El proverbial asco por el mundo de Emilio Bueso aflora naturalmente en este segundo tramo de nuestra entrevista y se convierte en parte inherente de su personalidad. El escritor quedará caracterizado en sus reflexiones sobre sus influencias, sobre su interesante concepción del terror, y la persona, en sus opiniones sobre la deriva de la humanidad, tema que, de tanto que le preocupa, ha convertido en el gran eje de su obra.

Además, nos detenemos a hablar en detalle de sus dos últimas novelas, Esta noche arderá el cielo (Salto de Página, 2013) y Extraños eones (Valdemar, 2014).

Fotografías de Ana Picos.

Fabulantes: Cuando te contacté para que me aclarases unas cuestiones sobre Esta noche arderá el cielo, me hiciste una confesión sorprendente: me dijiste que empezaste a escribir terror influido por Cementerio de animales de Stephen King

Emilio Bueso: Es uno de los libros que más me marcaron porque fue mi contacto con el mainstream comercial, con la literatura de palomitas. Me convenció. Me gusta ese King, ese que escribe ciego perdido, el que hace animaladas como Cujo. Es de mis referencias. He escrito algunos pasajes de mis novelas yendo hasta arriba, pero nunca me ha pasado que se me fuera de las manos: al día siguiente releo, retoco, y me doy cuenta de que se me fue la olla. Tengo un crío y trabajo diez horas al día como ingeniero y no puedo hacer esos excesos. No tengo un problema con las drogas, ni de lejos. No recuerdo exactamente cuándo dejó de meterse King, pero sí sé que un día su mujer le vació la papelera en el escritorio: cayeron pañuelos ensangrentados por la farlopa que se metía; muchas latas de cerveza espachurradas; botellas de whisky; colillas y colillas y colillas… y le preguntó: ¿tú crees que esto es vida?

Yo sí creo que en algún momento King perdió la garra, el nervio, la chispa, el delirio y la mala hostia, y eso es algo vital en la literatura de terror, a mi juicio.

F.: Háblame de tu manera de “entender” la literatura de terror.

E. B.: Yo trabajo el miedo. Todos los sistemas políticos y las religiones que ha levantado la humanidad, se han basado siempre en el miedo: es el miedo a la muerte, al señor feudal, lo que nos hace meternos en la iglesia o servir al amo. El miedo es la forma más sencilla de la organización del cerebro de los seres vivos; está incrustado en el hipotálamo. Los instintos de conservación y supervivencia desatan una reacción neuroquímica que te dice: “sal por patas, huye del ruido de la sabana, del matorral que se agita”. Hasta los bichos más descerebrados reaccionan a menudo por miedo. Y si definir una cosa es limitarla, entonces no hay cosa que más nos limite que nuestros miedos: los seres humanos nos definimos por nuestros miedos. Somos miedo. La gente cree que yo sólo hago historias de vampiros, hombres-lobo y fantasmas, que también (inevitable es la influencia de la literatura canónica gótica); y puedes verlo simplemente así o entender que lo que yo hago es trabajar la emoción más profunda y primitiva que tiene tu cabeza.

Fíjate, los seres vivos pueden vivir sin sexo pero ninguno dura dos días sin miedo. Es un instinto tan profundo como que la conservación de la vida depende de él. Los niños, para estar completos, tienen que tener miedos nocturnos. Es de lo poco que llevamos de serie, en la BIOS del sistema, ahí está metido el miedo bien hondo y marcando el tempo de todo. A mí me hace gracia cuando me espetan que hago género, literatura menor. Sí, tío, ponte a hacer lo que hago yo; yo podría ponerme a hacer histórica y quizás obtener beneficios… Una medieval, seguro, tengo un par de premios por un relato ambientado tal que así. Pero Cenital también trabaja el miedo, y además, lo hace de frente, porque lo que más miedo nos da ahora mismo no son los fantasmas sino perder nuestro curro. ¿Hay alguna cosa que te dé más miedo que no tener para comer mañana o que enfermes y nadie te pueda curar?

