En El tribunal de los búhos (2012-2013; ECC Ediciones, 2014), Batman se enfrenta a la amenaza más peligrosa de sus 75 años de vida. Ni los crímenes del payaso psicópata, ni los experimentos del espantapájaros terrorífico, ni los enrevesados acertijos de una mente enferma se le acercan: la amenaza a la que hace frente Batman es una leyenda. ¿Y cómo puede combatirse una leyenda?

En dar respuesta a esa pregunta se afanan Scott Snyder y Greg Capullo (pronunciado a la italiana, arrastrando las eles), guionista y dibujante respectivamente de esta historia seminal del “nuevo universo DC”, el relanzamiento en toda regla del cosmos Batman actualizado a los tiempos modernos. Es decir: El tribunal de los búhos marca la pauta del trasfondo del hombre murciélago para acercarlo a las nuevas hornadas de lectores que veían como piezas arqueológicas las convenciones sobre personaje y compañía creadas en todos estos años. Con el cómic que hoy nos ocupa, la numeración regular de Batman, inalterable desde los tiempos de Bob Kane, ha puesto el marcador a cero. De esta manera, los apriorismos quedan relegados, ya que cualquier cosa es posible: este arco argumental se permite numerosas licencias, manteniendo intactos, eso sí, los pilares más reconocibles que hacen de Batman, Batman.


El renovado Gotham de Snyder y Capullo es de los más sórdidos que recuerde la dilatada existencia del cruzado enmascarado. Escritor y dibujante juegan como pocos (de entre sus antecesores) con el espacio, con el movimiento de las viñetas, para crear una sensación de acción y movimiento frenéticos, acorde con la pretensión de este “nuevo universo DC”. Además, Snyder, el guionista de la exitosa American Vampire, escribe maravillosamente. La unión creativa entre ambos no fue sencilla de entrada, como informa el especialista David Fernández, encargado del epitafio y de una entrevista adicional con Capullo: Snyder, al parecer, era más propenso a seguir “la escuela Moore” y a ser increíblemente prolijo en sus guiones, método que no era muy del gusto del independiente Capullo. Cuando ambos convergieron en un estado de confianza mutua total, su trabajo devino impresionante. Absolutamente espectacular. Por momentos, El tribunal de los búhos se aproxima –y a veces supera- a los mayores hitos sobre el hombre murciélago.

Para empezar, es un cómic (llamémoslo integral: recoge las catorce historias relacionadas directa o tangencialmente con este arco argumental escritas por Snyder y no necesariamente dibujadas por Capullo -también figuran trabajos del brasileño Rafael Albuquerque y de Jason Fabok-) que produce auténtico miedo. Los fantasmas de Batman se materializan de una forma totalmente explícita, lo que desenfrena a sus miedos y monstruos interiores. En un momento dado, Batman se dice a sí mismo: “por una vez, puedo dejar de contenerme”. Y así, sin contención, se conduce un argumento con vetas oscuras, siniestras y absolutamente tétricas. Hay un tramo ambientado en un laberinto subterráneo que deja sin aliento y que está, sin ningún género de dudas, entre lo mejor que este reseñador haya tenido ocasión de leer jamás, fuera y dentro del noveno arte.

Naturalmente, este reinicio consiente que las cosas sean ligeramente distintas. Hay caras conocidas, claro: Alfred, Jim Gordon, Harvey Bullock, Vicky Vale, Tim Drake, Thomas y Martha Wayne y Dick Grayson ofrecen al lector la seguridad, el confort de lo familiar. Pero los búhos y su asesino Garra, por totalmente misteriosos y omnipotentes, ofuscan las sensaciones de tranquilidad que ofrecen los previsibles villanos, obsesivos en sus monomanías, bajezas y crueldades. Los búhos, depredadores por antonomasia del murciélago (en esta característica reside precisamente la fuerza de su arrollador encanto), son “cosas nuevas”, inesperadas, sorprendentes en sus motivaciones y en el alcance de sus acciones y, por eso precisamente, crueles, malignos y despiadados.

Aquí las sombras se diluyen en la más áspera tiniebla. Un Batman más descreído que nunca, más temeroso, tiene que afrontar un peligro que viene de lejos y que es tan difuso como las propias leyendas urbanas. Un peligro que viene precedido por una antigua canción que todos conocen y que muy pocos se atreven a murmurar: “Cuidaos del tribunal de los búhos, que nunca deja de vigilar, manda en Gotham desde las sombras, oculto tras el granito y la cal. Os vigilan en vuestro hogar, os vigilan cuando os acostáis, no habléis de ellos ni en susurros o enviarán a la garra a que muráis”. Como todos los secretos más terribles, el tribunal de los búhos se oculta mediante el uso del miedo. Su cantinela, que tiene tanto de desafiante invocación, provoca un gélido escalofrío. Hay algo de aterrador en sus notas, en su reconocimiento de que nadie está a salvo, de que las criaturas nocturnas velan para verlo y oírlo todo. Sus ojos y oídos son Gotham. Sobre una Gotham implacable y desleal, salvaje y extraña, va fundamentalmente este reboot.

No es casualidad que Bruce Wayne sea presentado como el generoso filántropo que pretende invertir en una nueva ciudad próspera y llena de oportunidades, como tampoco es casual que Batman aparezca como el cómplice, el compañero, antes que el guardián, de esta urbe que no duda en definir como amiga (y que no tardará en erigirse en gran traidora). Este Batman sofisticado, plagado de tecnología punta, que prefiere introducir cachivaches espías en vez de infiltrarse en los lugares como a la antigua usanza, este Batman tan lleno de recursos, es también uno de los más vulnerables. Los búhos a los que combate son la sublimación de sus terrores más profundos. Porque, ¿quiénes son exactamente? Como demandan los actuales hábitos del género de sustos, las némesis de Batman son némesis enmascaradas, anónimas. Pueden ser cualquiera y, lo que es todavía más monstruoso, en cuanto embozados, pueden hacer lo que quieran. Sus máscaras no son sólo marca de su estado o firma personal, son el germen de su inmenso poder. De aquello de lo que son capaces, que es cualquier cosa, porque están por encima de leyes, de formas, de identidades. Son una idea, un mensaje, una leyenda, un sinsentido. ¿Y cómo se puede derrotar a una leyenda que no existe?

El hierático Batman de Greg Capullo –su pasado en Image, como dibujante de Spawn, le persigue- tiene ligeras resonancias al de Frank Miller, otro nombre legendario que no sólo le dio un nuevo aspecto al héroe sino también un título: caballero oscuro. Una aureola mítica que le otorgó la mejor defensa contra amenazas susurradas.