Ilustración realizada por Eric Nyquist

Ilustración realizada por Eric Nyquist

A los pocos meses de haberse publicado el primer volumen (Aniquilación; Destino, 2014), prácticamente con el único descanso de los meses veraniegos, ya ha llegado a las librerías el segundo (Autoridad; Destino, 2014).

Y dentro de muy poco lo hará también el tercero (Aceptación tiene prevista su publicación para este mes de noviembre). Si se cumplen los plazos, 2014 habrá sido el año de la introducción definitiva de un autor tan prestigioso como Jeff VanderMeer (Bellefonte, Pennsylvania, Estados Unidos, 1968) en el sistema literario español. Precisamente, con una de sus mayores apuestas editoriales y, posiblemente, también cinematográficas de su carrera (ha sido la Paramount quien ha comprado los derechos de la trilogía para la gran pantalla, si bien nada se sabe todavía respecto a si va a llegar a ponerse en marcha o no).

El primer tomo cumplió con creces las expectativas más exigentes, ofreciéndonos una narrativa de muchos quilates, atrevida y original, situada a medio camino entre el terror psicológico y la ciencia-ficción. Nos gustó, especialmente, su capacidad para emocionar y conmocionar gracias al manejo del ritmo narrativo, aplicado a la descripción de cómo la extraña Área X afectaba al comportamiento y a la convivencia de los integrantes de la duodécima expedición, enviada allí con el objetivo de explorar e investigar para la misteriosa agencia gubernamental Southern Reach.

En esta segunda entrega, el argumento pega un giro de ciento ochenta grados y por eso, aunque sí resuenan los ecos del volumen anterior, estamos ante una lectura totalmente nueva, con sus propios personajes, ambientes y claves interpretativas aplicables (de forma independiente) al conjunto de la trama. Sólo el personaje de la bióloga ejerce de conexión. VanderMeer nos introduce en el mismísimo meollo de Southern Reach a través de los ojos de su nuevo director: John Rodríguez, más conocido por el sobrenombre de “Control”. Él será el responsable tanto de reorganizar la agencia como de continuar la investigación alrededor del Área X y, por extensión, intentar averiguar qué paso durante la duodécima expedición, de la que formaba parte la bióloga.

Como podemos intuir, John Rodríguez ejerce como protagonista absoluto de una novela organizada alrededor de tres polos: las relaciones familiares de John Rodríguez, sus relaciones laborales y la investigación, siendo esta última la que sirve de motor para el conjunto de la novela. Cada polo cuenta con sus personajes particulares. En cuanto a la familia, destaca la saga materna, formada por su abuelo Jack y su madre Severance –ambos dedicados al espionaje gubernamental como profesión-, con su padre ejerciendo de contrapunto. En lo laboral, destacan la anterior directora de Southern Reach –psicóloga en la duodécima expedición- y la subdirectora Grace, acompañadas por un escaso elenco de científicos: Cheney (director de un departamento científico), Whitby (investigador excéntrico) o Hsyu (lingüista), junto a otros de fugaz aparición. Finalmente, en cuanto a la investigación son reseñables los misterios relativos a la bióloga y al farero Saul Evans, además de los principales acontecimientos que ya pudimos leer en Aniquilación.

El tono de esta novela sigue por los derroteros de la psicología y la personalidad, si bien ha abandonado el misterio y la creación de acongojantes ambientaciones para volcarse en otros ámbitos bastante más prosaicos. En concreto, la psicología de las relaciones familiares y la psicología del trabajo y las organizaciones. “Control” no sólo proviene de una familia disfuncional donde es tradición el espionaje, lo que provoca una constante tensión por la divergencia de valores y opiniones entre sus progenitores, sino que además su madre es una de sus jefas en la Central de la que depende Southern Reach. Esta circunstancia creará un conflicto moral en “Control” y no pocos roces con unos compañeros que verán con recelo cómo “mamá” le ha conseguido el puesto del que es ahora máximo responsable.

Tanto es así que, en cierto sentido, la investigación sobre el Área X parece más una excusa que un verdadero motivo. De otra forma, resulta difícil de explicar las vueltas que se le da, una y otra vez, a la tensa relación entre la subdirectora Grace y “Control”, o entre “Control” y su madre. Se nos explican las relaciones familiares y se insiste, con especial hincapié, en el interés de Severance por mantenerse próxima a su hijo y preocuparse siempre por su bienestar, a pesar de su poco tiempo disponible. Incluso se reincide en este rol materno cuando se observa a la subdirectora Grace, en el análisis de su pasada relación con la anterior directora, preocupada por apoyarla y cubrirle las espaldas aún a pesar de mostrarse a veces reservada o preocupada con ella.

