Marta Lila Murillo (Valencia, 1968) se presenta a la cita como si fuese a someterse a un examen: lleva una libreta plagada de anotaciones. Sabe que va a ser preguntada por Hiperbórea, la última novedad de Valdemar, por su autor, Clark Ashton Smith y por otros escritores que ha traducido, y no quiere dejar nada al azar. El entrevistador la tranquiliza rápidamente, y el ambiente, que nunca ha abandonado la campechanía, se distiende. La sombra que cayó sobre Marta de pronto se disipa. O casi: el entrevistador advierte que le reserva “una sorpresa” en forma de pregunta final. Curiosa, la traductora se arrellana en el asiento.

El escenario –las oficinas de Valdemar- es el mismo que hace un año y medio largo, pero tan sólo ha cambiado uno de los protagonistas: Marta está acompañada por el editor Rafael Díaz Santander, quien de vez en cuando intervendrá para apostillar algo con elocuencia e ingenio. El mundo exterior llega amortiguado, pero aun así se escuchan los ecos de los coches, del bullir humano. La luz se infiltra por las ventanas y lo inunda todo. Libros, estanterías, mesas. Para nosotros, mientras hablamos, se convierte en un parapeto contra las monstruosidades que Marta empieza a invocar.

Fotografías de Ana Picos.

Fabulantes: ¿Qué puedes comentarme de Hiperbórea, el nuevo libro que ha sacado Valdemar y que has traducido?

Marta Lila Murillo: Hiperbórea y otros mundos perdidos incluye cuentos de tres de las series o mundos de Clark Ashton Smith, en concreto, Hiperbórea, Aihai y Xiccarph. Los cuentos reunidos en la serie de Hiperbórea remiten a un pasado remoto en el planeta Tierra, anterior a la Gran Glaciación, mientras que los cuentos de Aihai y Xiccarph se sitúan en planetas distintos y en un futuro remoto. Esa predilección por lugares y tiempos remotos es una constante en la obra de este autor, y en ese sentido, las narraciones de Ashton Smith, a pesar de la imaginación desbordada y los argumentos alucinantes, me parecen bastante coherentes y brillantemente escritos. Con esto quiero decir que todos los elementos en sus cuentos, desde el argumento, personajes, descripciones, incluso el lenguaje que selecciona cuidadosamente, remiten a mundos, lenguas y civilizaciones remotas, lejanas al lector.

Es un libro bastante complejo de traducir por el peculiar estilo de su autor. Ya me pasó con Zothique, no me ha venido de nuevas. Esa dificultad es propiciada, por un lado, por el léxico que emplea, latinismos y palabras exóticas que el autor selecciona cuidadosamente para ahondar en esa atmósfera “de lejanía, inmensidad, misterio y exotismo”, como la denominó el propio Ashton Smith en una de sus cartas. Es curiosa la labor de espeleología etimológica que a veces es necesaria a la hora de traducir para rescatar el significado de los arcaísmos que emplea. Por otro lado, están las interminables construcciones sintácticas. Hay un dato curioso sobre su obra: el número medio de palabras por frase es de 23,4 palabras, que para la lengua inglesa es bastante alto, y es que algunas frases pueden tener cincuenta palabras fácilmente. Por eso, es necesario un pequeño trabajo de reordenación sintáctica para el lector en español. Si no lo hiciera podrían acusarme de homicidio involuntario por asfixia de cualquier lector incauto.

F.: Cuando te pones con un autor como Clark Ashton Smith, ¿cuánto investigas?

M. L. M.: Ya hice Zothique, así que gran parte de la investigación, si no toda, estaba hecha. Además, había traducido ya relatos breves de Howard, lo que me ayudó mucho a conocer la obra de Clark Ashton Smith. Con Zothique me puse más en serio: tiré de los textos escritos por Lin Carter, de biografías, de comentarios críticos… Lo que pasa es que cuando te pones a traducir, te tienes que “quitar eso de encima”: estás solo con el texto. El contexto está bien conocerlo, puede resultar útil saber sus influencias decandentistas o simbolistas, pero al final tienes el texto y debes “volcarlo” tal y como le llegó al lector de la época de Ashton Smith. El objetivo es lograr que las impresiones de aquellos lectores se trasladasen también a los de ahora.

F.: ¿Tienes algún truco para traducir?

