A nuestro Especial sobre la Guerra le faltaba algún espía. Centrado hasta ahora en la crudeza y la violencia, las bambalinas del conflicto, tan importantes y decisivas como el conflicto en sí, nos estaban pasando desapercibidas; principalmente, porque pocas son las obras que hayan abordado con garantías el siempre espinoso tema del espionaje (espinoso porque, por lo general, suele dejar en mal lugar a quien lo practica y porque no entiende de sentimentalismos ni de exaltaciones patrióticas). La editorial francesa Glénat nos ha dado motivos para ahondar en este asunto con la publicación, en 2013, de los dos volúmenes de Silas Corey, cómic con guión de Fabien Nury y dibujos de Pierre Alary que, pocos meses después, publicaba en España el sello madrileño Dibbuks en formato integral.

Silas Corey se sitúa en la primavera de 1917. La Gran Guerra, prevista en sus albores por los estadistas alemanes como una “blitzkrieg”, guerra relámpago, se halla estancada. A un lado y otro de las trincheras, y también lejos de ellas, cunde ya el hartazgo. En los despachos de París rugen los políticos, divididos entre quienes desean más guerra, sin concesiones con el rival, y quienes quieren más paz. En esa Francia histérica mostrada por Nury, dos figuras fundamentales se imponen: en la bancada de la oposición, Georges Benjamin Clemenceau, exjefe del Gobierno de la Tercera República, y ahora diputado raso, zarandea a Joseph Caillaux, primer ministro declaradamente pacifista. Clemenceau, apodado “El Tigre” por la virulencia de sus ataques, que ya han hecho caer diversos gobiernos, azota a Caillaux, a quien tiene por cobarde, desde su libelo El hombre encadenado. El diputado tiene mucha experiencia en prensa: el verdadero Clemenceau fue director de L’ Humanité cuando Emile Zola publicó su famoso Yo acuso (el título, de hecho, es suyo); posteriormente, sería el principal defensor del teniente judío Alfred Dreyfuss.


Nury aprovecha los intersticios de la historia, las triquiñuelas de la (baja) política, para elaborar un guión que gira alrededor de una conspiración que frisa la alta traición al Estado. Un periodista de nombre Hector Casella logra hacerse con un sello que demuestra la estrecha implicación del primer ministro Caillaux y la dama Celestine Zarkoff, cabeza de la industria armamentística francesa. Zarkoff, según asegura con sumo desprecio Clemenceau, “vende armas y secretos de Estado a todos los países en guerra, sin discriminación”. Alemania es uno de sus clientes potenciales. Casella descubre la prueba definitiva de un plan para beneficiar al Káiser y no duda, como chantajista en potencia que es, en informar a “El Tigre” de su hallazgo. La noticia tan sólo se comunica por teléfono, pues Casella es atacado por una pareja de matones alemanes y debe escapar con lo puesto. Clemenceau, viendo cómo se aleja la oportunidad de hundir a su rival político, decide contratar a Silas Corey, detective, mercenario y espía al mejor postor. El asistente de Clemenceau lo describe así: “Qué personaje más lamentable. ¡Sin lealtad ni conciencia política alguna! Dicen que es depravado, mujeriego y jactancioso”. También es un crápula.

Pero Silas Corey, como Arsène Lupin, es un caballero con principios y ética, a pesar de sus nulos remordimientos para emplearse con distintos jefes, de intereses más o menos convergentes, en su búsqueda del sello. La misión acabará enfrentándole con Aquila, el escurridizo y hábil jefe del espionaje alemán en Francia, responsable de tácticas desestabilizadoras en el frente y en el país que los servicios de contraespionaje no han sido capaces de neutralizar. Aquila es una suerte de Moriarty, un archivillano, y es también Karla, la némesis de Georges Smiley, el gris funcionario del Circus creado por John Le Carré en sus maravillosas novelas sobre la Guerra Fría. Karla/Moriarty/Aquila todo lo puede y nada le detiene, no tiene techo en su maldad. Sus motivos son patrióticos; la vida humana carece para él de valor. Pero Aquila, al igual que Silas Corey, es también un caballero de principios y de ética, no un fanático. El detective y el asesino se perseguirán y herirán mutuamente antes de su particular Reichenbach, estupendo enfrentamiento final en una tierra de nadie devastada por las alambradas.

Los autores realizan un gran trabajo de

recreación de época: Alary en trajes, vehículos, arquitecturas; Nury en la construcción de modos de vida, de pensamiento, del desarrollarse de la excepción bélica. En este cómic se plantean los efectos devastadores del uso de gases letales, vergüenzas de ambos bandos, y se recrean técnicas de espionaje que hoy nos parecen naturales pero que entonces eran pioneras. Por ejemplo, Silas Corey interceptará un embrionario pinchazo telefónico y constatará la infraestructura estatal de control de la población: un pelotón de ciudadanos encargados de vigilar la correspondencia de todos los parisinos antecederán en esta misma tarea a las modernas máquinas informáticas. El estilo cartoon de Alary, bien emplazado en las vibrantes composiciones de las páginas, tiene personalidad y se ajusta bien a la acción efusiva, sin pausa, que caracteriza al guión. Éste, a su vez, rehúye la tentación de querer abarcar demasiado: el guionista da fe de su enorme callo al no separarse de la trama prevista, para la que levanta una escenografía amplia, cambiante, pero que nunca entorpece el decurso de los hechos. Si acaso, los consolida. La solución final de convertir el campo de batalla en un campo de duelo incluso está bien conseguida, gracias a una argucia coherente con lo narrado.

Silas Corey es un buen cómic de espías. Hay aventuras, momentos sórdidos, personajes que se forman con moldes arquetípicos pero que luego evolucionan con espontaneidad, lealtades profundas y alguna que otra escena atractiva y bien planificada. La edición integral de Dibukks incluye un apéndice que permite saber algo más sobre los hechos y los sujetos mencionados por la licencia imaginativa del guionista, sin que sea condicionante para la lectura ni para la aclaración de lagunas pendientes. Sirve de complemento de un fresco de batalla aún más inmoral y abyecto, si cabe, que el de las trincheras y las alambradas.