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Ilustración de Quentin Blake para la primera edición de The BFG.

Para contar una historia feliz como la de El gran gigante bonachón, Roald Dahl (1916- 1990) tuvo que conocer el lado más oscuro de la adversidad. Bien es sabido que de las tinieblas nace la luz, pero las del escritor fueron tan pronunciadas como para arrojar una perspectiva catárquica sobre su obra infantil: sin ella, Dahl posiblemente hubiera acabado exterminándose. El destino fue inclemente con él y con su familia. Para llegar hasta el libro que hoy reseñamos, tuvo que cuidar de un hijo ciego y enterrar a una hija.

En 1960, la vida en el hogar de los Dahl no puede ser más alegre. Roald y su esposa, la actriz estadounidense Patricia Neal (al que el cinéfilo recordará como amante madura de George Peppard en Desayuno con diamantes [Breakfast at Tiffany’s, Blake Edwards, 1961]) llevan siete años casados y triunfan profesionalmente: él es un cotizado cuentista y dramaturgo y ella una intérprete respetada por su elegancia e inteligencia. Acaban de ser padres por tercera vez: el pequeño Theo es su primer varón. El escritor no cabe en sí de gozo. La felicidad, empero, le dura poco. A los cuatro meses del nacimiento, se produce el primer zarpazo terrible del infortunio: Theo es embestido por un taxi mientras su niñera le pasea en cochecito. El bebé sale disparado y se golpea la cabeza de manera salvaje contra el suelo. Empieza así un calvario interminable: Theo es ingresado numerosas veces, a riesgo de su vida. Su cerebro ha sufrido daños irreparables que le han afectado a la vista.

Los-Dahl

La familia Dahl en 1960. Patricia Neal y Roald Dahl con sus hijos Olivia, Tessa (1957) y Theo. Quedan por llegar Ophelia (1964) y Lucy (1965; esta última seguirá los pasos literarios del padre).

Uno de los tratamientos a que será sometido, una válvula de drenaje utilizada para purgar líquidos, falla tan estrepitosamente que Roald Dahl decide tomar una iniciativa trascendental para la historia de la medicina. Aliado con el singular ingeniero hidráulico, y juguetero aficionado (espléndido maquetista), Stanley Wade, a quien conoce previamente por menesteres más felices, y también con el neurocirujano Kenneth Till, ideará un prototipo de válvula (conocida, desde entonces, como válvula Wade-Dahl-Till) “de construcción robusta, fácil esterilización y poco propensa a la ruptura” con el que hacer más llevadera la vida de su hijo. Todavía hoy este invento, del que sus creadores rechazaron extraer ningún beneficio, sigue empleándose para casos como el del pequeño Theo.

Los dos años siguientes al accidente serán, curiosamente, muy buenos. Neal recoge en sus memorias que ese lapso de tiempo será el más feliz de su azarosa vida. La tragedia del pequeño Theo ha estrechado lazos entre el matrimonio como no habría hecho ningún otro acontecimiento. La familia ha regresado a Inglaterra: Nueva York, escenario del suceso, tiene para ellos reminiscencias fatales. Se instalan en Buckinghamshire, en el condado de Great Missenden, en la (con el tiempo) famosísima The Gipsy House, donde el autor elaborará el grueso de su legendaria bibliografía. Dahl se encierra en la caseta del jardín. Allí, se hace instalar un sistema eléctrico con el que puede ser avisado, en caso de emergencia, desde la casa. Un parpadeo indica que las cosas están bien; dos, que hay problemas. Una triste mañana de noviembre de 1962, el sistema se dispara y llega a parpadear más de cinco veces. Esta vez, por culpa de Olivia.

Olivia Dahl

Olivia Twenty Dahl (Nueva York, 20 abril 1955- Aylesbury, Buckinghamshire, Inglaterra, 17 de noviembre 1962).