M. L. M.: Codos y codos (risas). A mí lo que más me importa es buscar el estilo del autor. Que el texto suene al traductor de turno es, en mi opinión, un fracaso; sé que es imposible desembarazarse del todo de los tics o hábitos lingüísticos propios, pero al menos ese es el ideal al que aspiro cuando traduzco. Si es un libro de Clark Ashton Smith, de Howard o de Ligotti, mi deber para con los autores es que sus estilos sean también traducidos lo más fielmente posible. Esos tres autores tienen tres estilos totalmente distintos y así deberían llegar al lector. Mi truco consiste simplemente en mostrar lo más fielmente posible cómo quería el autor que la obra llegase a sus lectores. Es la única manera que conozco de hacer las cosas.

Con Clark Ashton Smith sus contemporáneos alucinaban. Empleaba términos de la mitología celta u oriental que les sonaban a mandarín. Además también fue criticado por ciertos círculos literarios, por ese abigarramiento del lenguaje. Hay que tener en cuenta que C.A.S. fue coetáneo de autores mainstream como Steinbeck, Hemingway, Dos Passos. Sus excesos lingüísticos, a pesar de estar justificados por esa atmósfera distante de la que hablaba antes, no fueron aceptados por todos los lectores. Además, no era uno de esos autores que te presentan mundos con los que el lector se siente a gusto y familiar. Sus universos nunca están aquí, están en Marte o han quedado muy atrás en el tiempo, se remite a épocas preglaciares o, como pasa en Zothique, mundos futuros en los que ya la humanidad está en su ocaso. A mí me preocupaba trasladar esa inquietante atmósfera de distanciamiento del ser humano, de amoralidad cósmica; esa sensación de que el ser humano no es más que una excrecencia más de la naturaleza, y, cómo no, el tono irónico de algunos de sus relatos, como ocurre en el cuento de “Los 39 cinturones” y sus “virtuosas” vírgenes, o en el de los “Siete Geases”, donde el hombre no está en la parte superior de la cadena evolutiva, sino, justamente, en la más baja.

F.: Y por lo que sabes de Ashton Smith, ¿por qué tiene tan escasos intereses por la humanidad?

M. L. M.: Bueno, no estoy tan segura de que fuera tanto desinterés por el ser humano, como su profunda y conocida aversión por la literatura realista. De hecho, en más de una ocasión (cartas, ensayos) expresó su convicción de que no hay ninguna justificación para que exista la literatura a menos de que sirva para liberar la imaginación de las ataduras de nuestro día a día. A esto hay que sumar el profundo interés de este autor por las distintas teorías filosóficas y científicas de su tiempo, como el relativismo o el caos. Sus cuentos son un buen ejemplo de estos. Los dioses no actúan guiados por ética alguna. No son buenos ni malos. La vida de un humano no vale más que la de cualquier otra criatura. Los dioses de Clark Ashton Smith son bazofia (risas de los presentes). Los dioses son seres con los defectos humanos aumentados al 100%. Son amorales. Y es justamente en esto donde reside el mayor de los terrores en sus historias. Esto además da pie a otra de las cosas que me gusta de él: no sabes cómo –ni dónde- van a terminar sus cuentos.

Lo que más me importa es buscar el estilo del autor: es el ideal al que aspiro cuando traduzco

F.: Sí, es verdad. Lo percibí en el relato que elegimos el año pasado como contenido de “Noche de difuntos”, Estirpe de la cripta, que tradujo Torres Oliver para el libro Los mitos de Cthulhu. Es cierto que no se casa con nadie, que sus relatos son pura incógnita…

M. L. M.: Es una puerta abierta a cualquier posibilidad, que es lo que me gusta en literatura, pero también en cine, en música, en todo… que me sorprendan. Ashton Smith en ese sentido es bastante diferente a Howard, un maestro en crear héroes, escribe sobre un Bien y un Mal, todo está más en su sitio. La exuberancia de su lenguaje y sus descripciones son geniales, pero siempre sabes en qué parámetros te mueves. No pasa así con Clark Ashton Smith y sus mundos desconocidos, tan distantes además de la ciencia-ficción clásica y de sus tópicos. La primera parte de Hiperbórea me encanta: son historias ambientadas en épocas preglaciares. Ashton Smith recrea hasta el magma primigenio, como en “Los siete geases”, donde describe una regresión completa: el protagonista empieza como humano y va involucionando hasta transformarse en una excrecencia del magma primigenio. Lo que más me llama la atención de este hombre es su desbordante imaginación. Pero no para crear mundos de fantasía bonitos e historias con final feliz, sino mundos nauseabundos y desquiciados. Aberrantes. Y que nadie espere alivio al llegar al final de sus cuentos. Es como si dijera, ¡a la mierda con todo! Es lo que más me divierte de él. Clark Ashton Smith está entre mis favoritos de los que he traducido. Es un Lovecraft pasado de revoluciones.

