Karl Marx quiso transformar el mundo; Arthur Rimbaud, cambiar la vida. Bill Watterson, que ni es filósofo, ni poeta, ni siquiera europeo, sino un señor bigotudo y más bien poco agraciado, criado en Chagrin Falls, en el estado de Ohio, que es como decir en ninguna parte, se conformó con revolucionar el formato de las tiras dominicales. Puesto que para él no está reservada una vida llena de angustias como la de aquellos dos prohombres, el anodino señor Watterson, vivo aún, morirá con la satisfacción de haber ganado su humilde batalla. En tan sólo diez años de publicación (del 18 de noviembre de 1985 al 31 de diciembre de 1995), Calvin y Hobbes logró dar la vuelta a la tortilla de la historieta en prensa. Y Watterson se hizo con el mango de la sartén.

Para ello se valió de una admirable escasez de medios: sus opiniones personales y su experiencia vital, el tándem protagonista acompañado por un reducido grupo se secundarios, y sus principios. La trampa está en que sus opiniones se atreven con todos los temas, su experiencia vital incluye una imaginación desbordante, sus personajes tienen un carisma memorable y sus principios los defiende con una integridad heroica que roza la terquedad. Porque si hay una palabra que define a Calvin y Hobbes, esa es irreverencia: subvierte las convenciones sobre el formato de las tiras dominicales, ignora los tópicos de las historietas familiares e incluso se ríe de sí mismo. Bill Watterson es capaz de pelearse con directores de periódicos y syndicates para imponer sus vindicaciones sobre el formato, al tiempo que minimiza su figura sin perder por ello la dignidad. En el volumen The Calvin and Hobbes Tenth Anniversary Book (editado por Ediciones B con el título El último libro de Calvin y Hobbes), que citaremos varias veces y cuya lectura creemos indispensable, el propio Watterson dice: “Sugeriría que no es el soporte lo que determina la significancia del arte, sino la calidad de la percepción y de la expresión. Pero, ¿qué sabe un dibujante?”. Pues, aunque no desaproveche la ocasión para opinar sobre el Arte (tanto en sus escritos como en la propia tira cómica), Bill Watterson es ante todo un dibujante de historietas y es ese campo el objeto de su lucha.


Disgustado por la progresiva reducción del espacio dedicado a las tiras dominicales, harto de las imposiciones de los editores, Watterson aprovechó su primer descanso de la serie (de mayo del 91 a febrero del 92) para variar el formato de sus planchas: frente a la distribución ternaria estandarizada por los periódicos, ocupando la mayoría de las veces un tercio o incluso un cuarto de página, con el riesgo añadido de sufrir el recorte de alguna de las tiras, el autor propuso que sus planchas dominicales se publicaran a media página, sin poder retocar el diseño, o no se publicarían. Como le anunciaron sus agentes de Universal Press Syndicate, no fueron pocas las publicaciones que pusieron el grito en el cielo ante las exigencias de Mr. Watterson, tomándolo por un dibujante con delirios de artista y un ego elefantiásico. En su defensa el autor dijo que, para empezar, su propuesta respondía a la voluntad de corresponder con un buen trabajo a la remuneración obtenida, así como a la necesidad de recuperar la entidad artística que requería un formato tan empobrecido. Según él, si los periódicos consideraban desmesurada su petición, por los problemas de espacio que causaría, se debía a la falta de imaginación de los editores. Estos terminaron por ceder y, aun con la posibilidad de reducir la plancha, en adelante publicaron intacto el trabajo de Watterson, quien pudo disponer sus viñetas con plena libertad.

Pero, más allá de estos logros editoriales, el mayor legado de Bill Watterson es la maravillosa creación de Calvin y Hobbes. Durante algún tiempo los periódicos de este país publicaron tiras cómicas, así que difícilmente haya alguien que desconozca la historieta. Somos muchos los amantes de la obra de Watterson, y todos podemos citar de memoria tal chiste o cual gag que tanto nos hicieron reír. De hecho, este artículo se ha escrito entre carcajadas. Y es que Calvin y Hobbes cala hondo en el lector, ya que de forma casi milagrosa reúne unos ingredientes que elevan la serie a la altura de otras tan reconocidas como Peanuts o Mafalda.

