Castillo en un paisaje fántastico, ilustración realizada por Victor Hugo (1802-1885)

Castillo en un paisaje fántastico. Ilustración realizada por Victor Hugo (1802-1885)

Thomas De Quincey nace en 1785, cerca de Manchester. Su personalidad independiente y enérgica se ve reflejada en su obra literaria, que no encuentra un lugar entre las convenciones de la época. Ciertamente, su obra más conocida, a la que debe su fama como “el comedor de opio inglés”, será el artículo que publica en 1821 en el London Magazine titulado Confesiones de un comedor de opio, donde ya nos encontramos con una tendencia a la ensoñación fantástica y con una filosofía errática que no entiende de contenciones.

Tampoco encontrará obstáculo moral para publicar Del asesinato considerado como una de las bellas artes, un ensayo compuesto por dos artículos, editados en 1827 y 1839 respectivamente en el Blackwood’s Magazine y un Post-scriptum de 1854, aparecido en sus Obras Completas. En dicho tratado, su autor hará gala de su ironía para exaltar la excelsitud de un crimen bien perpetrado. Sin embargo, considera la belleza del crimen visceral y sanguinario muy por encima del homicidio pulcro y bien urdido, incluso atreviéndose a censurar el envenenamiento por ser demasiado sutil. De Quincey irá destapando un fino velo de humor hasta encontrarse cara a cara con el horror de la muerte encarnada sin elaboración.

En cierto modo, esto no es lo que encontramos en Klosterheim, o La Máscara (Valdemar, reedición de 2014), donde el horror acecha en cada página pero nunca se materializa. Una cruel ignorancia de los hechos y una constante incertidumbre envuelven a los protagonistas de la novela, encerrados en un mundo del que desconocen todo y suponen mucho. Así, De Quincey juega con el suspense y la sugestión, tanto del propio lector como de los habitantes de la cuidad de Klosterheim.

Es posible que parte de la inspiración de su localización se deba a los paisajes del Lake District, un locus amoenus en Inglaterra, donde diversos artistas románticos encontraron su musa a principios del siglo XIX; entre ellos, William Wordsworth o Samuel Taylor Coleridge, íntimos de Thomas De Quincey. El autor escoge, sin embargo, la Alemania del período de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) como marco cruento oportuno para el ejercicio de sus facultades literarias. Su elección no es fruto del azar, sino de la necesidad de dibujar un paisaje gótico, tenebroso e inseguro donde desarrollar un argumento de intrigas políticas y supersticiones populares.

Klosterheim, o La Máscara podría considerarse una novela histórica. Pero De Quincey tampoco queda sujetado por los hechos reales en los que se inspiran sus obras. De imaginación incansable, reinterpreta la historia a su manera, fundiendo la realidad con su propia fantasía hasta la confusión. Claro ejemplo de la faceta inventiva del escritor se encuentra en La rebelión de los tártaros, breve relato histórico sobre la huida de los calmucos del Imperio Ruso hacia China en 1771. El relato, que originalmente tenía forma de artículo, desarrolla con seriedad y precisión la crónica de un episodio del que apenas se conservan testimonios escritos. El “maldito”, cual juglar medieval, narra una historia con forma de mito que puede engañar al más avispado de los lectores, embelesado por la abundancia de datos y su apasionada escritura.

La ciudad de Klosterheim, ciudad ficiticia localizada en el sur de Alemania, será la protagonista sustancial de su obra Klosterheim, o La Máscara. Los personajes que habitan la villa comparten una sensación general de opresión y desamparo que parece hallar su origen en el corazón de la ciudad latiente, cuyas extremidades alcanzan los bosques circundantes, en los cuales la amenaza se siente aún en mayor medida.

De Quincey manipula los hechos y la información con placer, otorgándole todo el derecho y poder a la sugestión para crear angustia. Los peligros se atesoran en la historia, partiendo de la inseguridad elemental surgida del estado de la Guerra de los Treinta Años. Concretamente, la novela se desarrolla en el invierno de 1633, estación propicia para trazar paisajes brumosos y fríos donde ya sólo las condiciones meteorológicas adversas pueden suponer el peligro de un encuentro con la muerte.

En 1633, el Imperio Alemán se encontraba en guerra con las tropas suecas, que habían surgido en defensa del protestantismo. Dentro de las propias murallas de Klosterheim residirá un supuesto traidor al Imperio, el cobarde Landgrave, cuyas intenciones o alianzas con los suecos no se hacen claras. A esto mismo, se le une la posibilidad de una revuelta por parte de los habitantes, suspicaces ante los movimientos del Landgrave y sus secuaces. Tampoco puede estar tranquila la comitiva de guardias imperiales que parte de Viena hacia la ciudad. Su viaje se presenta lleno de inseguridades y peligros ante la posible emboscada de bandidos y merodeadores. El acopio de peligros y la alarma común de todos los personajes confunden al lector, que no acaba de reconocer dónde se encuentra el verdadero enemigo.