Olivia Twenty fue la primogénita de los Dahl. Según sabemos por su padre, era una chica despierta, activa y muy inteligente. Un día, llegará a casa temprano. La envían de vuelta desde el colegio porque sufre sarampión. Tras consultar qué hacer con un amigo de la familia –la cura contra el sarampión empezará a aplicarse un año después, en Estados Unidos- se decide que Olivia pase la enfermedad, un trance vital por el que todo niño debe atravesar, en una especie de cuarentena, aislada de sus hermanos –Tessa y Theo- en un ala de la casa. Para aliviar su convalencia, Roald Dahl le enseña a jugar al ajedrez; la niña no tarda en ganarle. El sarampión parece seguir su curso normal hasta que Olivia empieza a mostrar signos desconcertantes: pierde reflejos, no controla sus movimientos, se fatiga con facilidad y está mustia. En la última conversación entre padre e hija, ella declara sentirse somnolienta. Una hora después, está inconsciente. Doce más, muerta. Roald Dahl recogerá el último día de su querida hija en un cuaderno que su clan encontrará en su caseta de trabajo veintiocho años después de la muerte del escritor. En una letra comprimida y en un estilo lacónico, que encierra una gran emoción contenida, Roald Dahl levanta acta de cómo la pequeña Olivia termina de marchitarse. Ha fallecido de una rarísima enfermedad: el sarampión ha afectado a su cerebro, convirtiéndola en ese caso sobre mil que en toda Inglaterra, por aquel entonces, se registra como variante fatídica de la habitualmente inocua pandemia infantil. La muerte de Olivia tiene consecuencias devastadoras en Roald Dahl. Se vuelve muy taciturno. Aunque Patricia y él tendrán dos hijas más, la huella de la primogénita es profunda. El escritor sólo se repondrá, en apariencia, cuando a partir de 1964 empiece a construir, seriamente, la obra que le granjeará fama universal. La muerte de Olivia no será la última tragedia de los Dahl –quedaría por glosar el complicadísimo último embarazo de Patricia Neal, que casi le costará la vida- pero nos hemos hartado de dramas. Sonriamos.

Conspiración infantil

El gran gigante bonachón fue escrito en la década de los ochenta, la más prolífica de Dahl y también la última de su existencia. Un año antes, 1981, había redactado La medicina mágica de Jorge; al siguiente, compondrá su obra maestra, Las brujas. Pero el libro que nos ocupa había empezado a gestarse en 1975: en un pasaje de Danny, campeón del mundo, su padre contará al protagonista la historia de un gigante de grandes orejas que se dedica a viajar con una larga trompeta con la que distribuye sueños a los niños. Es de suponer que, como con los anteriores libros del anglo-noruego, éste surgiera también de los cuentos que le contaba a sus hijos en la cama. EGB –lo reduciremos a sus siglas a partir de ahora, porque también lo hizo así el autor- fue de todos los que escribiera, su libro favorito. Y de ello da fe, principalmente, que lo dedicara a la memoria de Olivia.

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Portada de la edición española en Alfaguara. 2004.

La escritura de este cuento debió de despertar recuerdos amargos y dolorosos en el viejo Roald Dahl. Recuerdos de un pasado triste y fatídico. El arranque tiene ese punto siniestro que permea tantos –todos- los cuentos del escritor y que habría sido aprobado con entusiasmo por el propio Dickens. Una niña huérfana intenta dormir en la sala común de uno de esos crueles hospicios que, ya en época decimonónica, eran parte natural del sistema educativo inglés, y que ni el paso del tiempo, de los cambios en las mentalidades y de varios gobiernos laboristas –como el de Clement Atlee, muy volcado en esa labor-, aún no había logrado desterrar. Sophie (Dahl la bautiza como su nieta, actual y reputada supermodelo), de ocho años, no tarda en ser testigo del proceder del Gigante Bonachón en una calle aledaña. Inclinado sobre una ventana, sopla un sueño exquisito a los hijos de un comerciante vecino. Alertado por el latir del corazón de la niña, el gigante, de finísimo oído, decide secuestrarla. Sophie no volverá jamás a su dura realidad, porque ahora que ha visto al gigante, deberá convivir con él para no exponerse a dar a conocer su existencia entre los humanos, ya que organizarían patrullas de linchamiento. Los capítulos de la presentación del gigante, ataviado con una capa larga (exactamente igual que el fantasma de las navidades futuras de Canción de Navidad), y del secuestro de la pequeña, con la incertidumbre sobre su destino incluida, son terroríficos, oscuros. Precisamente por ello, el tono sucesivo tendrá un sesgo opuesto.