F.: ¿Qué es lo más complicado que has traducido?

M. L. M.: Yo diría que Ligotti. Por la oscuridad de su texto. No tiene una finalidad, una historia a la que agarrarte, unos parámetros que te digan: “ah bueno, esto desde el sentido común es así y lo traduzco de tal manera”. No: son historias abiertas, deja todo a la imaginación del lector, no te cierra ninguna historia… es mucho lo connotado o sobreentendido, y eso es bastante difícil de traducir porque no puedes cruzar la línea que el autor decidió no cruzar. No puedo ponerme a explicar más, “Venga va, voy a redondear esta frase que parece que se ha quedado ambigua”; con Ligotti tienes que hacerlo así, dejarla ambigua. Me costó bastante. De hecho, Rafa (Díaz Santander) tuvo que revisarlo. Estuvimos peleándonos los dos para que fuera lo más fiel posible. Fue un trabajo en equipo. No sólo por el tema del lenguaje sino por el poso filosófico que posee Ligotti y que yo desconocía. Rafa es filósofo y por eso me ayudó bastante con el tema.

F.: De hecho, Rafa lo definió de una manera que me apasiona, como un “cosmonauta del vacío”…

M. L. M.: Sí, Rafa es único para las definiciones (risas).

(Desde las profundidades de las oficinas de Valdemar interviene Rafael Díaz Santander para ofrecer una nueva definición de Clark Ashton Smith: “horror psicoactivo”).

F.: ….

M. L. M.: Perdona que interrumpa la siguiente pregunta, y conste que no quiero meter publicidad, pero estaba traduciendo Hiperbórea y me tocó luego traducir John muere al final, de David Wong (el próximo título del catálogo de Insomnia)… ¡y resultó que era muy clarkashtonsmithiana! Es una locura psicodélica, sus dioses (sus monstruos) tienen un tratamiento similar, los personajes se parecen… Es curiosa la influencia que Ashton Smith tiene en los nuevos escritores de terror. Sobre todo nos sorprende bastante aquí, ya que es más desconocido en España. En Estados Unidos hay muchos escritores que se han inspirado en sus historias. Tienen una iconografía propia de Clark Ashton Smith. Perdona la interrupción, quería comentártelo porque he traducido uno detrás de otro y me hizo gracia la coincidencia. Vaya, parece que me estoy especializando en monstruos asquerosos…

Lo que más me llama la atención de Clark Ashton Smith es su desbordante imaginación para crear mundos nauseabundos, desquiciados y aberrantes

F.: Cambiemos de tercio. Quería preguntarte por uno de los pioneros, por Robert Chambers, el de El rey de Amarillo. ¿Qué tal fue aquella traducción? ¿Qué te parece Chambers?

M. L. M.: Me agradó mucho también traducirlo. Relatos cortos de estilo bastante preciosista. No hay que olvidar tampoco su influencia simbolista y decadentista. De hecho, Chambers fue una de las influencias de Lovecraft y su grupo. Estuvo en París, coincidió con algunos vanguardistas, y se nota en su utilización del lenguaje. Utiliza un léxico bastante culto, con toques latinos, es muy buen narrador, maneja muy bien los tiempos. Consigue atmósferas siniestras e inquietantes. Traducirle no me supuso grandes problemas ni un gran desnivel con relación a la prosa de Clark Ashton Smith. Me siento muy ilusionada con el resurgir de Chambers a raíz de la serie True Detective.

F.: Otro de los grandes que has traducido ha sido a Francis Marion Crawford. Ha sido todo un descubrimiento. ¿Le conocías antes de ponerte con él?

M. L. M.: No, ni a Chambers ni a muchos otros. Son todo ideas de la editorial. Respecto a Marion Crawford, resulta llamativo que la mayoría de sus cuentos de terror han ido apareciendo en muchas antologías del género, lo cual es una motivación añadida a la hora de traducirlo. Cuando lo traducía tenía la sensación de estar viendo una película impresionista a lo Nosferatu, con toques de Historias de la cripta. Tiene talento para conducir al lector hasta el efecto final…

F.: ¿Qué es lo que más te ha ayudado a traducir?

