Marcantonio and Agostino de Musi called Agostino Veneziano Raimondi, Lo Stregozzo [The Witches' Procession], after Raphael or Giulio Romano, 1520s,

Agostino Veneziano Raimondi, “Lo Stregozzo” (La procesión de las brujas, 1520). Ya en el 960, el canon Episcopi declaró que las visiones de brujas y sus transformaciones no eran sino productos de una imaginación enferma. Sin embargo, Heinrich Kramer cinco siglos después, expuso en el Malleus Maleficarum pruebas fehacientes de los contactos entre las brujas y el inframundo…

Lo mejor –o al menos lo más truculento- de la antología Alas tenebrosas (publicada en castellano por Valdemar en febrero de 2014), en la que el especialista lovecraftiano S. T. Joshi seleccionaba cuentos de nuevos discípulos del “Solitario de Providence“, era el relato “El Broadsword”, de Laird Barron. En él, un anciano empieza a descubrir, paulatinamente, que el hotel en el que se aloja le reclama con sus terribles secretos y que buena parte de sus vecinos no son, ni de lejos, aquello que aparentan. En sentido literal: la mayor pesadilla de todo el libro se recoge en un momento de ese relato, cuando dos vecinos, hombre y mujer con sonrisas perennes, siniestras, se “quitan” sus caras, meras carcasas con cremallera bajo las que yace su auténtica e inhumana identidad. La imagen es tan monstruosa que la editorial Valdemar, curtida en terrores de todo pelaje, decidió apostar por El rito, segunda novela del autor (que guarda no pocas concomitancias con “El Broadsword”), para engrosar el catálogo de su colección Insomnia.

Barron decide iniciar El rito de un modo inquietante. Toma el cuento La hija del molinero, de los hermanos Grimm, y le da un vuelco absolutamente monstruoso: el “hombrecito” que enseña a tejer oro a la joven es un enano infernal, portador de una maldición espantosa. En su búsqueda parte un Espía, que recorrerá el mundo con el único fin de saber el verdadero nombre de la criatura para así desconjurar su maleficio. Barron dispone en este primer y sobresaliente capítulo todos los elementos claves de su argumento: presenta a la familia Monck, de varones débiles e idiotizados y mujeres hechiceras y misteriosas; a los seres reptantes, mutilados de brazos y piernas, que se mueven como gusanos, y al Culto de la Gran Sanguijuela, secta que rinde tributo inmemorial, mediante sacrificios abominables –sus víctimas preferidas son los bebés recién nacidos- a una deidad planar atroz, eternamente hambrienta. La reescritura del clásico de los Grimm es de una perversidad que va más allá de la maldad.

El rasgo más definitorio de El rito es su desconcertante desarrollo y estructura. El desconcierto es el lugar común de la novela. Barron la articula en nueve partes, de lógica temporal confusa. Tras su versión macabra de La hija del molinero, el autor nos lleva a México, donde la conjunción de acontecimientos horribles da comienzo. Hay que reconocerle a Barron pericia para construir atmósferas y personajes sórdidos, aunque su sordidez de fondo se deba más a la capacidad que tiene para desubicar al lector, para mantenerle pegado a la página con una curiosidad crispada por saber a dónde planea llevarnos. Una de las virtudes de este libro es que el lector no sabe qué esperarse al girar el siguiente recodo de la narración. Es como si se hubiera proyectado por bloques, por relatos independientes “cosidos” luego entre sí para enhebrar no oro sino un conjunto más amplio.

Barron es un arquitecto torpe. Cuando más avanza la novela, más cunde la impresión de que trabaja sin un esquema, de que parece improvisar. Muchos de sus personajes entran y salen (más bien desaparecen) sin que haya habido tiempo para entender su rol dentro del libro; al vérsele tantas costuras a El rito es inevitable que las partes que conducen a los puntos álgidos de la trama, los más vistosamente truculentos, resulten paja, relleno. Efectivamente, no se tiene muy claro el objetivo que persigue Barron, maestro de ceremonias difuso y negligente. Por ejemplo, es habitual que deslice insinuaciones y alusiones de pasada a una realidad que está por debajo de la realidad, a un misterio sobre el que pesa un pacto de silencio porque se refiere a catacumbas y a seres sin edad ni sentimientos. El modo discreto, conspirativo, en el que aborda la presentación de los hechos, o de personajes y lugares (como la mansión Monck, en la que las sombras no terminan jamás de retroceder), sería el correcto, para fines terroríficos, si la estructura no anduviera magullada por drásticos volantazos: tan pronto pasa algo con visos de importancia a lo largo de un capítulo como es desintegrado al siguiente. Los tumbos temporales, de los años 50 a la actualidad, de la actualidad a los setenta y de nuevo a la actualidad para a continuación “regresar” a los años ochenta, hacen que el lector pierda la empatía (y el rumbo) con lo que se le va “mostrando”.

Con todo, y a pesar de que el defecto de su desorganización es desolador, pues desenmascara a un escritor con mucho camino aún por recorrer, El rito se salva por sus oasis tétricos, de un miedo tan directo que dejan con muy mal cuerpo. Este reseñador, veterano con pedigrí en cuestiones terroríficas por su continuada visita a criptas, catacumbas y sepulcros vampíricos, pasó alguna que otra mala noche por culpa de una bruja que se le aparece en unos grandes

almacenes a uno de los protagonistas, tan de sopetón como al lector. Todavía hoy cuesta reprimir el escalofrío al recordar a esa pálida mujer, de largos cabellos oscuros y sonrisa devastadora, que brota de la nada en el mismo instante en que se levanta la vista. Barron cuenta la anécdota, pues tal cosa es, una confesión casi forzada, de manera magistral. Baste decir que si El rito se hiciera película, la bruja sería asimismo su gran baza para generar un hondo desasosiego. Una aparición tan poderosa redime el increíble recurso de la amnesia del personaje principal con el que se justifican las abundantes lagunas de argumentales.

Laird Barron es uno de esos escritores estadounidenses, como Jack London, como William Faulkner, de biografía apasionante. Lleva un parche que le da presencia y carisma. Su prosa, con un cierto regusto prefabricado (en alguna escuela de escritura), no termina de convencer. Su osada manera de plantear la presente novela sólo logra desubicar al lector y, puntualmente, dejarle chafado. Se necesita algo más para poder imponerse en un género maltrecho por la incontinencia, las más de las veces vergonzosa, de Stephen King: quizás un estilo nítido, una adecuada asimilación de códigos… O una clara hoja de ruta. Esto último sería un gran punto de partida.