No sé, creo que no tengo nada que demostrar. Llevo cinco novelas sobreviviendo en un nicho que no da de comer a nadie y que sólo rentabilizan bien los sellos pequeños, que no hace más que darme disgustos pero que me sirve para descargar mi odio contra todo (risa). Es lo que hacía Lovecraft: odiaba a los negros y a las mujeres y sobre eso te construía toda una obra. Yo creo que tengo un problema con la humanidad en general (risa), por cómo cuento las cosas. De ahí me surge todo.

A mi juicio, la garra, el nervio, la chispa, el delirio y la mala hostia, son características vitales en la literatura de terror

F.: ¿Te disfrazaste al final de monaguillo como te desafío a hacer Gigamesh?

E. B.: No, faltaron cinco libros.

La historia es que, como Alejo (Cuervo, editor de Gigamesh) va por los bolos disfrazado de obispo, le dije: “si consigues liquidar todos los Extraños eones que tienes en las estanterías, me planto ahí vestido de monaguillo, lo presentamos y verás qué risa”.

Gigamesh me trata muy bien, estoy encantado. Pienso que si me sentara a firmar allí haría cifras muy fuertes. Ya verás como aquí en la Feria no consigo firmar nada (Bueso exageró: en las dos jornadas de firmas, en los stands de Salto de página y Valdemar, logró resultados muy destacados. Extraños eones se impuso como el libro más vendido de la editorial Valdemar).

F: Antes me hablabas de terror y de España. ¿Se puede ambientar una novela de terror en España que se salga de los parámetros del siglo XIX? ¿Cómo sería esa novela de terror?

E. B.: Pues mira, mi primera novela, Noche cerrada, la ambienté en Castellón: es una historia de fantasmas sobre una fosa común de la Guerra Civil. En el plano local se armó la de Dios es Cristo. Se vendieron 1.500 copias en el 2007 (en cifras de ahora sería mucho menos, antes se vendía más). Hice una historia de fantasmas ambientada en la España profunda, en el norte de Castellón, en unos pueblos de montaña. Es mi novela más canónica, más a lo Stephen King, con una prosa más llana, más sencilla, más próxima al lenguaje de la calle; que no barriobajero, ramplón. Es literatura hecha con literales; en ese libro no hago ni poesía ni retórica… En España tenemos muchas tragedias e historias terribles. Mi memoria histórica fue escribir Noche cerrada. Es, además, el nombre de mi blog.

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Ilustración realizada por Pier Brito para la cubierta de Esta noche arderá el cielo, Salto de Página.

F: Percibo en tus personajes –es sobre todo muy evidente en Esta noche arderá el cielo– la necesidad que tienen tus personajes de huir. ¿Por qué planteas siempre en tus novelas una huida?

E. B.: Lo que pongo son personajes que viven al límite, que son bastante fracasados. Destral, por ejemplo, decide dejar de huir hacia adelante, que es lo que de alguna manera están haciendo muchas personas hoy en día… Te pones a analizar los índices de felicidad y de suicidio que tiene España ahora mismo y hay mucha gente que se plantea el día a día como un querer vivir un día más, llegar a fin de mes y luego ya veremos. Hay mucha gente que no tiene un plan vital ni planes de futuro. Sólo se deja llevar y se ve arrastrada por la vida que se ha montado, a veces incluso sin solicitarla. Yo mismo improvisé aspectos de mi vida que luego han sido una constante. A veces tomas decisiones arbitrarias que acaban sentando un precedente que te puede dejar atrapado en esa realidad que has construido; ante esa tesitura, puedes sentir la necesidad de querer marcharte y abandonarlo todo. Todos hemos pasado por eso alguna vez, y a menudo nos sentimos instalados en esa situación, mucho más de lo que nos gustaría creer. Yo no podría hacer el petate como hacen mis personajes porque dejaría atrás a mi hijo… Hay un montón de cosas que te atan. A veces es una hipoteca, a veces son tus adicciones; tienes anclas que te lastran, que te mantienen en ese sitio del que quieres irte.

Mis personajes escapan porque se sienten asfixiados por todo; de aquí deriva mi tendencia por lo asfixiante, que es otra constante en mis novelas.

Yo trabajo el miedo, la emoción más profunda y primitiva que tiene tu cabeza.. Los seres humanos nos definimos por nuestros miedos. Somos miedo.