M. L. M.: Antes de meterme a traducir atrocidades para Valdemar, estuve traduciendo básicamente texto técnico con algunas breves incursiones en la literatura y un montón de trabajos durante la carrera de filología. Pero en realidad lo que más me ha ayudado a traducir son las cantidades enormes de libros que he leído tanto en español como en inglés. Y más importante me parece haber leído en español que en inglés. Estuve viviendo en Inglaterra tres años, tuve pareja inglesa durante ocho, así que puedo decir que he tenido bastante contacto con el inglés… pero yo notaba que me faltaba castellano. Hay que leer mucho castellano para poder ser un buen traductor. Y leer a buenos traductores. Recuerdo haberme estudiado las traducciones de Paco Torres porque me parece un gran traductor. Me fascina su humildad para no imponerse al autor, su habilidad para transmitir las atmósferas de cada uno de ellos, su capacidad para que se oiga la voz del autor en vez de la del traductor. Paco Torres es un maestro en eso.

F.: ¿Y eso cómo se consigue?

M. L. M.: Creo que con mucha lectura y muchos conocimientos, y sobre todo con humildad. Torres Oliver admira profundamente a los autores que ha traducido, y por eso es respetuoso con su texto. Ser respetuoso es ser fiel al texto original y a su autor.

Fíjate que lo primero que traduje para Valdemar fue literatura pulp, no muy bien considerada dentro del canon literario, por no decir ignorada y aborrecida. El traductor en estos casos puede sentir la tentación de meter la cuchara. El problema, o el error, es querer mejorar a un autor concreto. Y es que los lectores que disfrutan con historias como las del detective Dan Turner, de Robert Leslie Bellen, o las de Frederick C. Davis, autor de Los hombres topo quieren tus ojos, buscan en esos autores precisamente la crudeza y los clichés del género, los efectos sensacionalistas, no que le adornes primorosamente la frase ni que le pongas nada de tu cosecha. Lo interesante es que el lector sepa reconocer la voz de, por ejemplo, Clark Ashton Smith o de Robert Howard.

Para traducir, me parece importante haber leído más en español que en inglés. Hay que leer mucho castellano para poder ser un buen traductor. Y leer a buenos traductores: recuerdo haberme estudiado las traducciones de Torres Oliver

F.: Como traductora literaria de adopción en este género del terror, ¿qué te parece este mundo en el que te ha metido Valdemar?

M. L. M.: Pues ahora soy más freak que los fandomitas, seguramente (risas). Me fascina. Además hemos estado yendo al festival de Sitges desde hace años, con lo cual me he metido de lleno. Pasé de tener otros intereses y ningún contacto con el mundo del terror a estar rodeada habitualmente de atmósferas que me inquietan y divierten. Me atraen tanto los clásicos (Lovecraft, Chambers o Ashton Smith) como la nueva literatura que se está haciendo ahora siguiendo su estela.

F.: ¿Y qué te ha aportado?

M. L. M.: Aparte de trabajo, que está muy bien (risas), conocer nuevos mundos, salirme un poco de la visión eurocéntrica de la literatura y aprender sobre estos autores que se mueven en los límites de la literatura, el quitarme los prejuicios del canon literario, de lo que es alta o baja literatura. Todavía no se ha puesto nadie de acuerdo en qué es o qué no es literatura. Literatura es entretenimiento y conocimiento, y ambas cosas pueden encontrarse en todos los géneros, incluso en el “Main Stream”, como diría Rafael (risas).

F.: Y un aviso para navegantes para Valdemar. ¿Qué es lo próximo que te gustaría traducir?

M. L. M.: Me gusta mucho la novela contemporánea. Estoy entusiasmada con la nueva colección Insomnia, con autores contemporáneos que plantean innovaciones estilísticas. Me gustaría traducir el próximo de Clark Ashton Smith… O a Will Self, un escritor británico que me apasionaría traducir por la dificultad que entraña. Hay una novela suya, The Sweet Smell of Psychosis, que no está traducida… En España se publicó -en Anagrama y MondadoriMi idea de la diversión, Cómo viven los muertos, y alguna más (Grandes simios), pero se dejó de traducir. No creo que Valdemar vaya a traducir a Will Self, si no lo han conseguido vender ni Anagrama ni Mondadori, ellos menos todavía…

F.: ¿Es género?

