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Ilustración de Bastian Kupfer para Fabulantes.

“-¿Pero acaso le parezco una persona? -sonrió tristemente el profesor.

-Recuerde que usted mismo repetía las palabras de Descartes: ‘Pienso, luego existo’ -respondió ella.” (Aleksandr R. Beliáiev, La cabeza del profesor Dowell)

La ciencia-ficción es el único género al que la realidad puede transformar en otro distinto. Es literatura mutante. Un relato de terror jamás podría convertirse en crónica y uno de fantasía tiene imposible abandonar su nicho, pero con la ciencia-ficción en ocasiones ocurre algo mágico: la actualidad puede convertir un libro de género en una historia plausible. Así está a punto de ocurrir con La cabeza del profesor Dowell, una novela soviética de 1925 (publicada en castellano por Alba Editorial, con traducción de Alberto Pérez Vivas) que puede trascender su catalogación en los próximos meses si el proyecto de transplante de cabeza del doctor italiano Sergio Canavero llega a buen puerto.

Lo que plantea el escritor ruso Aleksandr R. Beliáiev (1884-1942) en La cabeza del profesor Dowell no es, ni más ni menos, que mantener artificialmente con vida una cabeza amputada para, posteriormente, transplantarla a otro cuerpo distinto. Parece que 90 años después de que se escribiera la obra, el doctor Canavero, del Grupo de Neuromodulación Avanzada de Turín, quiere llevarla a la práctica. Según lo anunciado a mediados del pasado mes, el médico italiano pretende poner en marcha el proyecto para extender las vidas de aquellas personas que sufran enfermedades degenerativas en sus músculos o en su sistema nervioso y también de aquéllas cuyos órganos estén amenazados por cáncer.

Todo indica que Beliáiev se inspiró en los experimentos de Sergei S. Briujonienko, que ya en la década de 1920 trabajaba en reanimar organismos clínicamente muertos mediante una máquina de bombeo de su invención llamada autojektor. En una controvertida película conservada en los Archivos Prelinguer, se puede ver cómo la máquina de Briujonienko mantiene presuntamente con vida la cabeza de un perro. Tanto en la URRS como al otro del Telón de Acero lucharon durante años por avanzar en estas investigaciones, casi en un mano a mano entre los doctores Vladímir Demijov y Robert J. White, de los que se conservan extravagantes testimonios de sus operaciones.

Marie se volvió hacia un lado y de repente vio algo que la obligó a estremecerse como si hubiera recibido una descarga eléctrica: una cabeza humana la estaba mirando directamente. Únicamente la cabeza, sin su tronco. Estaba fijada a un tablero de cristal cuadrangular, que se sostenía sobre cuatro elevadas y relucientes patas metálicas.”

Beliáiev fotografía en sus descripciones escenas como ésta, que hoy asociaríamos a otras obras de ficción mucho más modernas. Futurama, Expediente X o Mars Attacks! son iconos paradigmáticos de la cultura popular empapados -quizá inconscientemente- por el genio del escritor ruso. La pluma del Jules Verne del Este de Europa, aunque inocente en su estilo, es también directa, rápida, cargada de acción y diálogo, lista para entintar personajes en situaciones rocambolescas y pasar volando de la ternura al suspense, o del terror a la comedia. Beliáiev es pulp sin saberlo, o lo hubiera sido de no haber nacido en Smolesnk a finales del siglo XIX. En La cabeza del profesor Dowell hay una mujer en apuros, un bon vivant, un científico malvado, cuerpos reanimados, un sanatorio psiquiátrico, violencia, romance y misterio. Y también hay lugar para la predicción y el acierto.

Todos los relatos de ciencia-ficción presentan un elemento científico que no existe en nuestra realidad pero que resulta plausible desde nuestra experiencia. Este elemento se conoce como nóvum. En la obra que tratamos, el nóvum es la capacidad de mantener con vida cabezas humanas cercenadas y realizar con ellas complejas operaciones de transplante. Lo interesante es que este experimento, imposible desde el punto de vista del escritor, puede acabar siendo algo cotidiano para el lector dentro de unos años. ¿Dejará entonces el nóvum de ser válido? ¿Cambiará la obra de género? ¿Habrá que cambiar la célebre definición de ciencia-ficción de Darko Suvin[1]?

El legado del profesor dowell, Leonard Menaker 1984

Leonid Menaker hizo versión cinematográfica con Olgert Kroders como protagonista en El legado del profesor Dowell, 1984.

No es difícil encontrar casos similares en la literatura, en los que la ciencia alcance y supere la imaginación de los escritores. Celebérrimo es el caso de Arthur C. Clarke, quien propuso por primera vez en un artículo académico un sistema de satélites con órbita geoestacionaria, lo que supuso una revolución en las telecomunicaciones. Casi toda la obra de Clarke vive en un puente entre la pura ciencia y la ciencia-ficción. Suyo es también uno de los axiomas que espolea a muchos de los científicos y escritores inmersos en el género: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Co-escritor junto a Kubrick del guión de 2001: Odisea en el espacio y autor de la novela que siguió al filme, Clarke es responsable de varias de las soluciones que se plantean en la película (como la gravedad en la estación circular) y también de varias de las características más sorprendentes de HAL, como la interacción por voz, el reconocimiento facial y una compleja capacidad de razonamiento.

Son muchos los inventos que han pertenecido antes a la literatura que a la ciencia: las armas láser, el viaje espacial, los submarinos… Las impresoras 3D y las tablets, por ejemplo, recuerdan mucho a varios artilugios a bordo de la Enterprise. El boceto de Internet en El jinete de la onda de choque, de John Brunner, es increíblemente lúcido visto con 40 años de distancia. Y Todos sobre Zanzíbar (1968), también de Brunner, es una mirada al abismo del capitalismo descontrolado y de los excesos tecnológicos que bien podría haberse escrito antes de ayer.

A la vista de los ejemplos, queda la pregunta abierta al debate: ¿qué ocurre con la ciencia-ficción cuando los grandes avances en la investigación separan ambos términos? La ciencia pasa a los laboratorios y a los libros de texto, pero ¿cambian las novelas de ficción su lugar en las bibliotecas? Quizá La cabeza del profesor Dowell esté a punto de engrosar un género todavía por definir: el de la ciencia-ficción anticipativa; el de los relatos que inspiraron tanto a sus lectores, que les hicieron soñar tan vívidamente con el futuro, que se convirtieron en realidad.

NOTAS

[1]    SUVIN, Darko. (1979). Metamorfosis de la ciencia ficción. Sobre la poética y la historia de un género literario, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.