Picasso e Italo Calvino

Dibujo de Picasso escogido por el propio Italo Calvino para su edición de El vizconde demediado de 1952.

La tendencia a lo fantástico que empezó en los años ’30 con autores como Massimo Bontempelli, Tommaso Landolfi y Dino Buzzati, dejó paso, a partir de la década sucesiva, al desarrollo de un nuevo movimiento artístico y literario: el Neorrealismo. Sin embargo, los escritores afines a la corriente fantástica no dejaron de publicar sus obras dentro de este marco.

“Mi amigo y yo no podemos soportar la luna. A su luz salen los muertos desfigurados de las tumbas, sobre todo mujeres envueltas en blancos sudarios. El aire se puebla de sombras verduzcas y a veces se tizna de un amarillo siniestro”.

Con estas palabras empieza El cuento del licántropo de Tommaso Landolfi, escrito en 1939 e incluido por Italo Calvino en la recopilación de cuentos Invenciones (para más información sobre Landolfi e Invenciones, aconsejamos leer la primera parte del reportaje Un recorrido por la literatura fantástica italiana). La luna siempre ha sido un objeto de interés en la literatura de todos los tiempos, con matices a veces positivos, otras veces negativos, románticos o surrealistas. En este caso, la luna es «una cosa asquerosa», algo parecido a una bombilla eléctrica pero «viscosa y grasienta»; es, definitivamente, un ser que infunde temor. Los protagonistas hablan de ella como de «la maligna que nos domina». ¿Qué pasaría si, por fin, consiguieran atraparla y deshacerse de ella? Landolfi nos da prueba, una vez más, de saber organizar en pocas páginas un cuento narrativamente perfecto, elaborado alrededor de una sola y única idea, como, en este caso, la supuesta maldad de la luna.

En la poética landolfiana el azar juega un papel fundamental; para el escritor el azar y el no azar son las dos caras de la misma medalla, de lo único que hay de estable y seguro en el mundo: la muerte. El cuento La espada (1942) es, en cierta manera, un ejemplo del papel que juega el azar en la vida de los hombres y su relación con la muerte. La espada es la historia de un hombre que vive una etapa difícil de su vida y que, de repente, encuentra, entre la herencia de sus antepasados, una espada resplandeciente. En el imaginario fantástico, la espada es un objeto que lleva en sí una carga de honor y, a la vez, de responsabilidad, la responsabilidad de hacer algo memorable. Sin embargo, en los años ’40 ya no había caballeros contra los que luchar o princesas de salvar y así el protagonista, sin saberlo, convirtió su “gran hazaña” en la ruina de su vida. Renato di Pescogianturco-Longino es víctima y, a la vez, autor de su misma tragedia.

La espada puede entenderse también como el símbolo de un talento sublime, un talento, como el del escritor, que puede utilizarse como instrumento para la creación literaria. La misma alegoría se encuentra en el cuento del 1954, La mujer de Gogol, donde la protagonista femenina, Foma Paskalovich, llamada también “Caracas”, no es nada más que una muñeca hinchable. Es una mujer que puede cambiar de forma, estilo y apariencia y adaptarse a los deseos eróticos de su marido, Gogol. El acto de la creación literaria es algo parecido a la mujer camaleónica del escritor ruso, siendo un acto único, siempre distinto e irrepetible.

De la misma manera que Landolfi, también Dino Buzzati se mantuvo fiel a su afición a la literatura fantástica y en el 1945 publicó el libro infantil La famosa invasión de Sicilia por los osos (versión al castellano ilustrada por el mismo autor en Gadir, 2006). Con esta fábula, Buzzati traslada al lector a una remota Sicilia fuera del tiempo, donde los protagonistas no son los hombres sino los animales. La famosa invasión de Sicilia por los osos es una historia sobre la imposibilidad de la convivencia entre los animales y los hombres (y, metafóricamente, entre hombres y hombres). Es también una reflexión sobre el peligro y las consecuencias de un poder desmesurado puesto en las manos de los hombres (o, en este caso, de los osos). La historia empieza cuando Leoncio, rey de los osos, se entera de que los hombres habrían capturado y convertido en un equilibrista a Tonio, su hijo pequeño. Guiado por este noble instinto paternal, el rey decide bajar las montañas e ir con sus compañeros a salvar a su hijo. A partir de entonces, los osos reinarán sobre los hombres durante trece largos años, suficientes, nos dice irónicamente el autor, para adquirir todos sus peores vicios: el alcohol, el juego y el lujo desenfrenado. Con aventuras inesperadas, una pizca de magia, una dosis de escalofríos producidos por monstruos y fantasmas, Buzzati crea una sublime receta para deleitar a los niños y divertir a los adultos. Una vez más, el autor encuentra los ingredientes perfectos para esconder en el mundo fantástico de las fábulas la incertidumbre y el drama de la condición humana.