F: Otra de tus constantes es lo que yo entiendo como un homenaje a Richard Matheson. Es evidente en “el vampiro explicado” de Diástole y también en una escena de Cenital, en la que se tiene a la carnaza encerrada en jaulas (como en el relato El visitante). ¿Cómo te influye?

E.B.: No lo parece, y te vas a quedar sorprendido, pero soy un flipado de La casa infernal (risa prolongada). Es una novela que ha envejecido muy mal, por el ectoplasma y los medios con los que se busca combatirle. Esa sensación de terror constante, de estar atornillando constantemente al lector es algo que hace estupendamente Matheson. No olvidemos que es el autor de Nacido de hombre y mujer, el mejor relato que, en mi opinión, ha dado la literatura de terror tal y como la conocemos, y que, por supuesto, está entre mis favoritos. En muy pocas palabras, te sitúa en una órbita en la se te cae todo encima con su giro final. Matheson es un genio en lo suyo. Él fue quien hizo a King, y si yo no estuviera influido por varios autores polivalentes y muy divergentes, lo mencionaría como una referencia incontestable. No sé hasta qué extremo resuena Soy leyenda cuando hago Diástole, aunque algo de eso hay. También resuena Soy leyenda a veces incluso en Cenital, si lo piensas bien. Hay ecos de Matheson en varias cosas que hago. Por ejemplo, en el relato Pesadilla a 20.000 pies hay un tío que ve una criatura en pie sobre el ala del avión, en pleno vuelo. ¿No te ha recordado eso a la escena de la avioneta de Esta noche arderá el cielo?

Matheson me ha dejado mucho poso, lo que pasa es que no lo cito como referencia porque como prosista no me parece nada del otro mundo; es un tío que escribe con literales, como esteta no es muy plástico. Por sus escenas de terror, no obstante, me ha dejado ecos por todas partes.

F: Se le nota la vena de guionista, ¿no?

E. B.: Matheson está pensando mucho en el celuloide y yo no, por eso no le tengo tanto afecto, porque él tiene otro prisma. Yo no tengo vocación de hacer guiones. Hago cosas que sólo se pueden novelizar. En Cenital, por ejemplo, hago un plano cenital de todo, un plano constante visto desde arriba, sin profundizar… Por cierto, al final tenía pensado que cayese el satélite encima de los campos de trigo, pero lo quité porque me pareció que lo de los condones le daba un buen mazazo final. Así que metí tijera con el capítulo final. Si llegamos a la tercera edición, que es posible que se consiga, me plantearé publicar todos los retales que quedaron fuera. Más que nada por darme ese placer, no porque el libro gane con ellos (puede ganar o no, según qué lectores). La verdad es que la plástica que intento transmitir no se qué tal quedaría en el cine. Habría que encontrar a un director que conectara mucho con cada libro.

 Mis personajes escapan porque se sienten asfixiados por todo; de aquí deriva mi tendencia por lo asfixiante, que es otra constante en mis novelas.

F: ¿Cuáles son tus relatos/novelas de terror de cabecera?

E. B.: Cementerio de animales, del que ya hablamos, sería uno… Lovecraft tiene un relato que fue el que me hizo decirme “¡yo puedo escribir muy bien estas cosas, si me lo planteo!”: El horror de Red Hook. Es uno de los cuentos de su etapa neoyorquina, en la que se siente como un noble que no consigue encontrar ningún sitio en la sociedad, que no le ve futuro a nada de lo que hace, que siente que no puede encontrar un puto empleo para sobrevivir y mantener a su esposa… Está planteándose volver con su madre, a la casa de sus tías, y dedicarse al fandom. Está tan angustiado que pare una de esas obras que te daría miedo haber escrito. Si esto hubiera salido de mi cabeza, yo me sentiría preocupado (risa). Tiene cosas formidables, Lovecraft, que me han dejado un gran eco, como por ejemplo La sombra sobre Innsmouth… Tengo un relato que se llama Innsmouth, Massachusets, aparecido en Los nuevos mitos de Cthulhu (Edge Entertainment, 2011), y que se vendió bastante bien, construido precisamente a partir de La sombra sobre Innsmouth, a modo de pastiche. El Dracula de Stoker también me dejó la cabeza tocada, es un canónico-clasicorro-retro total que tengo entre los imbatibles. Hodgson es otro imprescindible.

