En octubre de 1913 un anciano de porte marcial y mirada penetrante visitó en el transcurso de tres semanas los emplazamientos de algunas de las batallas más emblemáticas y cruentas de la Guerra de Secesión Americana. Shiloh, Stones River, Chickamauga… en su juventud había combatido por la Unión en todas ellas y unas cuantas más. La guerra, además de vísceras, suele sacar a la luz lo mejor y lo peor de nosotros mismos: este viejo soldado vislumbró la condición humana entre el humo de los cañones y durante el resto de su vida fue incapaz de creerse las pequeñas y grandes mentiras que nos facilitan la existencia.

El viejo soldado del que les hablo no es otro que Ambrose Bierce, y en aquel octubre de 1913 estaba a punto de desaparecer para siempre. Conocido por sus contemporáneos como Bierce “el Amargo”, el “Hombre Más Malvado de San Francisco”, el “Lexicógrafo del Diablo” o el “Samuel Johnson de la Costa Oeste”, durante cuatro décadas se había enfrentado con su prosa acerba y sin cuartel a todos los estamentos de la sociedad de su tiempo, que le admiraba, odiaba y temía como a ningún otro. También había publicado un buen número de historias: Incidente en el Puente de Owl Creek es probablemente el mejor relato sobre la Guerra de Secesión jamás escrito y sus escalofriantes cuentos de terror fueron una de las influencias de H.P. Lovecraft. Sea como fuere, a finales de noviembre atravesó la frontera para observar de cerca la Revolución Mexicana; su última carta data del 26 de diciembre y supuestamente le sitúa en la ciudad de Chihuaha, a un día de viaje de las tropas de Pancho Villa. Para la mayoría de sus biógrafos, Bierce murió dos semanas más tarde en la batalla de Ojinaga, aunque no hay ninguna prueba concluyente al respecto y abundan las conjeturas. El misterio de su desaparición quedará seguramente sin respuesta, pero en cualquier caso vale la pena repasar su vida en busca de pistas, o quizá simplemente para conocer mejor a un hombre notable.

[NB: Las definiciones que encabezan algunos de los párrafos de este artículo pertenecen al Diccionario del Diablo, una de las obras más celebres de Bierce.]

                                                                  ***

BIRTH, n. The first and direst of all disasters. Ambrose Gwineth Bierce nació el 24 de junio de 1842 en Horse Cave Creek, Ohio; en 1846 su familia se trasladó a Indiana. Su padre era Marcus Aurelius Bierce, un pionero con una buena biblioteca y trece hijos cuyos nombres empezaban todos por A: Abigail, Amelia, Ann, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Ambrose, Arthur, Adelia, and Aurelia. Bierce no tenía una buena relación con sus padres y guardó por siempre un mal recuerdo de la vida en la frontera, pero años después admitiría a regañadientes lo siguiente: “mi padre era un granjero pobre y no pudo darme una buena educación, pero tenía una buena biblioteca y a sus libros debo todo lo que tengo“.

En 1857 Bierce abandonó con alivio la granja familiar y empezó a trabajar como aprendiz de imprenta en The Northern Indianan, un periódico abolicionista. Con la nación cada vez más dividida en torno a la cuestión de la esclavitud, no parece casual que en 1859 Lucius Bierce (político, abogado y masón) animara a su sobrino Ambrose a ingresar en el prestigioso Instituto Militar de Kentucky, donde aprendió los rudimentos de topografía y trazado que tan bien le vendrían en el futuro. Cuando la Guerra Civil estalló el 12 de abril de 1861, Bierce fue el segundo de su condado en responder a la llamada a filas del presidente Lincoln, alistándose en el 9º Regimiento de Infantería de Indiana. Tenía diecinueve años.

