El pato Donald era poco más que un bufón cuando Carl Barks “hereda” al personaje. Convertido ya en protagonista de cómicos sketches animados, no tan a la vera de Mickey Mouse (de quien se convierte en serio rival en popularidad: tanto es así que Walt Disney tendrá que “revitalizar” a su icónica mascota con un famosísimo fragmento ad hoc en Fantasía [Fantasia, 1940]), Donald era un payaso cascarrabias cuyo temperamento fomentaba el gag. Barks decide alterar drásticamente esta percepción del célebre pato en el momento en que empieza a encargarse de sus historietas, a partir de 1942.

El dibujante no cambió esencialmente los rasgos del carácter de Donald sino que hizo algo mucho más inteligente: volcó en él algunos aspectos de su personalidad, con los que inevitablemente enriqueció a la criatura. Por obra y gracia de Barks, Donald aprendió a ser risueño. Barks le transmitiría su propia frustración no exenta de esperanza. Para entendernos, el artista no era un perdedor, ni tampoco creía a pies juntillas, como Asimov, en las bondades y capacidades del ser humano. Antes de llegar a la animación y al cómic, había trabajado en numerosos oficios que llegó a conocer bien. En ninguno se había entusiasmado suficientemente; en ninguno, tampoco, perdería jamás la perspectiva del sentido del humor, su arma para combatir la depresión y la mediocridad. Es fácil imaginarse al joven Carl con una media sonrisa irónica y un brillo en la mirada, fija en un horizonte incierto pero prometedor. Su Donald cumplirá con este perfil y se negará a resignarse, a rendirse, a doblegarse ante la adversidad.

Donald adquirirá una cierta dimensión heroica. Barks lo sacará de su acomodaticia vida en Patolandia para vivir algunas aventuras. Pato Donald. El sheriff del Valle Villano (publicada por primera vez en octubre de 1948) es una de las más aclamadas historias “aventureras” del dibujante, también guionista. Fuera de las coordenadas de lo que le es conocido, lejos de su tío Gilito o de los bellacos “golfos apandadores” (creaciones ambas de Barks, como Eugenio Tarconi o Narciso Bello), el creador se permitirá esbozar “otro” Donald, algo menos torpe, más decidido y valiente.

Barks plasmará en esta historieta su pasión y afecto por el western. Imprimirá a El sheriff del Valle Villano un tono ineludiblemente melancólico. Baste leer las primeras palabras que escribe para corroborarlo: “No volverán los bandidos ni los tiempos de Robbers, ni los ladrones de vacas. Ni tampoco volverán los sheriffs de ceño fruncido que les dieron caza. Todo lo que queda del viejo y salvaje oeste son sus leyendas”. A partir de aquí, cada viñeta desbordará gran amor por unos tiempos, territorios y personajes míticos… aunque con humor. Barks no sería Barks (ni Donald, Donald) sin que este cuadro contenga el embrión de una carcajada. Por tanto, el Oeste es una parodia, muy reverencial y chistosa, de buena parte de los mitos crepusculares que ya languidecen con el cine. Por ejemplo, los vaqueros caminan con las piernas arqueadas, por sus pantalones amplios de jinetes o por la indolencia -motivada por un cierto sentido de resignación ante hechos inmutables que sólo cambia el tiempo y no las acciones humanas-, y no dejan de ser un poco cínicos. A este escenario cerrado, una suerte de microcosmos apartado de las leyes y de los ritmos del mundo, llega Donald con sus sobrinos.

La motivación que le da Barks a Donald es muy sencillita: amante de las películas de cowboys, que se sabe de memoria, no puede resistir el reclamo de un anuncio en el que se ofrecen 2.000 dólares por la captura de un taimado grupo de ladrones de ganado que está limpiando el Valle Villano. Tras convencer al sheriff de su idoneidad para la tarea, a base de referir trucos y procedimientos aprendidos en sus películas favoritas, Donald logra la estrella de ayudante. Muy seguro de sí mismo, reduce el problema a un razonamiento simple: “sólo consiste en juntar todas las pistas”. Donald cree estar reviviendo los films que admira, cree integrar esa ficción que conoce al dedillo. Pero la realidad no ha sido nunca amable con los soñadores, y por eso, las quijotadas del pato se estrellan contra los molinos de viento del “progreso”.

Donald “aterriza” en un Oeste del siglo XX, contradictorio: burbuja ajena a la realidad y a la vez paisaje en donde corre en paralelo la acción puntera del hombre –hasta él llegan Donald y sus tres sobrinos en coche, y no en rocín-, es un marco en el que no impera ya la ley del más fuerte, y en el que hasta los cuatreros merecen el beneficio de la duda y de la justicia (el sheriff le pide a su segundo que recabe pruebas contra ellos, que no acuse inquisitorialmente, que sea racional y a la vez atienda a los desamparados; en otras palabras, que sea justo); un marco en el que los malandrines se comunican mediante walkie-talkies y se defienden con granadas de mano. Un marco, en suma, en el que pugnan las técnicas antiguas con las modernas.

El ayudante de sheriff tiene las de perder ante unos bellacos que se las saben todas, que distan mucho de los arquetipos estúpidos que recogen las películas que admira. Donald, último de los ingenuos, debe aprender sobre la marcha a ser no sólo el más listo y el más ingenioso sino también el más imprevisible. Sólo cuando acepta la realidad, este Caballero de la Triste Figura triunfa. El trabajo sucio se lo harán Jorgito, Juanito y Jaimito –o Hugo, Paco y Luis si el lector es sudamericano; Huey, Hewie y Louie en el original-, los sobrinos, pero el duelo final contra Joe Malauva, el malvado, le estará destinado a Donald. Estas páginas finales, divertidísimas, más centradas en el slapstick, casan más con la faceta “torpona” más reconocible del personaje. Donald se redime de sus errores. Y aunque al final no le corresponde una cabalgata solitaria hacia el crepúsculo, queda como salvaguarda de la tranquilidad del Valle Villano.

En apenas 30 páginas, a razón de una media de ocho viñetas cada una, Carl Barks dio una lección de cómo contar una historia compacta y muy amena, con la rapidez del western y la espontaneidad de la ironía. El sheriff del Valle Villano contiene la humilde genialidad de lo simple.