Entre esos ingredientes, el principal es el de los personajes. Calvin y Hobbes, que como es sabido deben sus nombres, respectivamente, al reformista protestante y al autor del Leviatán, conforman una de las parejas más memorables del medio. Calvin es un niño de seis años con una imaginación poderosísima y una elocuencia privilegiada, si bien sus ensoñaciones se acercan al delirio esquizoide y sus argumentos son tan altisonantes como desvariados. Hobbes, por su parte, ofrece un contrapunto sosegado, de entrada más próximo al lector, pero también cuenta con una personalidad propia: es perezoso, sensible y orgulloso de ser un tigre. Porque Hobbes es un tigre, aunque su naturaleza varía en función de quién lo mire: para unos es un entrañable peluche, mientras que para Calvin es un felino bípedo y parlante, compañero de juegos y caminatas, pero sobre todo su confidente y el interlocutor ideal de sus despropósitos. Y ninguna de las dos versiones es la “real”, como ha declarado el propio autor, sino que se trata de distintas percepciones del mundo, tan válida la una como la otra.

Aunque el centro gravitatorio de la obra recae sobre Calvin, la mayoría de las tiras tienen por protagonistas a los dos amigos. Reflejo de la personalidad de Watterson, Calvin es un solitario vocacional, prefiriendo la compañía de su tigre de peluche a la de cualquier otro niño. Juntos exploran el bosque que se extiende detrás de su casa, se tiran colina abajo en un carrito o en un trineo, juegan al calvinbol (todo el mundo debería probarlo al menos una vez en la vida, la única regla es que no se puede jugar dos veces con las mismas normas), viven peregrinas fantasías, llegan a las manos por los asuntos más nimios… Y el elemento común a casi todas sus escenas compartidas es el diálogo. Suele ser Calvin el que lleva la voz cantante, soltando extensos razonamientos que tienden a lo monstruoso, siempre equivocados, mientras que Hobbes se limita las más de las veces a dar una escueta respuesta, unas veces sensata y otras más bien irónica. Los temas son muy variados, no quedando del todo claro si lo que se está leyendo se dice en broma o en serio. Porque si leemos las notas de Watterson a pie de viñeta en el citado El último libro, nos sorprenderá descubrir que muchos de los parlamentos de Calvin que creíamos paródicos resultan ser transcripción literal de lo que opina el autor. Esto añade un punto inquietante a su figura, pero también la hace más interesante.

Sin embargo, Bill Watterson no es Quino ni Calvin es Mafalda. Son numerosas las referencias al mundo contemporáneo y sus principales problemas: la televisión (“La droga preferida del siglo XX”), el consumismo, la ecología, el arte… Pero la mayoría de las veces estos hechos son referidos desde la retorcida óptica de Calvin, quien, en vez de enviar un mensaje más o menos moralizante, intenta enmascarar su egoísmo o sus faltas. Recordemos por ejemplo su serie de dibujos “Dinosaurios en cohete”: reprobados por la señorita Carcoma, en lo que para Calvin es un ataque contra su libertad de expresión y prueba de su falta de sensibilidad artística, al final admite que lo que más molesta a su profesora es que los dibuje en la clase de matemáticas. Watterson no reduce casi nunca su tira a una crítica directa, rebajando la acidez de su juicio con un chiste final. Esto no obsta para que de vez en cuando envíe un mensaje a través de sus personajes. De hecho, cuando no trata de alguna cuestión problemática de nuestro tiempo, bajo el texto de Calvin y Hobbes subyace una crítica a la estupidez general de la condición humana. Se ríe incluso de su propia idiotez, cuando dibuja a Calvin improvisando ridículos poemas inspirado por la visión del tigre dormido, a imitación de lo que él mismo hacía sin saber muy bien por qué con su gata Sprite, álter ego de Hobbes en la vida real.

En todo caso, a menudo los pasajes más o menos filosóficos se ven compensados por un elemento físico, dinámico, inmediato, con el dibujo de una acción frenética durante la cual transcurre el diálogo. Un gag recurrente es el del carrito o el trineo, según la estación del año, en el que Calvin y Hobbes intercambian reflexiones sobre la existencia al tiempo que se deslizan colina abajo a gran velocidad, cerrándose la tira con una aparatosa caída. Con frecuencia el contraste del discurso con el contexto logra el efecto cómico por sí mismo, entablándose un gracioso diálogo entre la forma y el fondo. Y en muchas otras ocasiones el texto desaparece por completo. Bill Watterson domina el humor visual, dibujando algunas tiras rebosantes de ingenio con ecos del cine mudo.