En resumen, dentro de la literatura de terror, supongo que los autores que me pusieron a escribir fueron Lovecraft, King, Matheson, y también hay una gran influencia de las obras completas de Tom Piccirilli, Clive Barker, Ramsey Campbell, Nancy Holder -una autora de la que no hay casi nada en castellano- o Thomas Ligotti. Este último tiene algunas cosas que me han afectado mucho: todavía no se reflejan en mi escritura, pero ya se andarán. Es uno de esos autores que sabes que te cambian, no sabes cuándo, ni cuánto, pero con los que tienes la certeza de que habrá “factura de vuelta”. Recuerdo que me leí La carretera de McCarthy y creo que fue en ese momento en el que floreció la idea de hacer Cenital o al menos, de hacerla como la hice. O de hacer Esta noche arderá el cielo, con ese rollo en que dos personas atraviesan en solitario la desolación de la Transtaiga. Ahí estoy repitiendo pautas que de alguna manera he mamado.

Mis referencias siempre se complican porque nunca les hago justicia, todas tienen un parte, y es pequeña. He picoteado mucho de aquí y de allí y así he formado un cóctel. Te puedo citar muchos relatos, pero a la hora de hacer el mix que hago en mis libros entran también Irvine Welsh, Chuck Palaniuk, Bukowski, ciertos poetas… esa es otra, hay temporadas en que hago más poesía que prosa. Algún día quizás la publique.

F: En Extraños eones, tu última novela (publicada esta vez por Valdemar), ¿fue una decisión meditada que los protagonistas fueran niños?

EXTRAÑOS-EONES

Extraños eones, Valdemar.

E. B.: Quería hacer una de Lovecraft sin Lovecraft y lo que él nunca hubiera hecho es utilizar de protagonistas a unos niños, y menos a unos desarrapados/degenerados completamente macarras y convertidos en delincuentes juveniles. Esto es un poco lo que hago para desmarcarme de Lovecraft; siento que de alguna manera su sombra es muy alargada… Deja ya mucha influencia en Noche cerrada. El villano de esa novela parece un Primigenio, por cómo lo planteé en algunos aspectos. Si te fijas bien, Esta noche arderá el cielo parece también una historia de Lovecraft en ciertos tramos, con ese mensaje de que la humanidad está condenada, de que somos pequeños e insignificantes… Mañana el sol soplará y nos apagará como una vela de cinco céntimos… Realmente, te puedo citar un montón de influencias, pero al final soy la suma de todas y cada una de ellas aporta un grano de arena. No soy alguien que construya sus libros en base a la veneración de un autor en concreto.

F: Me pareció entender, por Juan Luis González Caballero, que hay un capítulo en Extraños eones -el de la corte desquiciada de Azatoth- que fue una imposición cachonda de Valdemar…

E. B.: No, lo que pasó fue que en el libro que les envié (a Juan Luis y Rafael Díaz Santander), ese capítulo no estaba. Se añadió después porque, pensando en cómo vender el libro, tenía la intención de decir que había pretendido darle un giro a los Mitos de Cthulhu “atacando” su corazón, lo que planteó Lovecraft en su Panteón. Por eso, me planteé ser más osado, más intrépido, y vi necesaria hacer una visita al trono de Azatoth, que es el vórtice del caos más negro del universo y sólo con acercarse a él es la locura. Me pregunté: ¿por qué no lo “visita” el narrador?

El atrevimiento de Extraños eones reside en que los personajes no enloquecen cuando ven a los bichos porque son niños que están hasta el culo de pegamento, porque ya están locos y desquiciados; en cierto modo ya están muertos. Puse a unos personajes bastante “blindados” frente al gran problema que tienen los de Lovecraft, que es que se vuelven locos y se bloquean, no son capaces de reaccionar ni hacer nada. No quería ese tipo de plástica de los Mitos porque ahí no puedo batir a Lovecraft, no me voy a ir a su terreno sino que voy a llevármelo al mío, que es más explícito. Y para lograrlo, tenía que ir al corazón de los Mitos y encontrarte a todos los bichos “de copas”. Me lancé con todo y me metí en la cocina. Ese capítulo del trono, según me ha dicho, es de los más potentes de la novela. A última hora (hice esa inclusión casi cuando el libro estaba en imprenta), se le dio la guinda al pastel.

