-Seguro que pensáis que los rutenios sólo contamos historias increíbles, supersticiones…

-¡Eso desde luego! No nos lo tenga en cuenta, cabo, pero estamos en 1915. Tenemos luz eléctrica, teléfono, automóviles, dirigibles, aeroplanos…

-Y también ametralladoras. Eso es el progreso.

(Myetzko, Sergio Toppi)

Durante las ocho décadas que vivió, pasó demasiado desapercibido. El maestro ilustrador italiano Sergio Toppi (Milán 1932-2012), una de las plumas más hábiles de la historieta europea, ocupa panteones humildes entre los aficionados y los críticos. En España es complicado que llene el estante más minúsculo de una librería; sin embargo, su trazo rayado a tinta poco tiene que envidiar al realismo de Alberto Breccia, a las ensoñaciones exóticas de Hugo Pratt o a la desbordante imaginación de Moebius. Ninth Ediciones se propuso en 2013 la tarea de reivindicar su figura y comenzó publicando Myetzko, una historia fantástica de trincheras en los albores de la Primera Guerra Mundial.

Galitzia, Ucrania. 1915, dos años antes de la revolución que forjaría la Rusia soviética. Los rostros sufridos, duros, en negro sobre blanco, del capitán Baborka y su ordenanza, Myetzko Goglowa, acompañan al lector en una patrulla de reconocimiento por el frente oriental de la Gran Guerra. Sobre un paisaje ambiguo de barro, escombros, cráteres y metal abandonado, los impecables uniformes -gorra calada, abotonados hasta el cuello- del oficial y su asistente sirven a Toppi para saltarse la estructura clásica y conducir la historia sobre las páginas del cómic. Viñeta a viñeta, la tinta negra comienza a comerse los fondos, a los personajes y, también, al mismo diálogo. Sergio Toppi crea una fábula oscura, como todas las que tienen sentido alrededor de la guerra, con un desarrollo trágico que induce al desaliento.

Ejemplo de composición gráfica de una página del autor italiano

Ejemplo de composición gráfica de una página del autor italiano

Salvando el monográfico del especialista Yexus Sergio Toppi, un visionario entre dos mundos (Dolmen Editorial, 2009 y en reciente edición digital, Uno Y Cero Ediciones), no abunda en castellano la crítica sobre la obra del italiano. No obstante, los ensayos que hay coinciden en destacar el poder de su plumilla rasgando el papel, la complejidad de sus composiciones y la peculiaridad de su trazo, que le lleva del embrujo de las tribus africanas al Japón medieval. Abrumados por la destreza de su mano, la mayoría de los artículos no entran a valorar la mente del ilustrador lombardo. Pero mientras su dibujo se mueve entre sombras, la inteligencia de Toppi resplandece en la narración. Myetzko no es un obra extremadamente ambiciosa y, sin embargo, sorprende por la profundidad de su lectura.

En primer lugar, Myetzko es una leyenda para contar alrededor de una hoguera. Así lo entiende Toppi, que explota el recurso de un viejo cabo que al abrigo de la trinchera relata al resto de la compañía la historia del gran príncipe Baborka y de su sirviente, Myetzko Goglowa.

“Vivió hace mucho, mucho tiempo -comienza el cabo- y aún hoy se habla ante el fuego de sus hazañas guerreras, de su valor, de su ferocidad. Lo llamaban el castrador de turcos…”

El príncipe y su compañero forjan un pacto que pervivirá a través de los siglos. El relato de la primera Guerra Mundial no es sino otro capítulo más de una historia de servidumbre que lleva anquilosada en Europa durante siglos, con los hijos del primer Myetzko a las órdenes de la siguiente generación de los Baborka.

Además, el autor salpica la obra con tintes sobrenaturales. En el acuerdo entre el príncipe y el sirviente se esconde algo taumatúrgico, salvaje y retorcido, una suerte de horror de la guerra -de todas las guerras- que acompaña a los dos protagonistas. La servidumbre conlleva un sacrificio y, más allá del relato fantástico, Toppi decide plasmar el martirio de Myetzko y Baborka en una doble página magistral que justifica toda la historia.

Sergio Toppi, el poeta de verticalidad, trabajaba en su casa, sobre una mesa muy grande copada por revistas, libros y fotografías. A su alrededor, una guardia de cascos militares y miniaturas bélicas. No tenía ordenador, pero sí una máquina de fax desde donde enviaba algunos trabajos. Siempre encontraba a mano un pequeño secador de pelo con el que secar las tintas que utilizaba. En las charlas con la gente que se acercaba a verle trabajar, reconocía verdadera fascinación por el contraste del blanco y el negro, algo definitivo para él. Igual que el aguafuerte, una pasión que se adivina en su estilo.

El italiano rechazaba la etiqueta de artista. Él se veía a sí mismo como un artesano del cómic, aunque no por ello renegaba de las bellas artes. Su periodo favorito se encuadraba dentro del modernismo, con Egon Schiele y Gustav Klimt a la cabeza de sus preferencias, y todos los demás miembros del Arte de Sezession como iconos y ejemplos. Una corriente que llegó hasta 1914, cuando estalló la contienda.

Existen tantas definiciones de guerra como víctimas. Sergio Toppi nació en el fascismo y vivió trece años en la violencia italiana del ascenso de Mussolini y el holocausto europeo. Quizá por eso se alejara el dibujante de su experiencia y ubicara la leyenda de Myetzko en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, un conflicto que, a pesar de marcar el comienzo del siglo XX, se percibe como parte de la esencia decimonónica que se aprecia en muchos de sus admirados iconos.

En las viñetas de Myetzko se distingue la mezcla de todos estos elementos y se esconde una definición personal de la guerra: oscuridad, servidumbre y muerte. Toppi labra con sus dibujos la imagen de una Europa desfigurada, del hombre como un Dios infante que por primera vez puede alterar el paisaje con sus berrinches. Y de dos espíritus monstruosos: el del vasallaje que sobrevive por la inercia de los siglos y el del progreso más abyecto, nacido de la explosión de un obús perdido.