El Teniente Ambrose Gwinnet Bierce a la edad de 21 años

El teniente Ambrose Gwinnet Bierce a la edad de 21 años

WAR, n. A by-product of the arts of peace. La Guerra de Secesión fue un enfrentamiento fratricida entre los Estados del Norte y del Sur que duró más de lo que nadie se esperaba y se saldó con 600.000 muertes. La actitud distante y reservada de Bierce no le llevó a estrechar lazos con sus compañeros de filas, pero en Rich Mountain arriesgó su vida para salvar a un camarada herido y en Stones River lo volvió a hacer. Su heroísmo y sangre fría (y las numerosas bajas entre los oficiales) le valieron un ascenso a sargento y más tarde a teniente, puesto que ocupó bajo el general de brigada William B. Hazen. Entre sus nuevas funciones estaba la de topógrafo militar, lo que explica la claridad y concisión con la que describe el terreno y los paisajes de sus relatos. A pesar de no estar exento de riesgo el trabajo le agradaba, y en una columna de 1887 Bierce escribiría lo siguiente: “desde entonces soy incapaz de observar un paisaje sin fijarme en las ventajas del terreno para el ataque o la defensa; este es un buen sitio para una fortificación, ese un magnífico emplazamiento para unas piezas de artillería.” En junio de 1864 Bierce sobrevivió a un disparo en la cabeza, y en lo sucesivo padecería desmayos el resto de su vida. Se reincorporó a filas en septiembre, pero tras la toma de Atlanta la guerra estaba llegando paulatinamente a su fin, y en enero de 1865 se licenció del ejército.

No hemos considerado necesario aportar una narración pormenorizada de las experiencias de Bierce en aquellos años, pero es importante recordar lo mucho que el contenido y estilo de su prosa deben a su pasado militar. Puede que no fuera el escritor con más talento de una generación que incluye a Mark Twain, Stephen Crane, Henry James o Walt Whitman, pero cuando Ambrose Bierce escribe sobre la guerra cuenta con la triste ventaja de haber participado en ella. Y es que además de luchar en decenas de escaramuzas sin nombre, Bierce y el resto de soldados del 9º Regimiento de Infantería de Indiana combatieron en el segundo día de la batalla de Shiloh, repelieron las cargas confederadas en Stones River, cubrieron la huida de los unionistas en Chickamauga y rompieron el asedio de Chattanooga. Despojado de cualquier atisbo del idealismo que le llevó a alistarse, Bierce ofrece en sus cuentos una visión descarnada y cínica del conflicto: para H.L. Mencken fue «el primer escritor de ficción en tratar la guerra de forma realista».

EDITOR: n. (…) a severely virtuous censor, but so charitable withal that he tolerates the virtues of others and the vices of himself. El siguiente capítulo de la vida de Ambrose Bierce comienza en una San Francisco en plena ebullición demográfica, económica y cultural. La fiebre del oro había multiplicado por cien la población de la ciudad, por cuyas calles paseaban personajes tan extravagantes como el “Rey del Dolor”, George Washington II o Joshua Norton, Emperador de los Estados Unidos de América. San Francisco había atraído también a un gran número de escritores, poetas y periodistas: en la década de 1850 la ciudad contaba con más publicaciones periódicas que Londres. Rodeado de esta atmósfera galvanizante, Bierce emprendió su carrera literaria en 1867 y, tras flirtear brevemente con la poesía[1], dedicó su pujante talento al ensayo y a la sátira. A finales de 1868 fue nombrado editor del San Francisco News Letter, donde su ingenio y mordacidad convirtieron su columna The Town Crier en un auténtico fenómeno de masas. Aunque hoy en día una prosa tan vitriólica sería probablemente ilegal —o quizá precisamente por ello—, Bierce fue tremendamente popular en sus cuatro décadas como columnista y editor.

Ambrose Bierce, 1892

Ambrose Bierce, 1892

Contra todo pronóstico, en 1871 el “Hombre Más Malvado de San Francisco” contrajo matrimonio con Mary Ellen Day, la bella hija de un próspero ingeniero de minas. Los recién casados pasaron los siguientes cuatro años en Inglaterra y tuvieron tres hijos: Day, Leigh y Helen. Tras escribir en varios periódicos a ambos lados del Atlántico, Bierce acabó trabajando para el mítico William R. Hearst en el San Francisco Examiner, el Morning Journal y el Cosmopolitan[2]. No tenía paciencia para hipócritas ni mediocres y a veces caía en el matonismo literario, pero en otras ocasiones su sátira tenía una importante función social. Además de defender sistemáticamente a las minorías (mormones, inmigrantes chinos, judíos, etc.), Bierce arponeaba sin descanso a los poderosos: su campaña contra los magnates del ferrocarril duró más de una década y en 1896 logró tumbar un proyecto de ley con el que C.P. Huntington —el último de los railrogues— pretendía lucrarse de forma obscena. En aquellos tiempos no era inaudito que un lector decidiera ajustar cuentas con el periodista que le había sacado los colores en la columna del sábado, así que Bierce acostumbraba a llevar encima un Colt del .45. Sobre su escritorio, el cráneo de un amigo le protegía contra la magia negra.