F: Y te salió sacrílego y todo. Extraños eones me parece una de tus novelas más documentadas; en las otras, siempre veo que aflora el ingeniero –si bien aquí tienes algún detalle topográfico- pero intuyo que la documentación debió de ser más dura que en caso precedentes. ¿Cuánto te llevó el proceso?

E. B.: Es una locura. Mira, documentar la Ciudad de los Muertos tan sólo con tu móvil de cinco megapíxels y tu cara en la que está tatuada el símbolo del euro es imposible. Ni habiendo dormido dos semanas entre las tumbas habría logrado documentar aquello. Necesitarías vivir allí para comprenderlo, para saber cómo vive esa gente. Mi planteamiento entonces fue: no puedo documentarme a fondo sobre el terreno, así que voy a rodearme de gente que haya estado allí (y así lo reflejo en los créditos de agradecimiento a los sudaneses, egipcios, cairotas). Entre estas personas, hay un niño de la calle que dormía en El-Arafa; es algo que cuenta como si fuera su tarjeta de visita o su DNI: “Yo he vivido en El-Arafa y he dormido en un panteón durante un par de años con una banda de esnifadotes de pegamento”. Te cuenta que sobrevivió a eso, y que ahora tiene una vida de verdad y vive en El Cairo. Gente como él fue la que más ideas, detalles y conceptos, me dio para trabajar. Documentar todo aquello era hablar mucho con ellos, comprobar cómo ven el mundo, y estar muy atento al detalle, que es lo que al final le da verosimilitud a la historia.

El libro está más bien documentado por cairotas que han visto una parte límite de la ciudad, la más grande de África y de las más grandes del mundo; ésta es la gente que te da material. Porque con tu experiencia vital, de meses viviendo allí, seguramente no te serviría para comprender toda esa realidad, ya que tenemos un concepto del bienestar en otros términos. Ni siquiera el paso del tiempo, para nosotros, es el mismo que para ellos. La novela reflexiona precisamente mucho sobre el paso del tiempo, sobre cómo pasa cuando vives instalado en la muerte. Sístole y Diástole también reflexionan sobre cómo pasaría el tiempo si ya no tuviera ningún sentido para ti. ¿Por qué está escrita en primera persona del presente? Porque luego se para cuando se para el corazón, lo que viene luego ya es una eternidad de páginas en blanco, vacías, en las que sólo estás viviendo para el día a día. Estoy repitiendo un patrón: mis chavales están ya muertos e intentan sobrevivir, improvisando con lo puesto, fumando porros, y mañana más. No puedes tener esa actitud ante la vida si no es instalándote en ella firmemente.

Extraños eones es una novela que me ha costado la salud, porque la parasitosis que me ha dejado secuelas. Me traje un parásito que nadie sabía lo que era y ahora estoy inflándome a probióticos para hacer la digestión. Si llego a estar más tiempo en un escenario tropical, no sé qué hubiera pasado. A veces, documentar sobre terrenos en los que me meto yo es complicado: la Transtaiga es peligrosísima si no vas con un buen equipo. Si tuviera que viajar lo que tengo que viajar, para lo que pagan los libros en España, las cuentas no me saldrían (ya que vale mucho dinero irse a esos sitios), pero además tendría que invertir una cantidad de tiempo en irme a esos sitios que no me compensaría…. Así que al final lo que hago es hablar con la gente que está allí todo el día y fijarme en cómo ven el mundo. Es más interesante eso que irte tú, porque además, tú eres tú, tío, tienes tu curro, tu familia, tus hijos, y luego tienes que escribir… Y luego, hostia, estar una semana ahí viendo cómo son los cenotafios para saber describirlos… ¿crees que va a aportarte rigor, o vale más que sepas cómo acaban esos chavales, cómo acaba uno apareciendo al lado del Nilo con dos cicatrices oblicuas en los riñones que le han extirpado, para morir languideciendo? Esos detalles son los que dan profundidad a la novela. No verás jamás a fondo la Ciudad de los Muertos porque el taxista no te baja del coche así como así, es peligroso.