A la investigación se le presta poca atención. Las entrevistas con la bióloga son cuatro y de poca enjundia. Los indicios que del Área X tienen en Southern Reach parecen poco fundamentados, en parte porque les da pavor repetir sus investigaciones y en parte porque los primeros resultados parecen ser no significativos. Las hipótesis sobre cómo surgió el Área X o para qué o qué posible evolución podría tener en el futuro, pivotan entre lo apenas fundamentado y lo totalmente descabellado. Y las anotaciones o los documentos en poder de “Control” se analizan a un ritmo tan exasperantemente lento que, al final de la novela, apenas tenemos una cosa clara: después de tantos años conviviendo con el problema del Área X, en la agencia no saben nada de nada.

Pero claro, algo hay que decir porque, supuestamente, la trilogía pivota alrededor de este misterio. Así que, además de los pocos indicios que se desgranan durante los dos primeros tercios de la novela, asistimos a un sorprendente y apabullantemente vertiginoso final. Lo que no se ha avanzado hasta entonces se avanza en el último tramo, especialmente en la parte titulada “Más allá”, con un cambio radical de ritmo, escenarios, e incluso (parece que) de las personalidades de los personajes, para acabar en un punto de máximo clímax a la espera de que llegue el tercer tomo de la serie.

Eso sí, este cambio de perspectiva y de ritmo llega tan tarde y es tan extremo que, cuando se produce, estamos hartos ya de tanta psicología de salón y tanto conflicto existencial intrascendente, cansados de un “Control” llorón incapaz de hacer honor a su apodo, estupefactos por las menciones al “resplandor” que no vienen a cuento ni tienen justificación (por cierto, Stephen King se ha sumado a la promoción de la trilogía, ¿casualidad?), hasta el moño de tanta zancadilla laboral sin sentido -se discute hasta por el olor del líquido limpiador- y,

Retrato de  jeff  Vandermerr realizado por Eric Nyquist

Retrato de Jeff VanderMeer realizado por Eric Nyquist

sobre todo, de tanta descripción detallista sin relevancia o interés alguno. Síntomas estos de una concepción extravagante de la novela, cuya principal consecuencia se observa en una total ausencia de fluidez, avanzando a salto de mata de un polo a otro de la trama, y con un consiguientemente catastrófico manejo del tiempo –intente el lector averiguar en qué han invertido e invierten el tiempo los personajes-.

A todo lo ya dicho, podemos añadir que “Control” resulta ser un protagonista nefasto, incapaz de sostener con solvencia cualquiera de los hilos narrativos, dejando tras de sí un mar de dudas. Incluso los personajes femeninos (la subdirectora, su madre, la bióloga y la sombra de su predecesora en la dirección), fuertes e implacables con “Control” en todos y cada uno de sus enfrentamientos, acaban por absorberle tanto protagonismo y credibilidad que llega hasta el final agotado, sin fuerza ni crédito alguno. Tanto es así, que la propia historia recurre a un truco bastante burdo para que podamos eliminar de un plumazo cualquier duda sobre él (no desvelaremos cuál es la trampa); al proceder así, todavía se confirma más su debilidad para soportar todo el peso del argumento.

En definitiva, si toda la novela mantuviese el ritmo de sus últimas páginas, y ya dejando a un lado los problemas de coherencia inherentes a cambios en profundidad como el que se nos propone en el tramo final respecto a las trescientas y pico páginas anteriores, todavía podríamos decir que la lectura resulta entretenida e interesante. Por desgracia, no es así. Problemas en la conceptualización de la novela afectan a la coherencia respecto al conjunto de la serie, devolviéndonos argumentos sin fuerza, protagonistas de cartón piedra, hilos narrativos sin interés y sólo algunas tracas finales de relevancia a las que, sin embargo, cuesta un horror llegar por todo el tedio y absurdo precedentes. Autoridad es un resbalón al que sólo un excelente tercer y último tomo podría resarcir en parte. Pronto saldremos de dudas.