LOVE: n. A temporary insanity curable by marriage or by removal of the patient from the influences under which he incurred the disorder. Aunque Bierce “el Amargo” no era una persona de trato fácil y nunca tuvo intención de serlo, al casarse con Mary Ellen pareció que quizá podía tener una vida sentimental plena y feliz. Pero su matrimonio resultó ser un fracaso: Bierce pasaba temporadas cada vez más largas fuera de casa y a principios de 1889 se separó definitivamente de su esposa. Lo peor estaba por llegar, pues, pocos meses después, su hijo Day se suicidó después de intentar resolver un triángulo amoroso a tiros, un suceso que en cualquier otra circunstancia habría despertado la pasión de Bierce por lo macabro. Su hijo Leigh murió en 1901 de una neumonía; Mary falleció de un infarto cuatro años después. Sólo le sobreviviría su hija Helen.

                                                              ***

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad.

—Ambrose Bierce, Un habitante de Carcosa (1885)

Todo indica que en 1913 Bierce había decidido suicidarse. La idea le había atraído desde siempre y, con 71 años y muchos fantasmas a cuestas, la posibilidad de elegir su propia muerte debía de resultarle más tentadora que nunca. Sabemos que antes de partir hacia México había puesto en orden sus asuntos, y las cartas con sabor a despedida que escribió a sus amigos y familiares camino a de la frontera contienen referencias más o menos veladas al hecho de que no se trataba de un viaje de ida y vuelta[3].

Si atendemos a los testimonios de la época, Bierce se las arregló para morir en más de una docena de lugares de la geografía mexicana a manos de bandidos, federales o tropas de Pancho Villa. Hay teorías mucho más imaginativas: el escritor Sibley Morrill llegó a la conclusión de que Bierce pasó por México camino de Honduras para robar la Calavera de Cristal de los mayas, mientras que un explorador afirmó haberse encontrado en Brasil con una tribu que adoraba como un dios a un anciano vestido con pieles de jaguar al que mantenían prisionero[4]. Hay incluso quien opta por el regate ontológico y considera que Ambrose Gwineth Bierce nunca existió.

Es evidente que su final se presta muy bien —sospechosamente bien— a todo tipo de especulaciones, por lo que cabe preguntarse hasta qué punto es casual el potencial literario de la desaparición de alguien que se había ganado la vida imaginando historias y burlándose del resto de la humanidad. Esta reflexión es uno de los elementos que llevaron su amigo Walter Neale (y a su biógrafo Roy Morris Jr.) a afirmar que el viaje a México no fue más que una cortina de humo: Bierce nunca llegó a cruzar la frontera (o la cruzó dos veces) y se suicidó de un disparo en la cabeza en algún lugar del Gran Cañón del Colorado donde nadie encontrara su cadáver.

GHOST: n. The outward and visible sign of an inward fear. Tal y como veníamos diciendo al principio del artículo, lo más seguro es que el misterio de la muerte de Ambrose Bierce quede sin respuesta. Así son los mejores misterios. Sea como fuere, el que firma estas líneas prefiere imaginar que aquel anciano que en octubre de 1913 visitó los campos de batalla de su juventud no era Bierce.

Era su fantasma.

                                                           ***

El artículo de James H. Wilkins' sobre el destino de A.G. Bierce, narrado por un informador "desconocido". Públicada en el Bulletin de San Francisco, el 24 de marzo de 1920

El artículo de James H. Wilkins’ sobre el destino de A.G. Bierce, narrado por un informador “desconocido”. Publicado en el Bulletin de San Francisco, el 24 de marzo de 1920 Enlace al artículo completo

Referencias:

BIERCE, Ambrose. The Enlarged Devil’s Dictionary. Penguin Books, 1967.
MORRIS, Roy Jr. Alone in Bad Company. Oxford University Press, 1995.

OWENS, David M. The Devil’s Topographer: Ambrose Bierce and the American War Story. University of Tennessee Press, 2006.

NOTAS:

[1]A los veintitantos llegué un día a la conclusión de que no era un poeta. Fue el día más amargo de mi vida.” (Bierce, 1878)

[2] Nótese que a principios del siglo XX el Cosmopolitan era una revista literaria.

[3] Una carta del 1 de octubre de 1913 a su sobrina Lora Bierce termina así: “Adiós. Si oyes que me han colocado contra un muro mexicano y cosido a balazos, quiero que sepas que me parece una forma bastante buena de dejar esta vida. Es mucho mejor que la vejez, la enfermedad o caerse por la escalera del sótano. Ser gringo en México… ¡ah, eso sí que es eutanasia!”

[4] Esta historia arrancaría una sonrisa a Arthur McEwen, un periodista del San Francisco Examiner que solía decir que las iniciales de Bierce eran las siglas de Almighty God.