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Cíclope, Odilon Redon, 1914.

Cuando se habla de Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999), parecen inevitables dos referencias: una, la de su amigo, mentor y compañero de andanzas literarias, pero para nada amo y señor, Jorge Luis Borges; la otra, su más famosa novela, La invención de Morel, ya reseñada en esta página. Sin embargo, siendo innegable la influencia de su compatriota en su obra mayor, por más que su primera gran novela sea también la más memorable, despacharlo de este modo es darle un trato injusto. Pues Bioy no es sólo un escritor ingenioso e irónico al modo borgeano, que aborda cuestiones filosóficas con un estilo pulido y exacto, ni se limita a ser un creador de originales tramas fantásticas: sus historias se sumergen en abismos conceptuales tanto como se dejan llevar por la urgencia erótica, y en su muralla de fría inteligencia aparecen aquí y allá fisuras por las que escapan destellos de un alma profundamente sentimental (verbigracia: el emocionado final de La invención de Morel, su hermoso último párrafo). Es un autor genuino, su obra habla por sí sola y no necesita de apoyaturas ajenas para declarar su indiscutible preeminencia literaria. Dicho esto, la ironía es inevitable: Plan de evasión (1945), su segunda novela, es deudora de principio a fin de otro autor, Herbert George Wells, y de otra obra, La isla del doctor Moreau, como también es eco y reflejo de su propia novela anterior.

Sin perder de vista este hecho innegable, reivindicamos la elevada calidad de Plan de evasión. Es más: deberíamos sentirnos privilegiados por contar con un libro como este escrito en nuestra lengua. Una trama fantástica construida con el rigor más exigente y con una elegancia formal ejemplar merece todo nuestro respeto; si además nos ofrece el placer de una lectura apasionada, merece nuestra reverencia. Pues aunque el libro de Bioy no oculta su linaje, tampoco se resigna a ser mera variación de un modelo conocido. La mejor manera de probar esta aseveración es compararlo con sus antecesores.

Fuera del compartido escenario insular y del parentesco de sus inventores, la conexión más evidente entre los tres libros se aprecia en su forma: todos son testimonios directos de sus protagonistas, albergan una misma esperanza de absolución. Sin embargo, mientras que las versiones de Edward Prendick y del anónimo fugitivo de Bioy nos informan de sus peripecias sin otro asidero que el de nuestro juicio personal, la historia de Enrique Nevers, protagonista de Plan de evasión, nos llega seleccionada y comentada por su tío, verdadero narrador de la trama, quien por lo demás hace gala de un sospechoso conocimiento de sus pormenores. Esta mediatización de la trama no es casual, como veremos después. Bastará ahora con decir que la ambigüedad no es un rasgo característico más de Plan de evasión, sino la cualidad esencial de la novela: desde la estructura narrativa hasta el desenlace de la trama, incluyendo a los personajes que desfilan por la historia, todo está marcado por el signo de la incertidumbre.

Fijémonos en el protagonista: Enrique Nevers, joven teniente de navío, es desterrado por su dominante tío Pierre al penal de las islas de Salvación, en donde deberá prestar servicio durante un año, como castigo por su participación en cierto escándalo familiar cuyos detalles no llegamos a conocer. Esta circunstancia lo predispone en contra de las islas y de todo lo que las representa, concentrada su animadversión en la figura del gobernador Castel, incluso antes de conocerlo. Los misteriosos trabajos del gobernador en una de las islas aumentarán sus ganas de abandonar el penal, moviéndolo a escribir a su tío las cartas cuyos fragmentos leemos intercalados a lo largo del texto. Los papeles de Edward Prendick y su sobrino en el libro de Wells se intercambian en este Plan de evasión, siendo además el tío y no el sobrino quien declara la intención de que con la publicación de este testimonio, que “no ha de caer en manos de enemigos de Nevers”, se eviten las tergiversaciones de “los malintencionados y los difamadores”, del mismo modo que el protagonista de La invención de Morel contempla el suyo como prueba de su inocencia. Pero no es Enrique Nevers el que espera esto de su informe: creyendo tener en su tío al principal valedor de su honradez, le confía sus angustias y sus anhelos en busca de consejo y como consuelo durante su exilio, confesándole su intención de no implicarse en los acontecimientos del presidio para acelerar su regreso a casa. Sin embargo, son constantes las contradicciones entre la voluntad de Nevers y su actuación. De hecho, su tío nos cuenta un episodio de su pasado en el que se cifra su personalidad: no se trata de un pusilánime ni de un masoquista inconsciente, sino más bien de un fatalista resignado a cumplir con su destino, sin que sus íntimos deseos eviten su consecución. Es por esta razón que, si bien insiste en su voluntad de abandonar la isla cuanto antes, cada vez se implica más en el misterio que rodea al gobernador Castel.

El deseo de escapar y regresar junto a su amada Irene invierte en Plan de evasión la función que tenía el exterior en La invención de Morel. Si en el primer caso el fugitivo busca librarse de su pasado en la isla, facilitando su resolución final, en el de Enrique Nevers sucede justo lo contrario, sintiéndose tan preso como los condenados del complejo carcelario, por haberse visto forzado a abandonar su amor y su libertad. Precisamente esto último marca otra diferencia entre las dos novelas, pues si en La invención… la intriga surge con la inesperada presencia del grupo de amigos de Morel, en esta otra son las ausencias las que sumen a Nevers en una opresiva atmósfera de inquietud: su amada quedó atrás, al igual que su confidente epistolar, y de los trabajos de Pedro Castel, que apenas aparece en la historia, no conoce sino lo poco que dan a entender el subalterno Dreyfus y el preso Bernheim, así como los extravagantes camouflages de la isla del Diablo, que contempla atónito en la distancia. Hasta que se produce la revelación al final del libro, la falta de otros indicios hace que Nevers oscile entre el temor de una rebelión y la locura del gobernador, e incluso en alguna ocasión finge tener dudas sobre la bonhomía de Castel. Sin embargo, la prohibición de acercarse a la isla del Diablo, así como el secretismo que rodea los trabajos del gobernador con unos pocos presos, lo cual de entrada debería ayudar a Nevers en su propósito de no implicarse, acaba obsesionándolo, abocándose con cada una de sus acciones a un destino que no ha elegido, pero que no podrá evitar. El propio Enrique dice de sí mismo con gran acierto: “No soy el héroe de estas catástrofes”.

