Forêt d’arêtes, 1927, Ernst.

Max Ernst, Forêt d’arêtes, 1927.

La puerta de bronce y otros relatos (Cátedra Letras Populares, 2012) tiene como objetivo dar a conocer la parte más oculta de la narrativa de Raymond Chandler. Y no sólo oculta por ser desconocida para el gran público: también es la más siniestra y personal de un autor que se consagró como uno de los grandes del género negro estadounidense en el siglo XX, junto a Dashiell Hammett y Ross Macdonald.

Chandler, según sus propias declaraciones, quería escribir historias fantásticas, y durante años conservó esta idea, aunque desarrollara su carrera literaria en el mundo policíaco. Los relatos que recoge esta edición descubren el imaginario fantástico de Raymond Chandler, una mezcolanza entre la delicadeza decimonónica y la crudeza del siglo XX más negro, entre atisbos de sofisticación y sordidez.

El interés por estas obras, según dijo a Fabulantes Julián Díez, antólogo del libro, reside en el hecho de que “las ediciones anteriores de las obras de Chandler han aislado en cierto modo los relatos fantásticos que nos ocupan por no ser fieles al género negro, lo que ha condenado al desconocimiento una de las facetas más personales del autor”. Así, esta edición re-enfoca la figura de Chandler como escritor más allá de lo policíaco, incluyendo, en un prólogo-estudio de 150 páginas, el trabajo más extenso sobre el mismo en castellano.

Chandler nos presenta a sus personajes de siempre: una fémina despiadada desencadenante del crimen; el devoto acompañante (veremos que este personaje varía desde un amante fornido hasta un desagradable perro de Pomerania; el secreto para su reconocimiento es la escasez de profundidad intelectual que despliega); el marido frustrado y el policía que logra desentrañar el misterio arrinconando al criminal en un último duelo dialéctico. Todos estos seres frustrados, amargados, envueltos en una aridez vital que causa repugnancia, se enfrentan a la aparición de un fenómeno de características fantásticas, un fenómeno inocente que precipitará la emergencia del rostro más siniestro de la naturaleza humana. He aquí la diferencia fundamental con respecto al resto de la obra de Chandler: el precursor de la maldad es la “cosa sobrenatural”, en cierto modo maldita, que tienta al hombre débil con lo prohibido.

Raymond Chandler siempre se consideró a medio camino entre dos mundos, sin sentirse completamente integrado en ninguno de ellos. De madre irlandesa, aunque nacido en Estados Unidos, se sentía británico en su país y, sin embargo, parecía demasiado americano en el Reino Unido. Al igual que Chandler, la literatura de género a partir de los años veinte se debate entre dos corrientes. Por un lado, la hegemónica británica de aburguesados detectives que heredan las capacidades deductivas del Holmes de Arthur Conan Doyle para resolver intrincadas situaciones. Por otro, la aparecida en la incipiente literatura “de usar y tirar” publicada en las revistas pulp. En dichas revistas, aparece una nueva literatura de gángsters o hardboiled, donde lo importante no es la habilidad lógica de un detective estirado y burgués sino la fuerza y capacidad armamentística del “poli duro”, indispensable para la supervivencia en los barrios marginales de las grandes ciudades de Estados Unidos, atestadas de mafias, corrupción y criminales.

Las novelas de Chandler, puente entre ambas corrientes, son un retrato de la sociedad norteamericana de principio del siglo XX. El ambiente en el que se desarrollan es gris, sucio, deprimente. Los personajes repugnan porque están encerrados en un sumidero de calor sofocante, entorno ideal para que afloren los deseos más oscuros y primitivos del género humano. Chandler describe Estados Unidos desde la decadencia, donde sólo algunos hombres tendrán la suficiente fuerza moral para luchar de forma individual contra el crepúsculo de la sociedad. Estos hombres son los detectives de cada relato, frecuentemente integrados en la figura de Phillip Marlowe, su gran protagonista romántico que vaga por las calles imaginarias del autor intentando enfrentar aquellos instintos que se despliegan sin control.

