Katsushika Hokusai_kappa

Detalle de una ilustración sobre un kappa y otras bestias marinas. Por Katsushika Hokusai

Albert Camus dijo en una ocasión que el suicida, en contra de la opinión popular, es el que ha descubierto el verdadero sentido de la vida: el absurdo peso que supone la existencia, la inutilidad del sufrimiento, la falta de razón en la cotidianidad. Con esta misma idea, el 24 de julio de 1927, Ryūnosuke Akutagawa, una de las mayores promesas de la literatura japonesa, ingirió una dosis suficiente de Veronal para conseguir frenar tan sombrío desasosiego. El vacuo mundo que al principio era capaz de soportar pronto se tornó ineludible para él, así como el miedo a la psicosis que sufrió su madre, que se le antojaba una sombra genealógica que terminaría por alcanzarle. Sólo tenía treinta y cinco años cuando decidió acabar con este «sentimiento de angustia sobre mi propio futuro» legando al mundo sus gritos de desesperación: una de las producciones literarias más ricas y originales que un escritor tan joven pueda haber dejado, y también una de las más desalentadoras.

El Kappa, ilustración de Akutagawa

El Kappa, ilustración de Ryūnosuke Akutagawa

Su vasta cultura fue animada por esta necesidad de aislamiento que le exigía su carácter; pronto se vio obligado a ir más allá de la lectura. Para muchos ha sido el mejor cuentista que haya habido en Japón, con un estilo sobrio y directo que lo alejó del naturalismo adoptado por los autores japoneses en la Era Meiji. Akutagawa abogó por dar fuerza a la estructura narrativa, como bien defendió en su correspondencia con Tanizaki. A pesar de su predilección por el relato corto, probó con diversos géneros: ensayos sobre literatura, haiku y novelas. Kappa es una de las más destacadas.

El kappa es uno de los seres de la mitología oriental de mayor renombre. Posee la altura de un niño, su aspecto es de un reptil bípedo de piel escamosa verde, amarilla o azul. Su cabeza es de tortuga y a veces es representado con un caparazón a la espalda. La característica que más le define es una hendidura que tiene sobre la cabeza, en la que debe llevar agua en todo momento si no quiere debilitarse hasta morir. Como su propio nombre indica (kappa significa “niño de río”), habitan en los ríos, aunque hacen excursiones a tierra firme. Son criaturas dotadas de inteligencia, capaces de llevar a cabo todo tipo de actos vandálicos: robar, violar mujeres o secuestrar niños. Pueden hablar japonés, e interactúan con los humanos si puede sacar beneficio de alguna situación. No obstante, son extremadamente educados y obedecen el código de comportamiento nipón con sumo rigor a pesar de su maldad. De ahí que la mejor forma de vencer a un kappa sea haciéndole una reverencia.

Kappa es la narración de un loco, el paciente número 23, que nos relata sus peripecias en el mundo de estos seres fantásticos, al que accede tras caer por un agujero persiguiendo a uno de ellos (como Alicia en la madriguera de conejo). Al margen del tópico juego narrativo que implica la demencia del personaje, que hace dudar sobre la veracidad de la historia, la locura es un recurso muy importante en la obra de Akutagawa, tanto en el aspecto personal, por el efecto que tuvo la enfermedad de su madre, como por darnos a entender el sentimiento que le invadía y que le condujo a su prematura muerte: una sensación de carecer del arropo de sus congéneres, como si su forma de ser le hiciera Indigno de ser humano, que diría el también escritor suicida Osamu Dazai.

En la obra de Akutagawa abundan los relatos que debieran ser cómicos o esperanzadores y en cuyo fondo no vemos, sin embargo, más que un reflejo de nosotros mismos; un reflejo gris y sobrecogedor. Los escritos de Akutagawa son en su mayoría autobiográficos; en ellos hay una pugna constante de sentidos y emociones, su desoladora mirada interior. Kappa no es una excepción. Igual que Los viajes de Gulliver, novela que le inspiró, es una ácida crítica a la condición humana; una caricatura que, a pesar de su elegancia y humor, tiene un trasfondo pesimista que silenciará cualquier resquicio de comicidad. Uno de los episodios más llamativos al respecto es el nacimiento de los kappas. En el parto, el padre se acerca y pregunta al nonato si quiere ser traído al mundo y, en caso de recibir una respuesta negativa, el kappa es abortado al instante, ahorrándole la carga de existir.

El tono en el que está escrita la novela lo distancia obviamente del clásico de Swift, donde la figura del aventurero emprendedor y sus zozobras pueden dar lugar a una lectura tan inocente que la puede disfrutar incluso un niño. Por el contrario, Akutagawa no está interesado en divertir al lector con una trepidante y surrealista aventura: su intención es dar cuenta del desamparo al que se ve condenado el hombre, los límites de esta vida tan breve e irrelevante como un suspiro, cómo soporta el día a día gracias a las más irracionales e injustificadas acciones que, por otro lado, no alcanzan a satisfacerlo. «Nos empeñamos en estar orgullosos de aquellas cualidades que no poseemos»: en Kappa descubrimos a obreros despedidos que se dejan matar por los empresarios para servir de alimento, una religión que patrocina la vida material y cuyos santos son aquellos grandes hombres expulsados del seno de su especie, la constante presencia de la locura y el suicidio.

