Cómo los Argonautas construyen la nave Argos en Lolcos "Los Heroes ..." (1912) ilustración de William Russell Flint

Los Argonautas construyen la nave Argos en Lolcos. “Los Héroes” (1912), ilustración de William Russell Flint

Robert Graves (Londres, 1895-Deyá, Mallorca, 1985) se consideraba a sí mismo poeta, pero la antigüedad fue siempre su pasión más rentable. Afincado en Mallorca durante la segunda mitad de su vida, las culturas, religiones, y mitologías del Mediterráneo atraparon su interés y su estudio hasta llevarle a un exhaustivo conocimiento de las costumbres y la psicología de los antiguos.

Sobre todo, Graves fue un profundo conocedor de la evolución de las religiones y de cómo éstas se van mezclando con las precedentes (por conveniencia de reyes y sacerdotes) para ir dando forma progresivamente a cultos que hoy nos parecen estáticos, creados desde el principio con sus características definitivas ya firmemente establecidas. Trató el tema de controversia por excelencia en Rey Jesús (1946) e hizo una interpretación personalísima, a la par que erudita, de los mitos clásicos en el ensayo La Diosa Blanca. Aunque muchas de sus hipótesis históricas son cuestionadas por algunos especialistas y permanecen, aún hoy, en el campo de lo indemostrable, la elegancia de sus argumentos y la belleza de su narrativa han cautivado la imaginación de miles de autores y lectores durante los últimos sesenta años. El Vellocino de Oro es una auténtica joya para todos aquellos aficionados a la mitología griega que quieran ahondar en la comprensión del género del que bebe, directa o indirectamente, toda la literatura fantástica moderna.

Aunque para nosotros, lectores actuales, cualquier relato mitológico entre sin paliativos en el género de ficción, para los antiguos griegos y romanos, aun los más escépticos, la expedición de los Argonautas era una historia verdadera, de la que se conocía hasta la fecha en la que se había realizado el viaje: 1225 a.C. El Argo, una galera de guerra, partió de Yolcos (ahora Volo) en Tesalia, llevando a bordo a una asombrosa tripulación: el tremendo Hércules; Orfeo, músico y santo; la virgen cazadora Atalanta de Calidón, y Meleagro, su celoso amante; Castor y Pólux, los mellizos atléticos; Linceo, de mirada de lince; Autólico, el famoso ladrón; Butes, el mítico cuidador de abejas; el homicida Peleo, padre de Aquiles; Mopso el Augur; Periclímeno el mago; Nauplio el navegante y unos cuantos más…

Con esta propuesta, el autor usa su vasto conocimiento del mundo helenístico y su florida imaginación para conducir el relato a la manera de una novela histórica. Contextualiza el significado original de muchos episodios y mitos que hoy manejamos como puramente fantásticos o simbólicos debido a nuestra interpretación limitada de la iconografía antigua. Así, por ejemplo, los centauros, los sátiros, los hombres leopardo y demás “seres”, serían tribus de hombres identificados con el animal que representaba un aspecto concreto de la deidad bajo la que se amparaban. Los invasores jonios y aqueos, procedentes del norte, fueron luchando con ellos e integrándose a veces, mezclando su panteón masculino con el culto precedente a La Triple Diosa, mediante convivencia o imposición. El Vellocino de Oro, es en principio, una posible crónica sobre la evolución de las religiones del Mediterráneo antiguo, de lucha de géneros, y de cómo el Hombre (Zeus, mas tarde Deus) fue suplantando a la Diosa como dirigente del Cielo, de la Tierra, y de las sociedades humanas.

Sin apartar en ningún momento la orientación “historicista”, Graves limita sus afanes ensayísticos y fluye con gracia hacia una narración más literaria, hacia lo que podríamos definir como el primer “road trip” recopilado de la historia. Más aún, aunque casi todos los pasajes clásicos de este viaje se exponen de forma que resultan sorprendentemente verosímiles, deja abierta una rendija por la que se cuelan discretamente algunos elementos prodigiosos, como los fantasmas, la magia o la intervención divina. Todos los personajes son profundamente supersticiosos, y aunque lo sobrenatural sólo asoma el hocico de forma esporádica y casi anecdótica, la novela está adecuadamente aderezada con la tinta de lo fantástico.

