Portada de la edición de 1984 de "Daw Books (NYC)"

Portada de la edición de 1984 de “Daw Books (NYC)”

Cualquier hombre dado percibe sólo una porción diminuta de la verdad total, y muy a menudo, de hecho casi de modo perpetuo, se engaña a sí mismo deliberadamente, además, sobre ese pequeño y precioso fragmento. Una porción de él se vuelve contra sí mismo y actúa como otra persona, derrotándolo desde el interior. Un hombre dentro de un hombre. Que no es un hombre en absoluto.

La década de los 60 fue el tiempo de crecimiento del genio en Philip K. Dick. También fue el momento de experimentar con diferentes drogas en el auge de la cultura psicodélica, a lo que se añadía el consumo cada vez mayor de anfetaminas. Éstas le mantenían despierto, estimulaban la velocidad a la que escribía (en ocasiones al vertiginoso ritmo de terminar una novela en dos semanas). Sin embargo, el alto coste de su ritmo de vida se traducía en depresiones, paranoia y manía persecutoria: en conjunto, Dick encarnaba su duda ontológica sobre el estado de la realidad mientras la droga le destruía el páncreas. En septiembre de 1970, Nancy Hackett, la cuarta esposa de Philip K. Dick, no pudo soportar más esta situación y le abandonó llevándose a Isa, su hija en común.

Tras esta separación, se sumergió en la aparentemente despreocupada vida de los drogadictos durante un año y medio, abriendo las puertas de su casa, el 707 de Hacienda Way en San Rafael, California, a todos los jóvenes consumidores que quisieran pasar un buen rato en compañía. Y así comenzó su paseo por la oscuridad, pues el reverso oscuro de esta pasajera felicidad llegaba rápido y golpeaba fuerte.

Una mirada a la oscuridad (Minotauro) puede considerarse el libro más duro de Philip K. Dick. Una verdadera rareza entre las obras del autor, pese a que recoge con claridad todas sus inquietudes clásicas: la dualidad, la pérdida de la identidad, el control y la vigilancia política, la búsqueda de redención, la confusión en la percepción de la realidad… La pátina terrible es que, en este caso, la experiencia era real, extraída directamente de las vivencias de Dick durante ese año y medio entre yonkis. El libro fue escrito en la primavera de 1973, tras un intento de suicidio. Decidió entonces internarse por propia voluntad en X-Kalay, un duro centro de desintoxicación. Al recuperarse fue acogido calurosamente por un grupo de aficionados de Fullerton y sólo entonces pudo preparar su gran obra, un testimonio dedicado a todos aquellos amigos a quienes empujó a ser internados en psiquiátricos, con el cerebro quemado por la droga. De esta novela, probablemente la más personal del autor, existe una versión cinematográfica: A Scanner Darkly, dirigida por Richard Linklater en 2006. Dentro de las adaptaciones al cine de la obra de Dick es una de las mejores, con licencias mínimas y respetando en general el espíritu de lo que el autor manifiesta en la novela. Su uso de la técnica de animación rotoscópica refleja la visión distorsionada de la realidad y trasporta al espectador hacia el punto de vista del drogadicto.

Existe una controversia en torno al estatus de esta novela dentro de la ciencia-ficción. Es demasiado realista, un cuadro vívido de la contracultura californiana de los 60-70. Se ha dicho que, quizás, los matices de ciencia-ficción fueron incorporados para dar salida a este libro entre el público habitual del escritor, que no hubiera apreciado de la misma manera una novela realista. La observación atenta a todos los elementos ficcionales, en conjunto con la historia de la obra, permite otra interpretación: que Una mirada a la oscuridad es una experiencia profundamente personal, incluso visceral, envuelta en una filigrana de ciencia-ficción que nos señala precisamente aquellos puntos clave en la narración. Philip K. Dick fue el maestro de la distorsión de la realidad y aquí el híbrido entre ficción y realidad se construye como un todo. Que la acción se sitúe en una futura California (en el año 1994), en unos Estados Unidos que han perdido la guerra contra el mundo de las drogas y en que el estado policial vigila con celo las transacciones consumistas de la sociedad, mientras se confunde con el narcotráfico en los bajos fondos, sólo pone de manifiesto el tipo de visión que los marginados sociales compartían sobre el mundo.

