Fernand Khnopff, Ich schliesse mich in mich selbst ein, Cierro la puerta tras de mí, 1891.

Fernand Khnopff, Ich schliesse mich in mich selbst ein, Cierro la puerta tras de mí, 1891.
Fernand Khnopff, Ich schliesse mich in mich selbst ein (“Cierro la puerta tras de mí”), 1891.

Las líneas entre géneros son en ocasiones tan difusas y frágiles como para parecer inexistentes. No pocas veces nos hemos topado en esta página con libros que combinan la ciencia-ficción con el terror o con la fantasía. Sus autores se han servido de las técnicas y los esquemas de unos u otros para plasmar ideas e inquietudes, para narrar acontecimientos que de otra manera serían imposibles. William Sloane, nombre literario de William Milligan Sloane III, escribiría una de las novelas que más palmariamente denotan la hibridación genérica: El tiempo de la noche, redactada en 1937 y revisada, con carácter definitivo, en 1954.

Diana, c.1560 (oil on panel)

Diana, c.1560 (oil on panel)
Frans Floris, Diana, hacia 1560. De naturaleza ambivalente, las divinidades asociadas a la Luna poseen un aspecto letal (Hécate) y otro positivo y fecundador (Ishtar, Diana/Artemis), y tradicionalmente se conectan las fases de la evolución del astro ya a las mareas, ya a los ciclos menstruales: periodo infértil necesario para que advenga la máxima fertilidad.

Sloane fue al parecer un autor de ciencia-ficción y fantasía con bastante buena prensa (en Estados Unidos) y nula repercusión en el mercado editorial en castellano, donde sólo el libro que hoy comentamos fue traducido. Usamos para esta crítica la edición de Minotauro de 1996, que fue trasladada al español por el primer director de la revista de la editorial, Ricardo Gosseyn, de nombre tan curioso como para dar la impresión de ser seudónimo (Gosseyn es el mutante de doble mente creado por Alfred Van Vogt en su saga de los No-A). El tiempo de la noche fue recibido con entusiasmo y también con desconcierto por la crítica de su tiempo. No es para menos: la novela se interna por cauces policíacos y a la vez fantásticos de una manera delicada, más inasible que intangible. Ninguno de sus elementos termina de imponerse.

En teoría, El tiempo de la noche debería de ser un relato policíaco. Como tal empieza: Berkeley M. Jones, narrador antes que protagonista, vuelve a su Manderley, la mansión del doctor Lister, con las cenizas del amigo y del hijo Jerry. El joven se mató de un modo antinatural pocos días antes: no existe misterio en el modo de su muerte sino en la razón de ésta. Berkeley, llamado “Bark”, ha reflexionado mucho sobre esos motivos, y carga con ellos en su viaje a la casa en la que vivió más como habitante que como huésped. Durante toda una noche y una madrugada, se desahogará con su anciano interlocutor, refiriéndole los motivos de su inquietud, sus vagas sospechas, sus acusaciones. Jerry fue inducido a matarse por algo que entendió sobre Selena, su reservada esposa. La mujer más hermosa del mundo y también la más desapasionada, inteligente y sabia sobre la faz de la tierra.

Entre vasos de alcohol y miradas vidriosas, “Bark” repasa unos sucesos iniciados dos años antes del matrimonio entre Jerry y Selena. Se produce así un flashback que tiene tintes de película en blanco y negro, en el que cobran vida prototípicos personajes del cine de los cuarenta: el amigo fiel, el guapo protagonista, la mujer fatal… “Bark” reconstruye los hechos a modo de una investigación detectivesca. Todo tiene su origen en la extraña muerte del profesor Le Normand, astrólogo misántropo que fallece por súbita combustión interna y espontánea, dejando viuda a la arrebatadora Selena, un animal desamparado, frágil en apariencia (oculta una implacable seguridad en sí misma y una acerada indiferencia hacia todo y todos), ignorante de las más rudimentarias normas y conocimientos.

La novela discurre con fluidez, se lee del tirón. Pero no por entretenida, que lo es, sino principalmente por misteriosa. Sloane logra que el lector se involucre con el texto y que tenga avidez por saber si al final Selena será desenmascarada, Jerry vengado, y el enigma redondeado con una solución aceptable. El encantamiento se produce por la solidez de los personajes descritos, magnificados por una prosa que bebe mucho de Chandler en las descripciones y, sobre todo, en los diálogos. La gran baza del libro es su sensación indefinida de suspense. La tensión es tan latente que casi tiene corporeidad.

Para ofrecer un ejemplo gráfico de lo que es El tiempo de la noche tenemos que quedarnos en el séptimo arte. En 1961, Curtis Harrington, uno de los pupilos de Roger Corman bregado en lides absurdas bajo su égida, amigo de la mística y antropóloga Maya Deren, filmó una de las películas más sugerentes de la historia del medio, Marea nocturna (Night Tide). En ella, un marinero interpretado por Dennis Hopper se enamoraba de una chica rara que sentía la poderosa llamada del mar. No revelaremos más del argumento, pero sí señalaremos que existe una interconexión entre novela y filme en lo que respecta a su hechizo: las tramas de ambos parecen desarrollarse entre velos. Lo onírico resulta más aceptable que lo real, que es una tragedia inverosímil e intolerable.

Al final, la mujer fatal de William Sloane resulta hundir sus raíces en la mitología clásica. Su nombre, Selena, será más descriptivo que definidor. Sólo en los instantes postreros, se presentará como lo que es, concretando las pistas muy tenues, como el titilar de una pálida llama, derivadas de su actitud inhumana. “Bark” llegará a tener certezas tardías. La malvada y corruptora Eva obtiene una cierta forma de merecido castigo, aunque nadie podrá hacer suya la venganza. No puede ser de otra manera: Selena es una destructora fuerza de la naturaleza. Es el Misterio insondable. Es la noche primigenia.