Otra manera tradicional de ahuyentar al Kappa

Otra manera tradicional de ahuyentar al kappa

A través de este réplica grotesca, que subsume toda alternativa posible y es consecuencia directa del mismo dogma que nos recluye, Kappa pone de manifiesto uno de los mayores shocks culturales que haya existido: el choque entre la cultura occidental y oriental. Es más que seguro que si algún occidental ha leído a Akutagawa, lo hiciera a través de Rashōmon o En el bosque, cuentos en los que se basó la famosa película de Akira Kurosawa. En estos relatos observamos ese híbrido entre una percepción japonesa y un estilo occidentalizado (otros cuentos, como Hilo de la araña, están inspirado en sus lecturas occidentales, en este caso Dostoyevski). Borges señala con acierto que los elementos pertenecientes a ambas culturas son indiscernibles en su obra. Sin embargo, esto tampoco es una característica suya en particular. Ya Natsume Sōseki y Mori Ōgai harían eco de las técnicas narrativas occidentales durante las últimas décadas del siglo XIX; en sus novelas se trasluce la confrontación de esta materialista filosofía europea y el espiritual modo de vida del Japón anterior al periodo Meiji. Un ejemplo paradigmático es Sanshiro de Sōseki, donde se refleja el conflicto del campo, donde la gente conserva sus costumbres milenarias, y la ciudad, representante del avance y el progreso. No es de extrañar esta mezcla: al fin y al cabo, la invención de la novela tal y como la conocemos es europea y los libros de ambos escritores responden, con matices, al esquema narrativo de Occidente.

Fue Akutagawa, sin embargo, quien mostró con mayor crudeza los efectos que la Era Meiji tuvo en Japón, que iban más lejos de un simple cambio tecnológico: describe una civilización que sucumbe por sí sola a una realidad que escapa a su imaginario y a la que no logrará hacerse, que se ahoga bajo las leyes de la razón y el progreso que su cultura no había desarrollado. A pesar de esta victoria europea, asimiló una Ilustración decadente que, pese a sus esfuerzos, no logró situar al hombre en su lugar predilecto, sino que aplasta sus creencias analizándolo fríamente como a un insecto, como un ser insignificante. Nos despedimos del mundo de la vida y damos la bienvenida al universo de los engranajes.

Sería un error por nuestra parte, en cuanto occidentales, juzgar este pensamiento feudal de otra cultura como atrasado. ¿Acaso estamos tan seguros de que la libertad tenga un valor tan intrínseco como nos parece? Sin hacer juicios éticos ni políticos, hay que advertir que el feudalismo japonés no se erguía con los mismos cimientos que el europeo. La lealtad al emperador, así como la pertenencia a la clase social, iba más allá de un mero asunto económico y social. Comprendía toda una serie de creencias ancestrales que influían absolutamente en la vida de los japoneses. Para que se entienda lo enraizado que este sistema estaba en la vida individual de todo japonés, uno puede revisar un libro fundamental para la cultura oriental: el I Ching. En el primero de sus textos, se ve claramente cómo el tiempo del hexagrama está compuesto de soberano, ministro y funcionario. Con la llegada de la Era Meiji se ponen en tela de juicio desde la política hasta las relaciones amorosas. Algo tan único de una cultura como la estética se vio truncada hasta el extremo de provocar verdaderas controversias arquitectónicas, como bien se aprecia en El elogio de la sombra de Tanizaki.

ryunosuke_akutagawa

Ryūnosuke Akutagawa

La relación de Akutagawa con la cultura occidental es, con todo, compleja. Es cierto que admiró a los literatos de Occidente y que se proclamaba socialista (lo que en términos normales le llevaba a rechazar el feudalismo), pero eso no quita que sintiera fascinación por los relatos folklóricos nipones, haciendo una relectura moderna de los mismos. Podría pensarse que su amargo punto de vista, al tener tan presente el Japón medieval, era establecer una crítica política al pasado (las injusticias de los samuráis o los vicios de los supuestos hombres santos). Sin embargo, escritos suyos como Mártir y El biombo del infierno no están enteramente ligados a tradiciones antiguas, el mensaje parece propio de un observador actual, con una problemática profundamente occidental.

¿Por qué entonces esta reconfiguración de las tradiciones japonesas? En Kappa, Akutagawa nos da una pista: «Avivar el fuego a la vieja leña». Akutagawa, al contemplar dicha ausencia de valores, utiliza la tradición no sólo como contrapunto a lo que antes eran los cimientos de una cultura que ahora flota en el vacío sobre una evolución que no es la suya, sino como una forma de demostrar lo podrido que subyace en esta sociedad que se ha visto perjudicada al confundir la cura con el parásito. Este discurso puede aplicarse igualmente a Europa. Hemos perdido el calor de las creencias que nos importaban por el frío de una única interpretación impuesta, una verdad que no nos necesita para justificarse. Los kappas son el producto de esta transformación: los mitos que se readaptan, en los que nadie cree ya. Hasta tal punto llega este cambio que el protagonista es considerado loco, cuando en el pasado habría sido apoyado por su comunidad, tal vez, con alguna clase de rito.

El problema no es tanto el vértigo a la nada como tener una esperanza que palie el sufrimiento de nuestra odisea, un clavo al que agarrarse por muy endeble que este pueda ser. Asomarse a los escritos de Akutagawa es recibir un impacto preciso en nuestra conciencia y ánimo, es sentirnos náufragos como Gulliver en un universo cada vez más inconsistente, que debemos aceptar o ser enterrados en la locura por nuestros semejantes. Kappa es un recorrido por el infierno que la especie construyó para sí misma; es ascender y descubrir que el cielo no era más que una ilusión y que, en el mejor de los casos, sólo podemos confiar en que el trayecto sea breve e indoloro como una sobredosis de Veronal.