Al final soy la suma de cada una de mis influencias

F: O sea que los personajes que inventas que vienen de Barcelona, los de la llave de plata, no hubiesen tenido la reacción que tienen en la realidad…

E. B.: Van con un dragomán. Con un guía que les protege. De hecho, el guía les protege e impide que se mezclen con gente que les pueda dar problemas, no se separa de ellos, hasta que no pasa lo que pasa. Tú si viajas por esos países con un guía, éste se encarga de que no te pasen trastadas porque es un hombre que te pone la agencia de viajes para que tu viaje y tu estancia sean placenteras. Si te desprendes de él, ¡ay de ti! Y aquí puedes descubrir El Cairo oculto. Por ejemplo, lo de la prostitución infantil tiene tela, lo tienen muy escondido: la prensa lo sabe, lo saben los políticos, pero la gente en la calle no se entera porque no se trabaja sobre ello. Tú ves que hay una historia, y te metes allí, y escribes sobre un chaval, Khaldun, que trabaja en los sudaderos. La situación de Khaldun es, en los países árabes, más habitual de lo que te crees. Es muy triste, pero al turista le ofrecen niños por 1.500 dólares o por 150 y cuando lo hacen, te quedas azul. Estas cosas te llevan a hacerte preguntas.

F: Hace unos días, vi en un festival de cine fantástico, una película alemana titulada The Station que trata del tema del splicing de una manera un tanto burda. ¿Por qué está tan en boga este tema, tanto en el cine como en la literatura?

E. B.: Porque estamos a punto de asistir a un cambio importante en la hibridación entre las especies. Ahora por ejemplo, van a sacar un mamut y lo van a meter en un zoo, en plan Parque Jurásico. Hay tejido de mamut suficiente como para recuperar su ADN; con una elefanta que ponga el útero, tendríamos ya el mamut. Lo vio venir Crichton y ahora se está dando. Hay mucha gente que ve cómo avanza el software para la recombinación del ADN y para el “copia y pega biológico”. Empezamos a entender cómo se empalman los genes, cómo se forman los que perduran y los que no, cómo se secuencian. Por supuesto, en el corto plazo no podremos “montar” centauros, hipogrifos, esfinges, ésos son seres fantásticos (aunque me puse un poco con el tema y vi que no era tan inviable). Algún día puede que la biogenética llegue hasta ese extremo. El splicing ya es industria, mueve millones de dólares. Es una tendencia tecnológica.

F: Es una forma abyecta de preservar especies…

E. B.: Es una forma de convertir la fauna en piezas del Tetris. Vulgarizarla. Modularizarla. Eso es algo que nos puede meter en muchos líos. ¿Para qué hacemos esto? Pues para crear armas biológicas, como fabulo en Esta noche arderá el cielo; es uno de los chollos, porque si pudieras usar agentes químicos y biológicos no utilizarías nucleares o convencionales.

Conozco a gente que trabaja en I+D militar que me han dicho en más de una ocasión que con lo que está obsesionado cualquier departamento de defensa de cualquier estado que no sea de pandereta es con conseguir que la mano de obra (picar piedra o pegar tiros) se abarate. Robots que perforen en la mina, todo un chollo; robots que se peleen con la insurgencia iraquí, otro. Ahí estamos con los drones (Amazon ya proyecta repartir sus paquetes con drones). Hay varias novelas (aunque casi todas son obras derivadas de El Planeta de los Simios) que hablan de coger a monos inteligentes para darles los trabajos duros y librar a la humanidad del trabajo duro y dedicarse a la vida contemplativa. Aspiramos a tocarnos la pirindola.

Extraños eones es una novela que me ha costado la salud, porque contraje una parasitosis que me ha dejado secuelas

F: ¿Cuáles son tus miedos?

E. B.: (Larga pausa reflexiva) Me han cambiado mucho este invierno. Me encontraron un bultito que fue benigno pero que podría haber sido un cáncer de los feos. He estado también muy malito, por todo lo que te he contado… Eso te da necesariamente qué pensar.

