Ilustración inspirada en la novela de Ballard, realizada por  Tekkoman

Ilustración inspirada en la novela de Ballard, realizada por Tekkoman

Imaginemos a una persona que acude a su librería habitual para iniciarse en la ciencia-ficción. ¿Qué espera encontrar? Ciertos tópicos más o menos representativos, o “comerciales”: robots y alienígenas, distopías y sueños inducidos por máquinas, clones y científicos locos que son consumidos por su propia invención. Como todo género, se tiene constituida una imagen que muchas veces sirve para acotar, pero otras para proteger un código que se repite hasta rozar lo aburrido. Resulta muy fácil tener una receta que valide la adhesión a una clase de libros determinada y que garantice que cierto público va a comprarlos. Por ello es sorprendente descubrir en este catálogo una novela, en apariencia tan falta de componentes imaginarios, que es protagonizada por adictos al sexo cuya fantasía última son los accidentes de tráfico; una novela que pone en tela de juicio el límite entre la realidad y la ficción, el erotismo y el sufrimiento, la vida y la muerte; una novela, en fin, que se esconde tras una sola palabra: Crash (edición de Minotauro, 2008).

Hay libros que se sitúan en la frontera con lo inclasificable. J. G. Ballard nunca ha clasificado un libro antes de escribirlo. Por el contrario, su forma de pensar es independiente y bastante retorcida (en el buen sentido de la palabra) si lo comparamos con otros escritores regidos por una serie de fórmulas. Incluso en novelas suyas que en apariencia se adscriben a la ciencia-ficción como El mundo sumergido o La sequía, se demuestra que la invención de catástrofes climáticas y la denuncia que pueda hacerse contra la destrucción del medio ambiente no tienen nada que envidiar a su increíble capacidad para usar elementos metanarrativos, para ir más allá de una mera historia o descripción. Crash no se limita a un contenido polémico; la idea del libro como tal ya supone un acto con significado propio.

Ballard añade una introducción en la que explica su punto de vista respecto al libro y al género; perspectiva que también se ve implícita en la novela si no se hace una lectura demasiado ligera. Crash es para él la primera narración pornográfica en la que los amantes son lo orgánico y lo tecnológico. Con un estilo poético, cargado de analogías y contraposiciones, Ballard une la sangre con el aceite de motor, describe pechos sellados con la marca de los volantes, carne retorcida en torno a radiadores. El sexo y la muerte, un orgasmo provocado por la colisión de vehículos, constituye una dialéctica que aúna los opuestos que se complementan y hacen del placer una mutilación consentida.

Esto supera una inventiva perversa y desde luego nada tiene que ver con ningún Engendro Mecánico (Donald Cammell, 1977). ¿Por qué escribir un libro tan realista? Los personajes de la novela, obsesionados con la erótica de las colisiones de automóvil, son los verdaderos ciborgs de nuestro siglo y, sin embargo, ninguna de sus partes es mecánica. Las coyunturas de sus cuerpos son cicatrices que testifican, como recuerdos grabados con sangre, este matrimonio. El sexo pasa a ser un deseo suicida y demoledor. Todo sentimiento se encauza a la destrucción del otro, a su uso, y a la vez, a la autoinmolación. Es la conclusión extrema de un universo que el hombre se condena a acatar y cuyos impulsos latentes se fugan en estos lapsus donde la pasión obedece con un horrible rigor a su definición clásica. La diferencia con los antiguos estriba en que no se entiende como un acontecimiento. Este sexo mediatizado tiene un espacio que da lugar a que estas fantasías se materialicen. Y es en este contexto tan cercano a nuestra experiencia cotidiana en el que la ciencia-ficción pasa de ser un símil imaginativo a una representación real que envuelve al espectador, una original y vívida simulación.

Ballard evita usar la ficción como puente para elucubraciones abstractas. Al contrario, pretende acercarla al lector. Al fin y al cabo, la separación entre lo que es ficción y lo que es real parece, a día de hoy, una dicotomía algo dudosa. No pocas personas construyen una vida paralela en algún juego de rol online o comparten la suya propia con un yo-virtual en una red social. Tampoco es necesario apelar a la obviedad de los ordenadores: los deseos programados de la publicidad, la fascinación sexual por los personajes ficticios (pensemos la obsesión de Vaughan por Elizabeth Taylor), la patológica sustitución de los automóviles por los propios genitales… Estos fenómenos son ya una constante en nuestra vida que no sólo carece de sentido negar, sino que disfrutamos a nuestro modo. Y dicho sea de paso, también padecemos, pues se dan casos de personas asexuales que no son capaces de establecer relaciones con gente de carne y hueso por estar enamorados de personajes de manga o actores de Hollywood, por poner un ejemplo.

Al tanto de esta mímesis absoluta entre lo real y lo irreal, en la que todo está mezclado de forma que vivimos sentidos sin denotación y sufrimos enfermedades que nosotros mismos inventamos, Ballard considera que especular con la realidad es lo mismo que describir la misma en toda su inconsistencia, asumiendo su “presencia ausente”. La ciencia-ficción, por tanto, ha perdido su punto de partida, porque ya no existe un mundo ahí fuera. Más bien es nuestra conciencia la que lo construye a través de la experiencia programada, conforma el entramado de significados que adecúan nuestra circunstancia. No existe un reflejo en lo ficticio que sirva como analogía; el discurso superpone la ficción con la realidad, hasta el punto de ser irreconocibles. El espacio en el que habitan los personajes de Crash es un escenario hiperreal en el que la experiencia ha perdido todo su significado. La prueba es esa aberrante, pero consistente, carga erótica que posee un mal tan extendido como los accidentes de tráfico. En un mundo de sobreexcitación, el orgasmo último se define en un extremo: sólo puede ser aquél que otorga el contacto con la muerte más violenta.