Pero Calvin y Hobbes no se reduce a la relación entre ambos personajes. La tira se ve enriquecida por una serie de secundarios y de motivos con los que se evita caer en la monotonía, al tiempo que sirven para añadir nuevos matices a la personalidad de los protagonistas. En el apartado de los secundarios, sin duda los más importantes son los padres de Calvin, carentes de nombre pero no así de individualidad: el padre, abogado de patentes como el del propio Watterson, irrita al niño con su fijación por las actividades que “forjan el carácter”, aunque en ocasiones gasta bromas pesadas a Calvin y llega a decir que su deseo era tener un perro; la madre, más cariñosa, también es la que más sufre los desvaríos de su hijo, aunque en un par de ocasiones comparte con él su visión de Hobbes y se dirige al peluche como si fuera un ser vivo. Si en alguna tira aparecen ambos sin referencia alguna a Calvin ni a su amigo, lo más frecuente es que hablen y actúen en función de su hijo. Lo mismo sucede con el resto de los secundarios, cuyas apariciones dan lugar a otros tantos motivos recurrentes de la historieta: la conflictiva relación de amor/odio de Calvin con su vecina Susie Derkins; el abusón Moe y su encarnación de la brutalidad primaria; los descacharrantes enfrentamientos con la niñera Rosalyn; la desesperación de la señorita Carcoma (quien, según Watterson, todavía cree en el valor de la educación, por lo que debe de ser una persona muy infeliz); el breve tío Max…

Mención aparte merecen los tres personajes de ficción inventados por Calvin: Bala Perdida, el Capitán Spiff y Estupendo-Man. Bala Perdida es un detective privado con todos los tópicos del noir, que cuenta en clave policial las reprimendas de la madre. Más frecuente es la presencia del Capitán Spiff, personaje creado años antes que Calvin y Hobbes. Inspirado en los tebeos de Flash Gordon, este aventurero intergaláctico parodia los excesos de las óperas espaciales más pulp, a la vez que cumple en la tira una función similar a la de Bala Perdida: da la versión alucinada de Calvin sobre los hechos “reales”. A diferencia de estas dos invenciones, Estupendo-Man se mueve en el mismo plano que los demás personajes, si bien tan sólo Calvin cree en sus poderes. Cuando se pone su capa y su antifaz, surge Estupendo-Man, dispuesto a resolver los problemas de su identidad secreta, aunque al final sólo consigue aumentarlos. Aparte de ayudarlo a inventar historias diferentes, estos caracteres sirven a Watterson para demostrar su versatilidad como dibujante, componiendo algunas viñetas realmente asombrosas en medio de la tira cómica.

Además de los personajes, hay una serie de elementos que aparecen con relativa frecuencia y acaban cobrando vida propia. Como la vestimenta de aquellos, algunos motivos son tan representativos del cómic que con su sola presencia determinan el estilo de la historieta. Ya hemos hablado del carrito, tal vez el más frecuente y constitutivo de un gag propio, pero hay otros objetos que dan pie a diferentes historias. Una simple caja desata la imaginación de Calvin, aunque también despierta su lado más demente: lo mismo se transforma en una nave espacial que en un duplicador o en el transmografiador. Las peleas de Calvin con la comida, el club A.S.C.O. (Asociación Sin Chicas Obtusas), la revista Mascando o los muñecos de nieve son otros tantos elementos recurrentes en la serie. Los hay que sólo aparecen en una tira, diaria (una sola línea, entre 3 y 4 viñetas) o dominical, mientras que con otros se desarrollan historias a lo largo de varias entregas: así El ataque de los monstruosos muñecos de nieve mutantes o el secuestro de la muñeca de Susie. Algunas de estas historias tienen su origen en la propia infancia del autor (las de las acampadas en familia, más que ninguna otra), pero muchas otras son puras fantasías. En algún caso incluso estuvo a punto de írsele de las manos, como en una serie de entregas en las que Calvin crecía sin parar: la idea original era continuar con la historia, sin palabras, para poner a prueba el aguante de los lectores, pero enseguida se dio cuenta del exceso y lo dejó. Finalmente, hay dos alusiones reiteradas a lo largo de toda la obra que nunca llegan a concretarse: “el caso de los fideos”, ante cuya mención Calvin sólo acierta a decir que él no tuvo nada que ver, y el libro “El hámster gangster y la gallina de plastilina”. Bill Watterson prefiere que sea nuestra imaginación la que precise sus detalles.