El Bellocino de Oro, por Herbert James Draper, 1864-1920. 1904. Oleo sobre lienzo en el que se muestra a Medea lanzando a su hermano a las profundidades.

El Vellocino de Oro, por Herbert James Draper, 1864-1920. 1904. Óleo sobre lienzo en el que se muestra a Medea lanzando a su hermano a las profundidades.

Pero el tema central de la obra son los héroes que componen la expedición. Mientras que el término “héroe” se aplica de forma genérica al personaje protagonista de cualquier narración, en este caso nos encontramos ante Héroes, en la más clásica y épica acepción del término. Conviene, para un mayor entendimiento de este libro, hacer una revisión del concepto.

Somos producto de nuestra cultura, de nuestro tiempo. Para la mayoría de nosotros, un Héroe es una persona que por sus talentos y situación es capaz de superar las limitaciones mundanas que nos convierten en humanos del montón. La motivación de este cambio puede ser la voluntad de Dios para un cruzado o un santo; los ideales patrios para un nacionalista, o incluso valores más universales: la verdad, la justicia, la libertad, la defensa de los oprimidos… en especial cuando esto les lleva a enfrentarse a su religión, su patria o a cualquier otro de los preceptos imperantes en su sociedad. La mayoría de los personajes de literatura fantástica a los que les adjudicamos el apelativo de “antihéroe” no son más que individuos en los que se resalta el aspecto oscuro de su naturaleza para mayor gloria de su cambio y su sacrificio… de ese momento en el que el hombre deja de servirse sólo a sí mismo y entrega su vida a algo mayor que él, que lo hace merecedor de elogios póstumos e inspiración para los que le suceden. Esperamos el prodigio de un proceso personal antientrópico, que resuene en lo profundo de nuestras almas, en el que el caos de emociones y miedos, de heridas, prejuicios y ambiciones egoístas vaya dando lugar a un orden más elevado, a una mayor iluminación del carácter, por decirlo de alguna manera, en lugar de sufrir el inevitable y progresivo deterioro personal y moral que es común a la mayoría de los seres humanos que se encuentran en situaciones de elevado poder y responsabilidad.

La identificación con el personaje es la clave central casi toda la literatura fantástica y heroica moderna. Condicionados por los clichés culturales y editoriales, siempre esperamos que el protagonista (o alguno de los personajes centrales de una historia), saque lo mejor que lleva dentro para colocarse a imagen y semejanza de nuestras idealizadas aspiraciones.

Salvador Rosa, Jason encantando al Dragón, 1600.

Salvador Rosa, Jasón encantando al Dragón, 1600.

Pero en este libro no vamos a encontrar nada de eso. Al menos, no durante mucho tiempo. Los “héroes” de esta historia no son mejores ni peores que ningún otro ser humano de su época en términos morales. Simplemente son más grandes. El siglo XIII a.C. es un lugar aún no impregnado por los conceptos modernos de bondad o maldad, donde la única forma de trascendencia o inmortalidad concebible es la rotundidad de los actos que aquellos que son espectacularmente capaces en algo dejan como recordatorio de su paso por este mundo. Los valores arquetípicos de los dioses en los que buscan patronazgo no son muy diferentes de los de un capo de la mafia que busca asentar su poder, con permanentes rencillas familiares por el control de tal o cual territorio o ámbito de influencia. Y ningún hombre es mejor que los dioses a los que sirve.

