El comienzo de la Gran Guerra pilla a Corto Maltés, felizmente, en las Antillas.  Son sus años al servicio de El Monje, en los que estará acompañado por Rasputín, Pandora y Caín Groovesnore (La Balada del Mar Salado, de 1967). Aún de manera tangencial -con Bocadorada haciendo de agente británico en la lucha contra los alemanes- la Guerra aparecerá también en los álbumes que conforman el primer ciclo de aventuras sudamericano del Maltés (Bajo el Signo de Capricornio, de 1970,y Siempre un Poco más Lejos, de 1971).
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A éstos les sigue el grupo de historias que componen Las Célticas (Norma Editorial), en las que Corto llega a una Europa sumida en la contienda. Corre el año 1917.

Naturalmente, nuestro marino no tiene el menor interés en inmiscuirse en el conflicto o explorar su dédalo de trincheras, y será una pista sobre El Dorado (un mapa dibujado sobre un trozo de piel que perteneció a un monje) lo que le traiga a este lado del Atlántico. Concretamente a Venecia. Con el título de «El Ángel de la ventana de Oriente» (1971), que remite a una novela mística de Gustav Meyrink de 1927, Hugo Pratt nos presenta una primera historia que, si bien se desarrolla en Venecia, nos sigue manteniendo en el hilo argumental del anterior ciclo sudamericano. En una casa enclavada en la Puerta Este de la ciudad, se enciende o apaga, sospechosa como una señal, una ventana… e igualmente sospechoso es el avión austriaco que, por las noches, ronda la casa. En ella, vive una misteriosa joven en silla de ruedas que, según sabremos, también estará interesada en el mapa. Una joven que es para unos aristócrata y para otros espía; en todo caso, alguien para quien “la historia de El Dorado es más interesante que todas esas peleas por las fronteras que no han cesado desde el asesinato de Sarajevo”. Cuando el maltés llegue por fin a reunirse con ella, descubrirá que no es  ni lo uno ni lo otro, sino más bien Veneciana Stevenson[1]. Acabarán, cómo no, despidiéndose a balazos. Veremos a Veneciana escapar en el avión austriaco (su piloto muere en la refriega), mientras Corto Maltés pone rumbo a su próxima aventura a bordo de un mercante, escuchando, divertido, todo tipo de rumores y exageraciones sobre lo ocurrido.

A partir de aquí -en contraposición a ese halo de poesía, misterio y magia tan propios del Monje o Bocadorada-, la realidad -la guerra- se impone. En «Bajo la bandera del oro» (1971), la siguiente historia, Pratt aborda el sinsentido de la misma a través de unos personajes que la viven de lleno pero que pasan, literalmente, de ella. Ignorando un conflicto[2] al que se han visto sometidos por terceros, y hábilmente dirigidos por Corto Maltés, un grupo de militares de diversas nacionalidades se unen con un objetivo: hacerse con el oro del Rey de Montenegro. Entre los participantes de este golpe maestro está el capitán del mercante en el que viaja Corto, que no es otro que el mismísimo Aristóteles Onassis (Onatis en la historia), quien con su parte del oro piensa en comprarse una flota de petroleros. También nos encontraremos con un joven Ernest Hemingway, (aquí Hernestway), que conduce una ambulancia. Mención aparte merece el estupendo Radeski; a bordo de un dirigible, sus contradictorias señales luminosas a uno y otro bando generarán el clima de confusión necesario para perpetrar el golpe. Tras conseguir el oro, brindarán “por los caballeros de fortuna”, celebrando haber salido todos más o menos intactos (el pobre Radeski quedó sordo al ser abatido por un avión).  Como nota curiosa, cabe señalar que, por primera y única vez, veremos a Corto Maltés conseguir un tesoro real, no una quimera como tantas otras veces… Sin embargo, renunciará a su parte del botín.

Al enterarse de la muerte de Patt Finnucan, revolucionario irlandés y amigo suyo, Corto acude a Irlanda en la magnífica «Concierto en Do menor para arpa y nitroglicerina» (1972). El título, tal como lo concibió Pratt, debería haber sido «Concierto en O’ menor…» en referencia a la O’  de tantos apellidos irlandeses. Pintadas del Sinn Fein inundan las húmedas calles de Dublín en esta historia que refleja la heroica lucha por la independencia del pueblo irlandés. Aquí cambiaremos las explosiones de los obuses por las de los atentados: Corto presenciará uno al poco de llegar y no dudará en perpetrar otro para vengar a su amigo, dinamitando una oficina policial inglesa. Aparece aquí un lado vengador poco habitual en el marino, a quien acompaña en esta aventura la melancólica Banshee O’Dannan. En una memorable secuencia final junto al mar, una triste canción suya pondrá fin al relato, con el gemido del viento  sonando como un arpa al pasar entre las costillas varadas de un esqueleto de ballena.

Frente a la opresiva realidad de la guerra, las dos siguientes partes de Las Célticas nos brindan un contrapunto loco y ensoñado. En «Sueño de una mañana de invierno» (1972) seguimos en las Islas Británicas, con Corto soñando entre las piedras de Stonehenge. Con el conflicto como marco, estamos ante un pequeño homenaje a Shakespeare y a la mitología británica, en el que Pratt relega a Corto al estatus de personaje secundario (como hiciera en La balada del mar salado). Le veremos al servicio de Oberón, a quien acompañan Merlín, Morgana y Puck, en un sueño en el que los mitos bretones buscan su supervivencia frente a la invasión alemana en las costas inglesas o, más bien, lo que viene tras ella: los elfos, valquirias y nibelungos sajones. Ahora bien, la fantástica invasión tiene una punta de lanza muy real: un submarino alemán planea atentar contra el Estado Mayor de la Marina Inglesa. En un relato donde realidad y sueño se confunden, Corto despertará en  Stonehenge para encontrarse con un británico agonizante, quien le confiesa, por amor,  haber traicionado a su país al no delatar a su mujer -una espía alemana-. Se pegó un tiro en el corazón movido por la culpa y la desesperación. Todo lo contrario que su esposa, condecorada en una oscura playa por su labor en el complot. Flanqueado por Morgana, Puck y Merlín, Corto evitará el desastre con una acción kamikaze, al timón de un remolcador con el elocuente nombre de Excalibur. «Sueño de una mañana de invierno» es un punto de inflexión en las aventuras de Corto Maltés; prefigura al Corto soñador de Las Helvéticas y es un buen anuncio del peso que irán ganando los elementos imaginarios en sus siguientes aventuras.

