficaz en algunas cosas; Nobby Nobbs es prácticamente un niño y prácticamente un ser humano; Reg Shoe no está no-muerto, pero le quedará poco; (el futuro patricio) Vetinari es un asesino paciente y exasperantemente sigiloso; la Muerte sigue ajena al paso del tiempo; Sybil, la futura esposa del Comandante, es todavía una adolescente… “Estoy aquí y esto es entonces”, dice el Vimes del futuro al tomar consciencia de su situación, oculto bajo la piel del sargento mayor John Keel, veterano e íntegro soldado, otrora mentor en esta y en la otra realidad paralela del joven recluta que un día fue.

Así pues, Ronda de noche es una novela sobre un cierto tipo de viajes en el tiempo. Pratchett maneja el recurso de manera sobresaliente: Vimes conoce los acontecimientos que está viviendo, sabe cómo terminan, por lo que sus esfuerzos se encaminan a que sucedan de la mejor manera posible. Como él mismo promete a uno de los monjes del tiempo que conocerá, no procurará hacer las cosas buenas sino las correctas. Y he aquí, precisamente, la belleza y la inteligencia de este libro.

Ronda de noche podría resumirse en este cauto consejo que “Keel” le da a su versión más joven: “No pongas tu fe en las revoluciones. Siempre dan otra vuelta. Por eso se llaman revoluciones. La gente muere y no cambian nada”. Por eso, el deber de todo hombre con responsabilidad es hacer lo correcto. Mostrarse razonable. Keel es un líder carismático cuyas decisiones se encaminan a evitar derramamientos de sangre innecesarios. Más que un ejemplo, es un símbolo, una nota a pie de página. Una utopía idílica que permite tener fe en el género humano. Pratchett no cree en un mal absoluto sino en el conductismo: un hombre es lo que es por el empuje de su entorno, que lo moldea; por lo tanto, tiene posibilidades de “redención”, de “tomar otro camino” si es “educado” convenientemente. Pratchett manda a Vimes a ejercer esa función pedagógica, a dejar huella en otra época, entre los suyos, a velar por el desarrollo de la revolución y por su único desenlace aconsejable.

La trama detectivesca queda relegada a un segundo plano, aunque tenga su importancia: Carcer es también un residuo de los “buenos viejos tiempos”. Y es la antítesis de Vimes, su reverso necesario para la comparación: es el ejemplo de lo que pasaría si una causa estuviese dirigida o enfocada por líderes incorrectos (o abiertamente psicópatas).

Keel va deshaciéndose de todos cuantos son una interferencia para ese Gran Fin. Por eso, él y el titiritero que mueve sus hilos se inclinan ante las grandes damas Nostalgia y Dignidad. En el fondo, Ronda de noche habla sobre tiempos mejores. Quizás no tan interesantes, pero sin duda alguna más dignos de ser vividos. Tras haberse sometido a una contundente operación quirúrgica, por supuesto: hasta la Inquisición sale salvajemente vapuleada, como enemiga sintomática de la libre acción y del libre pensamiento de los hombres.

El título de la novela alude, y así lo ilustra Paul Kigdy en su dibujo de portada, a un cuadro de Rembrandt –su obra maestra- de 1642, gran estrella de la colección actual del Rijksmuseum de Amsterdam. Sin embargo, en su interior se impone otra estampa: la que Eugène Delacroix hiciera alegoría de la revolución francesa en 1830, La libertad guiando al pueblo, pero sin tanta violencia deseosa de desbordar y de vengarse. La visión es menos primaria y también más solitaria: un hombre que guía a otros hombres sólo con el peso del razonamiento y de la palabra. Peligrosas armas que, para Tery Pratchett, mueven el tiempo y el espacio. Y también las montañas de la voluntad humana.