Así es como imagina Chandler sus novelas, y con ello nos topamos también en La puerta de bronce y otros relatos. Un exceso de gris en las descripciones, personajes que parecen ser retratados desde el odio, quizás estereotipos despreciados por el propio autor que emergen con rabia en su prosa. Deshumaniza la ciudad, elimina los colores y nos rodea de desesperanza, ¿para qué abusa Chandler de los retratos grises? Sólo así destaca con más brillo el escarlata de la sangre al brotar de un cuerpo sin vida, aparición estelar monocromática cuando el protagonista humillado consuma su deseo más profundo al fin. Y descansa. Los personajes de Chandler apuntan a una identificación con el lector, humano también, que siente el placer de acabar con las figuras despóticas y opresivas que han abochornado al protagonista, que le han humillado a él en realidad.

Escena final de The Big Combo (Agente especial), Joseph H. Lewis, 1955.

Escena final de Agente especial (The Big Combo, Joseph H. Lewis, 1955). Las femmes fatales del género “Noir” no representan la amenaza castradora al desvalido sujeto varón por parte de una todopoderosa Diosa; al contrario, son estereotipos machistas que atribuyen un falso poder y autonomía a la mujer que quedan siempre ligados a su cuerpo sexual y a su naturaleza traicionera y letal, madre/amante que será sometida al final al hombre, por quien matan o mueren, y que se remonta a estructuras míticas que el cine sólo ha contribuido a fomentar.

A pesar del placer de acabar con aquello que le oprime, el personaje y lector no podrán culminar todos sus deseos, pues existe una ley moral. La ley nos amenaza con un poder que sentimos omnipotente, nos salva de un abismo devorador donde todo-vale-sin-límites, pero nos castiga con la dolorosa interiorización de una conciencia. Somos, de forma consciente o no, sensibles a nuestros propios deseos ocultos y así lo sufrimos.

En “La puerta de bronce” y “El rapé del profesor Bingo”, los dos primeros relatos, parece completamente sensato que los protagonistas sientan repugnancia y un profundo impulso homicida ante los personajes que les subyugan, pero también es razonable que sientan asco hacia sí mismos. Sus protagonistas son patéticos, hombres amargados, frustrados y perdidos, completamente sometidos de manera irracional a situaciones humillantes. El deseo de venganza y la culpa se entremezclan e inhiben cualquier tipo de escape. El elemento fantástico permite entonces crear el imaginario perfecto para que el hombre ordinario adquiera un poder que no tien;e; deja entonces de funcionar según la ley moral y entra en un nuevo mundo siniestro que lo tienta con cumplir sus deseos más profundos. El milagro fantástico que se ofrece en cada relato es la salida, aquel elemento que desconecta al hombre de las terribles limitaciones de la realidad y le propone una solución extraña que lo arrastrará a una decadencia aún mayor. La autodestrucción es el precio a pagar por transgredir la ley.

En el cuento que da título al libro, el protagonista se encuentra ante una puerta que da paso quizás a otra dimensión o quizás a una nada irreparable (Chandler concede al lector libertad para imaginar). La historia nos introduce, o más bien nos encierra, en el mundo del señor Sutton-Cornish, londinense introvertido, amargado y sufriente.

Tras una especie de viaje onírico, que se ambienta en un Londres del siglo XIX, nos situamos en una subasta en el barrio del Soho (ya se nos ha advertido: es el barrio más exótico) donde se intenta vender una enorme puerta de bronce. La puerta es el elemento brillante que destaca de la monotonía, no sólo por tamaño y material, sino porque está curiosamente decorada con escrituras árabes. Recurre aquí Chandler al motivo oriental, ligado a lo oscuro, a la seducción, y al pecado. El protagonista ya percibe el objeto como una tentación, sea cual sea. Puede ser, dice, “la puerta de salida de un harén”: sexo en el lado terreno de la puerta, muerte al otro lado. El protagonista, aún sin traspasar el umbral, accede ya a ese mundo sin ley donde el caos le posee por completo. Un objeto habitual que nos muestra a la vez nuestro temor más íntimo y aquello que más deseamos al mismo tiempo: destrucción fácil, placer y goce.

