Hubo un tiempo en que George R. R. Martin editaba libros ajenos. Fue durante una temporada breve, de tan sólo nueve años, en la que hizo uso de su puesto de privilegio en el mercado editorial fantástico para dar a conocer autores y obras que consideraba imprescindibles. La última de sus antologías se tituló Night Visions (1986).
Portada-Hellraiser
A su imagen y semejanza se haría, tres años después, Dark Visions, una selección que le incluía a él como gran estrella y en la que compartía cartel con Stephen King y Dan Simmons (ya hablamos de ella cuando reseñamos su aportación en aquel volumen). Ambas antologías estaban formadas por una recopilación de cuentos de dos escritores más la novela corta de un tercero.

En Night Visions, Martin escogió como cuentistas a Ramsey Campbell, del que sacó siete inéditos en su línea “cthuliana”, y a la excompañera Lisa Tuttle, con tres buenos relatos, y, como novelista, a Clive Barker. La novela de aquel volumen se llamó The Hellbound Heart, pero es mucho más conocida por el título que recibió su adaptación cinematográfica del año siguiente, Hellraiser (La factoría de Ideas, edición de 2005).


En Hellraiser, como también vamos a llamarla de ahora en adelante, Barker narra una historia amorosa de crueldad, violencia y sadismo. El británico sitúa toda la acción en una casa que no está encantada de entrada pero que termina maldita por culpa de los acontecimientos y, sobre todo, del exceso de ambición de sus habitantes. En el 55 de Lodovico Street, el polvo se espesa y puede olerse, las luces apenas hacen retroceder a las sombras, y la vida es triste e insatisfactoria. El deseo de querer optar a más creará una atmósfera irrespirable de maldad y truculencia.

En el segundo piso de la casa queda encerrado Frank Cotton, joven de 29 años que, insatisfecho con una vida sin expectativas, busca experiencias extremas. Para lograrlas, se hace con un artefacto que le garantizará “placeres imposibles”: la caja de Lemarchand. Construida por un fabricante francés de aves cantoras, contiene un mecanismo que, una vez encajado en la posición adecuada, convoca a los cenobitas, los teólogos de la Orden de la Hendidura. Los cenobitas sólo aparecen si son llamados y ofrecen sensaciones inolvidables y únicas, pero a un precio muy alto. Su aspecto escarificado, lleno de llagas, abierto al dolor, y el color ceniciento de su piel, les convierte en algo más que monstruos: son criaturas deshumanizadas que se regocijan en el sufrimiento de los demás.

Barker no construye una novela de terror al uso. Los elementos característicos del horror escrito son superados por sensaciones –e impresiones- de repugnancia, de maldad, de desesperación. Hellraiser es una novela desesperada, que trata sobre personajes para los que el mundo exterior ya no ofrece nada y quieren hallar novedades incluso a riesgo de su integridad física (que no alma). El novelista lleva finalmente el terror a la modernidad. Su libro es una alegoría de la realidad materialista, plagada de desenfrenos y de ilusiones de satisfacción que resultan superfluas y vacías, símbolos de frustración.

Una sensación de asco subyace en el estrato más íntimo de Hellraiser. Es como si su piel estuviese embadurnada de un líquido pegajoso que hubiese penetrado hasta lo más hondo de su organismo. Un ambiente cargado, propio de vidas frustradas, y unos personajes antipáticos y antiempáticos, se encargan de reforzar ese hartazgo y ese desprecio subyacentes. Los personajes de Barker están podridos por dentro, sus comportamientos no son naturales, les falta amor. Frank y Julia, los dos amantes principales, se aman de un modo destructivo, se quieren en la destrucción, propia y ajena.

Hay frialdad en su interior. Como la hay en los cenobitas y en la caja que los invoca. El objeto de Lemarchand está basado en el invento real de un investigador de lo paranormal llamado Joshua P. Warren, alias “Dr. Supernatural”. Warren ideó The Toy Devil’s Box, “la caja de juguete del Diablo”, un cachivache en forma de cubo compuesto por seis espejos rotatorios que pueden provocar un giro dimensional si se alinean. Su intención, tomada de las formas de brujería naturalistas de la Wicca, era la de concentrar y repeler a la vez las malas influencias y espíritus: en teoría, según Warren, al confluir todas en una misma línea, terminarían por reducirse y neutralizarse. Cada movimiento del cubo espejado venía acompañado, además, por los extraños ruidos de su engranaje. Barker toma ese detalle para componer una letanía siniestra a base de campanazos tremendos, que sirven como preludio de lo terrible que se avecina.

Clive Barker decidió ponerse tras las cámaras y llevar al cine su The Hellbound Hearts, descontento por las adaptaciones previas de algunas de sus obras. Dio rostro a la desesperación y al sadismo en el reparto que seleccionó para la película, de edades por encima de las de sus originales literarios, muy convincentes en la ausencia de cualquier atisbo de emoción o calor. Y sobre todo, creó a Pinhead, “Cabeza de alfiler”, el sacerdote cenobita que se convirtió en mito del terror y en emblema de la crueldad y del sadismo en este largometraje y en las demás secuelas posteriores. Barker tuvo tan sólo que traducir en imágenes la enorme potencia visual de su texto. Lo único fogoso de su naturaleza muerta.