the artist; (c) Maggi Hambling; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Maggi Hambling, detalle de Marc with shadows, 1981.

Las portadas de algunos de los libros publicados por Salto de Página son más explícitas que sus contracubiertas. Suelen avanzar lo que el lector va a encontrarse en su interior: la de Diástole, novela de Emilio Bueso de 2011 –y primera colaboración con el sello madrileño- es un claro ejemplo. Su explicitud es fundamental para desarrollar nuestros argumentos sin equívocos.

DIASTOLE

Diástole en Salto de Página (2011).

En un fragmento de su larga entrevista con Fabulantes, Emilio Bueso dice: “Yo quería abordar el mito canónico pero sin ningún respeto formal”. Dicho mito es un vampiro, tan marchito y ajado como los clásicos, pero a la vez genuino, distinto: la criatura de Bueso bascula entre el terror y la ciencia-ficción. Es el pretexto a partir del cual establecer el sempiterno discurso –dentro de la obra de quien ha dado en todos sus libros profundas muestras de preocupación por los excesos de la humanidad y por su deriva- ecologista. Uno de los ejes centrales de la novela será precisamente el de la ambición desaforada por el consumo de energía y sus consecuencias. Este vampiro, ajustado a unas coordenadas actuales (pues no en vano Diástole se ambienta en los estertores del siglo pasado), es consecuencia del derroche exagerado de recursos. Pero no sólo.

Diástole emplea también el tema (del vampirismo) para cincelar un alegato sobre el arte. El libro, tiene como argumento central la ritualización de los procesos artísticos y, por extensión, el carácter ritual –y circular- de la propia vida. El escritor castellonense traza una analogía entre la inmortalidad que confiere el arte (a su creador) y la inmortalidad como icono, representado en la cultura popular, y en la literatura, por el vampiro (para saber más sobre esta interesante perspectiva remitimos a los palabras del autor recogidas en la entrevista). Por supuesto, esta semblanza es además solitaria. Pues el monstruo, además de marchito e inmortal, es epítome de lo aislado, antónimo de lo gregario, enemigo de lo social. El vampiro debe estar y está solo. Por eso busca desconsoladamente, por encima de todo, el amor, el reconocimiento de los demás. Y la autoafirmación: ¿no es uno de los fines últimos de la pintura de corte –y la Diástole lo es, pero de los milagros-, del verse retratado, coquetería (o, si se prefiere, amor propio)?

Como en todas las novelas de Bueso hasta la fecha, está protagonizada por otro personaje que decide largarse lejos: un pintor politoxicómano llamado Jérôme Fournier. Artista prometedor antes de su caída en el abismo de la adicción, llevó una buena vida en París hasta que fue expulsado de la ciudad y tuvo que malvivir como paria en una pequeña ciudad de los Pirineos, escenario aledaño de la novela. El real, el importante, es la mansión periférica, secular y siniestra a la que se desplaza por contrato una noche, al volante de su decrépito Talbot Horizon. Allí le aguarda una cita con su mecenas y contratador, un centroeuropeo excéntrico y de gusto exquisito llamado Iván.

Iván le impone a Jérôme sus condiciones: desea ser retratado durante cuatro noches consecutivas. El arte titubeante del drogadicto tiene que condensar en un único retrato las distintas poses en las que se mostrará Iván, con el fin de sacar “lo mejor y lo más profundo de él”. El resultado, le exige, en ningún caso podrá abandonar la mansión. El cuadro prácticamente se pintará solo, al hilo de las historias biográficas que irá relatando el misterioso millonario.

El trabajo sostenido de Bueso por sacar a flote los miedos más profundos e íntimos aflora en los detalles que rodean la mortecina mansión. Las sombras son soberanas: “La oscuridad parece brotar del interior de la casa negra como algo vivo”, reflexiona el pintor en uno de sus limbos entre la lucidez y el delirio drogadicto. El sirviente rumano Dumitru, una mole agilísima, es inquietante, al igual que las mascotas de Iván, dos chukchas siberianos que no ladran, tan sólo observan con una mirada de ascuas y parecen aguardar con la paciencia de estatuas. La noche sólo se interrumpe por el chasquido del columpio del parque. La naturaleza también tiene voces, ojos: aunque aún quedan dos años para el depredador concierto cacofónico de Esta noche arderá el cielo. En el rellano de la escalera, como pasara en la obra maestra de Richard Matheson La casa Slaughter, pende el retrato de una bella y perturbadora mujer: sus ojos ciegos, perforados en un alarde de ira o quizás de lucidez, espían sin ver. Preocupantes sonidos acompañan a Jérôme en su inevitable vagar por la casa de los horrores.

El refinado gusto de Iván por el arte ejerce un notorio contraste entre tanta podredumbre. Su sobresaliente colección de arte, encabezada por algunas sordideces de Chagall y Munch, es el contrapunto del inteligente juego de espejos que Emilio Bueso practica en Diástole. El concepto de no-vida acaba transformándose justamente en una celebración de la vida, pues quien más la estima es precisamente aquel que dejó de disfrutarla plenamente hace años. El escritor enfrenta a dos personajes caducos: de un lado, un chupasangre no tan tradicional pero refinado; del otro, a un drogadicto en plena ansiedad. Sus vívidos chutes, maëlstrom de sensaciones, observaciones y sentimientos, limbo entre dos tierras, la de los vivos y la de los muertos, convierten al artista en un frágil fantasma. Necesita de una mentira, de una trampa, para seguir respirando. La droga es el desfibrilador que le mantiene en pie y a la vez cuerdo.

Por eso no debe de extrañarnos que el tono, más que apocalíptico, otra de las preferencias del autor, sea rematadamente triste. Diálogos y personajes transmiten lástima: unas veces por quienes los profieren y a quienes retratan, otras por aquello que se perdió y jamás podrá recuperarse. La historia debe seguir su curso y cumplir un ciclo. Entre tantas tinieblas, el mayor monstruo procede de las pesadillas del alma.