Mientras que la producción literaria de Landolfi y Buzzati seguía en el marco del elemento fantástico, entre el 1943 y el 1955, comenzaba en Italia uno de los movimientos que más éxito tuvo en el posguerra, el Neorrealismo. Muchos lectores sabrán qué significó este movimiento para el cine italiano, pero pocos saben que la misma inquietud que caracterizaba el cine de esos años se encontraba también en la literatura. Nacido como consecuencia y reacción a los acontecimientos históricos y sociales de la Segunda Guerra Mundial y como voluntad de reencontrar una cierta armonía con la vida, el movimiento neorrealista se fundaba en la idea de que sólo una literatura y un cine de tipo “social” pudieran aportar algo positivo y útil a una sociedad en continua transformación. Así, mientras cineastas como Roberto Rossellini, Vittorio De Sica o Luchino Visconti proponían con sus películas una nueva perspectiva cinematográfica, intelectuales como Elio Vittorini, Cesare Pavese e Italo Calvino (que entonces emprendía sus primeros pasos en el mundo de las letras) fueron pioneros del Neorrealismo literario. Bajo este movimiento, la voz del literato se convertía en una voz histórica, social y política. Sin embargo, cuando hablamos de literatura resulta complicado distinguir el límite entre lo que es realidad y lo que es ficción. Lo sostenía el mismo Jorge Luis Borges en sus diálogos con Osvaldo Ferrari (En diálogo I, Editorial Sudamericana, 1998):

-“Bueno, yo diría que toda literatura es fantástica, que la idea de la literatura realista es falsa, ya que el lector sabe que lo que le están contando es una ficción. Y, además, la literatura empieza por lo fantástico, o, como dijo Paul Valéry, el género más antiguo de la literatura es la cosmogonía, que vendría a ser lo mismo.”

Lo demuestra uno de los grandes escritores e intelectuales del siglo XX, Italo Calvino, que supo manejarse con la misma destreza en distintos géneros y estilos literarios y que infundió en todas sus obras, hasta en las más realistas, una atmósfera mágica. Calvino (Cuba 1923 – Siena 1985) empezó su trayectoria literaria en el marco del Neorrealismo con sus primeras dos publicaciones: El sendero de los nidos de araña (1947; para la edición en castellano, Siruela, 2010) y Por último, el cuervo (1949; la versión más reciente al castellano es de la editorial Siruela en 2011). La primera representa el clima general de la Italia fascista, contada según la perspectiva de Pin, un niño listo pero desorientado en un mundo de adultos que no logra comprender. Por otro lado, Por último, el cuervo es una recopilación de treinta cuentos escritos por Calvino entre 1945 y 1949. Estas breves historias están estrechamente ligadas a la experiencia bélica vivida por el autor, algunas de ellas crueles y grotescas, otras misteriosas o patéticas, pero todas, aunque impregnadas de realismo, dejan intuir una atmosfera mágica que tomará protagonismo en las obras sucesivas del intelectual italiano.

El salto de Calvino del neorrealismo a lo fantástico fue breve: en el año 1952 ya aparecía en las librerías italianas la primera novela de la trilogía fantástica Nuestros antepasados (Siruela, 2010), compuesta por: El vizconde demediado (Siruela, 2012); El barón rampante (1957; Siruela 2014) y El caballero inexistente (1959; Siruela 2013). A la vuelta de la guerra, Calvino se dio cuenta de que el Neorrealismo ya no era un instrumento capaz de explicar la complejidad y pluralidad de la realidad, y así fue como encontró en la fantasía y la inverosimilitud la clave para entender una época. Entre mitos, fábulas y cuentos populares Calvino da vida a tres personajes peculiares o, si queremos decirlo de otra manera, posmodernos: hay quien ha sido demediado por un cañonazo turco como el vizconde Medardo de Terralba; quien decide transcurrir toda su vida en las ramas de los árboles, como Cosimo, y, por último, quien carece de materia, como el caballero Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, que resulta ser una mera armadura vacía. El lector se preguntará fácilmente qué tienen que ver estos personajes con el intento calviniano de entender y representar la realidad de la posguerra italiana. Para comprenderlo nos servirán las palabras del autor:

“En El caballero inexistente, como en mis dos anteriores novelas fantástico – morales o lírico – filosóficas, o como se las quiera llamar, no me he propuesto ninguna alegoría política, sino tan sólo estudiar y representar las condiciones del hombre de hoy, la forma de su alienación, las vías para la consecución de la humanidad total”.

