A veces ocurre. Una novela aparece, inesperada e improbable, para cambiarlo todo. Antes de ella, todo era certeza y seguridad, hábito y costumbre; incluso para algunos, cliché o pastiche. Hasta que, de golpe y porrazo, el ecosistema se transforma, los viejos mapas dejan de valer o se han quedado tan anquilosados que sólo sirven para acomodados o malos marineros.
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Las fronteras se han ampliado porque un nuevo horizonte asoma al final del camino. Alguien ha abierto una nueva ruta a la imaginación, mostrado que había un más allá, corroborado una nueva posibilidad pendiente de audaz exploración. Por eso, a partir de aquí, muchos serán los que intenten seguir sus pasos, o se inspirarán en él para afrontar nuevos retos. Pocos lo conseguirán. Hay que ser un maestro para introducirse sin daños por nuevas vías sólo transitadas por los mejores exploradores.

Una reacción así es la que generó, en la fantasía y en la ciencia-ficción, La invención de Morel (Alianza Editorial, 2013) cuando se publicó por primera vez en 1940.


Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999) era un veinteañero que empezaba en esto de la escritura. Hasta entonces, era un autor novel sin obra publicada o reconocida (aunque se le atribuyan relatos y novelitas previas a esta fecha). Un principiante cuyo tesón acabó por dar a luz su primera y más famosa obra pues, no en vano, fue con ella con la que consiguió voltear por completo las expectativas y posibilidades creativas de la fantasía y la ciencia-ficción. Todavía estaba muy lejos del que acabaría siendo uno de los más íntimos amigos y estrechos colaboradores de Jorge Luis Borges, magnífico escritor en lengua castellana galardonado en 1999 con el Premio Cervantes.

La magnitud del impacto causado por La invención de Morel comienza a explicarse con la vertiginosa sensación de desconcierto que invade al lector desde el mismo comienzo hasta el final, si es que se puede decir que tenga comienzo y final. Porque la voz narrativa es la de un anónimo fugitivo condenado a cadena perpetua que, escapado en la inexistente Isla de Villings supuestamente localizada (la voz narradora no lo confirma en ningún momento) en el archipiélago de las Islas Ellice (actualmente, conocido como Tuvalu), narra sus extrañas experiencias y sensaciones para con todo lo que lo rodea. Un punto de partida que exige la perspectiva de un narrador en constante ocultación y fuga, necesariamente agazapado de todo y de todos, escondido entre las sombras para no ser descubierto y devuelto a prisión. Una voz narradora tensionada, necesariamente desquiciada por la presión obligada de su situación. Lo que se transmite a la narración de una forma vívida y veraz. Tanto, que percibimos su discurso como fragmentario, histérico, cambiante.

Una vez en su piel, el lector afronta la tarea de desentrañar el sentido de todas sus experiencias. Algunas de ellas dentro de lo cotidiano y lo común. Otras, fuera de toda comprensión para el raciocinio o la lógica.

En aquella isla, nuestro prófugo se encuentra con personas con las que convive y a las que habla, pero con las que jamás llega a establecer comunicación, que actúan como si lo ignorasen por completo o no supiesen que está allí, justo frente a sus narices. A la hora de buscar refugio, vive en lugares extraños donde nada es lo que parece, o si algo puede llegar a parecer mínimamente real, poco tarda en transformarse, volviendo a un estado anterior imposible de recuperar a partir de las leyes newtonianas de la física. Si mira al cielo, puede llegar a ver dos soles, uno al lado del otro casi como si de un espectro o un espejismo se tratara, y si mira al mar, observa cómo las mareas parecen no seguir las frecuencias y las magnitudes normales propias de un fenómeno estrictamente dependiente del ciclo de tránsito gravitatorio de la Luna.

¿Qué está pasando aquí? ¿Estamos ante los delirios de un loco, un pobre hombre al que la presión de su escapada ha acabado por destrozarle definitivamente los nervios y la mente? ¿O quizás sea algún truco de prestidigitación tan característico del fantástico? ¿A lo mejor es un sueño dentro de la mente de alguien? ¿Las tribulaciones de un ser fantasmagórico? ¿Qué?

