A Mike Mignola le apasionan los monstruos. Son su debilidad. El idilio empezó a sus trece años, tras la lectura de Dracula, de Bram Stoker, y aún no ha terminado. En 1982, todavía veinteañero, viajó a Nueva York para trabajar en Marvel y dibujar aberraciones. Tuvo que esforzarse mucho hasta lograrlo.
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Mignola se foguearía, en primera instancia, como entintador y portadista: suyas serían las cubiertas de las series de Batman: Una muerte en la familia (1988-1989) y Dark Knigth, Dark City (1990). No abandonaría por mucho tiempo al hombre murciélago: en 1989 dibujaba Batman: Gotham a luz de gas (1989; edición en castellano por ECC Ediciones en 2013), en la que el superhéroe luchaba contra Jack el destripador, presunto asesino de sus padres, en la mismísima Inglaterra victoriana. Varios años después, ya consagrado gracias a Hellboy –el demonio basado en su padre, un carpintero voluminoso que llegaba todos los días cubierto de cortes y serrín, y que tanto impactaba al pequeño Mike-, embarcaría al alter ego de Bruce Wayne en una de sus aventuras más singulares, La maldición que cayó sobre Gotham (ECC Ediciones, 2013).

Al lector (de terror, fundamentalmente) el título seguramente le dirá mucho. Es intencional: homenajea un relato de 1919 de Howard Phillips Lovecraft en el que se describe el auge y caída de la monumental Sarnath. El cuento pertenece a la etapa dunsaniana del “solitario de Providence”. Sarnath podría ser una de las ciudades imaginarias de Cuentos de un soñador, pero sin esa resplandeciente luz que Lord Dunsany irradiaba a sus estampas y prosa. Lovecraft construyó una necrópolis llena de tinieblas y de tristeza, sufriente y maldita. Mignola imitaría su ejemplo con Gotham. La megalópolis de los rascacielos se lo pondría fácil. No en vano, es parte inherente, y de pleno derecho, de la cartografía de lo lúgubre y lo depravado.

Mignola hace que los cimientos de la ciudad hablen, que alivien sus seculares cargas y den rienda suelta a sus lamentos. Su devastador grito es una imploración de ayuda. Gotham agoniza podrida por los pecados de sus padres fundadores. Pecados, que como una vaharada de aire turbio, se precipitarán sobre Batman, sus amigos, y sus antagonistas. El pasado tiene una importancia capital en La maldición que cayó sobre Gotham. Mignola va a encargarse de potenciarlo. Pero su elegía llama a engaño: el dibujante no dibuja sino que escribe, y se reserva las portadas.
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El pecado original sólo puede ser contado satisfactoriamente por alguien que haya descendido a los infiernos innumerables veces. Su prosa le marca a fuego con el estigma de los malditos.

El creador de Hellboy rehúye de los lápices porque se ve más útil, más válido, como guionista. Pretende que el universo recreado sea fiel a la fuente embrionaria y tenga, asimismo, fuerza como voz propia. El resultado es impresionante: La maldición que cayó sobre Gotham no se entiende como un pastiche sino como un episodio más dentro de la mitología del horror cósmico. Mignola estira al máximo la libertad que le garantiza la colección “Otros Mundos”, una iniciativa de la editorial DC que saca a sus personajes de su ámbito natural y familiar y les introduce en otro totalmente ajeno. La simbiosis es perfecta. Tras la lectura de este integral (recoge los tres volúmenes de la serie aparecida en 2001) parece como si Gotham hubiera estado esperando desde siempre el advenimiento de una amenaza antediluviana, la llegada purificadora del Antiguo que haga pagar a los justos por pecadores.