En El vizconde demediado, Medardo de Terralba es la imagen-símbolo de la condición del hombre contemporáneo, que lucha constantemente contra sí mismo, contra su naturaleza y su irremediable dualidad. Cosimo, protagonista de El barón rampante, representa la lucha entre la conciencia individual y la responsabilidad histórica: es un hombre maduro que tiene la fuerza de rechazar la tiranía refugiándose en su propio mundo, el de los árboles, desde donde puede ver la vida de los hombres de una perspectiva privilegiada. Y, finalmente, Agilulfo, el caballero inexistente, representa el último nivel de alienación del hombre, es como un autómata que vive por inercia, siguiendo, sin ponerse ningún interrogante, las normas impuestas por una autoridad superior. El caballero inexistente es sin duda la novela más pesimista de la trilogía porque pone en evidencia el drama de la condición humana, cuya única posibilidad de rescate se encontraría en la novela anterior, y más precisamente, en la actitud de Cosimo, que decide vivir en su propio mundo y con sus propias reglas. Resulta evidente que el tema de la alienación es la clave para interpretar la trilogía fantástica calviniana, de la que hablaremos de una forma más extensa en un próximo artículo.

El origen de la ciencia-ficción

El primer intelectual italiano que se interesó en el género literario de la ciencia-ficción fue Antonio Gramsci (1891-1937). En Cuadernos de la cárcel (edición al castellano por Casa Juan Pablos, 2009), obra escrita entre el 1929 y el 1935 durante su reclusión en prisión, el filósofo italiano reflexionaba sobre distintos temas y, entre ellos, también sobre la literatura popular, un género muy desarrollado en los demás países europeos pero poco en Italia. Gramsci encontró en Jules Verne el representante de un nuevo género de la literatura popular, que él definió “novela científica de aventuras”. Sin embargo, tendremos que esperar hasta 1952 para hablar del origen de la ciencia-ficción en Italia. 1952 fue el año en el cual nacieron y empezaron a publicarse las primeras dos revistas dedicadas a este género literario: Scienza Fantastica, avventure nello spazio, tempo e dimensione (Ciencia Fantástica, aventuras en el espacio, tiempo y dimensión) y Urania (en referencia a la musa de la astronomía).

Scienza Fantastica, dirigida por Lionello Torossi, fue publicada durante un año, desde abril de 1952 hasta marzo de 1953. El título de la revista pretendía ser una traducción italiana del término inglés “science fiction”. Sin embargo, fue Giorgio Monicelli quien acuñó el término “fantascienza” (ciencia-ficción), utilizándolo por primera vez en el tercer número de la revista Urania. Esta última nació de la colaboración de Monicelli con Arnoldo Mondadori (importante editor entonces como ahora); los dos decidieron dedicar dos publicaciones a este nuevo género: además de la revista se publicó, bajo el mismo título, una colección de novelas. El rol de Urania fue de fundamental importancia para la difusión de la ciencia-ficción en el “Bel Paese”; de hecho las obras de muchos escritores como Asimov, Ballard, Dick y Le Guin fueron publicadas por primera vez en esta revista.

Tanto en Scienza Fantastica como en Urania se publicaban cuentos y novelas de escritores estadounidenses e italianos. Los escritores italianos demostraron una verdadera admiración hacia el género que se iba desarrollando más allá del océano, y por eso la mayoría de ellos publicaba sus cuentos y novelas bajo seudónimos anglosajones: Gianfranco Briatore era John Bree, Luigi Naviglio era Louis Navire, Roberta Rambelli era Robert Rainbell, asimismo Ugo Malaguti y Carlo Bordoni publicaron sus primeras obras bajo los nombres respectivamente de Hugh Maylon y Charley B. Drums.

Tomando como fecha de referencia 1952, el primer escritor italiano de ciencia-ficción se puede considerar Lionello Torossi que, bajo el seudónimo de Massimo Zeno, publicaba en el número 1 de Scienza Fantastica (abril 1952) el primer capítulo del cuento Il ratto delle Sabine (El rapto de las Sabinas). Es a partir del año 1957 que se manifiesta un verdadero boom de publicaciones de cuentos, novelas y nuevas revistas de ciencia-ficción como I romanzi del Cosmo (Las novelas del Universo, 1957-1967), Cronache del futuro (Crónicas del futuro, 1957-1958) y Oltre il Cielo (Más allá del Cielo, 1957-1975). Ya han pasado 62 años desde los inicios de la ciencia-ficción en Italia; ha habido épocas más proliferas y otras menos, pero siempre ha quedado relegado a género de nicho. Sin embargo, al igual que las perlas encerradas en las conchas, que algo esté escondido en un rincón no significa que no tenga valor.

Otros recorridos:

Bontempelli, Landolfi, Buzzati

Nuestros antepasados