Gran parte de la historia girará en torno al bosque “de raíces retorcidas” que rodea Klosterheim. Las idas y venidas de los amigos de Viena que se acercan a la ciudad en ese locus inhóspito le son desconocidas a los habitantes de la villa que, mientras tanto, se mantienen vigilantes dentro de las murallas, sin poder hacer más que imaginar qué puede estar ocurriendo. De Quincey narra así: “la ansiedad había alcanzado su punto máximo, y algunos tuvieron que abandonar los muros, o ser retirados por sus amigos, bajo los efectos de una intensa emoción”. Lo cierto es que nada ha ocurrido aún, pero la sola expectativa de que así sea, provoca el mayor pavor a los personajes.

Ante la incertidumbre y el desconocimiento, el pueblo se ve empujado a caer en la magia y la superstición, o bien en la religión, aquel elemento crítico que había desencadenado la guerra entre católicos y protestantes. Fantasmas, seres sobrenaturales, la fuerza del destino y el más allá son las únicas respuestas que encuentran viables ante tanta angustia, favorecidas también por la tétrica sensación de que la ciudad está viva. De cualquier escondrijo de Klosterheim, de los pasadizos subterráneos, de los edificios en ruinas o del bosque circundante pueden surgir hombres armados, mesías pacificadores o fantasmas con sed de venganza. Todo es posible.

En las circunstancias más difíciles, De Quincey alude al resurgimiento de la leyenda de “La Mujer de Blanco”, cuya aparición significaba un terrible mal para la familia del Landgrave pero un cambio venidero para las gentes. Sin embargo, no será esta leyenda la que tome especial protagonismo; más bien surge como presentación para comprender la mente supersticiosa del pueblo cuando haga irrumpa misteriosamente un ser armado “de pies a cabeza”: “La Máscara”. Poco más puede hacer el pueblo, ni el mismo Landgrave, para salvarse del inevitable sino que les acecha. “La Máscara”, oscuro y siniestro personaje, envuelto en secretos y cuya naturaleza se desconoce, se calificará como portadora del destino, atemorizando a todos.

¿Es “La Máscara” un héroe o es un villano? Podría ser un héroe de porte gallardo y todopoderosa sabiduría; sólo ella conoce los planes del Landgrave y es capaz de encontrar un escape a toda desgracia como un ángel cristiano que ha sido enviado para luchar contra el protestantismo que se extiende por todo el Imperio Germánico. O bien, puede ser un demonio cuyas acciones, por simple diversión, traen el pánico y el horror a las gentes.

Es posible también, que lejos de la religión o las supersticiones, en un recóndito lugar de Klosterheim, alguien quisiera creer que, tras “La Máscara”, reside un hombre común. Esta idea surge de la gran cantidad de soldados mercenarios que hubo durante la Guerra de los Treinta Años, siendo posible que alguno, eximido de las órdenes de las potencias rivales, decidiera tomarse la justicia por la propia mano (un personaje de parecida funesta biografía se encontrará en La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving). El arquetipo de hombre enmascarado de propósitos ambiguos se heredará, de manera profusa, en la literatura posterior (La pimpinela escarlata o La flecha negra, por poner dos ejemplos). El hombre enmascarado ha de ocultarse tras un disfraz porque guarda un secreto, huye o se esconde. En su anonimato reside el poder, en la posibilidad de ser un espíritu inmaterial, un viejo decrépito o un brillante héroe reside su fama y también su punto débil. El pueblo le adora o le teme; así, se convierte es un ser solitario que vaga por las calles imponiendo su ley.

La novela también nos deja el testimonio de un amor, casi paródico, entre dos amantes asustados y perdidos en un mundo en caos donde no hay tiempo que perder con ternuras. La gallardía y la nobleza del caballero Maximiliano, junto a la hermosura de la delicada Paulina, constituyen el elemento de mayor desesperanza en la novela ante la inevitable sucesión de acontecimientos que separan a los jóvenes cada vez más.

Con todos los ingredientes, Klosterheim, o La Máscara se convierte en una novela gótica medieval. De Quincey divaga así por los mundos nebulosos y velados del siglo XVII, participando de un género muy anterior a su tiempo y manipulando a su antojo las circunstancias históricas, como va a repetir en otras obras, para hacer sentir al lector la misma angustia que sus protagonistas.