Para aligerar esta imagen truculenta del gigante, Dahl le hará hablar atropelladamente, cometiendo continuos errores sintácticos y gramaticales. Su aspecto amable se verá reforzado por su declaración de ser el único gigante bonachón del país de los gigantes, una tierra yerma habitada por diez colosos, de los cuales él es el único que no come seres humanos. Dahl obliga a sus traductores a esforzarse en su trabajo; la versión española de Alfaguara no está siempre a la altura, pues a veces los juegos de palabras planteados por el escritor, o las palabras de nueva creación que emplea el bruto gigante, no están bien plasmadas o no tienen un equivalente logrado en castellano. Pasa a menudo que las cepas de la palabra inventada se escapen totalmente al lector adulto. Eso sí, el niño que lo lea, o que se lo haga leer, sonreirá seguro. Y eso es lo que importa, y ahí está la gran magnitud de Dahl: en saber qué va a gustarle a su lector, qué va a hacerle reír, aun cuando se aleja drásticamente de las coordenadas instituidas del lenguaje, aquellas que hacen comprensibles e inteligibles los pensamientos. Dahl parece susurrarles a los niños un secreto íntimo, un misterio que sólo ellos saben comprender.

Esta sensación de conspiración infantil se magnifica por el ritmo de la novela. Roald Dahl fue siempre un hombre de acción, y así se refleja en todos sus escritos. No obstante, EGB es la excepción a la norma. El narrador está aquí más centrado en construir a su gigante, a ese protector de los niños y de la infancia, esa suerte de “amigo invisible” que todos hemos querido tener en nuestros años dorados, que en entretenerse en edificar una trama. A resultas de ello, EGB tiene un argumento laxo. Incluso el hecho de que la trama tenga un ramalazo de genialidad al convertir a la mismísima Reina de Inglaterra en aliada providencial del bonachón y Sophie en contra de los demás gigantes, parece secundario. Porque la presencia de la monarca, máxima autoridad británica, es una toma de posición del autor: un mensaje lanzado a los dirigentes para que cambien las condiciones sociales y vitales de los niños, para que no sufran. Dahl le dio una vida mejor a Theo y a muchos niños gracias a su válvula; su voz por tanto es una conciencia autorizada.

El tándem Dahl-Quentin Blake, su habitual ilustrador, funciona como siempre con la eficacia de un reloj suizo. Es imposible concebir un libro del escritor sin las ilustraciones del dibujante. La simbiosis es tan perfecta que Dahl pensaba sus libros en base a los dibujos de Blake. Hay una doble página, absolutamente fantástica, en la que esta implicación recíproca es clamorosa: los niños tienen sueños de apenas una frase y Blake los plasma. Su estilo, no hace falta decirlo, genera siempre una sonrisa en el observador. Hay magia en esos trazos infantiles, que logran una inmediata identificación del niño lector. Los dibujos de Blake representan el mundo visto a través de los ojos inocentes pero escudriñadores de un pequeño. Es un delito de pena capital que en esta edición hayan sido publicados en un blanco y negro de fotocopia: denota una falta de respeto total por el público al que van dirigidos. Es muy de lamentar que Innocenti tenga razón cuando se queja de que la percepción adulta global sobre los niños es la de que son poco menos que idiotas. La bajísima calidad en la impresión de las ilustraciones de Blake es la prueba fehaciente de este desprecio camuflado en conmiseración.

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En 1989, el veterano animador Brian Cosgrove realizó una adaptación fiel del libro. Cosgrove es famoso por llevar a la pantalla El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, como serie y película.

Al final, el objetivo del gigante es el de garantizar a todos los niños, con independencia de su raza, origen y condición, sueños placenteros. Por ello, selecciona y embotella los más deliciosos y discrimina y hace desaparecer a las más terribles pesadillas. El mundo real es duro y cruel, pero los niños no deben de perder jamás su capacidad para soñar, para crear, para fabular. Este bonachón, Sophie y la Reina lucharán en última instancia para salvar a todos los niños del mundo de la terrible amenaza de los feroces gigantes. El mensaje es tan claro que el viejo zorro de Steven Spielberg ha declarado –en la revista Variety, abril de 2014- que adaptará el cuento de Dahl. Será su siguiente película, la próxima que ruede una vez finalice el film de espías ambientado en la guerra fría que le han escrito los hermanos Coen. Supondrá su reencuentro con la guionista Mellissa Mathison, ex de Harrison Ford, 33 años después de E.T., otro gran prodigio de la infancia. El niño Spielberg seguramente aplaude la iniciativa de su reverso adulto. Es muy probable que también lo hagan muchos niños a lo largo y ancho del mundo. Necesiten o no ser salvados. Theo y Olivia, dondequiera que ahora estén, sonríen.