«Teatro de variedades entre Zuydcoote y Bray-Dunes» (1972) comienza también con Merlín. Un Merlín enamorado y taciturno, que junto a La Dama del Lago, una Rana y un Gato, protagoniza la estupenda secuencia de teatro de sombras que sirve de apertura. En ella, Corto se reencuentra con Cain Groovesnore (alistado como voluntario en la R.A.F.) y hará todo lo posible para impedir que vaya a combatir. Espías que hipnotizan mediante la voz, así como actores enanos que pierden la cabeza o un personaje quijotescamente trastornado, son los otros ingredientes de una trama que tiene a la locura como protagonista. Ahora bien, ¿qué es locura? ¿Creer en cuentos e ideales quijotescos? ¿En hadas y leyendas? ¿En ciudades y tesoros perdidos? Bienvenida sea, en tal caso, la locura. Bienvenida frente a la incesante explosión, tan racional, de los obuses; frente a la ortodoxia, tan cartesiana, de las fronteras, frente a la cordura impasible de los cuerpos desmembrados. Mejor vivir en las nubes que reventar en las trincheras.

Allí, en las nubes, es donde transcurre «Vinos de Borgoña y Rosas de Picardía» (1972), la última historia. Nos encontramos en Francia, sobre las trincheras alemanas y australianas a ambos lados del río Somme, surcando los cielos a bordo del triplano de Manfred Von Richthofen, el legendarioBarón Rojo[3]. Mareados por sus felices piruetas tras abatir un avión inglés, asistiremos también a su particular ritual para con sus enemigos vencidos: depositar rosas junto a los aviones abatidos tras despojarlos de su placa (con el nombre del piloto). Entre tanto, en un viejo autobús inglés reconvertido en puesto de vigilancia, Corto Maltés se reencuentra con Sandy, un antiguo amigo con quien compartió celda en Canberra. Con ellos está Clem, australiano también, y un inútil (salvo si está borracho: es entonces un tirador letal). Hablan de vinos, del Côtes de Nuit entre ellos, del que Corto guarda dos botellas “para una ocasión especial”. Impotentes, a la espera de una ametralladora, ven como les sobrevuela “el Barón Rojo”, a quien seguiremos hasta el hangar donde tiene su base. Allí conoceremos a su simpático gran danés, Moritz, y escucharemos confidencias en una conversación telefónica con su madre (a quien Von Richthofen estaba muy unido y con quien compartía su colección de placas de aviones abatidos). Será su última conversación. El 21 de abril de 1918, Corto amanece en el autobús para descubrir que el curda de Clem se ha fulminado sus Côtes de Nuit. Un día más de guerra; un día más, “el Barón Rojo” hace saltar las alarmas en las trincheras australianas, desatando una auténtica tormenta de balas. Aviones ingleses desde el aire. Baterias antiaéreas y ametralladoras desde tierra. Y el curda de Clem, que tras beberse los dos Côtes de Nuit y todo el coñac de Sandy, dispara una sola vez… ¡y se queda dormido sobre su rifle, de pie como los caballos! Sandy lo despierta a patadas cuando de pronto se oye un  estruendo: “el Barón Rojo” ha caído. Para cuando Sandy y Corto llegan hasta el aparato, ya otros soldados lo han despojado de todo: su placa, sus medallas, su ropa, y el gran “Barón Rojo” parece menos. De todo el mar de balas previo sólo una llegó a alcanzarle. Los alemanes, lógico, están ansiosos por recuperar los restos de su héroe y una lluvia de proyectiles alejará a todos del aparato, alcanzando también al viejo autobús -y al borracho y anónimo Clem mientras dormía la mona-. Adiós (sin rosas) al “Barón Rojo” y su colección; adiós a Clem y a sus sueños (y a los de Sandy) de criar ovejas: ”Clem es un magnífico pastor… ¡Maldición, lo era!” -dirá, amargo, Sandy.

“Nadie tiene la culpa, Sandy…” -le responderá Corto- “…Bueno, sí, hay un culpable… ¡El más odioso!”

La guerra.

[1] Valiente, aventurera, eterna buscadora de tesoros y temible asesina sin compasión, Veneciana Stevenson hará su primera aparición en La Conga de las Bananas, historia perteneciente al álbum Siempre un Poco más Lejos (1970).  Además de en Las Célticas, también tomará parte en La Casa Dorada de Samarkanda (1980).

 [2] La historia transcurre el 24 de Octubre de 1917, durante la batalla de Caporetto, a orillas del Adriático, que enfrentó a austriacos e italianos.

[3] Manfred Von Richthofen (1892-1918) Héroe de los alemanes y respetado por sus enemigos durante la Primera Guerra Mundial, se dice que permitía escapar a sus víctimas malheridas. Como piloto llegó a derribar 80 aviones enemigos, y se convirtió en el máximo artillero de ambos bandos.