Ilustración de Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Ilustración de Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Para quienes le han leído, Kurt Vonnegut (Indianapolis 1922 – Nueva York 2007) es sinónimo de fantasía, de ciencia-ficción, de humor. Un humor cáustico, trágico y como guiado por una oscura providencia. Un humor, como quien dice, de maldita la gracia.

Algo así, cuanto menos, debió pensar Vonnegut aquel fatídico 14 de mayo de 1944 cuando, estando él de permiso en plena Segunda Guerra Mundial, fue a descubrir el cuerpo de su madre, que yacía sobre la cama sin vida, atiborrado de somníferos; quizá hasta le pillara con un ramo de flores en la mano… al fin y al cabo ¡era el día de la madre! O, poco después y de vuelta en el frente, al presenciar el bombardeo aliado que arrasaría la ciudad de Dresde -así como el dantesco escenario posterior-. Si él y su escuadrón, capturados y hechos prisioneros de guerra, se salvaron de la carnicería fue merced a estar encerrados en un matadero. El Schlachthof Fünf o Matadero Cinco, convertido, por circunstancias, en una cárcel ad hoc. Maldita la gracia y maldita la gracia, también, cuando en la misma semana de 1958, fallece su hermana y también el marido de ésta, él en un accidente de tren y, dos días después, de cáncer, ella. Dejaron tres niños huérfanos, que acabaría adoptando el propio Vonnegut.

Episodios así -maldita la gracia ser Kurt Vonnegut-, más extraños, absurdos y enrevesados que la propia ficción, hacen que cualquier intento de racionalizar la propia existencia se vuelva imposible. Sólo una lógica torcida, macabra casi, permitiría entonces abordar el drama de lo cotidiano. Esto es lo que hace Vonnegut en sus novelas, y esa lógica macabra y torcida marcará toda su producción literaria, desde La Pianola, su primera novela (escrita en 1952), a las tan celebradas Matadero 5 (1969) o Desayuno para Campeones (1971), pasando por la fantástica Cuna de Gato (1963) o Las Sirenas de Titán (1959), que es la novela que nos ocupa hoy. En todas ellas, la ciencia-ficción sirve de vehículo para ese absurdo cotidiano que tan íntimo resulta al escritor de Indianapolis.

Las Sirenas de Titán (última edición en castellano a cargo de la editorial Minotauro en 2004) es la segunda novela de Vonnegut. Su narrador escribe desde el futuro, un futuro espiritual, de introspección, donde la humanidad conoce “los 53 portales que dan acceso al alma”. Desde ese futuro en que la humanidad mira hacia dentro se narran unos hechos que tuvieron (tienen) lugar en lo que el narrador describe como La Edad Pesadillesca [1]. Para aquellos que anden despistados, ello nos sitúa “entre la Segunda Guerra Mundial y La Tercera Gran Depresión”, tiempos de una humanidad “ignorante de las verdades que subyacen en cada uno de nosotros” y donde “las religiones de escasa calidad eran todo un negocio”. En esos tiempos, la tendencia era buscar hacia fuera, con la esperanza de desentrañar al responsable de toda la creación -y el sentido de la misma-. Nos cuenta el narrador que fue ese empuje desesperado hacia afuera lo que llevó al hombre al espacio, hacia ese “incoloro, insípido e ingrávido mar del afuera sin fin. Allí encontraría el mismo sinsentido que tan familiar le resultara ya en la tierra pero, eso sí, con tres alicientes: “heroísmo vacío, baja comedia y muerte inútil”. En cierta manera, esos son los ingredientes de la historia que nos ocupa, a través de los cuales Vonnegut toca temas como la suerte, el libre albedrío, la amistad y el amor (sin sentimentalismos), los privilegios de clase, el estamento militar, el determinismo, la religión o la ¿divina? providencia.

Todo empieza con una multitud.

Para aquellos que nos lean desde afuera, nos encontramos en “Newport, Rhode Island, Estados Unidos, Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea”, ante la Mansión de los Rumfoord. Para aquellos que no recuerden, Winston Niles Rumfoord, a bordo de su nave espacial privada y acompañado de su perro, Kazak, fue a parar al corazón de un ignoto infundibulum cronosinclástico… y como consecuencia, ambos acabaron diseminados en el tiempo y en el espacio, existiendo tan sólo como fenómenos de onda a lo largo de una espiral que va desde nuestro Sol a Betelgeuse [2].

¿Perdón? ¿Infundibuliqué?

En su libro La Enciclopedia de Maravillas y Cosas que Hacer para Niños, el doctor Cyrill Hall nos explica que crono se refiere “a tiempo”, mientras que sinclástico se refiere a que está “curvado siempre en la misma dirección, como la monda de una naranja”; por último, infundibulum es aquello “que los romanos, como Julio César o Nerón, llamaban un embudo. Si no sabes lo que es, ve y dile a tu mamá que te enseñe uno”. Añádase a ello que dichos ifundibulae cronosinclásticos son lugares “donde todos los distintos tipos de verdad encajan tan perfectamente como las distintas partes del reloj solar de tu papá”.