Estas personas que se disolvieron en las drogas realizaban una neta distinción entre ellos y el resto de la sociedad. Eran los freaks, gente joven que no superaba los 30 (aquí Dick, con sus 42 años, era una excepción por su forma de pensar y de enrollarse con ellos) y que comprendía toda la “mierda” que los straights, los adultos inmersos en la cotidiana mediocridad, imponían en todo lo que tocaban. Los freaks no se planteaban que llegarían a crecer, deseaban vivir deprisa y experimentar con sus viajes, ya que la vida no les depararía nada mucho mejor. No obstante, el escapismo en su visión de la realidad no les liberaba del temor y la paranoia por los efectos de la droga. Esto es lo primero que el lector encuentra en la obra y que evita su rechazo ante este tipo de personajes: Charles Freck es un joven drogadicto que observa con pánico la caída de su amigo Jerry Fabin en los terrores de una psicosis que le hacía creer que había áfidos (familia de insectos que incluye, entre otros, a los pulgones) por todas partes, en su casa, su perro e incluso en el interior de sus pulmones.

Freck nos presenta la droga de moda, lo más potente en este mercado de pesadilla: la Sustancia D (de death, muerte), muerte lenta o mors ontologica. En su tendencia a introducir fantasías entre sus vivencias, muestra la terrible adicción que genera, la posibilidad de que la fría sociedad se nutra de las ganancias de su comercio, del pisoteo de aquellas almas sensibles que han sucumbido a su tentadora llamada. El poder de su adicción, junto al miedo de acabar como Fabin, le hace pensar en la desintoxicación como posibilidad de redimirse de sus culpas y no terminar como Jimmy Hendrix, Janis Joplin o sus propios amigos. “Todos estaban como antes”; esta es la fantasía preferida de Freck, la añoranza por un mundo en que la gente podría ser feliz, el reflejo de las palabras de Dick: “Dejemos que todos jueguen de nuevo, de alguna manera, y que sean felices”.

Según Dick: “No soy ningún personaje de esta novela; soy la novela”. Pese a ello y a la manera en que personajes como Freck recogen ciertas inquietudes del autor, es el personaje principal, Bob Arctor, quien se halla en la posición del punto de vista de Dick en los días de Hacienda Way. Arctor lleva una doble vida: por un lado, abre su casa y comparte su vida con los alucinados y a veces peligrosos adictos. Por el otro, es un policía encubierto contra el narcotráfico. Estructuras de personalidad muy parecidas, cada una posicionada en un bando. La presencia de agentes infiltrados entre los drogadictos no sirve tanto para machacar a los consumidores como para llegar a las fuentes de la droga. Para Bob es un trabajo en que, de alguna manera, defiende a los suyos de aquellos que les han empujado a la desgracia.

Fotograma de la película dirigida por Richard Linklater en 2006

Fotograma de la película dirigida por Richard Linklater en 2006

Sería un riesgo que tales espías fueran reconocidos por la agencia policial para la que trabajan, ya que cometen actos delictivos en el cumplimiento de su labor. Así que todos los infiltrados gozan de una barrera que anula la identidad: el traje mezclador, un dispositivo que cubre el cuerpo completamente, a modo de mortaja (pues es la muerte de la identidad que oculta), y que proyecta a toda velocidad millones de combinaciones fisiológicas al mismo tiempo que distorsiona la voz. Entonces Arctor es Fred, el policía a quien se encarga la vigilancia de Bob Arctor como posible traficante. La circularidad es perfecta: los oscuros fondos adicionales con que Arctor compra droga, provienen de los sobresueldos de Fred. La vigilancia policial es omnipotente, menos en su propio campo, gracias a la despersonalización del traje. Arctor/Fred debe aceptar que se instalen holoescanners y audioscanners en su casa, así como visitar un piso franco para observar e informar sobre sus propios actos.

