A Aleksis Strógonov, Europa se le queda corta. Pero al igual que la Europa que recorre no es una Europa cualquiera, tampoco un cualquiera es Aleksis Strógonov: la una es un violento galimatías, un hervidero de ideas destructivas que conducirán, hacia mitad del siglo XX, a la mayor deflagración que haya conocido jamás la humanidad; el otro es un héroe accidental, más bien forzado (a su pesar), en la línea de Corto Maltés o Theodore Poussin. Comprender el contexto de esa Europa en tensión equivale a entender el sentido del peregrinaje de Strógonov.

Las Auténticas Aventuras de Aleksis Strógonov fueron publicadas entre 1993 y 1998 en tres volúmenes, precisamente en la misma ciudad de París que es objetivo mítico de sus viajes. No deja de ser casual que el relato de estas historias termine, por ahora, con la consecución aparente de dicho objetivo. París, el inicio de una gran amistad… o puede que el final del camino. Lo que está claro es que, en la medida en que estas Auténticas Aventuras no son hagiográficas, pues poco hay en ellas de santas, el París al que aspira, por un retruécano del destino, este joven émulo ruso de Tintín, distará, en su época, de ser Tierra Prometida. Pues un fantasma recorrerá Europa: el fantasma de la muerte.


El guionista Jean Régnaud y el dibujante Émile Bravo, último maestro de la escuela de la línea clara, nos sumergen con ímpetu en este mundo al borde del colapso en el que, creyendo morir por grandes ideales, se muere haciendo el ridículo. La gran lección de historia de ambos creadores nos sitúa en tres precisas coordenadas temporales de otras tantas localizaciones habitualmente relegadas en el repaso de los avatares del siglo XX. Así, Strógonov se presenta al público en la Rusia tardo-revolucionaria de 1919, en el Berlín de posguerra en el que eclosiona el nazismo y en unos Balcanes nacionalistas. Ninguno de los tres parajes es azaroso, ya que en ellos se gestarán tres acontecimientos determinantes para el devenir de aquella centuria. En la estepa, en Berlín, en los montes balcánicos, Strógonov sobrevive y toma partido. Sus elecciones morales, reverso de su propio deseo por sobrevivir o porque el mundo le ignore, tienen motivaciones distintas a las de otros héroes accidentales: mientras Corto es un observador, un mero testigo, que apenas se involucra en los hechos y casi nunca toma partido, y Theodore Poussin es un afortunado que determina la toma de partido de los demás (en función de sí mismo), Strógonov observa, vive y actúa. Sus aventuras son tales, él no es un impostor ni un mero pasajero: simplemente, como a tantos habitantes de ese siglo demente, le ha tocado lidiar con terribles hazañas y se ve obligado a sobrevivirlas.

Pero esta supervivencia no es una cuestión solemne, que haya de ser tomada muy en serio. Es más, si hay un aspecto que preside el volumen integral (originalmente aparecido en Francia en 2004 y diez años después en España de la mano de Ponent Mon) es el de su humor, irónico hasta rozar el patetismo. Por ejemplo, Bulkin, gusano miserable que, como todo ideólogo en tiempos de lucha, se sirve de una ideología para justificar su todo vale (“Todo va a cambiar”, repite mientras maquina la siguiente traición al aliado cercano), le pregunta con suspicacias a Aleksis cuando ambos coinciden por primera vez, si su apellido es como Strogonoff, el correo del zar. El joven, ceñudo, despeja las dudas del ignorante “teórico del pueblo” y le espeta con toda naturalidad que su apellido es más bien “como el solomillo”. El humor negro de la serie no es complaciente y sí cruel: cuando un personaje decide sacar pecho, cuando todas las campanas tocan a rebato de su gloria, le sucede algo que enturbia el momento, una situación grotesca, estúpida, que le hace parecer patético. La vida tiene también esos bandazos y no perdona.

Así, no es de extrañar que los temas vehiculares a las tres historias (Bielo; Kino; Tamo) sean la cobardía, la fatalidad, la traición. Los grandes ideales son atacados sin contemplaciones por Régnaud: dejan de ser los fulcros que mueven el mundo, causas por las que morir heroicamente, para ser miserias. Los bolcheviques de Bulkin son unos desharrapados que no tienen ideología, unos pobres diablos que se arriman a la causa más conveniente para vivir un día más, aun a costa de los demás (la Revolución es un conjunto de expresiones contradictorias y vacías, diríase que conscientemente incomprensibles). Los nazis incipientes, clandestinos, son un hatajo de payasos chapuceros que pasan largas jornadas borrachos, ahogándose en conspiraciones infructuosas contra el Estado: la única que lograrán, un sabotaje cinematográfico, será epítome de su propia ridiculez. Los nacionalistas balcánicos son pollos sin cabeza, desorganizados, bestiales, sin fe ni respeto por nada que sea ellos mismos. Un motivo tan bonito y noble como el amor será también objeto de chanza y de patetismo: de desinteresado y salvador en Bielo –de ida y vuelta, traficante, en Kino– pasará a ser exterminador, dominante, posesivo, casi leitmotiv, en Tamo.

Sobre todo ello pasa su límpida mirada Émile Bravo. Hijo de padres españoles que abandonaron sus luminosas tierras natales (Cataluña y Valencia) por la grisura de París, Bravo se ha establecido como uno de los estilos más particulares del medio. Las páginas de este integral muestran a las claras la evolución de su técnica, pues no en vano recogen un trabajo de cinco años de dedicación, una eternidad para un dibujante. Las viñetas apretadas, los trazos semicaricaturescos de los primeros compases de sus lápices y tintas, dan paso a viñetas más estilizadas y ambiciosas, a personajes con un mayor empaque y con una más nítida personalidad. En un conjunto que trata asimismo de las relaciones humanas, es importante que uno de los timoneles que lo guían sepa imprimir firmeza a rasgos, rastros y sombras. Si Kino frisa la excelencia es, además de por su consistente argumento –y la valentía de su enfoque: retrata la casquivana sociedad berlinesa a través del mundo del cine-, por la belleza de sus líneas. Bravo no es muy amigo de florituras, su toque podría ser calificado de sobrio, pero su sobriedad dista de ser parca: posee vigor y atractivo. Bravo tiene la virtud, casi milagrosa en la actualidad, de poder ser reconocido al vuelo, incluso sin sabérsele autor de sus obras.

Los más entendidos celebraron el desembarco de Aleksis Strógonov en tierras españolas como un advenimiento. Era, según decían, el único de los proyectos de Bravo en no conocer traducción. Émile Bravo no es un Mesías, aunque todos sus cómics redundan en aquellos aspectos que nos hacen humanos. Como los esclavos de los emperadores romanos, Bravo nos susurra al oído por vía de la imagen: “no olvides que eres un dechado de errores y de sombras”. Las Auténticas Aventuras de Aleksis Strógonov pueden aplicar también esa sentencia. Con la sonrisa irónica del genuino patetismo.