Rumfoord y Kazak, como decíamos, existen como fenómenos de onda, diseminados en una espiral desde el Sol a Betelgeuse. Ahora bien, siempre que un cuerpo celeste intercepta la espiral se materializan en el mismo, algo que en el caso de La Tierra sucede cada 59 días. De ahí el follón, la multitud, que viene repitiéndose, también, cada 59 días. Una materialización bien vale esperar a la intemperie, junto a los muros de la mansión de los Rumfoord en Newport, Rhode Island, Estados Unidos, Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea. La detalladísima ubicación de la mansión de los Rumfoord o el uso de citas pertenecientes a libros escritos por científicos y académicos ficticios son dos buenos ejemplos de cómo la ficción, además de ser vehículo para la coincidencia, lo maravilloso, lo absurdo y lo arbitrario, también le sirve a Vonnegut para tomar distancia y así ofrecer una mayor perspectiva.

Pero volvamos a la mansión, cuya gran entrada principal está tapiada y cuyo único acceso es “una puerta de Alicia en el País de las Maravillas”, de menos de un metro cuarenta de altura. Por ella entrará Malachi Constant,  el otro protagonista fundamental de la historia. Malachi Constant, descubrimos, es un vividor sin escrúpulos ni ataduras: drogas, alcohol, mujeres, dinero… de todo ello abusa sin importarle nada (ni nadie). Al ser el hombre más rico de Estados Unidos, puede permitírselo. Semejante vida en la cumbre es fruto del conglomerado financiero Magnum Opus, fundado por su padre, Noel Constant, “con un bolígrafo, un talonario, sobres tamaño cheque del gobierno, una biblia y ocho mil doscientos doce dólares”. Sucedió en la cochambrosa habitación 223 del hotel Wilburhampton, en Los Angeles. En ella Noel se haría millonario, gracias al método arbitrario -y “bíblico”- que decide seguir como especulador bursátil, y en ella permaneció, pese a ser millonario, hasta su muerte. En ella, también, fue concebido Malachi Constant, cuya presencia Rumfoord ha reclamado en su materialización, para disgusto de su impoluta -hasta la hez- esposa. Tras materializarse, Rumfoord hará saber a Constant que ya se conocen (o más bien conocerán). Fue (será) en Titán, una de las lunas de Saturno…

Quizá convenga mencionar en este punto que Winston Niles Rumfoord, al estar cronosinclásticamente infundibulizado, puede ver a través del tiempo… tanto pasado como futuro. Este hecho le convierte en una especie de semidiós -uno con gran clase y estilo, al que acompaña un sabueso espacial- y, a efectos prácticos, en el deus ex machina de la novela. Malachi Constant, ex millonario playboy reconvertido en vagabundo espacial, lo sufrirá en sus carnes. Y, como él, también el resto de la humanidad será objeto de sus tejemanejes. Hasta el ejército de Marte, cuyos soldados sin memoria están llamados a invadir la Tierra, equipados únicamente con mausers. O esos misteriosos y adorables seres que habitan Mercurio, llamados harmoniums. Entre las víctimas de sus manipulaciones encontramos incluso seres más allá de nuestro Sistema Solar, como Salo, noble y robótico habitante del planeta Trafalmadore, en la Nube Magallánica, y poseedor de la fuente de energía más poderosa del universo. Añádase a todo ello un suntuoso palacio en Titán y hasta una nueva religión made in Rumfoord.

Lógico…¡con semejante poder en sus manos!

Sí. Y Clase. Y estilo. Pero Winston Niles Rumfoord, con todo, no deja de ser un pobre miserable más, con sus desgracias a cuestas. Rumfoord no escapa a lo absurdo y arbitrario de la existencia; deus ex machina y todo, él también es víctima de una serie de accidentes. Como lo somos todos, a uno u otro lado de la página -llámese Constant, llámese Rumfoord, llámese Vonnegut-. El Universo, sea uno ficticio o real, es para todos el mismo: “una trillonésima parte de materia contra una decillonésima parte de negra y aterciopelada futilidad”. Así lo describe nuestro narrador, desde ese futuro tan espiritual e igual de arbitrario.

Desde el presente, como haría el noble Salo, le mandamos saludos.

NOTAS:

[1] The Nightmare Ages en el original. La lectura de la novela para el presente artículo ha sido hecha en inglés, por lo que todas las citas corresponden a traducciones hechas por el autor del mismo y no se corresponden necesariamente con la edición en lengua española.

[2] Conocida también como Alpha Orionis, Betelgeuse es la novena estrella más brillante que puede apreciarse en nuestro firmamento y la segunda más brillante de la constelación de Orión.