Esta vigilancia, paralela para Dick a la que realizara Nixon en la Casa Blanca, le da el poder de observarse a sí mismo y a su entorno. Este interés surge de la paranoia de Dick, exacerbada tras el extraño asalto a su domicilio el 17 de noviembre de 1971. El suceso, que le obsesionaría durante años, fue especialmente extraño: su casa estaba destrozada pero no faltaba nada de valor; sin embargo su archivador había sido reventado con un explosivo de uso exclusivo militar. Dick sospechó que el gobierno buscaba su novela inacabada Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), por su contenido subversivo. Quizá había dado en el clavo en su teoría del estado de vigilancia ilegal y censura perpetrado por el Estado. O tal vez la verdad era que él mismo había preparado el asalto para demostrar que tenía razón. Y luego lo había olvidado, como parte de su locura. Poco después se destapó el caso Watergate y todo se hizo más confuso. ¿Tenía razón o no Philip K. Dick en su paranoia, era un visionario o un perturbado? Cuestión irresoluble. El sabotaje de su coche y de su cefalocromoscopio (símil de su archivador, como aparato que recoge las impresiones mentales de la misma manera que el archivador contenía sus escritos) justificaba este juego de vigilancia paranoica con la que Dick fantaseaba, un modo de descubrir la verdad sobre sí mismo.

Arctor no vive una doble vida al uso del espía convencional: el abuso de la sustancia D perjudica su capacidad de percibir la realidad. Se da una ruptura entre las funciones de cada hemisferio, la percepción se distorsiona y no se extrae la síntesis correcta del mundo exterior; la capacidad cognitiva se ve intoxicada. Cada hemisferio puede desarrollar una identidad independiente: la personalidad de Fred (analítica, fría, centrada en su trabajo) y la de Bob (mucho más emocional y sufriente). La decadencia de la droga trabaja desde dentro, en el entendimiento, hacia afuera en el cuerpo; el reconocimiento de ambas personalidades como un solo ente va desapareciendo. Para Dick, esto no reflejaba tanto las propias consecuencias del consumo de drogas (su organismo las procesaba bien excepto en el caso de su páncreas) como su inestabilidad mental: la división entre Philip K. Dick y Horselover Fat, que encontramos en su obra Valis (1981).

La espiral de decadencia de Arctor y sus amigos, siniestramente espiada por Fred, desvela un punto vital, algo que desengaña al lector y que muestra la ingenuidad con la que Dick trató las drogas en obras anteriores. La degradación psicológica y física del drogadicto le empuja a cosas horribles pero no necesariamente a una total pérdida de empatía. Algo que contrasta con la absoluta degradación moral del ciudadano medio, que acepta las relaciones de poder y las estructuras férreas del sistema. Se retrata muy bien cuando los vecinos de una heroinómana, maltratada constantemente por su chulo y camello, se preocupan más de que, cuando salen de casa, en su barrio marginal, pisan mierda de perro. O cuando una vecina pide ayuda al grupo de Arctor para matar a una libélula que le da miedo, un insecto inofensivo que, de hecho, se alimenta de mosquitos. Cuando el grupo se lo explica, la mujer les dice: “Si hubiera sabido que era inofensivo, lo habría matado yo misma”.

Sin duda, la mirada a la oscuridad a través del reflejo invertido de la realidad revela mucho más de lo que distorsiona, aspectos que no queremos ver porque es demasiado doloroso. Tal vez la locura, la alteración de la conciencia de la droga o, simplemente, el estudio filosófico de la realidad sin ponerse una venda en los ojos muestra un lado oscuro. Pensar que todo tiene un sentido oculto nos lleva al error de creer que en ello hay una intención. Phil bromeó con la idea de crear un grupo de arrepentidos del sentido, al estilo de Alcohólicos Anónimos. Esta novela es la máxima expresión de este agotamiento en la búsqueda de sentido tras el tapiz de lo real, no es una novela moral en que se culpabilice a los drogadictos, sino un desarrollo causal que muestra las consecuencias demasiado severas del error de juicio que supone el consumo de drogas. Puede que al final del camino no haya sentido ni intención, sólo una nada oscura, tan vacía como la química pura de las drogas. Eso sí: es preciso advertir a los lectores que esta novela y todas sus vivencias fueron previas a la experiencia mística de Dick en 1974, que le llevó a una etapa mesiánica en la que la búsqueda de sentido volvió a él con toda su fuerza.