En cuanto al misterio de Plan de evasión, núcleo de su planteamiento y determinante del carácter fantástico del libro, lo cierto es que su tratamiento difiere del que comparten el de Wells y el otro de Bioy. En estos dos, el protagonista conoce desde el principio los resultados de las invenciones, y es el objetivo de la trama descubrir sus fundamentos; sin embargo, nada sabemos nosotros ni Enrique Nevers de los experimentos de Castel hasta el clímax de la acción, que coincidirá con la explicación directa del propio inventor, presente en los tres libros. Es decir, mientras que en La isla del doctor Moreau y en La invención de Morel el misterio es cierto y tiene forma desde el principio, en Plan de evasión es difícil determinar si realmente Castel oculta algún secreto o si Nevers llega predispuesto al rechazo y la sospecha, debido a su penoso exilio. De hecho, cuando terminamos la lectura descubrimos que la narración desliza algunas claves con las que, no sin dificultad, podemos aventurar la solución de la intriga, pero lo más frecuente es que se sucedan los elementos diversivos: las equívocas referencias al caso Dreyfus, la amenaza difusa de sublevación, la cuestión de la inocencia de Nevers… Es por esta razón que, si atendemos al desarrollo de la trama, Plan de evasión no es una historia de ciencia-ficción, sino una novela de misterio en la que al final irrumpe lo fantástico. Es más, aunque el libro tiene un alto componente de ciencia-ficción tanto en lo que propone como en su apariencia lógica, las consecuencias son ante todo metafísicas.

bolzoni

Giovan Battista Nazari, Della tramutazione metallica sogni tre, Brescia, 1559, Las cuarenta y cinco formas de la “A”. Como lo que plantea Casares, disponiendo la estructura alfabética del mundo, este alquimista italiano pensaba sintetizar y reunir el infinito saber universal conforme a pautas repetibles y limitadas, como un lenguaje.

Sin querer destripar el argumento, no podemos prescindir de algunas consideraciones sobre lo que propone Bioy en su libro. Deténgase aquí quien prefiera no saber nada de la trama. El experimento de Castel desarrolla una idea que el autor adelantó en La invención de Morel: “la posibilidad de que el mundo está constituido, exclusivamente, por sensaciones”. En este sentido son significativas las referencias al alfabeto: Bioy concibe el sustrato del Universo como una serie de elementos básicos, al modo de las letras del abecedario, susceptibles de infinitas combinaciones que den lugar a un sinnúmero de percepciones (“como en una criptografía, en las diferencias de los movimientos atómicos, el hombre interpreta”); el logro de Castel es haber descodificado el entramado de la Naturaleza. Pero este hallazgo no desvela el sentido último de la existencia, sino que da lugar a una suerte de idealismo subjetivo según el cual, en función de su configuración, el sujeto percibirá un mundo u otro. Se relativiza la percepción, es imposible hablar de un mundo de las apariencias unívoco, pero esto implica a su vez la existencia de una esencialidad: si las combinaciones son infinitas, los elementos a combinar son limitados y universales. Los sujetos perceptores también conservan un núcleo fijo en sus sentimientos: aunque transformado, un presidiario sigue marcado por su pasado trágico, mientras que otro personaje repite ciertas frases como mantras para conservar su integridad. Como dice Castel en su carta, “el deseo de inmortalidad es, casi siempre, de inmortalidad personal”.

De acuerdo con esta premisa, tras leer la carta de Castel, el mudable Nevers pasa de enemigo a convencido defensor de sus ideas. Al fin y al cabo, el gobernador no se queda con el conocimiento aportado por su hallazgo sino que planea aplicarlo para mejorar la vida de las personas, como sugiere en el primer encuentro con Nevers. La educación juega un papel fundamental en esto: la alteración de los sentidos no sirve de nada si el paciente no está preparado para el nuevo mundo que percibe. Los transformados verán lo que se les ha preparado para ver. Si nos parecen dúctiles, quizás sea porque nosotros mismos hemos sido manipulados: lo que sabemos del protagonista ha sido previamente seleccionado por el narrador, quien añade consideraciones propias y detalla conversaciones y episodios que difícilmente pueda conocer, sin que nosotros dudemos de lo que nos cuenta. Esta “voluntaria suspensión de la incredulidad” es la misma que exige el descubrimiento de Castel, con su imposible normalización de la telequinesia: “toda fantasía es real para quien cree en ella”. El propio Nevers se ha dejado llevar por su morbosa imaginación de un modo hamletiano, privado de intervenir en la acción exterior, que sólo se revela al final, por las íntimas tribulaciones que lo atormentan. La historia se interrumpe dejando numerosas incógnitas, no siendo la menor la del personaje de Dreyfus/Bordenave, quien lleva la doblez grabada en su cara y cuyo papel en la trama nunca queda aclarado, intuyéndose fundamental. Aventurad vuestra versión: todas son válidas.