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Portada de la edición de Odyssea Publishing

“Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano” (Friedrich Schiller, La doncella de Orleans)

La calidad no siempre se mide en premios. Isaac Asimov, gran maestro de la edad de oro de la ciencia-ficción y uno de los autores más prolíficos del siglo XX, tardó en recibir laureles.

No fue hasta la década de los 70, en el ecuador de su trayectoria como escritor, cuando “el buen doctor” consiguió la unanimidad de los jurados del Hugo, el Locus y el Nébula, los tres galardones más importantes en el género, al destacar por primera vez una de sus novelas: Los propios dioses.

Hasta entonces, aunque Asimov hubiera publicado la trilogía original de Fundación (Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación), el tríptico del Imperio Galáctico (Polvo de estrellas, Las corrientes del espacio y Un guijarro en el cielo), las primeras obras en la serie de Robots (Yo, robot; Bóvedas de acero y El sol desnudo), media docena de historias de Lucky Starr y otros libros tan conocidos como El fin de la eternidad, la crítica siempre le había afeado la ausencia de alienígenas, de sexo y de personajes femeninos en sus relatos.

En Los propios dioses (1972), “el buen doctor” se enfrenta a estos tres estigmas con una historia de ciencia-ficción dura que destaca entre el resto de su producción por la peculiaridad de su argumento y el escenario donde se desarrolla. Un científico mediocre se encuentra con un extraño isótopo de plutonio que contradice las leyes físicas de nuestro universo. Esta circunstancia lleva al descubrimiento de un universo paralelo en el que las interacciones fundamentales físicas se rigen por procesos distintos. Gracias a estas diferencias y al desarrollo de un invento conocido como la bomba de electrones, comienza un intercambio de materia entre ambos mundos que genera una energía limpia, barata y, aparentemente, inacabable. Sin embargo, dos académicos descubren que la bomba de electrones no es tan segura como parece y luchan contra la opinión pública para demostrar sus teorías.

Asimov, hábil relatista y cómodo escritor de trilogías, concibe Los propios dioses como un thriller académico dividido en tres partes que despierta cuestiones sobre sostenibilidad ambiental y progreso, y que presenta, desde la ciencia-ficción, el modelo estructural de la psique elaborado por Sigmund Freud. La primera parte del libro se desarrolla en la Tierra, la segunda en un planeta del para-universo que intercambia materia con la Tierra, y la tercera tiene lugar sobre la superficie lunar.

Ese segundo acto en el universo paralelo fue el as en la manga que el escritor utilizó para epatar a sus críticos. En él, la protagonista es un ente de energía llamado Dua, presionada por los compañeros de su triada familiar, Odeen y Tritt, para copular y engendrar un tercer vástago. Odeen, Dua y Tritt (uno, dos y tres), son “seres blandos”, entes incorpóreos que pueden compartir un mismo espacio (fusionarse) en un ritual extremadamente placentero con el que tener descendencia. Además de otros seres blandos, existe una minoría de “seres duros” que gobierna el planeta y maneja la bomba de electrones para realizar el intercambio de materia con nuestro universo. Cada triada de seres blandos consta de un ente racional (yo), un parental (súper-yo) y un emocional (ello), exactamente igual que en la psique freudiana. Los racionales estudian y trabajan junto a los seres duros en el campo académico del conocimiento; los parentales se preocupan porque la estructura de la triada se ajuste a los cánones de la sociedad, cada uno cumpla su papel y entre los tres produzcan descendencia; y los emocionales son el motor del sexo y los demás instintos, portan la semilla del racional en la fusión y la trasladan al parental para que la incube. Cada triada produce tres vástagos -también racionales, emocionales y parentales- y, una vez cumplida su labor natural, se transforma en un nuevo ser duro. Dentro de la historia, Dua es un emocional, en teoría rendida a sus pulsiones, pero con una curiosidad especial por su innegociable posición en la sociedad y por el trabajo de Odeen, su compañero racional.

Según el propio Asimov, su reticencia a introducir alienígenas en sus historias nació después de un episodio en los primeros años de su carrera como escritor, cuando el editor de la revista Astounding Science Fiction, John W. Campbell, rechazó uno de sus cuentos porque describía a los extraterrestres como entes superiores a los propios humanos. Para no caer en el error de la supremacía -ya fuera de terrícolas o aliens-, decidió desde entonces no volver a contar con personajes extraterrestres. Hasta que llegó Los propios dioses y, con ella, el gran aplauso de la crítica.

Probablemente el gran maestro se riera con gusto creando a Dua e ideando todo el segundo acto de la novela. Él mismo reconoció en varias ocasiones que este episodio era el favorito entre toda su producción literaria a pesar de ser una verdadera rareza; quizá pensaba así porque hábilmente encierra un misterio. No existe el sexo como tal en el para-universo de Los propios dioses: los protagonistas son incorpóreos e indefinidos en su forma, absolutamente alejados del erotismo. La protagonista femenina, Dua, es alienígena (ni hombre ni mujer): el único rasgo por el que se identifica es el tratamiento gramatical en femenino que Asimov le da en la novela. Y, por último, los alienígenas no son tales: el planeta de los seres blandos y duros ocupa, en el universo paralelo, el mismo espacio que la Tierra, y gracias a eso se permite el intercambio de materia; los seres blandos son las tres representaciones de la psique humana y los seres duros, que “mueven las áreas alrededor de sus centros de visión para expresar emociones y se comunican haciendo vibrar las moléculas de aire” (gestos, expresiones faciales y comunicación oral) podrían ser, perfectamente, humanoides.

Cuando Los propios dioses se lleva el Hugo, el Locus y el Nébula, hacía 14 años que Isaac Asimov no escribía una novela de ciencia-ficción -exceptuando la adaptación de la película Viaje alucinante-. Todos los aficionados al género estaban ansiosos por leer la nueva obra del gran maestro y él les da exactamente lo que buscan: afronta sus carencias desde una historia original que no encaja en el universo de sus sagas; elabora un argumento de investigación y misterio sobre una complicada hipótesis científica; y lanza una crítica desde su perspectiva humanista al progreso descontrolado, insostenible a largo plazo y una advertencia para la supervivencia de la raza humana. Cuatro décadas después la obra no pierde vigencia, precisamente por este toque de atención en el que se recuerda que la búsqueda de energía para satisfacer el progreso industrial puede provocar el ocaso del planeta.

Los propios dioses es una novela correcta, entretenida e inteligente, pero sería muy injusto destacarla por encima de la ingente producción literaria de Asimov. Los actos que la componen funcionan bien por separado y la segunda parte es maravillosa por la ausencia de referentes y la sutileza con la que plantea un mundo que quizá no sea tan desconocido para nosotros. Sin embargo, si Asimov brilla en la historia del siglo XX, además de por su extraordinaria labor divulgativa, es por la consistencia de su estilo, su capacidad didáctica y la facilidad para sugerir nuevos conceptos, nuevas ideas y nuevos mundos que nos hagan soñar.