La frialdad e indiferencia del señor Sutton-Cornish ante los efectos letales de la puerta es, posiblemente, el elemento de mayor impacto. Provoca en el lector la misma sensación de repugnancia que un relato de Poe. Como El barril de amontillado, sintiendo en carne propia el regocijo del sádico protagonista, que de vez en cuando ha de enfrentarse a su culpa para hacerla callar, el lector siente, a la vez, un profundo rechazo hacia su crueldad. Chandler nos dirige con agudeza a la ambivalencia sadismo-culpabilidad, algo que podría deberse a una loable capacidad de discernimiento de la naturaleza humana o bien a la propia sublimación de sus inclinaciones.

El segundo relato, El rapé del profesor Bingo, lo protagoniza un hombre con características muy similares a las del primer protagonista. Aparece asimismo, como desencadenante absoluto de la locura, otra pérfida mujer que destruye por completo la dignidad de su marido (sospechosa repetición) y otro perrillo, esta vez en el papel de amante. En este caso, Raymond Chandler se inspira en el motivo de la invisibilidad, como hiciera H. G. Wells. Sin embargo, escapa de la ciencia-ficción por el secreto y casi mágico origen del rapé. Lo cardinal será el efecto de dicho poder en la vida cotidiana de un hombre corriente. El enfoque de Chandler es precisamente el que reconoce en una de sus cartas: “Si un hombre se despertara por la mañana y descubriera que mide sesenta centímetros de estatura, a mí no me interesaría el motivo de su estado, sino lo que decidiera hacer a partir de entonces”. La conclusión de Chandler es la misma que la de Wells: el hombre invisible se convierte en un criminal ya que, siendo etéreo, parecen no aplicársele las mismas leyes; ante la posibilidad de escapar del castigo se pueden cumplir los deseos que hasta el momento permanecían reprimidos.

El tercero de los relatos, “Verano inglés”, no contiene elementos fantásticos en sí mismo y se lee como un melodrama telenovelesco bastante prescindible. Sin embargo, se incluye en el libro como una clave interesante para comprender al autor. Cierto es que Chandler había puesto bastante interés en esta historia para transmitir de alguna manera las diferencias que entendía entre sus dos mundos: el esnobismo inglés y la vivacidad americana. También muestra en sus descripciones dos arquetipos femeninos igual de mortíferos: la esposa frágil y la femme fatale. Precisamente, la reiteración de la figura de mujer infame nos hace intuir una firma personal del autor.

El escritor estadounidense se deja llevar en estos tres relatos fuera de las convenciones de la novela policíaca, se permite fantasear situaciones deseadas (o deseables) como la muerte de una esposa impertinente o el asesinato de un tipo despreciable. A la vez, arrastra un sentimiento de culpa por su fantasía. Lo demuestra en el desenlace de cada relato, dominado por el conformismo, donde los personajes acaban por conducirse a su propio castigo ante la figura del policía-héroe.

Chandler tiene un poco de hombre patético y abrumado por la situación; una breve revisión de su biografía nos lo muestra alcohólico, “enganchado” a su esposa “Cissy”, varios años mayor que él (su propia mujer fatal), entre la creación de una novela comercial para mantenerse económicamente y su sueño de escribir fantasía, viviendo en su despreciado Estados Unidos y escribiendo sobre él. Pero, ¿por qué no?, también tiene un poco de gran policía cuando vemos cómo remolca en sus relatos a los criminales débiles y cobardes hasta que se desploman frente al detective y cómo mantiene, a pesar de su cinismo, un profundo sentido de lo moral.

Por todo esto, La puerta de bronce y otros relatos resulta un viaje por el mundo “chandleriano” algo diferente al acostumbrado. Un viaje de símbolos muy sugerente donde será cuestión de dejarse llevar a la literatura fantástica tomando la perspectiva de un escritor de novela negra y guiones de Hollywood. Imagínense el resultado.