M. L. M.: Es weird. Es literatura de lo extraño. Pertenece al mismo género de literatura que escribía Iain Banks, o la del primer Ian McEwan en sus relatos cortos (In Between the Sheets; The Cement Garden). Es un weird británico de los años 80, del que no se ha hablado tampoco mucho. Iain Banks, por ejemplo, publicó, como Self, relatos breves siniestros en su antología de relatos Canal Dreams (1989). Son tres autores cuyos relatos breves tienen un toque weird que podrían ser explotados por alguna editorial de aquí. He llegado a leer, creo que en la Wikipedia, que Will Self es realismo mágico. Buf. En mi opinión no podrían estar más equivocados. Es verdad que Self incluye elementos inexplicables y extraños, pero no es realismo mágico. Es weird, no es una cosa bonita de “ay, se te aparece la abuela” (risa del entrevistador). No, se te va a aparecer un cabrón pederasta que te va a joder la vida.

El problema, o el error, es querer mejorar a un autor concreto. Los lectores que disfrutan con historias pulp las buscan precisamente por la crudeza y los clichés del género, los efectos sensacionalistas, y no porque vayas a adornar primorosamente la frase ni que le pongas nada de tu cosecha

F.: Como John Connolly…

M. L. M.: Más bien un toque fantasioso pero aberrante y chungo, y en ese sentido, no muy distinto a Lovecraft o Clark Ashton Smith. John Connolly es novela negra con un toque sobrenatural y psicópatas. Will Self utiliza un lenguaje complicado que precisa también cierta investigación filológica.

F.: Pregunta final y sorpresa, como te había adelantado. Me ha parecido fabuloso que hicieras traducciones de edafología. ¿Cómo influye esa experiencia en tu carrera actual de traductora?

M. L. M.: (Risas prolongadas) ¿De dónde lo has sacado?

F.: Investigo…

(Rafael interviene para preguntar, totalmente desconcertado. Marta y el entrevistador le explicamos qué es la edafología: la ciencia que investiga los sustratos terrestres)

M. L. M.: Fue por una iniciativa de la facultad de geología de la universidad de Valencia. Un amigo de la familia ejercía de catedrático de edafología, yo acababa de llegar de Inglaterra y me dijo: pues toma, tradúceme esto. Y salió como salió (risas). No era una cosa para enmarcar, se podría haber hecho mejor pero era muy, muy técnica.

F.: ¿No te ha influido en traducciones posteriores?

M. L. M.: Bueno, seguramente sí. Ahora que lo comentas, y teniendo en cuenta que la mayor parte de historias de Hiperbórea transcurren bajo los sustratos terrestres, se podría decir que he vuelto a mis orígenes. En realidad tengo memoria de pececito de color. A lo mejor por eso no se me da mal del todo traducir: suelo hacer un reset antes de meterme con una nueva traducción, e intento alejarme de lo que acabo de traducir. Ahora me está pasando y me está costando: estoy con John muere al final justo después de acabar la traducción de Hiperbórea y no logro quitarme a Clark Ashton Smith de la mente, lo veo por toda la novela. Me digo: ¡si este Dios es el mismo que sale en Clark Ashton Smith!

En todo caso, para traducir a Clark Ashton Smith más que la edafología lo que te puede ayudar es, como ya dije antes, la espeleología… no veas lo que cansa rebuscar entre las profundidades etimológicas de la lengua inglesa.

En el terreno de la traducción técnica sobre todo he traducido algo más sencillito como es el la psicología social.

En cuanto a la traducción literaria, también he traducido algo de western. Es una literatura que me gusta y que aquí no es muy conocida, aunque en Estados Unidos es fundacional…

Ahora soy más freak que los fandomitas

F.: ¿Y has tenido que “crear un tipo de lenguaje” cuando has traducido western o lo tenías ya hecho por toda la iconografía del cine?

M. L. M.: Bueno, yo estaba bastante familiarizada con la literatura y el cine norteamericanos. Tuve la suerte de tener como profesor a Javier Coy, un gran especialista en literatura norteamericana, muy interesado por el western, además. Aún así, tuve que enfrentarme a la jerga de los tramperos. Tuve que documentarme. Lo bueno es que como ha habido mucha investigación lingüística en Estados Unidos abundan los glosarios del western, con lo cual siempre tienes muy a mano los significados. He tenido que investigar bastante, sí. Bajo cielos inmensos me costó mucho: hay que transcribir esta jerga en un español llano, en ocasiones soez, que empleaban hombres solitarios, no dados a grandes parrafadas ni frases complicadas.

F.: Muchísimas gracias, Marta.

Gracias a vosotros. Me parece magnífico el trabajo que estáis haciendo en Fabulantes. Keep up the good work!!