Ilustración inspirada en la novela de Ballard, realizada por  Tekkoman

Ilustración inspirada en la novela de Ballard, realizada por Tekkoman

Esta idea conlleva una resignificación de la naturaleza humana. En efecto, en cuanto nuestras vivencias están mediatizadas y nuestra experiencia es una virtualidad que consumimos, debemos rechazar de lleno cualquier tipo de esencialismo que defina al hombre de manera inamovible. Dicha asimilación tecnológica no alude cualquier interpretación educativa o estructuralista del individuo; no hablamos de un ser puro que es pervertido a través de la cultura en un sentido simplemente psicológico sino de un ser que muta como un virus, de un cuerpo que se construye a partir del marco social

Por otro lado, una de las constantes de Ballard son los accidentes, ya sean de tráfico o de avión. Ya de niño, como puede leerse en El imperio del sol, los aviones le fascinaban más allá de lo puramente épico. Ballard utiliza este tipo de irrupción en más de una ocasión en su obra y, con igual frecuencia, la sigue de un cambio radical del personaje respecto a sus vivencias previas al accidente. No hablamos sólo de shocks, también de rupturas con una situación en principio estable, de un despertar. James Ballard, el protagonista de la novela, tiene una vida bastante normal dentro de los parámetros actuales. Está casado, tiene amantes, trabaja en una productora. Si pasamos por alto su enfermiza fijación por el sexo, nada hay en él que sea anormal. Sin embargo, todo cambia después del accidente. A partir de entonces su obsesión gira en torno al placer destructivo que ofrecen las colisiones.

¿Por qué esa desesperante búsqueda de la muerte a través de la unión de la carne y el metal? Los accidentes “iniciáticos” en Ballard no responden sólo a un símbolo de aquella ruptura que provoca una asociación forzosa de elementos irreconciliables, tiene un corte más clásico de lo que podamos imaginar. Ballard revisa el mito del Crusoe de Defoe en la novela La isla de cemento. En esta ocasión, un hombre se sale de la carretera y queda encerrado en una isla de tránsito flanqueada por tres carreteras. En el Crusoe de Defoe asistimos al naufragio de un hombre con una fe sólida y que, importante, lleva tras de sí lo aprendido, la cultura (representada por el barco). Maitland, el Crusoe de Ballard, no tiene esperanzas en la humanidad. Las enormes autopistas que sirven de jaula a la isla se alzan como muros que lo separan del hostil y alienante mundo del que procede. Sin embargo, el vacío que deja no tiene relevancia. Queda recluido con los restos, con todo aquello que se excluye del imaginario global. Si el náufrago del siglo XVII tenía una isla para él sólo, el universo del hombre se reduce ahora al asiento delantero de un automóvil. Robinson Crusoe tiene a Dios, nunca fue expulsado de la civilización, su objetivo es escapar. Maitland, en cambio, permanece en la isla de cemento, ensimismado con su propia individualidad, pensando que cuando escape de allí sentirá haber huido de la angustiosa realidad colindante que simboliza aquel cementerio de chatarra.

Los protagonistas de Crash responden también a este mito que representa la modernidad (un hombre en soledad que debe someter a la naturaleza, que busca su propio placer y se ve obligado a tolerar al resto por su propia seguridad). El hombre moderno se encuentra al fin sólo entre sus fantasías. No obstante, el caso de Vaughan y de James Ballard es distinto, ya que ellos, tras saber lo que es vivir en este mundo programado, utilizan los mismos recursos y los transforman en impulsos violentos contra su fuente de origen. Los accidentes se convierten en la experiencia más real que pueden tener, además de abrir ese abismo entre el sueño tecnológico y una vivencia más real y cercana. Por tanto, no intentan imponerse, se mezclan con este mundo artificial, como un microorganismo que para no extinguirse acepta el medio, con la diferencia de que el hombre desarrolla este nuevo paso evolutivo, esta mutación, de manera voluntaria. Son la conclusión definitiva del sistema, su alienación es la salida que toman como miembros que son de una monstruosa máquina que se dirige a una colisión mundial tanto a nivel ético como emocional, en el que no mueren las personas, sólo estallan coches en un frenesí mecánico.

A pesar de todo, ante una novela tan inabarcable, toda interpretación se queda corta. Crash es un laberinto de sentidos y metáforas, que hacen de la ciencia-ficción un género con más que ofrecer que un simple contenido alegórico y crítico: es un estilo, una perspectiva de análisis flexible que J. G. Ballard sabe explotar con un lirismo y una fuerza impecable, haciendo una radiografía de nuestras más profundas obsesiones. Siempre se ha valorado su capacidad de profetizar los futuros próximos, y esta novela no es una excepción; puede ya sentirse cómo nuestra época avanza desbocada por una carretera con un final inconcebible, con nuestros ataúdes de metal excitando los sentidos y el asfalto atravesando nuestra retina.