 Estoy revisando mis viejos miedos y me está afectando bastante a mi escritura. Tengo un crío, y temo más por él que por mí. No sé, tío, hace un montón de años, me ahogué y me sacaron los de la Cruz Roja y me reanimaron en la arena. Haberme ahogado es un tema sobre la que quiero escribir pero no puedo porque me aterra tanto que no lo consigo abordar bien. Yo cojo El mar de la muerte, de Nancy Holder, que empieza en segunda persona con un “Te voy a contar cómo será cuando tú te ahogues” que es alucinante, porque vas ahogándote cuando te lo cuenta. Te dice cómo te pesan las piernas, cómo te vas hundiendo… Soy buzo, he pasado disgustos de quedarme enredado en redes y que tenga que venir tu mujer a sacarte con un cuchillo… Tengo unos cuantos miedos muy profundos que están en revisión; antes me aterraba que todo se fuera a la mierda, y de ahí vino Cenital. Ahora que veo que todo se va a la mierda en cámara lenta, ese miedo va dejando espacio a otros: ahogarme; enfermar y morirme despacito; ver que la civilización ya no da para gestionar nada y los niños enfermen y mueran de hambre… Ahora estoy revisando todos esos miedos porque me he llevado un susto y eso te hace cambiar mucho la perspectiva de las cosas. Hace poco me hice un seguro de vida. Cuando te abres uno, te preguntan nada más empezar: ¿Usted conduce una moto? ¡Empiezan por ahí! Imagínate cómo me lo tomo, si todos los putos días cojo la moto para irme a currar. Te la juegas más con eso que fumando. ¿Ves lo que te decía de la ilusión de seguridad? No es un miedo real sino el percibido lo que te hace obrar como obras. No le tienes miedo a la muerte al conducir, porque (la moto) la pillas a diario, pero, estadísticamente, es lo que antes te matará. El peligro, a veces, lo percibimos mal, de manera incorrecta. Percibimos el problema donde no lo está. Parece más peligroso un perro que te ladra de modo amenazador e igual tiene él más miedo que tú.

Estoy intentando racionalizar mis miedos para organizarme la vida y en el proceso eso me está llevando a lo que escribo ahora y, bueno, por eso no sé qué voy a publicar el año que viene. Me hizo pensar mucho que mucha gente dijera que mi novela más terrorífica es Cenital. ¡Es la que más miedo les da porque les toca a ellos directamente! ¿Haciendo una distopía hago más terror que con una novela de vampiros? Es algo que te da qué pensar. Por eso te digo que estoy en revisión con mis miedos.

F: Y ahora, la otra cara de Emilio Bueso, ¿qué es lo que más te cabrea?

E.B.: (Nueva larga pausa) Lo que más me cabrea es que siga sin haber una guillotina en (la puerta del) Sol. Creo que la humanidad tiene que cambiar. ¿Cómo decía Cenital? ¿Que la humanidad es un niño lelo que pedalea cuesta abajo con una bicicleta sin frenos? Cabrea ver que tanta evolución, tanta inteligencia, tanta ciencia, tanto estar trabajando en la Universidad toda la puta vida (como llevo haciendo), no sirve para nada porque no tenemos un plan. Podríamos irnos al carajo mañana y ¿por qué? Por la paella monumental, por el tren de alta velocidad, por aeropuertos sin aviones, por pisos sin gente y la gente sin pisos… porque hemos construido un despropósito. Eso me hace enfadar mucho. Por eso en Cenital parezco enfadado todo el rato, en las demás no parezco tan enfadado, tío. Lo que más me cabrea es el mundo, que no va bien. Lo cierto es que, a medida que avanzamos, nos instalamos más profundamente en el despropósito. Ya hasta me está pasando lo que digo en Cenital: tengo una tele de plasma, llena de pelis a punta pala y no las veo porque tengo que mantener vivo el trabajo que me hace pagar la tele de plasma con todas esas pelis. Y mi mujer hace poco vendió su coche porque ya estaba hasta los cojones de todo y le dije: ¿te das cuenta que te lo compraste para ir a trabajar y estuviste trabajando para podértelo pagar durante varios años? Estás trabajando para pagarte una cosa que te compraste para irte a trabajar. ¿Tú eres tonta? Hemos perdido muchísimo el norte y empezamos a darnos cuenta y no le vemos soluciones. Es para estar muy enfadado. Es patético.

 Tengo unos cuantos miedos muy profundos que están en revisión

F: Muchísimas gracias por tu tiempo, Emilio.

E. B.: Gracias a ti, ha estado muy bien la entrevista.