The ophiuchi hotline, ilustración realizada en 1976 por Boris Vallejo para la edición de Quantum Scrience Fiction de 1978

The ophiuchi hotline, ilustración realizada en 1976 por Boris Vallejo para la edición de Quantum Science Fiction de 1978

En la nueva edición de este clásico de John Varley (Texas, Estados Unidos, 1947), La Factoría de Ideas nos ofrece la oportunidad de disfrutar de dos obras en una. Por un lado, la primera novela de John Varley que da título a este libro; por otro, también de La persistencia de la visión, una novela corta incluida en su primera compilación de obras breves. Ambos textos son de la misma época literaria de Varley: la novela se publicó en 1977, mientras que la compilación es de sólo un año

después. Y ambos textos también recibieron un notable reconocimiento crítico en su día: Y mañana serán clones (1977) estuvo nominada a los premios Hugo y Nébula de 1978; La persistencia de la visión (1978) fue ganadora de ambos premios en 1979 como mejor novela breve de aquel año.

Además, este libro ofrece una oportunidad notable de comprobar varias cosas. Primero, vemos cómo Varley destaca más en el formato breve que en el largo; de hecho, sus relatos y novelettas han sido más reconocidas por crítica y público que sus novelas. En segundo lugar, observamos, con una claridad meridiana, esta diferencia en su primera época como escritor, cuando todavía estaba explorando sus habilidades en la ciencia-ficción. Y en tercer lugar, leemos algunos de sus temas recurrentes, los cuales, sostenidos a lo largo de su obra posterior (y aunque apuntaban maneras entonces al desarrollarse de forma innovadora y arriesgada para la época, poniendo el acento en un tono hard cuando más soft era un género todavía mayoritariamente anclado en la space opera), han quedado relativamente anquilosados al no conocer una mayor madurez o progresión.

Para nuestra crítica, comenzaremos por comentar los puntos comunes a ambos textos, para después pasar a hacer un análisis particular de cada uno de ellos en aquellos aspectos consideramos como más destacados.

En conjunto, esta época nos muestra a un Varley de estilo inmaduro pero desbordado de ideas, donde la osadía en la selección de los temas corre paralela a una notable confusión narrativa a la hora de su exposición. Por momentos, las distintas voces narradoras se perciben como absolutamente desbordadas en su intención de manejar numerosos hilos narrativos para tejer la trama, dando como resultado un texto caótico, hasta el punto de sustituir la exposición o el razonamiento por extraordinarios saltos sin sentido entre las distintas líneas argumentales. Otro síntoma de descontrol se percibe en el espacio-tiempo de las historias, una clave en muchos pasajes tan borrosa que incluso cuesta saber donde y/o cuando están pasando los hechos que se narran. Sin duda, el primer Varley mostraba un potencial extraordinario pendiente de una evolución igualmente extraordinaria.

Y mañana serán clones (Factoría de Ideas, 2014) se publicó originalmente con el título de The Ophiuchi Hotline (1977), haciendo referencia a la línea de información supuestamente tendida por unos extraños seres que, situados en Alpha Centauri, el sistema solar análogo a la Tierra más cercano a nuestro planeta al situarse a diecisiete años luz, llevan siglos enviando a la humanidad datos de todo tipo (especialmente científicos). Estos datos en apariencia gratuitos se convierten, de repente, en motivo de disputa comercial cuando esta misteriosa civilización interestelar exige un pago por toda la información enviada. Para más inri, y en paralelo a esta civilización, unos terceros seres llegan desde el espacio profundo para visitar a unos congéneres jupiterinos cuando, de paso e inadvertidamente, invaden la Tierra e inutilizan todos los aparatos tecnológicos del planeta, y como únicos recursos “dejaron una estela de tierra arada, retoños de plantas y hierba. Durante los dos años siguientes, diez mil millones de humanos murieron de hambre.” (páginas 65-66).

Esta conquista alienígena obligó a la humanidad a exiliarse y a colonizar los demás planetas y satélites habitables del sistema solar. Los Ocho Mundos son el resultado variopinto de ese éxodo. La humanidad vuelve por sus fueros y, gracias al uso de la tecnología, construye una sociedad hedonista donde el cambio de sexo y el goce ilimitado son sus principales máximas morales. A ellas se entregan en cada planeta con distinta intensidad, siendo el más denodado seguidor aquel más distante (Plutón) y el más reticente el satélite de la Tierra (Luna). Con todo, la humanidad no se rinde a este sino y el Partido para la Liberación de la Tierra, liderado por un ex-gobernante terrícola sátrapa de nombre Tweed, ha puesto en marcha un plan para destruir a los invasores y liberar el planeta azul, contando para ello con su fiel esbirro Vaffa y con otros delincuentes de distintas habilidades, clonados varias veces para evitar cualquier posible fracaso de la misión.

La protagonista es Lilo, genetista detenida por un delito de modificación del ADN, embarcada en la loca misión de destruir Júpiter, acabar con el invasor y liberar la Tierra. Un supuesto argumento principal que, en verdad, sirve sólo de excusa para hablar de muchos otros temas: de la incapacidad de la Humanidad para valerse por sí misma, de la renuncia a una conciencia propia al rendir obediencia a un patrón independientemente de su catadura moral (la relación Tweed-Vaffa), o de la capacidad de la conciencia para amoldarse a situaciones inmorales a partir de la amenaza de un daño físico (la evolución de Lilo a partir de sus distintos clones), son sólo algunos de ellos. La dualidad invasores-terrícolas no es tanto política como ética: los invasores no han matado ni amenazado sino que han expuesto a la humanidad su fracaso ante el reto de demostrarse a sí misma su capacidad de salir adelante sin ayuda, si bien ésta parece no haberse dado cuenta.