El canadiense Troy Nixey toma el relevo de los lápices. Nixey es amigo de Mignola; su nombre fue propuesto por éste como dibujante. Y de nuevo, con toda intencionalidad: el estilo de ambos podría ser perfectamente intercambiable. Pero Troy no es un simple imitador de Mike; sus trazos no son agradables, aunque tampoco feístas, no son naturalistas, pero tampoco grotescos. Su mirada arroja decrepitud y vejez. De su querencia por lo desastrado da fe el Batman más fondón nunca visto. Como curiosidad, señalaremos que Troy Nixey dirigió No tengas miedo a la oscuridad (Don’t Be Afraid of the Dark, 2010), peliculilla con guión de Guillermo del Toro.

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La posibilidad de crear algo nuevo desde las cenizas de lo viejo permite a dibujante y sobre todo a guionista mostrarse sacrílegos con las convenciones consolidadas del universo Batman. Sabemos que estamos ante una peripecia del hombre murciélago por la profusión de personajes identificables que van haciendo acto de aparición, pero la intersección de dos líneas argumentales paralelas, la “batmaniana” y la “cthuliana“, los convierte en algo totalmente distinto, casi en novedades. Y también en espectaculares sorpresas. Su papel en este mundo es muy inteligente. Batman ha sido siempre un cómic de personajes, por lo que crear una Gotham al modo Sarnath requería de la total reestructuración de sus habitantes más célebres. Todo conocimiento anterior sobre ellos es inútil. Al ser autoconclusiva y autárquica, La maldición que cayó sobre Gotham exige tabula rasa.

Oswald Cobblepot ya no es el jefe del hampa ni el propietario del Salón Iceberg sino un respetado científico que encabeza la expedición antártica que es el inicio de todos los males. Cobblepott será, más que nunca, “El Pingüino”. Poco le faltará para proferir, junto con sus hermanos ciegos, el desgarrador “Tekeli-li” que provoca sudores fríos en la espalda, en cuanto quintaesencia del terror más puro.

Victor Fries se llama Grendon y, por avatares de la ambientación (estamos en plenos años 20 del siglo pasado), su traje tiene la sofisticación rudimentaria de los buzos. Pamela Isley está muy cercana a la mandrágora de Ewers, y cede su atractivo como mujer fatal para convertirse en heraldo de la catástrofe. Ra’s’Al’Ghul y Talia son nigromantes y en algún momento estuvieron muertos. Y Harvey Dent tiene un destino prodigioso. Nixey no puede evitar ponerle los rasgos de Humphrey Bogart. Lo que hace con él Mignola es digno de ovación. Pocas veces el universo de Batman ha conocido un sobresalto tan profundo como este Harvey Dent (quizás el Joker del arco Flashpoint se le acerque en impacto).

Batman, este Batman totalmente bajo de forma, es, todavía más si cabe, fruto de una obsesión enfermiza. Tanto es así que parece maldecido por su propia predestinación. Su frase final está inspirada en Canción de Navidad de Charles Dickens, pero su sentido carece de la esperanza de aquella. Es más, si la novela deja al cerrarse una sonrisa en los labios, el cómic se acaba con el rictus de un escalofrío. Uno de los aliados de Batman es un demonio de nombre Etrigan, como el Demon de Jack Kirby, asiduo de algunas investigaciones del “cruzado enmascarado”. Tim Drake y Dick Grayson son los ayudantes necesarios, si bien su rol es más propio de los relatos de Lovecraft que de las pesquisas emanadas de Bob Kane y Bill Finger. “Buenos” y “malos” buscan El testamento del Ghul, el libro que invoca al Caos Durmiente, y que es, por supuesto, el Necronomicon mezclado con pasajes del Cultes des Goules. A este universo de secretos arcaicos no le hace falta un Pickman, aunque tiene un Herbert West. Cada decisión del guión es sumamente brillante.

Yog-Sothoth, Nyarlathotep, Cthulhu, Azathoth, Tsathoggua… Yo os invoco desde las ruinas de la vieja Kadath, desde Sarnath, Arkham, Miskatonic, Innsmouth, Dunwich… y Gotham.