El poderoso Hércules es un portento de fuerza e ímpetu que normalmente sirve sólo a su orgullo y glotonería, y que es capaz de matar a un pastor de un único golpe de su garrote de bronce por no dejarle comerse una de sus cabras, o de derrocar a un rey por cualquier agravio real o imaginario. Sufre esporádicos episodios de melancolía y remordimiento por los atroces actos que realiza en estos estados de ira enajenada; Castor y Pólux, los gemelos atletas, compiten permanentemente entre ellos y con los demás por llevarse la mayor porción posible de gloria y de botín; Autólico, es un cleptómano que ha hecho de su vicio su mayor virtud, y cuya motivación única en la vida es la de superarse en su arte; el propio Jasón, líder de la expedición, es un hombre cuyo único talento reseñable es su enorme encanto personal y su capacidad para atraer a otros en torno a su causa y que, como se irá viendo, no pone especial consideración en otra cosa que no sea su propio ombligo… Y así todos.

La expedición se forma con los mejores augurios y los más altos propósitos, en un ambiente de hermandad. Todos lo personajes, fuertemente egóticos, dan lo mejor de sí para encajar en la difícil convivencia de una larga travesía por mar. Pero según se desarrolla la trama, el viaje de los argonautas sufre el retroceso inherente a cualquier expedición de aventureros o piratas. Las pasiones personales van creando rencillas o incluso abiertas enemistades y juramentos de venganza para cuando hayan cumplido su misión. Algunos son abandonados en tierra cuando nadie más en el barco los aguanta y otros terminan abandonando por su propia cuenta la nave, perseguidos por sus fantasmas y compulsiones. El episodio romántico central de la trama, lejos de terminar con los dos amantes besándose ante una puesta de sol, decanta en lo que sería la versión en tragedia griega de un mal divorcio a la americana.

El tono general de la novela es el de una tragicomedia, que el autor es capaz de tejer primorosamente con su enorme erudición e imaginación y que ofrece, en principio, un relato ameno, didáctico y refrescante. Es obligado señalar como punto fuerte su soterrado humor negro, la apabullante naturalidad con la que dioses y hombres administran violencia por las más peregrinas razones. Por desgracia, según avanza la novela, el lector puede ir hartándose de la forma de ser de los protagonistas, de sus comportamientos infantiles y caprichosos en detrimento del bien común, de cómo van demostrando su incapacidad para ser algo distinto de ellos mismos en su versión más tosca. Sobre todo en la segunda mitad de la obra, cuando los argonautas han recuperado el vellocino y se dirigen de vuelta a la Hélade, tanto sus motivaciones como el ritmo narrativo empieza a deshilacharse y a dar bandazos. Uno se va “desidentificando”, “desenamorando”, viendo con curiosa mezcla de diversión y hastío las enormes diferencias de cosmovisión entre dos culturas (la suya y la nuestra) separadas por más de dos mil años de evolución de sociedades, valores y dioses. Aunque, en el fondo, esto es lo que hace la historia enormemente verosímil, más cercana a la realidad humana de lo que estamos acostumbrados a leer en una novela de este género. Por eso, la mayor virtud de esta versión de El Vellocino de Oro es, a la vez, su mayor inconveniente a la hora de enfrentarse a su lectura.

A pesar de esto, merece la pena completar el viaje, aunque sea sólo porque el autor tiene el detalle de incluir un capítulo final a modo de corolario en el que se cuenta el destino de los argonautas. En él se lee, con ese gustillo que da la justicia poética bien traída, cómo todos los personajes encuentran un final bastante humano y a veces un tanto miserable, víctimas de sus propios temperamentos y recogiendo a la postre, ya pasado su momento de esplendor, los amargos frutos que sembraron despreocupadamente en sus correrías de juventud… Ya que aun cuando lo visitaran en algún momento de su vida, muy pocos de ellos llegaron a aplicar, o siquiera entender, la advertencia que reza la inscripción a la entrada del Oráculo de Delfos: “conócete a ti mismo y conocerás tu destino”.

El Argo, por Konstantinos Volanakis 1837, 1907.

El Argo, por Konstantinos Volanakis (1837-1907).