Su dibujo, con un aspecto infantil buscado por el autor, logra transmitir con muy pocos elementos un dinamismo y una variedad propios de un maestro de los lápices. El diseño inicial fue depurándose hasta lograr una gran expresividad, pero lo más llamativo de Calvin y Hobbes es la valentía con la que Watterson se atreve a explorar distintos formatos y registros. Los mayores logros se alcanzan en las planchas dominicales, puesto que como ya vimos fue ahí donde puso toda su ambición artística. Si en los primeros años la distribución de las viñetas responde todavía a las normas de los periódicos, enseguida observamos una mayor libertad en la estructura, diseñando algunas composiciones de página magistrales. Viñetas superpuestas o ausencia de las mismas, escenas llenas de detalle, elaborados coloridos… Si los resultados alcanzan un nivel de por sí encomiable, su valor se incrementa al considerar que su destino era la prensa diaria. El esfuerzo era tal que el autor se veía siempre justo de tiempo, incapaz de formar una reserva de historietas para salvar cualquier contratiempo.

Y no sólo demuestra su virtuosismo como diseñador de páginas, sino que también destaca como dibujante. Un esfuerzo documental lo llevó a alcanzar tal pericia en la representación de dinosaurios, que varios arqueólogos reconocieron su dominio de la materia. Calvin, como todos los niños de la época, adora los dinosaurios, si bien en su caso dan pie a algunas de las escenas más truculentas de la serie: por las viñetas se dejan ver un tiranosaurio devorando al público de un museo y unos velocirraptores dando caza a los niños más estúpidos. Pero Calvin no es el único niño encantado de jugar con los saurios: a Watterson le gusta tanto imaginar delirantes escenas con estos animales, que llega a dibujar unos tiranosaurios pilotando cazas F-14. Se supone que es el sueño de cualquier niño. En cualquier caso, esto es prueba suficiente del grado de libertad que llegó a alcanzar Watterson en sus publicaciones. En el empeño de no convertirse en una marca (recordemos que hasta la fecha no ha autorizado la producción de merchandising con sus criaturas), introduce numerosas salidas de tono en el estilo del dibujo: además de los dinosaurios, los parajes naturales, los mil monstruos imaginados por Calvin o las viñetas de tipo realista con las que ilustra los juegos del crío y Susie. E incluso llega a jugar con la propia representación espacial, como cuando todo se vuelve neocubista o cuando se trastocan las leyes de la perspectiva.

Tras diez años de creación, con dos largas interrupciones sabáticas, y cuando estaba en lo más alto de su carrera, Bill Watterson decide poner fin a su obra. Fue ejemplar hasta el final. El 31 de diciembre de 1995, Calvin y Hobbes se lanzan colina abajo en su trineo una vez más. Y sin embargo, el final es hermoso como el amanecer de un nuevo día. Porque, si es que todavía no lo habíamos advertido, Watterson ama la vida, que ha sido generosa con él, como también ama el arte, siempre ofreciendo la posibilidad de un mundo nuevo. En la última viñeta de la última tira, Calvin, Hobbes y su inseparable Bill se ponen de acuerdo para perpetrar una última (y cordial) irreverencia: contra la hoja en blanco como metáfora de la impotencia creativa. “Es un día lleno de posibilidades”, “un mundo mágico”, dice Calvin. “¡Vamos a explorarlo!”. La nada contiene infinitas posibilidades, anuncia el parto de todos los prodigios. Tan sólo espera que soltemos amarras y nos lancemos a la aventura. La huella del trineo en la nieve dibuja la primera dimensión de un nuevo mundo. ¡Vamos a explorarlo!