El desconcierto aumenta a cada paso, con cada nueva experiencia. Sobre todo, cuando se cruzan en su camino Faustine, una hermosa mujer de la que la voz narradora queda totalmente prendado a pesar de ser vilmente ignorado en todos y cada uno de sus encuentros, y Morel, un hombre barbudo y mal encarado al que Faustine rehúye, pero con el cual ella mantiene algún tipo de extraña relación -un misterio capaz de carcomer todavía más las ansias de su invisible enamorado-.

El prófugo reflexiona durante varios días sobre la conveniencia o no de declararle su amor, pensando quizás en aliviar su soledad limitándose a observarla desde la distancia, o quedándose en las distancias cortas para garantizar su protección de ese tal Morel. Ideas que se ven sobrepasadas por los hechos. Por ese misterio compartido entre Faustine y Morel, en el que el lector se verá inmerso, y cuyo descubrimiento cambiará de golpe el desarrollo de la novela… y de la lectura.

Como no queremos desvelar ese final, clave en la explicación de todo, fundamental para la comprensión y perfección absoluta del texto, tendemos aquí un tupido velo para hablar de la construcción de la novela.

La invención de Morel surge de entre las tinieblas de la intriga para desarrollarse, como en las mejores novelas policiacas (otro de los géneros maravillosamente cultivados por Bioy Casares a través del descubrimiento: no en vano, se alió con Borges bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq para escribir relatos de este género y, más adelante, para montar la imprescindible colección El séptimo círculo). Cada uno de los muchos misterios de esta historia se nos van presentando, primero, y desvelando, después, poco a poco. Con un manejo del ritmo tan excepcional que consigue, como principal resultado, una tensión in crescendo, un interés en aumento con cada nueva incógnita, con cada nueva posibilidad. Las sombras se oscurecen todavía más, al comienzo, para ir desvelarnos después las realidades ocultas, dando luz progresiva a partes perfectamente engastadas, a elementos finalmente coherentes, dentro de una reflexión de conjunto de gran profundidad y belleza.

A pesar de tanto misterio por desentrañar, La invención de Morel es, en esencia, una hermosa oda al solitario. A esa persona que vive desde la distancia la vida de los demás pero que, al mismo tiempo, apenas sólo con su mirada, observándolos desde la lejanía, es capaz de sentir o de pensar o de vivir como cualquier otra persona.

El prófugo se ve condenado a una no-vida, aislado de los demás, pero él la transforma en una vida en libertad, pues vive a pesar de no convivir. Tanto es así que, durante la novela, es capaz de amar con la mayor de las purezas, de odiar con la más rabiosa de las intensidades, de preguntarse sobre el sentido de la vida (si es que, en verdad, posee tal sentido), e incluso podemos llegar a intuir, en ese final invisible, el encuentro del principio de una respuesta. Una propuesta, mezcla de homenaje y reflexión, a la que el lector está invitado a través de elementos de lo extraño perfectamente utilizados, introducidos en su sentido más puramente fantástico, pero innovadoramente orientados gracias a una trama perfectamente urdida, un sentido del ritmo prodigioso, o una creatividad desbordante de fuerza en la construcción de las imágenes y las emociones.

En su día, el mismísimo Borges llegó a referirse a esta novela como “perfecta”. Lo es, sin ninguna duda, si nos atenemos a su capacidad para emocionar y conmover, para traspasar límites y romper barreras. No en vano, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, sigue siendo una de las novelas de fantasía y ciencia-ficción más celebradas, e inspiración constante para todo tipo de artistas, literarios o del audiovisual. No se extrañe nadie si, durante la lectura, elementos como el tratamiento del espacio físico (la isla), la relación que une a los extraños personajes que encuentra nuestro prófugo, o ese misterio final no desvelado, le recuerdan a otras referencias posteriores en cine o televisión o literatura. Muy probablemente sea así y, efectivamente, haya visto o leído u oído algún eco de una de las novelas que, con su llegada al género, lo cambió todo. Esta novela es la huella de un gigante.