Las razones de este marco ideológico se exponen en un embrollado y precipitado final donde, de tantas cosas como se querían decir, y de tan desorganizada como se encontraba la trama hasta entonces, apenas se pueden intuir con claridad y lógica algunas líneas maestras: la humanidad resulta ser una especie de tercer nivel y los invasores, de primer nivel, lo que genera una diferencia que hace inevitable su sufrimiento, siendo el éxodo una de otras consecuencias negativas que estarían por llegar, además de demostrar que la Singularidad (entendida también aquí como la trascendencia de la humanidad) podría venir no desde la tecnología sino a través de otra forma de vida. Todo ello aderezado con propuestas sobre una recapacitación de la humanidad basada en las habilidades de supervivencia básicas (agricultura y ganadería) y los principios de la vida comunitaria (opuestos al hedonismo individualista).

Sin duda, las críticas y el pesimismo de John Varley con respecto a la humanidad coinciden bastante con algunos de los argumentos esgrimidos por una de sus principales inspiraciones literarias: Robert A. Heinlein. Aunque con peros notables: existe un distanciamiento claro entre la posición individualista de Heinlein, más en sintonía con el anarquismo anglosajón expuesto por autores de su época como Ayn Rand, y el comunitarismo exhibido por Varley en esta y otras obras posteriores, más propio de otros autores como Amitai Etzioni o Alasdair MacIntyre. Desde aquí invitamos al lector interesado a explorar estas diferencias ideológico-literarias a partir de sus fuentes, en un trabajo de antropología política de gran interés y todavía inexplorado en los estudios sobre ciencia-ficción.

Esta interesante propuesta de John Varley para una nueva moral social queda malograda por la falta de una habilidad creativa a la altura del reto propuesto. Una vez que el argumento principal pierde peso, al ser más una excusa que un leitmotiv de la historia, todos los demás hilos argumentales secundarios se diluyen y difuminan, hasta dar como resultado un amasijo de ideas deshilachadas con personajes planos en una trama de poco sentido y que incluso cuesta comprender a veces. Sin ir más lejos, aspectos como los distintos clones de Lilo, las distintas misiones afrontadas por cada uno, o la diferencia entre los invasores jupiterinos y los visitantes de Ophiuchi, resultan confusos incluso en una lectura atenta. Motivos todos estos, y alguno más, que explican el general olvido de Y mañana serán clones (Factoría de Ideas, 2014) como parte de la trilogía de los Ocho Mundos, donde sí destacan Playa de acero (Ediciones B, 1997) y El globo de oro (Factoría de Ideas, 2001).

En La persistencia de la visión nos encontramos con unas líneas argumentales similares a Y mañana serán clones; sin embargo el relato aquí sí está perfectamente centrado y el desarrollo de las ideas también resulta coherente con una trama sencilla pero eficaz: una voz narradora se introduce y conoce el funcionamiento interno de una comunidad de sordo-ciegos perfectamente integrados entre sí y plenamente autónomos. En cierto sentido, si la novela nos ofrece una visión pesimista y crítica de la humanidad, tendente a exponer aquello que no deberíamos ser o aquellas características negativas que en su opinión peor nos definen, este relato le da la vuelta a esta perspectiva para ofrecernos una ilustración positiva de aquello que sí deberíamos querer ser. Aquí la esclavitud de los sentidos, y en concreto de la vista y el oído, nos impiden desarrollar una sensualidad, una solidaridad y una empatía con los demás, aislándonos y convirtiéndonos en una sombra de aquello que sí podríamos llegar a ser.

En el relato asombra la intensidad de Varley en la descripción de la comunidad sordo-ciega y, especialmente, en la descripción de la relación entre sus integrantes. La voz narradora es de una persona con todos sus sentidos que, al ser consciente de las virtudes de esta comunidad, se adentra en ella con la intención de conocerla y con el tiempo, quizás, llegar a ser un integrante plenamente integrado. Algunas escenas de interacción entre personajes, sordo-ciegos y no, en esta organización sui generis, es de una visualidad intensísima e interesantísima, por lo infrecuente que resulta la descripción tan vívida de una situación tan extraordinaria. Un desarrollo excelente que sólo baja un tanto en su parte final, en exceso precipitada y en cierto sentido también previsible.

En conjunto, Y mañana serán clones ofrece la oportunidad de adentrarse en una trilogía clásica de la ciencia-ficción (la de los Ocho Mundos) a través de una primera novela que es, por desgracia, también la menos conseguida tanto en su parte ideológica como en su parte narrativa. Un amasijo de ideas confusamente expuesto que, y esto es mérito de los editores, consigue ordenarse un tanto sólo después de analizarse a la luz del muy buen relato que la acompaña, coherente en sus ideas y complementario en su perspectiva. John Varley mejoraría sensiblemente su universo novelesco en las siguientes entregas de esta y otras series. Personalmente, me sigo quedando con su obra breve.